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Val Kilmer, el peso de la ausencia

Val Kilmer, el peso de la ausencia

Texto de
Fotografía de
Realización de
Ilustración de
Traducción de
La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz.
05
.
04
.
25
AAAA
Tiempo de Lectura: 00 min

Dadas sus características físicas, Val Kilmer pudo conformarse con ser un actor-muñeco más; en cambio, dotó de complejidad a cada uno de sus personajes. 

Una parte importante de quienes crecimos en los años noventa debemos tener siquiera el recuerdo de haber ido al cine a ver Batman eternamente (Batman Forever, 1995). A mí me quedan de esa época varias figuras de Batman, adaptadas para todo tipo de circunstancias que ni siquiera se dan en la película: una está equipada para sumergirse y respirar bajo el agua; otra lleva unas batiespadas con batiforma circular, pero por encima de todos está un Batman idéntico al de la película. En aquella época hubo un apogeo de actores de Hollywood que podíamos tener en casa en forma de figuritas, apenas parecidas a ellos, pero los niños no sabíamos ni quiénes eran; nos importaban sus personajes. Debo tener por ahí figuras también de Julianne Moore y Laura Dern, basadas en sus personajes de las primeras dos películas de Parque Jurásico, lo cual mueve a una sensación de extrañeza: hoy me es impensable Laura Dern, de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), o Ciertas mujeres (Certain Women, 2017), como una figura de acción, pero en aquel Hollywood todo era posible.

Hoy hay muñecos de Chris Pratt como Starlord, o de Chris Hemsworth como Thor, pero ellos no tienen papeles como los de los actores-muñeco que los precedieron. Jason Momoa parece hecho para ser convertido en figurita, pero no en actor de a de veras: uno que pase de un género a otro, de la histeria al humor o de ahí a la contención de unas emociones que su personaje no pueda permitirse. Val Kilmer sí fue ambas cosas, y por ello tiene más y menos sentido como un muñeco de plástico: él fingía pilotear aviones y vencer al mal, pero también encarnó con pasión a un médico tuberculoso que amó a su amigo Wyatt Earp, o a una estrella de rock condenada, como él mismo, a ser ícono.

La propia Batman eternamente alberga las contradicciones de aquel estrellato. La experiencia parece haber sido insoportable para Kilmer, ya que el traje de superhéroe impedía sus movimientos; la máscara evitaba que viéramos sus expresiones. Es cuando aparece Bruno Díaz (o Bruce Wayne), que podemos observarlo a plenitud, aunque su interpretación no cambia mucho. Para mantener la coherencia, sus movimientos son limitados, su rostro, inexpresivo, y su voz relajada. Fuera de cuadro, como lo sugieren las grabaciones del propio Kilmer, que aparecen en el documental autobiográfico Val (2021), el actor era un payaso: le gustaba hacer muecas, voces, llamar la atención con bromas. Sin embargo, también era entregado. Cuando su personaje recuerda la muerte de sus padres, Kilmer se congela: no es un mal actor incomodado por las exigencias de una producción inmensa, sino un artista con la misión de representar fielmente la experiencia de quedar huérfano: en sus silencios podemos verlo reflexionar sobre su pérdida. Si lo comparamos con su sucesor en el rol de Batman, George Clooney, queda claro el compromiso de Kilmer, quien se negó a interpretar al personaje desde su propio carisma, el cual nada tenía que ver con la historia. Clooney evoca a partir de movimientos nerviosos de los hombros y reacciones humorísticas al simpático Adam West.

Para Kilmer, la historia de Batman es una de trauma. Su seriedad se corresponde con interpretaciones más modernas del personaje y probablemente en ella estén las semillas de lo que harían Christian Bale y Robert Pattinson, herederos del actor-muñeco que rechazó la fama en busca de algo más íntimo. Kilmer fue un devoto de la Ciencia Cristiana y, sin importar lo que pensemos de su fe, se entregó a sus personajes como al misterio de la divinidad. De ahí vino una reputación de difícil, pero Kilmer estaba en la búsqueda de una verdad —como un fiel, un fanático— que no solo ilusionara al público, sino que lo conmoviera a partir de un gesto que le haría mirarse a sí mismo. Aunque muchas veces el cine, obligado por el montaje, esconda el trabajo del actor, Kilmer buscaba que se viera. Seguramente había involucrada en ello una vanidad que exigía llamarlo por los nombres de sus personajes, pero también un respeto absoluto, excesivo, a la labor de la actuación. 

