Las tres caras de Jean Cocteau
Nunca abandonó su primera disciplina, la poesía, en su faceta de cineasta o dibujante
julio 5, 2019

Los artistas usualmente encuentran una sola plataforma en la cual desempeñar sus capacidades. Irse a otra disciplina puede resultar un fracaso para algunos, pero Jean Cocteau fue la viva representación de la excepción a esta regla.  Se benefició de abarcar varios espectros y tomar prestado de otras manifestaciones, en las cuales no sólo destacó, sino que se volvió una referencia.

Cocteau creció en una familia adinerada, en un contexto lleno de privilegios y rodeado de la escena artística del momento. Marcel Proust, Amedeo Modigliani y Guillaume Apollinaire son tan solo algunas de las personalidades que moldearon su juventud y círculo social, en el cual  recibió el apodo de “El Príncipe Frívolo”, homónimo a su segundo libro de poemas. 

Sería equivocado etiquetar a Jean Cocteau en una carrera nada más. Él es un ejemplo primordial de amalgama artística y una disciplina le resulta insuficiente para describir con plenitud la ambición y obra. Una búsqueda inicial de Cocteau dirá que él era un maestro en áreas como el libreto (de ópera y ballet), poesía, literatura y cine. Él mismo dice, en su poema de verso libre El Paquete Rojo, que es “inculto y nulo” mientras remata con una sentencia final: “Soy una mentira que siempre dice la verdad”. Cocteau se refiere también a su falta de anclaje específico, a la libertad artística que lo condena y lo reafirma.

Jean Cocteau

Jean Cocteau por Amadeo Modigliani, 1916.

Jean Cocteau el escritor

El primer talento que se le atribuye a Cocteau es su capacidad literaria. Publicó su primer poemario a los 19 años, y no dejó de escribir hasta su muerte en 1963. Su amor por las letras originalmente llegó a través del teatro y su creciente popularidad en círculos culturales lo llevó a ser conocido por todo París. Destacaban sus vibrantes poemas fuera de convenciones, con una prosa de tono contemporáneo y escribía sus personajes con actitudes singulares casi siempre reaccionando en dinámicas grupales. 

Uno de sus primeros éxitos en este rubro fue el libreto de un ballet: Parade. La puesta en escena fue escrita por él mismo y contó con artistas de la talla como Erik Satie en la música y Pablo Picasso en sets y vestuarios. Parade también tiene la distinción de que, en su programa de mano escrito por Apollinaire, la pieza se describe como “surrealista”, primera vez que el término es ocupado públicamente. 

El Testamento de Orfeo de Jean Cocteau (1960)

El Testamento de Orfeo de Jean Cocteau (1960)

Su éxito en el ballet y en el teatro fue la clave que le abrió las puertas de la vanguardia europea. Jean Cocteau no sólo se volvió un artista, sino un arriesgado innovador sin miedo a que el público abucheara sus presentaciones. Sus ánimos de combinar plataformas trajo a artistas de otras disciplinas -como Satie y Picasso- a trabajar juntos, que de otra forma jamás habrían coincidido.  

A pesar de su éxito en el teatro gracias a otras obras como La Máquina Infernal y una inolvidable novela como Los Niños Terribles (cuya última versión sería en forma fílmica con Los Soñadores de Bernardo Bertolucci), Jean Cocteau siempre se consideró un poeta antes que otra cosa. Al grado que, para él, todas sus expresiones artísticas estaban enterradas en una capa poética.  

Cocteau publicó más de 20 libros de poesía, que supera cualquier egreso de sus otras artes. Pensar que esta disciplina regía al resto no es completamente descabellado.

Jean Cocteau el cineasta

Jean Cocteau fue de los primeros escritores en tomar en serio el cine. Para estándares contemporáneos, este artista realizó su primer largometraje algo tarde en la carrera, a sus 40 años. Al tener poca experiencia en el medio audiovisual, su ópera prima salta por una falta de riguroso lenguaje formal o trama convencional. La Sangre de un Poeta (1930) es una juguetona, absurda y claramente surrealista obra.

El resto de sus películas no serían tan inaccesibles. Un ejemplo es La Bella y la Bestia (1946), su primera película narrativa, que se convirtió en un clásico indiscutido del cine francés. Este director hizo lo posible por involucrarse en varias etapas de la producción, desde el guión hasta la dirección de arte. 

El Testamento de Orfeo de Jean Cocteau (1960)

El Testamento de Orfeo de Jean Cocteau (1960)

Aunque todos sus trabajos tuvieron un toque amateur, no fue sino hasta Orfeo (1950) que Jean Cocteau se afianzó completamente del lenguaje cinematográfico, y teniendo una perfecta maestría de él, Cocteau no volvería a hacer una película sino hasta casi 10 años después. Sería El Testamento de Orfeo su último largometraje que también serviría como epitafio a su vida: él mismo interpreta a un artista rodeado de su obra y amigos, quienes siempre estuvieron con él.

Para una personalidad multifacética como la de Cocteau, el cine podría ser el medio primordial: una sinestésica combinación de estímulos que deben estar completamente controlados a merced de un director. Sin embargo, la el trayecto de Cocteau en el cine habla más de un explorador, de una persona en una muy espaciada búsqueda, acomodado en la medida en que ésta plataforma le pueda servir.

Jean Cocteau el dibujante

La década de 1920 era una controvertida época para ser artista. Las vanguardias europeas estaban firmemente arraigadas en la radicalización política que traía a Jean Cocteau sin cuidado. La escritora Renee Winegarten lo describía de la siguiente forma: “Él comenzó a escribir antes de que la teoría marxista donde todo está gobernado por economía y política fuese primaria. Su preocupación principal era la belleza”.

Y esta manifestación no es tan evidente en otras de sus obras como en sus dibujos. Cocteau solía rodear todas sus creaciones de unos sketches caricaturescos y minimalistas, en los que los rasgos esenciales son relevantes en las figuras. Los temas de éstos son variados: perfiles, retratos, sexo homosexual o hasta pura abstracción.

Cocteau alguna vez dijo que “El trabajo del poeta (que no puede ser aprendido) consiste en tomar objetos del mundo visible —que se han vuelto invisibles por el hábito— en una posición inusual, que sacude al alma y les da una potencia trágica”. En su afán por buscar la poesía en todo, Jean Cocteau inundó sus dibujos de potente belleza, en la que lo familiar adquiere una llamativa forma. 

Sus dibujos adornaban todo tipo de publicaciones propias, como portadas de sus libros, de sus películas o publicidad para otras exposiciones, con representaciones desde la simpleza a la obscenidad. Jean Cocteau nunca fue ajeno a la experimentación y al escándalo, tampoco. Sin dejar de perfeccionar las diferentes disciplinas, a todas las inundó de poesía. O como él diría: “Los poetas no dibujan, desenredan su escritura y luego la vuelven a ordenar, pero diferente”.


 

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