El rompecabezas del Templo Mayor
“Cuando era niña, soñaba siempre con viajar en el tiempo y la arqueología fue lo más parecido que pude encontrar. Así que viajemos en el tiempo. Bienvenidos a casa”, dice nuestra arqueóloga experta, del Programa de Arqueología Urbana del INAH, dándonos la bienvenida para recorrer las ruinas del Templo Mayor, a puertas cerradas y durante […]
marzo 26, 2019

“Cuando era niña, soñaba siempre con viajar en el tiempo y la arqueología fue lo más parecido que pude encontrar. Así que viajemos en el tiempo. Bienvenidos a casa”, dice nuestra arqueóloga experta, del Programa de Arqueología Urbana del INAH, dándonos la bienvenida para recorrer las ruinas del Templo Mayor, a puertas cerradas y durante una noche de febrero, como parte de las experiencias nocturnas que los socios de Club Travesías pueden disfrutar en la Ciudad de México. 

La luna está enorme e ilumina todo el recinto, revelando la magnitud de este edificio que sobrevive partido en diferentes capas constructivas, como una suerte de matrushka rusa. Afuera se escuchan los tambores y el sonar de los cascabeles de los danzantes  (o concheros) que bailan a un costado de la Catedral Metropolitana, como si nos ayudaran a situarnos en el pasado. Entonces la experta nos recuerda una cosa importantísima: que estamos en el centro de la antigua Tenochtitlán, una partecita de un enorme rompecabezas de una de las ciudades más importantes de Mesoamérica, que era una cosmopolita fundada en 1325. Y como sucede con todas las de la Antigüedad, era grande y organizada en barrios y tenía un centro ceremonial donde la vida religiosa no se separaba de la vida pública. 

“Estamos justo en el suelo de lo que era el Recinto Sagrado, a donde muy pocas personas podían entrar. Las fuentes históricas nos mencionan que había aquí aproximadamente 78 templos. Alrededor se desplegaban los barrios, una ciudad rodeada de agua que se comunicaba por canales”, recuerda la arqueóloga.

El año pasado se inauguró un nuevo acceso y un vestíbulo que dan cuenta de los recientes vestigios descubiertos. Desde hace cuatro décadas, las noticias de lo que brota del subsuelo no dejan de ser noticia. Lorena asegura que estamos a un costado de la escalinata principal de una pirámide que estaba dedicada a los dioses Huitzilopochtli, el dios del sol y la guerra, y Tláloc, del rayo y la lluvia, donde se hacían sacrificios humanos. Cada que el imperio mexica tenía un nuevo gobernante o tlatoani, la remodelaba haciéndola crecer, demostrando su poderío. 

Club Travesias Templo Mayor

Los socios de Club Travesías visitaron el nuevo acceso al Museo del Templo Mayor.

“El edificio consta de varias etapas de construcción, lo envolvían con piedra volcánica hacia los lados y crecía hacia arriba. Tenía que asemejar las montañas sagradas. Y era una manera de demostrar que los mexicas tenían el poder y el recurso material para hacerlo, en medio de un lago”, dice mientras camina por lo que era
un canal de aguas negras que se construyó en el porfiriato y que partió a la zona en dos.

Las siete etapas constructivas del Templo datan de los años 1325 a 1520. En lo que fue la sexta, en pleno vestíbulo, encontramos ahora el Cuauhxicalco, un edificio circular que solía ser el lugar donde enterraban a los tlatoanis. “Arriba había una escultura que funcionaba como receptáculo de corazones humanos. Aquí se llevaban rituales importantísimos. Cuando el gobernante moría, se le prendía fuego y se ponía el cuerpo a arder, y arrojaban los corazones para alimentar el fuego”, dice.

Museo Templo Mayor

En recientes excavaciones se encontraron ofrendas mortuorias, con sahumadores ennegrecidos que se usaban para quemar copal, flores aromáticas y resinas. Un monolito que pertenece a Tlatecuhtli, diosa de la tierra, y también restos de un tronco de encino que data de 1440 y que fue traído de las montañas. Se puede observar aún enterrado. En las festividades, los mexicas traían árboles y los plantaban aquí, eran especies sagradas porque comunicaban con las fuerzas del inframundo y celestiales. Todo se encontraba lleno de piedra con tierra cubierta, estaba sólido. Los arqueólogos lo limpiaron para que fueran visibles. 

“Los recientes hallazgos del Templo Mayor y sus alrededores confirman la escenografía de un mito que cuenta la batalla entre el día y la noche. De cuando el Sol se mete para librar una lucha con la Luna y las estrellas. Por eso para ellos era importante alimentar a Huitzilopochtli con corazones, para que ganara todas las noches y la vida siguiera existiendo”, concluye la arqueóloga.


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