A Kilmer lo inspiraron figuras que, como él, usaban el estrellato para mostrar lo lejos que podía llegar una interpretación. Entre sus favoritos citaba a Marlon Brando y John Garfield, dos de los grandes egresados del método de Stanislavski en sus primeros años fuera de Rusia. Kilmer buscó una técnica que igualara a sus héroes, destacados por traer el naturalismo a la pantalla de cine. Por ejemplo, dice haber inventado una biografía para su personaje, Iceman, en Top Gun (1986), que le diera sentido a su arrogancia y su comportamiento desafiante: en su imaginación le dio a Iceman un padre exigente cuyo amor solo podía obtenerse mediante el éxito. Nada de esto aparece en pantalla, pero Kilmer rascaba la superficie de los guiones, que ofrecían algunas líneas, algunas acciones, para encontrar el centro desde el cual interpretar a hombres que probablemente tenían muy poco en común con él. En 2006, Kilmer hizo de cadáver en el western polaco Summer Love, en el que no se le ve vivo jamás. Su personaje no tiene momentos en el pasado o una resurrección; todo el metraje está muerto y, aunque la cámara se interesa mucho en él —¡es Val Kilmer, después de todo!—, él no hace un solo gesto para llamar la atención. Quién sabe qué tanto se preparó para el rol, pero el compromiso a cuadro es evidente. Kilmer fue, por esta razón, un gran actor de reparto. 

Basta ver Fuego contra fuego (Heat, 1995) para encontrarse con un actor que podía robarle la escena a Robert De Niro gracias a su intensidad, pero que se ubicaba en su lugar de la jerarquía dentro y fuera de la pantalla. Kilmer interpreta a un miembro de la organización de Neil McCauley (De Niro), un ladrón devoto: Neil carece de lujos y de romance; es un monje al servicio de la profesión de robar, y dispuesto por ello a huir cuando la policía se le acerque. Chris Shiherlis (Kilmer) vive con miedo a perder a su esposa, Charlene (Ashley Judd), y se convierte en la figura más conmovedora en el desenlace, cuando intenta ir a casa después de un robo fallido; ella lo ve desde el balcón y le hace una señal discreta para repelerlo. Chris la ve primero con una sonrisa, pero ante el gesto se viene abajo: la boca se cierra y él se vuelve a ver lánguido, enfermo. 

En Enemigo interno (Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans, 2009), la estrella es Nicolas Cage, pero Kilmer conjura a una versión perversa de John Garfield que habla rápido y se ríe con crueldad de la desgracia ajena. Kilmer tenía un talento particular con las voces, que se percibe al imitar a Jim Morrison en The Doors (1991), ya sea recitando sus versos esotéricos o descomponiéndose en gritos que expresan horror y pasión. En Anónimos (Masked and Anonymous, 2003), Kilmer es quien enuncia el título de la película; su personaje, que aparece en una sola escena y otro par de planos, es un cuidador de animales sureño que monologa proféticamente sobre la pureza de la vida animal y las traiciones natas de la especie humana. De nuevo, la estrella es alguien más, Bob Dylan, pero en su reacción parece asomarse la impresión no de su personaje Jack Fate, sino del propio músico, rebasado por la distribución de gestos de su colega. 

