Honduras o el canto del gallo: un libro de Diego Olavarría

Honduras o el canto del gallo

Este es un fragmento del libro Honduras o el canto del gallo, escrito por Diego Olavarría y publicado por Editorial Turner en 2022. “Es uno de los escasos títulos de un mexicano sobre Centroamérica, región que solemos ver con altivez y soberbia, como si fuera un mundo extraño, cuando es, en realidad, un espejo”, dice al respecto la editorial. Por este libro, su autor ganó el Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor en 2020.

Tiempo de lectura: 9 minutos

Honduras o el canto del gallo es un texto en el que se “entrecruzan tres planos narrativos”. Leemos las memorias de un niño sobre su migración de Utah a San Pedro Sula. Mediante entradas muy breves y una escritura contenida, el autor muestra no solo el asombro de este niño ante una mudanza radical que lo lleva de Estados Unidos a vivir en Honduras, sino también la desorientación, en varios niveles, que le provoca. Más adelante, leemos la crónica del viaje que hace el narrador, ya adulto, a ese país. Diego Olavarría construye su texto con notas –que se mantienen así en el libro, fragmentarias– y crea un relato deliberadamente imperfecto, incompleto, producto de una voz muy alejada del autor que todo lo sabe de antemano. En cambio, el narrador expone que su visión del país descansa en lo que otros le cuentan, en lo que él mismo no sabía, en lo que averigua, en sus recuerdos acotados y, claro, en la ironía con la que mira a Honduras. Agradecemos a Editorial Turner por permitirnos publicar un fragmento de este libro y recomendamos a nuestros lectores que visiten su sitio y conozcan su catálogo.

 

The past is a foreign country, they do
things differently there.
L. P. Hartley, The Go-Between

El miedo a la oscuridad (1990)

I

Me llamo Diego, tengo seis años y le tengo miedo a la oscuridad.

II

Vivo en San Pedro Sula, Honduras, en la colonia Buenavista, en una casa al final de una calle inclinada, inclinadísima, tan inclinada que me daría miedo bajar por ella en bicicleta.

La casa donde vivo es blanca, con grandes muros de roca que no me dejan ver qué hay afuera. Varias veces al día se acercan personas que tocan la puerta: a veces piden trabajo, a veces venden cosas.

III

Duermo con el aire acondicionado encendido porque en Honduras siempre hace calor, mucho calor. Mis papás me dicen que no lo haga, que es muy caro, que mejor abra la ventana. Pero yo no puedo dormir en un cuarto caliente, no estoy acostumbrado. Hasta hace poco vivíamos en Utah y ahí había mucha nieve. Hacía mucho frío. Y mi cuerpo está acostumbrado a eso: al frío.

IV

Hace unos días una maestra me regañó porque en una tarjeta de Navidad dibujé un muñeco de nieve. Llamó a mi mamá para decirle que yo creía que seguía en Estados Unidos, que creía que en cualquier momento iba a caer nieve del cielo. Mi mamá habló conmigo para decirme que ya no estábamos en Utah, que lo tenía que superar. Yo me enojé: I’m not stupid, mom, I’m not stupid!, le grité. Y azoté la puerta de mi cuarto.

V

Mi colegio se llama Escuela Internacional Sampedrana. Nuestro uniforme es una camiseta amarilla con un laberinto en el centro y un short azul. Estoy en preprimaria y la mayoría de los niños no hablan inglés. No me gusta cómo huelen los niños: unos a leche, otros a sábanas con pipí.

Las clases son aburridas: me hacen pronunciar palabras en inglés: ei, bi, ci, di. Car, dog, house, horse.

Yo puedo pronunciar todo en inglés muy bien. Pero no puedo pronunciar la palabra rápido, ni la palabra perro, ni la palabra carro. Digo “uápido”, “pero”, “caro”.

VI

Ayer tocó el timbre un señor que vendía un gato montés, de cola larga y orejitas puntiagudas. Le pedí a mi mamá que nos lo quedáramos, pero ella dijo que no. Que los gatos debían vivir en la selva.

—¿En qué selva? —le pregunté.

—En esa —me dijo, y señaló el monte donde está el letrero que dice Coca-Cola.

VII

Me gusta mudarme de casa porque cuando me despierto a media noche me olvido de dónde estoy. Miro a mi alrededor y no reconozco las paredes ni los pasillos.

Cuando exploro una casa nueva de noche, tengo que ir tanteando las paredes, probando puertas hasta dar con la que busco: el baño, la cocina, la recámara de mis papás.

Es mi casa, pero todavía no es mi casa. Es algo que será.

 

 

 

I

Vivo en una casa donde todos los días, una hora antes de que sale el sol, se escucha el canto de un gallo.

El gallo no descansa ni los domingos ni los school holidays. Y, una vez que el gallo empieza a cantar, ya no puedo dormir.

Así que, si es fin de semana, voy al cuarto de mis papás a ver la televisión. La luz en el cuarto de mis papás es dorada y muy suave. Desde la cama veo las Saturday morning cartoons de la televisión: Rugrats, Doug, Ren and Stimpy.

