Orson Welles: el más astuto de los mentirosos
El director que se autocalificó de charlatán e ilusionista.
mayo 6, 2019

Hay un término controversial para hablar de creación cinematográfica: autor. Al ser el cine un arte colaborativo, el tema de la autoría es un factor sensible. ¿Es el director el único creador de una obra cinemática? ¿Su visión está realmente impresa en todo aspecto de una película? Hay mucha bibliografía al respecto, así como escritores que apoyan esta idea del autor unitario, (Andrew Sarris, para referencia) o están radicalmente en contra (como lo estaba la legendaria escritora Pauline Kael). No obstante, hay algo innegable: pocas personalidades han hecho tan difícil fijar una postura en este debate como Orson Welles.

George Orson Welles es llamado hoy, más de tres décadas después de su muerte “innovador”, “el mejor director de la historia”, “un autor norteamericano” (por el propio Sarris), y “un comedor compulsivo”, (por su amigo y también director Peter Bogdanovich) entre muchas otras cosas. En la última película que estrenó en vida, F For Fake, Welles se autonombró un charlatán, un ilusionista. Genuinamente interesado en el poder de las imágenes y de su yuxtaposición, Welles podrá o no ser un autor según la teoría, pero su figura es seminal para el mundo cinematográfico, y su impacto no se puede minimizar.

Orson Welles

Orson Welles / Wikimedia Commons

Nacido en 1915, Welles tuvo siempre interés en la performatividad. Actuación, teatro, cine y hasta música capturaron su interés en una infancia más bien problemática. Su madre murió a edad temprana y su padre, quien padecía de alcoholismo y de un escaso tacto, no fue la mejor figura paternal. Ésta más bien la encontró a través de Roger Hill, educador y director del Todd Seminary for Boys, una escuela que enfatizaba la educación práctica y expresión creativa sobre la teoría o academia. Hill fue para Welles una figura no sólo educativa sino de amistad y amor incondicional, que lo motivó a convertirse en un creador compulsivo y a perseguir implacablemente sus motivaciones.

Su pasión principal, en sus palabras, era el teatro, y en su tiempo en el seminario se dedicó a hacer pequeñas adaptaciones de Shakespeare y otras obras.

Aunque principalmente recordado por sus aportaciones cinematográficas, Welles fue un innovador en varias plataformas artísticas y mediáticas. Su legendaria rendición radiofónica de La Guerra de los Mundos se encuentra en los anales de todas las clases de comunicación, y su icónica voz lo hizo una estrella masiva del mundo auditivo y radiofónico. En el punto más alto de su carrera, solamente prestando su voz, llegó a ganar tanto dinero como una estrella de Hollywood.

En el teatro, Welles sacudió el mundo de Broadway en 1937 con su puesta en escena de César, una reinterpretación de Julio César de Shakespeare. Para la puesta en escena, Welles decidió quitar el telón y utilizar solamente una pared de ladrillos vívidamente rojos en el fondo, y ambientar la obra ya no en la antigua Roma, sino en un espacio militar-totalitario que puede leerse como la Alemania Nazi o Italia bajo el fascismo. La obra fue un éxito rotundo por su creativa ambientación y mensaje anti-fascista y colocó al director como una figura icónica en el teatro neoyorkino. La revista Time decidió hacer de él su portada para la primera semana de mayo 1938.

Orson Welles en Caesar

Orson Welles en su adaptación de Caesar / Wikimedia Commons

Su compañía de teatro, Mercury Theatre, continuó con exitosas puestas en escena Shakespereanas, producciones radiofónicas (donde se gestó la versión de La Guerra de los Mundos antes mencionada) y adaptaciones de otros dramaturgos como Thomas Dekker o George Bernard Shaw.

Una vez establecido como un artista portentoso, Hollywood le hizo una oferta sin precedentes: la dirección, actuación principal, producción, guión y derechos de corte final para una ópera prima.  Hasta el día de hoy, semejante oferta es prácticamente imposible de conseguir de una película para un cineasta debutante. El eventual resultado de esta negociación fue El Ciudadano Kane, película que el Instituto de Cinematografía Americano (AFI por sus siglas en inglés) considera la mejor de la historia. Ya sea por el uso de enfoque total (es decir, nada en pantalla está fuera de foco), el estilo narrativo desordenado pero perfectamente estructurado o sus intenciones tan afines al espectáculo y aptas para Hollywood: El Ciudadano Kane es un trabajo ruidoso, exorbitante y ambicioso.

Pauline Kael la describió muy bien al decir que “Es difícil explicar qué hace a un gran trabajo algo grande, particularmente con las películas y quizá especialmente con El Ciudadano Kane, porque no es un trabajo de especial profundidad o de belleza sutil. Es un trabajo superficial, una obra maestra superficial”.

De un día para otro, el joven de 26 años, que jamás había dirigido una película era considerado el realizador más importante de su generación. Aunque nunca tuvo la misma libertad creativa y de producción que con El Ciudadano Kane, el resto de sus películas no hicieron menos ruido o tuvieron menor influencia para el mundo cinematográfico. Los Magníficos Amersons, La Dama de Shanghái y Sed de Mal, entre varias otras, cimentaron una de las mentes creativas más peculiares que ha dado Hollywood. A través de tomas largas, retratos de ansiedades sexuales reprimidas y personajes de moral laxa y sus conflictos, el director concretó una obra cinematográfica inolvidable y portentosa.

La vida de Orson Welles llegó a su fin en octubre de 1985 de un ataque al corazón. La última película que estrenó en vida es probablemente su trabajo más destacado, F For Fake es un experimento inclasificable; parte ficción, parte documental, parte burla y bufonería, parte making of, todo Orson Welles. El largometraje es un destilado de todas sus ansiedades y oposiciones cinematográficas: la realidad vs la ficción, lo que uno ve vs lo que en verdad sucede, lo que es real vs lo que no.

Pero el director no sólo terminó su vida con un fuerte y enigmático azote, sino que dejaría una sacudida pendiente para manifestarse 30 años después de su muerte, cuando el servicio Netflix terminó la edición de un largometraje que dejó inconcluso: Al Otro lado del Viento. 

Con casi cuatro décadas en su realización, extenso trabajo de restauración y una trama que es sospechosamente cercana a la vida de Welles, Al Otro Lado del Viento es otro experimento inclasificable de Wells, parte documental (falso) y en parte también una película-dentro-de-una-película. Estelarizada por John Huston (director leyenda en su propio mérito) y compañeros de Welles como Peter Bogdanovich, Susan Strasberg y Paul Stewart, Al Otro Lado del Viento es prueba de que, aún después de la muerte, la historia de Orson Welles no se ha terminado de escribir y —mucho menos— descifrar.


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