Val Kilmer fue un espectáculo, un muñeco de acción, un invento de los estudios que se salió de control y con el que nunca supieron del todo qué hacer. Tenía todas las características de una estrella (atractivo, fuerza, carisma), pero sobre todo tenía la curiosidad de un actor genuino. Kilmer se negó a volver al papel de Batman para hacer una película que pudiera ser menor en muchos aspectos, pero que representaba para él un reto: El santo (The Saint, 1997), en la que interpretó a un espía que se disfrazaba como decenas de personajes. Kilmer hace de general ruso, de pintor torturado, de personas mayores y menores a él, y en cada pequeño papel se percibe una vida entera, vivida a lo mejor por unas horas, unos días. En un videoclip de Oneohtrix Point Never, su pura presencia es un fenómeno emocionante, pero los gestos sutiles de sus cejas, sus ojos, de su cuerpo dormitando, cuentan la historia de un humanoide aprendiendo a dormir. 

La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz, entendida como su aportación, su lugar en el cine. Kilmer alcanzó siquiera un epílogo para su carrera en Top Gun: Maverick (2022). “Es tiempo de soltar”, escribe en una pantalla ante la imposibilidad de hablar. Maverick (Tom Cruise) responde que él es solo un piloto, no un instructor, pero Iceman le contesta que la marina lo necesita. Ya viejos, los dos hombres que algún día parecieron inmortales se ven acosados por la muerte. Iceman, de hecho, muere, pero la escena vive, y la conmoción de Cruise, provocada por el esfuerzo de Kilmer por hablar una última vez en la pantalla, se queda como un símil del público. No habrá otro como él, pero en muñecos de Batman, en recuerdos de sus papeles y en las imágenes, que quedan como un testamento de su pasión, la presencia permanece. El cine es como la noche porque nos permite ver estrellas. 

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Dadas sus características físicas, Val Kilmer pudo conformarse con ser un actor-muñeco más; en cambio, dotó de complejidad a cada uno de sus personajes. 

Una parte importante de quienes crecimos en los años noventa debemos tener siquiera el recuerdo de haber ido al cine a ver Batman eternamente (Batman Forever, 1995). A mí me quedan de esa época varias figuras de Batman, adaptadas para todo tipo de circunstancias que ni siquiera se dan en la película: una está equipada para sumergirse y respirar bajo el agua; otra lleva unas batiespadas con batiforma circular, pero por encima de todos está un Batman idéntico al de la película. En aquella época hubo un apogeo de actores de Hollywood que podíamos tener en casa en forma de figuritas, apenas parecidas a ellos, pero los niños no sabíamos ni quiénes eran; nos importaban sus personajes. Debo tener por ahí figuras también de Julianne Moore y Laura Dern, basadas en sus personajes de las primeras dos películas de Parque Jurásico, lo cual mueve a una sensación de extrañeza: hoy me es impensable Laura Dern, de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), o Ciertas mujeres (Certain Women, 2017), como una figura de acción, pero en aquel Hollywood todo era posible.

Hoy hay muñecos de Chris Pratt como Starlord, o de Chris Hemsworth como Thor, pero ellos no tienen papeles como los de los actores-muñeco que los precedieron. Jason Momoa parece hecho para ser convertido en figurita, pero no en actor de a de veras: uno que pase de un género a otro, de la histeria al humor o de ahí a la contención de unas emociones que su personaje no pueda permitirse. Val Kilmer sí fue ambas cosas, y por ello tiene más y menos sentido como un muñeco de plástico: él fingía pilotear aviones y vencer al mal, pero también encarnó con pasión a un médico tuberculoso que amó a su amigo Wyatt Earp, o a una estrella de rock condenada, como él mismo, a ser ícono.

La propia Batman eternamente alberga las contradicciones de aquel estrellato. La experiencia parece haber sido insoportable para Kilmer, ya que el traje de superhéroe impedía sus movimientos; la máscara evitaba que viéramos sus expresiones. Es cuando aparece Bruno Díaz (o Bruce Wayne), que podemos observarlo a plenitud, aunque su interpretación no cambia mucho. Para mantener la coherencia, sus movimientos son limitados, su rostro, inexpresivo, y su voz relajada. Fuera de cuadro, como lo sugieren las grabaciones del propio Kilmer, que aparecen en el documental autobiográfico Val (2021), el actor era un payaso: le gustaba hacer muecas, voces, llamar la atención con bromas. Sin embargo, también era entregado. Cuando su personaje recuerda la muerte de sus padres, Kilmer se congela: no es un mal actor incomodado por las exigencias de una producción inmensa, sino un artista con la misión de representar fielmente la experiencia de quedar huérfano: en sus silencios podemos verlo reflexionar sobre su pérdida. Si lo comparamos con su sucesor en el rol de Batman, George Clooney, queda claro el compromiso de Kilmer, quien se negó a interpretar al personaje desde su propio carisma, el cual nada tenía que ver con la historia. Clooney evoca a partir de movimientos nerviosos de los hombros y reacciones humorísticas al simpático Adam West.