Cuando veo la televisión, estar en Honduras se siente igual que estar en Estados Unidos. Se me olvida que estoy en otro país.

Cuando el gallo empieza a cantar, me vuelvo a acordar.

II

Me gustan las caricaturas de Nickelodeon pero también las que pasan en CBS. Mi favorita se llama Chip and Dale Rescue Rangers, la de las dos ardillas que resuelven misterios. Chip tiene la nariz negra y Dale la tiene roja. Sus amigos se llaman Monterey Jack y Gadget.

Las veo en inglés y aprendo palabras nuevas: maniac, slime, impostor. Me interesan más esas palabras que dog, car y house.

III

El único programa que no me gusta ver se llama Are You Afraid of the Dark? Y no me gusta porque la respuesta es: sí.

IV

A veces me da miedo despertar en medio de la noche en una casa nueva, porque durante unos segundos no soy Diego, no tengo seis años, no vivo en Honduras. Durante esos segundos en los que no sé dónde estoy, ni quién soy, ni qué soy…, durante esos momentos siento que puedo ser cualquier persona, estar en cualquier lugar, en cualquier momento.

Y eso me aterra.

Apuntes de un país a la distancia
(2016-2018)

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Dicen mis padres que condujimos durante días por el suroeste de Estados Unidos. Dicen que cruzamos cañones y desiertos. Dicen que cruzamos la frontera de El Paso a Ciudad Juárez, que condujimos de Juárez a Chihuahua. Que pasé largas y meditativas horas mirando por la ventana. “¿Esto es Honduras?”, preguntaba ante el desierto de Durango, ante los valles de Zacatecas. “No”, me respondían. Dicen que nos detuvimos unos días en la Ciudad de México y que ahí comimos en familia. Fuimos a un restaurante enorme con murales de indios y vaqueros. Recuerdo que un tío me dijo que ese mural era Utah y haber pensado que, en una de las colinas retratadas, construirían algún día la casa donde hasta hace poco tiempo vivíamos. Recuerdo haber sentido una profunda certeza: no estaba ante un retrato, ante una alegoría, sino ante un cuadro realista, ante una topografía en la que el futuro aún no ocurría.

Dicen que condujimos por la bochornosa selva hasta llegar a Tapachula. Ahí cruzamos el río y entramos a la Ciudad de Guatemala. De esto me llegan algunos destellos a la mente: que el hotel tenía pasillos largos y oscuros, como las tumbas de una pirámide. Que tenía una alberca y que ahí jugué con un par de niños guatemaltecos. Que dedicamos una tarde a turistear: desde lo alto de un edificio, junto con otros turistas, miramos la ciudad. A algunos les tranquiliza mirar el océano y escuchar la marea: a mí siempre me ha tranquilizado mirar una ciudad desde lo alto y ver a las personas y a los autos reducidos a puntitos de colores. Son lo mismo: representaciones de lo inconmensurable. Ningún hombre es una isla, pero un conjunto de personas es, de algún modo, un archipiélago.

Esas piedras son tuyas, esos ruidos son tu mente.
Malcolm Lowry, El pasado que florece

I

Vivo en la colonia Buenavista, pero algunos le dicen el Río de Piedras. Si sales de la casa y caminas a la derecha, llegarás a la vera del río.

La casa tiene muros gigantes en cuyos bordes hay esquirlas de botellas de Coca-Cola rotas, sumidas en concreto, que la separan de lo que hay afuera. La casa tiene jardín. Mi mamá y yo siempre quisimos vivir en una casa con jardín.

Pero los jardines de Honduras son muy diferentes a los de Utah. El pasto aquí es filoso, las flores tienen espinas. Hay sapos gordos y cubiertos de baba que se esconden en el lodo y una vez vi a Leni, el jardinero, atrapar una serpiente.

Leni le aplastó la cabeza con un ladrillo, la convirtió en sangre y escamas.

—Ya puedes jugar pelota en el jardín, Dieguito —me dijo Leni ese día, mientras enterraba el cuerpo de la víbora.

II

El señor que nos rentó la casa nos dijo que era nueva, que tenía seis meses de construida. “Nueva, nuevecita, van a ser los primeros”, decía.

Pero no éramos los únicos en la casa. Además de los sapos y las víboras en el jardín, había alacranes amarillos en los rincones de las habitaciones, tarántulas carnosas que salían de las coladeras y aparecían en el lavabo, mariposas del Mictlán en el garaje.

Porque la casa nueva, nuevecita, había sido, hasta hace poco, un pedazo de monte. Y las brújulas de los animales marcaban que ahí estaban sus nidos y guaridas.

III

El piso de la casa es frío, me gusta caminar descalzo por él en días de calor.

IV

A veces cuando llego de la escuela hay gringos sentados en la sala. Tienen pelo rubio, camisas blancas, corbatas, en la mesa un vaso de Coca-Cola con hielos frente a ellos.

—Estos chicos son de Utah, Diego. Speak in English with them.
Así que eso hago, hablo en inglés con ellos.

