La obsesión de Stanley Kubrick por Napoleón Bonaparte - Gatopardo

La obsesión de Stanley Kubrick por Napoleón Bonaparte

Stanley Kubrick escribió un guion sobre Napoleón Bonaparte que nunca vio la luz. Siempre se preguntó cómo alguien con una inteligencia tan clara pudo cometer tantas equivocaciones en la cima del poder. Este es un adelanto del libro Nieve Negra. Dioses, héroes y bastardos del ajedrez que edita Libros del K.O.

La mejor forma de llegar es en tren. Victor Hugo no sé cómo llegó, pero sí sé que vivió un par de meses en el aburrido pueblo de Waterloo para documentar lo que contaría de la batalla en su novela Los miserables. Hoy, este enclave de Bélgica, donde hubo más de cien mil bajas entre muertos, heridos, prisioneros y desertores, tiene un museo de segunda con vídeos y maniquíes, cuando en realidad la guerra es solo un prado de zapatos desgastados por el barro. Este es de unos diez kilómetros de perímetro y tiene aspecto de campo de golf trufado con coles de Bruselas. Hay una colina cónica y artificial desde la que se pueden observar los puntos clave de la carnicería si se sube una escalera de 225 peldaños. En la cumbre se erige un león de hierro en honor a un príncipe holandés herido por un disparo gabacho de mosquete.

“Si no hubiera llovido esa noche del 17 al 18 de junio de 1815, el porvenir de Europa hubiera cambiado. Algunas gotas de agua, una nube que atravesó el cielo fuera de temporada, doblegaron a Napoleón”, escribe Victor Hugo. En los campos de Waterloo se jugaron dos partidas de ajedrez separadas por 150 años en un terreno húmedo. Unas descargas de futuro contra pasado. En una se destruyó a cañonazos el sueño de una Europa capaz de acuñar una moneda en la que la cara era una república y la cruz un emperador, y, en la otra, el director de cine Stanley Kubrick fracasó en su intento de contar aquel sueño.

En 1969, Kubrick (1928-1999) era el Napoleón de la industria cinematográfica. Nunca nadie gozó de tanta libertad creativa como de presupuesto en Hollywood. En plena resaca del éxito abrumador de 2001: Una odisea del espacio, se propuso rodar una película que rondaba por su cabeza desde hacía quince años: la vida de Napoleón Bonaparte.

Aquel personaje le obsesionaba. No dejaba de preguntarse cómo alguien con una inteligencia preclara pudo cometer tantas equivocaciones cuando estaba en la cima del poder. La intención de Kubrick era revolucionar el cine épico (nunca consideró Espartaco una creación suya sino una obra de encargo que hizo tras el despido del realizador Anthony Mann) con un viaje en el tiempo que ningún espectador hubiera imaginado. Era tanto su entusiasmo que su director de fotografía, John Alcott, llegó a decir que el cineasta sabía lo que había hecho Napoleón todos los días de su vida.

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