La bruja de Texcoco: una feminidad en la que caben la barba y la falda

La bruja de Texcoco: una feminidad en la que caben la barba y la falda

Tras una revelación, Octavio se transformó en La Bruja y empezó a construir su propia feminidad, una en la que sus barbas negras no rivalizaran con las faldas. Este cortometraje de Cecilia Villaverde y Alejandro Paredes está nominado al Ariel.

Cuando nació lo nombraron Octavio Mendoza y es así como la gente se ha referido a él durante buena parte de su vida. Sin embargo, ese nombre poco a poco fue quedando relegado para adoptar uno nuevo, que un chamán de Texcoco le dio luego de analizar detenidamente sus manos. Le dijo que él era una de las brujas que tanto había estado esperando. La prueba, le había insistido el anciano, estaba en que sus manos eran de mujer. 

Más tarde, esas mismas manos tocaron el violín durante una reunión a la que asistió portando guayabera y sombrero, una vestimenta con la que se sentía muy poco identificado, especialmente después de aquella revelación. 

Como si no haber cambiado su personalidad tras aquellas palabras hubiera significado ser desleal a sus instintos, Octavio se transformó en La Bruja. A partir de entonces empezó a construir su propia definición de feminidad, una en la que sus barbas negras no rivalizaran con la diamantina de sus pestañas postizas, ni con las faldas, o las zapatillas de tacón. Una feminidad que la liberara de ser una bruja inconfesada y que le diera licencia para amarrar su largo cabello con listones fosforescentes, y para forrarse de estolas durante sus presentaciones musicales, porque antes de que llegara La Bruja, el violín ya estaba ahí. 

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