Literatura y salud mental: Para muestra un botón (de pánico)

Para muestra un botón (de pánico)

Enfermedades como la depresión y compulsiones como el perfeccionismo aparecen como temas en la literatura contemporánea escrita por mujeres. Este ensayo presenta un panorama que retoma las obras clásicas de Woolf y Plath para explorar cómo una decena de autoras ha elegido representar y escribir sobre la salud mental.

Tiempo de lectura: 11 minutos

La escritora estadounidense Sylvia Plath habló de “Johnny Panic and the Bible of Dreams”, inspirada por su experiencia como asistente en un hospital psiquiátrico. En el cuento, la narradora tenía el trabajo de registrar los sueños de los pacientes, sus delirios. Escribió también el poema “Lady Lazarus”, que rescata su renacer de las cenizas luego de intentar apagarse tantas ve-ces durante su vida. Virginia Woolf, por su par-te, oía voces y a los pájaros conversar en griego. Decía también que la enfermedad la obligaba a inventar un lenguaje nuevo, un particular idioma. Woolf, como Plath, sabía de lo que estaba hablando. Su primer intento de suicidio fue a los veintidós años, luego de la muerte de su padre. Se lanzó de una ventana, tal como lo haría Septimus Smith —su personaje que sufre de estrés postraumático en La señora Dalloway— tanto tiempo después. Woolf, a quien le prohibieron acercarse a Londres, la ciudad de sus amores, porque podía desestabilizarla; a quien le extrajeron dientes y obligaron a escribir en tandas breves de quince minutos. Woolf, a quien le prohibieron ser madre. 

Pero la representación de la locura, especialmente en personajes femeninos, viene de an-tes y tiene una marca aterradora. Me refiero a la loca del ático, de Charlotte Brontë, en la novela Jane Eyre, que luego Jean Rhys resignifica en su brillante Ancho mar de los Sargazos. Quien, para Brontë, era una mujer desquiciada, traída de las colonias y cercana a la bestialidad (una carga para que Mr. Rochester pudiera concretar su amor con Jane), se convierte, en la imaginación de Rhys, en una mujer vulnerada y vulne­rable, a quien llevan a una fría habitación en Inglaterra, dopada y contra su voluntad, desde Dominica (un sitio con una naturaleza en la que siempre encontraba refugio). Una habitación cerrada y vigilada que luego ella prenderá en llamas. Otra mujer triste, como las heroínas que caracterizan la obra de Rhys; mujeres, generalmente extranjeras, que buscan un lugar en el mundo. 

Acercarse a la salud mental y su retrato literario es asistir a un brutal desencajamiento. Hay algo que no calza del todo, ya sea por expectativas de los demás o propias. Hay un dolor que busca entenderse y que expande los límites de la comprensión y del lenguaje. Es lo que pasa con la madre de la protagonista de Los abis-mos, de la autora colombiana Pilar Quintana, novela ganadora del Premio Alfaguara 2021. En ella, la hija narradora contempla a su madre desmoronarse. Hay una tristeza emponzoñada que no se va, hay decisiones que le pesan y le pasan por encima. La madre sufre un desen­canto amoroso profundo y entonces se obsesiona con suicidas famosas. Leemos, desde las palabras y los ojos de su hija: “Con Natalie Wood, en los tiempos de antes, mi mamá tuvo una obsesión. Era una actriz famosa que encon­traron muerta, flotando bocabajo, en el mar. En piyama, me contó mi mamá, con medias de lana, una chaqueta roja y el pelo abierto sobre el agua como una medusa. Durante semanas no habló de otra cosa”.

El retrato de la hija es curioso y brutal. Abre los ojos bien grandes y lo registra todo. En la cotidianidad y la rutina lee la tristeza de su madre. Así, leemos nosotros también: “Yo almorzaba y ella dormía. Hacía las tareas y ella dormía. A las cuatro encendía el televisor y, mientras yo veía Plaza Sésamo, ella dormía”. Incluso, en un momento, le pregunta si quiere vivir. Porque de-trás de la madre se vislumbra la sombra de un abismo (como los que anuncia el título de la novela) que la niña intuye y teme (“Entonces lo vi en sus ojos. El abismo dentro de ella, igual al de las mujeres muertas, al de Gloria Inés, una grieta sin fondo que nada podía llenar”). 

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