El lenguaje de los juegos
"Playgrounds del México moderno", del historiador de arte Aldo Solano Rojas.
octubre 22, 2019

Tubos, concreto y metal son los materiales que uno suele encontrar en la historia de los playgrounds en México, en los que a través de mobiliario urbano se buscaba crear un ambiente dedicado al esparcimiento infantil. El proyecto, inspirado en el modelo estadounidense y europeo, comenzó a gestarse en México a inicios del siglo XX, pero ganó relevancia concluida la Revolución. Fue ese periodo de posguerra en el que artistas, arquitectos y diseñadores, de la mano del gobierno mexicano, proyectaron en la niñez el futuro del país, un segmento de la sociedad que era necesario cuidar, empoderar y moldear para lograr mejores ciudadanos.

Era clara la necesidad de impulsar la infraestructura del ocio, un lugar como el área de juegos dentro del espacio público dedicado a los niños. Los resultados fueron variados: desde el arenero en el patio de juegos de la guardería al interior de la Unidad Habitacional Santa Fe IMSS (1957) de los arquitectos Mario Pani y José Luis Cuevas, hasta el cohete espacial de 12 metros que, con total facha soviética, vino a ocupar una de las áreas de juego del Complejo Habitacional Nonoalco Tlatelolco (1964) en plena Guerra Fría.

El cohete de Tlatelolco en el Complejo Habitacional Nonoalco Tlatelolco (1964). Autor desconocido.

El cohete de Tlatelolco en el Complejo Habitacional Nonoalco Tlatelolco (1964). Autor desconocido.

En su conjunto, las zonas infantiles lograron una suerte de línea del tiempo que hoy permite conocer a México a través del espacio urbano dedicado a la niñez. De ahí parte Playgrounds del México moderno, del historiador de arte Aldo Solano Rojas, una antología de espacios de juegos públicos en el país que, además de proporcionar herramientas para conocer y entender el panorama político-social de décadas atrás, resalta la importancia de la integración plástica en la historia de los diseños.

“Sin darnos cuenta, casi todos los niños mexicanos jugamos en importantes ejemplos de integración plástica moderna, que fueron hechos por notables artistas y arquitectos”, cuenta Solano Rojas a Gatopardo, tales como los hermanos Barragán y sus estructuras geométricas en concreto colocadas en el Parque Revolución o el laberinto de Fernando González Gortázar en el Parque Amarillo, ambas en Guadalajara. Sin embargo, al inicio, pocos fueron los que asumieron la autoría de su trabajo, en parte porque el mobiliario urbano infantil era considerado un ejercicio menor, que se le comisionaba a arquitectos o artistas jóvenes que por vergüenza no quisieron firmar o divulgar sus trabajos. En otros casos, como el del escultor Alberto Pérez Soria, se sufría de “una especie de anonimato institucional”.

La Pirámide en Torres de Mixcoac, Ciudad de México (1971). De Mathias Goeritz.

La Pirámide en Torres de Mixcoac, Ciudad de México (1971). De Mathias Goeritz.

El espacio público siempre fue motivo de curiosidad en la carrera de Solano, pues es un sitio “que no es de nadie en particular, pero es un lugar donde existen normas y acuerdos tácitos de comportamiento”. Motivado por conocer la historia de los playgrounds del país, a los que describe como algo importante pero a la vez omnipresente, el historiador emprendió la andanza de explorar y conocer el espacio público a través de las áreas públicas de juego, un proyecto que formuló desde su maestría en la Universidad de Granada, España. A su vez, la idea original fue creciendo con apoyo de la Fundación Jumex, que ahora se traslada al libro Playgrounds del México moderno (2019), publicado por la Promotora Cultural Cubo Blanco.

“Me di cuenta de que, en comparación con el resto del mundo, México tuvo un lenguaje muy particular en esta tipología de diseño, teniendo alcances de gran escala que abarcaron casi todo el país, a diferencia de otras naciones en donde son proyectos pequeños y casi piezas únicas”, señala Solano Rojas. Las esculturas-juegos en bronce con formas de animales de Pérez Soria son un ejemplo perfecto de ello. La iniciativa fue presentada al Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI) a inicios de la década de los setenta. Sin embargo, la institución dejó de lado al autor, tomó la idea y la transformó en grandes reproducciones en concreto que, a la fecha, se encuentran en espacios públicos como el Parque Miraflores de la capital del país.

Laberinto para la zona infantil del Parque Amarillo, en Guadalajara, Jalisco. Proyecto de Fernando González Gortázar (1969).

Laberinto para la zona infantil del Parque Amarillo, en Guadalajara, Jalisco.
Proyecto de Fernando González Gortázar (1969).

Solano Rojas explica que con su investigación percibió que, a través de los playgrounds en diversos puntos del país, “encontramos la prueba material de las preocupaciones por la niñez por parte de los gobiernos de todo el siglo XX”, pues es a través de éstos que en la actualidad “podemos conocer las inquietudes de artistas y arquitectos, así como el apoyo que daba el gobierno hacia la educación y el cuidado de los niños”. Sin embargo, la antología en la que el historiador trabajó trasciende y sirve de guía para comprender la importancia de la integración plástica en la historia de los diseños; facilita la labor de protegerlos y preservarlos, pues al final son muestra tangible de la historia del diseño del país.

“Los historiadores del futuro sabrán mucho de nosotros al estudiar los playgrounds de plástico prefabricados y colocados hoy bajo los puentes peligrosos e insalubres de la ciudad”, concluye.

*Cortesía de Playgrounds del México moderno/Colección Carlos Villasana.


 

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