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Arte

Literatura y feminismo: Lina Meruane

Ideas de seis mujeres que se abrazan en el feminismo a partir de sus letras.

Es momento de conversar, pero sobre todo de debatir. No tenemos todas las respuestas, pero son necesarias las preguntas. Es momento de repensar y evolucionar nuestras concepciones de género. Es momento de rabia, pero también de esperanza. Es momento de hablar, para nunca callar más.

Aquí están las ideas de seis mujeres que se abrazan en el feminismo a partir de sus letras.

Lina Meruane (1970, Chile)

“Como mujeres hay que pensar mucho más allá de nuestra propia comodidad y privilegio”.

Obra:
Las infantas, 1998. (Novela) Póstuma, 2001. (Novela); Cercada, 2000. (Novela); Fruta podrida, 2007. (Novela); Sangre en el ojo, 2012. (Novela); Sistema nervioso, 2018. (Novela); Viajes virales: la crisis del contagio global en la escritura del sida, 2014. (Ensayo); Volverse palestina, 2013. (Ensayo); Contra los hijos, 2014. (Ensayo)

¿Cuándo y cómo te acercaste al feminismo?
Tuve una educación en un feminismo pasivo. Mi abuela estudió derecho y me impactó su foto de egreso. Eran dos mujeres en dos sillitas y luego 300 hombres de pie y en traje alrededor. Mi abuela, además, es una mujer que se divorció en una época en que las mujeres no debían divorciarse. Las trataban como mujeres sexualmente disponibles. Pagó un precio por su independencia.

Desde que tengo consciencia tuve mucho admiración por ella. Luego estaba la figura de mi madre, que estudió medicina cuando las mujeres a esa edad se estaban casando y teniendo hijos. Esperó su propia maternidad. Mi madre tuvo a mi hermano a los 27 años, pero eso ya era muy tarde en esa época. Tengo recuerdos de esos relatos, de mi abuela, de mi madre, las maneras en que mi madre educó a lo feminista a mi papá. Siempre tuve un padre muy colaborador que se dividía los roles domésticos, tenía una formación feminista que no venía rodeado con un discurso político, pero sí con una micropolítica.

Después, en la universidad, estuve un año de intercambio en Estados Unidos, en un college de mujeres cerca de Boston. Tomé cursos muy radicales de feminismo que me hicieron interesarme en las políticas feministas y que me hicieron entender que había toda una política detrás. Diferentes maneras de reflexionar sobre el lugar de las mujeres en el espacio público.

¿Cuál es tu balance del momento actual que atraviesa el feminismo?
Creo que en la última década ha crecido el interés en el tema, sobre todo porque se han sumado mujeres más jóvenes. Las mujeres de mi generación creíamos que ya se habían solucionado muchos problemas, pero con el advenimiento de la ultraderecha, con sus potenciales discursos antifemeninos y antifeministas y con el aumento de la visibilización de la violencia de las mujeres en el espacio público y en el privado gracias al auge de las redes, nos hemos dado cuenta que no. La alegría de algunas libertades alcanzadas no les llegó a todas las mujeres.

Por otro lado, también es cierto que hay una apropiación del discurso feminista y ahora cualquiera se puede declarar feminista, lo que me produce bastante furia. Hace poco leía a Jessa Crispin, quien tiene un libro titulado Por qué no soy feminista que expone lo que el feminismo no es, como acceder a ciertos puestos de responsabilidad o cosechar logros individuales. Es decir, no hay que pensar en nosotras mismas y nuestros logros, sino en cambiar la estructura para que más y todas accedan a esos mismos beneficios. Me parece que es un argumento importante exigirnos como mujeres pensar mucho más allá de nuestra propia comodidad y lugar.

¿Te identificas con alguna facción feminista?
No me he afiliado a una corriente específica del feminismo porque quiero resguardar mi posibilidad de disentir. No pienso en el feminismo como quien milita en un partido, sino en una lógica mucho más amplia que me permita pensar críticamente en perspectivas diferentes. No hay que olvidar que los feminismos están fechados: el de igualdad, el de diferencia, el ecologista, todos responden a un contexto de producción específico. Hay cuestiones de cada uno de ellos que mantienen sentido y otros no tanto. Hay algunos feminismos que son más castigadores del gozo, son más punitivos, más eurocéntricos, pensados desde clases altas, mujeres blancas, con cierto privilegio. Cada feminismo necesita una contextualización y autocrítica.

Contra los hijos es un ensayo que pone en tela de juicio el rol de la maternidad como una estrategia de la narrativa neoliberal para  regresar a las mujeres al cuidado del hogar. ¿En qué consiste a grandes rasgos?
La maternidad es un discurso muy viejo, sólo que cada era lo arropa con nuevas retóricas. Es un péndulo que se mueve en dos direcciones. En la medida en que las mujeres descubren el truco — es decir, cuando descubren que están siendo empujadas a la maternidad sin ningún tipo de ayuda y por tanto, se oponen a esas políticas— vuelve a haber una especie de reconfiguración discursiva para convencerlas de que tener muchos hijos es contribuir con el proyecto patrio, el sistema económico, incluso hasta un tema de fe.

El periodo neoliberal reactiva el discurso promaterno ya que llama a la libertad del consumo, de decisión, del individualismo, pero al mismo tiempo, esa retórica demanda que la madre abandone el espacio profesional y la libre elección para volver a la casa.

El discurso neoliberal requiere de un trabajo gratuito de servicio a los enfermos, a los niños, a los viejos. Se pide que la mujer tome un trabajo donde el estado ha abandonado sus funciones custodiales. Alguien se tiene que hacer cargo de ese cuidado y alguien debe hacerse cargo sin cobrar. Ésa es la trampa.

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