La inteligencia artificial o el desafío del siglo - Gatopardo

La inteligencia artificial o el desafío del siglo: La emergencia de un nuevo régimen de verdad

La inteligencia artificial es un cambio de estatuto de las tecnologías digitales: de ser prótesis acumulativas e intelectivas, han pasado a ser entidades de las que se espera que enuncien una verdad a partir de la interpretación automatizada. En este nuevo régimen, se juega la vocación humana. Este es un fragmento del libro La inteligencia artificial o el desafío del siglo de Éric Sadin, que publica Caja Negra.

Hacia mediados de la década de 2010 ocurrió un acontecimiento alucinante. No lo vimos venir. En cierto modo nos tomó desprevenidos, se extendió rápidamente y el poder de su impacto sobre la sociedad, a escala planetaria, nos dejó estupefactos. De súbito, se hacía posible para cualquiera, sin molestias, con aplomo, como la manifestación sin límites de la “libertad de expresión”, afirmar hechos sin que estuviera constatado que correspondieran con la realidad, sin que fuera necesario proceder a su verificación. Incluso podían tener un aura de mayor brillo en la medida en que parecían inverosímiles, asumiendo el estatuto de ser reveladores de cuán inconsecuente era la percepción común o “dominante” de las cosas. Pese a las apariencias, estos hechos se desplegaban como hechos constatados pero que pocos sabían ver. Dicha “clarividencia” se convirtió en el privilegio de quienes eran más juiciosos respecto de la inflación informacional enceguecedora de nuestra época y de todas las representaciones entremezcladas y normativizadas que esta inflación implicaba. Se impuso la noción de “posverdad” en una época confusa; se convirtió en un síntoma patente de nuestros malestares, en un marcador inquietante de nuestra pérdida de puntos de referencia. El fenómeno asumió tal amplitud que el diccionario de Oxford lo eligió, en 2016, como la expresión del año.

Ese año hubo dos acontecimientos decisivos que confirmaron su alcance histórico: primero, el voto del Brexit, que decidió que el Reino Unido saliera de la Unión Europea, seguido algunos meses más tarde por la elección sorpresiva de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Nos dimos cuenta de que tanto uno como otro hecho fueron en parte favorecidos por la profusa difusión de escritos e imágenes que, en su mayor parte, buscaban deformar las cosas intencionalmente, imponiéndose como mensajes que arrojaban confusión sobre la verdad de lo que vehiculizaban habitualmente, en particular, los órganos de prensa. De pronto las sociedades se vieron desestabilizadas por un relativismo que escapaba a la razón y se vieron también privadas de referentes comunes, necesarios para el debate y para la expresión de la pluralidad de los puntos de vista. Esto condicionó el avance bien entendido de la democracia, especialmente en ocasión de consultas de importancia.

Muy pronto se quiso echar la culpa de esos procesos a las redes sociales, que no habrían hecho el trabajo de clasificación necesario, y que entonces habrían cerrado los ojos ante la creación de cuentas falsas que compraban espacios de visibilidad con fines propagandísticos, así como también compraban tropas, armadas con cuidado, a fin de diseminar fake news destinadas a manipular a la opinión pública. Es cierto que hubo factores como este y otros que contribuyeron a que estos hechos ocurrieran, pero se los quiere sostener equivocadamente como la causa, cuando no son sino efectos, porque el hecho principal no nos remite a la difusión viral de informaciones falsas en Internet sino a una nueva posición que ocupa el individuo contemporáneo. De ahora en adelante, cada uno de nosotros se imagina como posicionado en el centro del mundo y con el poder de acomodar los acontecimientos a su visión de las cosas, con tal estado de narcosis respecto de la propia sensación de unicidad que cualquier enunciado divergente de la propia posición podría ser rechazado de ahí en más. La verdad se define a partir de uno mismo, o según las propias creencias y tropismos; es una tendencia emblemática dentro de las teorías del complot que da testimonio de la desintegración creciente de nuestras bases comunes y de la extrema atomización de la sociedad en general. Es impactante observar que este asunto de la “posverdad”, que tiene su importancia, es considerado como una ruptura que perturba nuestra relación histórica con la verdad, mientras que en realidad se trata de la exactitud de los hechos, y no de la verdad stricto sensu, y entonces ocurre que se ignora otra ruptura, bastante más decisiva todavía, aunque de otra manera, que está en igual correlato con la cuestión de la verdad y que está llamada a determinar la forma de nuestras existencias. Esta otra ruptura reviste sin embargo una amplitud totalmente diferente y se deriva de un fenómeno de alcance civilizatorio determinante: la emergencia de un nuevo régimen de verdad.

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