Y entonces mi mamá les pregunta: ¿Conocen a mister and misses Hatch? ¿Y a mister Frieberg? ¿Conocen a mister Bird?

Y a veces sí que conocen a algunos de los amigos de mi mamá.

V

A mi mamá cada día le crece más la panza. Me deja tocarla y sentir a mi hermana allá adentro, dando pataditas.

NOTASPROYECTOHONDURAS.V.SEPTIEMBRE2017_V1.DOCX

No sabía que San Pedro Sula había sido un accidente de la historia. No sabía que en el siglo XIX Honduras había jugado a ser potencia. No sabía que los hondureños se aliaron con inversionistas extranjeros para construir un ferrocarril interoceánico y que este tren sería una de las obras más monumentales y modernas del continente. No sabía que ese pequeño país había soñado con algo tan grande: nada menos que controlar el paso del Pacífico hacia el Atlántico, nada menos que ofrecer una alternativa al Cabo de Hornos. No sabía que, por ahí de 1880, los inversionistas se dieron cuenta de que los panameños estaban planeando construir un canal que haría inviable el proyecto interoceánico. No sabía que esos inversionistas reclamaron la devolución de los préstamos hechos al gobierno de Honduras, a una tasa de interés brutal. No sabía que, cuando Honduras protestó, Inglaterra y Estados Unidos comenzaron a hablar de invasiones, de cobrarse con territorio nacional, de tomar control de las aduanas. No sabía que esto obligó a Honduras a endeudarse por ochenta años y poner en pausa la construcción nacional para pagar esa deuda.

(La primera víctima de la extorsión en el país donde más se extorsiona en el mundo, quién lo hubiera pensado, fue la propia Honduras.)

No sabía que la única razón por la que San Pedro Sula existe es porque la última estación de tren que se construyó antes de que el proyecto se fuera al carajo, cincuenta kilómetros tierra adentro del Atlántico, se llamaba San Pedro. No sabía que gracias a eso San Pedro, hasta entonces poblado insignificante, se convirtió en sitio estratégico: punto de partida y punto de llegada; en el nodo inevitable entre el océano y el interior, el punto de contacto entre los calurosos valles donde rebosan los plátanos y los puertos ansiosos por llevar la fruta a los consumidores del norte.

En otras palabras: no sabía que la ciudad más importante de Honduras se construyó sobre los restos de una obra fallida: el ferrocarril interoceánico. O más bien, sobre los restos de dos obras fallidas: el ferrocarril interoceánico y el proyecto nacional hondureño.

(La ruina de lo que alguna vez Honduras aspiró a ser y no fue, eso es San Pedro Sula.)

 

 

I

A veces mi papá me dice que ya tengo un hermano. Dice que está en El Salvador, que es el país donde mis papás vivían antes de que yo naciera.

—¿Es grande o chiquito? —le pregunto.
—Chiquito —me dice.
—¿Qué tanto?
—Tan chiquito que vive en una caja de cerillos —me dice.

Y me enojo. No me gusta pensar que mi papá tiene otros hijos. Yo quiero que mi papá me quiera más que a nadie. Y tal vez a mi mamá y a mi hermana que va a nacer.

—¿Cómo se llama mi hermano?
—Bugaloo.

Entonces mi papá me cuenta la historia de Bugaloo. Que es chiquitito, que vive en una caja de cerillos, que navega por los ríos de El Salvador, que su mamá se llama Macuca.

II

Mi papá siempre inventa historias como la de Bugaloo porque un día quiere escribir un libro con esas historias. Mi papá iba a estudiar literatura, pero terminó estudiando periodismo porque mi abuelo le dijo que a los que estudian literatura no les pagan por escribir, solo a los periodistas.

Pero mi papá tampoco es periodista, sino que trabaja en el consulado de México, el país de donde somos. La oficina de mi papá está en la colonia Río de Piedras. A veces me lleva con él al trabajo. Cada mañana pasa la primera hora del día leyendo el periódico. Yo le pregunto si su trabajo es leer el periódico. Él me dice que es “parte” de su trabajo.

III

Cuando mi papá termina de leer el periódico, yo también lo leo. A veces me aburro y mejor cojo una pluma y les pinto bigotes a los señores de las fotos, también al presidente. Mi papá se ríe, luego me pide que por favor no haga eso. Él conoce al presidente y no está bien visto que los niños se burlen del presidente.

El presidente se llama Rafael Leonardo y su nombre no se me olvida porque es el de dos de las tortugas ninjas.

IV

Le digo a mi papá que cuando sea grande quiero tener un trabajo fácil, como él. Él repite mis palabras a sus compañeros de trabajo y ellos ríen. Una vez alguien me explicó que para tener su puesto mi papá tuvo que hacer un examen y sacar mejor calificación que muchas otras personas. Pero yo no estoy seguro: creo que su trabajo es fácil.

 


Este es un fragmento del libro Honduras o el canto del gallo, escrito por Diego Olavarría y publicado por Editorial Turner en 2022.

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