Para Kilmer, la historia de Batman es una de trauma. Su seriedad se corresponde con interpretaciones más modernas del personaje y probablemente en ella estén las semillas de lo que harían Christian Bale y Robert Pattinson, herederos del actor-muñeco que rechazó la fama en busca de algo más íntimo. Kilmer fue un devoto de la Ciencia Cristiana y, sin importar lo que pensemos de su fe, se entregó a sus personajes como al misterio de la divinidad. De ahí vino una reputación de difícil, pero Kilmer estaba en la búsqueda de una verdad —como un fiel, un fanático— que no solo ilusionara al público, sino que lo conmoviera a partir de un gesto que le haría mirarse a sí mismo. Aunque muchas veces el cine, obligado por el montaje, esconda el trabajo del actor, Kilmer buscaba que se viera. Seguramente había involucrada en ello una vanidad que exigía llamarlo por los nombres de sus personajes, pero también un respeto absoluto, excesivo, a la labor de la actuación. 

A Kilmer lo inspiraron figuras que, como él, usaban el estrellato para mostrar lo lejos que podía llegar una interpretación. Entre sus favoritos citaba a Marlon Brando y John Garfield, dos de los grandes egresados del método de Stanislavski en sus primeros años fuera de Rusia. Kilmer buscó una técnica que igualara a sus héroes, destacados por traer el naturalismo a la pantalla de cine. Por ejemplo, dice haber inventado una biografía para su personaje, Iceman, en Top Gun (1986), que le diera sentido a su arrogancia y su comportamiento desafiante: en su imaginación le dio a Iceman un padre exigente cuyo amor solo podía obtenerse mediante el éxito. Nada de esto aparece en pantalla, pero Kilmer rascaba la superficie de los guiones, que ofrecían algunas líneas, algunas acciones, para encontrar el centro desde el cual interpretar a hombres que probablemente tenían muy poco en común con él. En 2006, Kilmer hizo de cadáver en el western polaco Summer Love, en el que no se le ve vivo jamás. Su personaje no tiene momentos en el pasado o una resurrección; todo el metraje está muerto y, aunque la cámara se interesa mucho en él —¡es Val Kilmer, después de todo!—, él no hace un solo gesto para llamar la atención. Quién sabe qué tanto se preparó para el rol, pero el compromiso a cuadro es evidente. Kilmer fue, por esta razón, un gran actor de reparto. 

Basta ver Fuego contra fuego (Heat, 1995) para encontrarse con un actor que podía robarle la escena a Robert De Niro gracias a su intensidad, pero que se ubicaba en su lugar de la jerarquía dentro y fuera de la pantalla. Kilmer interpreta a un miembro de la organización de Neil McCauley (De Niro), un ladrón devoto: Neil carece de lujos y de romance; es un monje al servicio de la profesión de robar, y dispuesto por ello a huir cuando la policía se le acerque. Chris Shiherlis (Kilmer) vive con miedo a perder a su esposa, Charlene (Ashley Judd), y se convierte en la figura más conmovedora en el desenlace, cuando intenta ir a casa después de un robo fallido; ella lo ve desde el balcón y le hace una señal discreta para repelerlo. Chris la ve primero con una sonrisa, pero ante el gesto se viene abajo: la boca se cierra y él se vuelve a ver lánguido, enfermo. 

En Enemigo interno (Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans, 2009), la estrella es Nicolas Cage, pero Kilmer conjura a una versión perversa de John Garfield que habla rápido y se ríe con crueldad de la desgracia ajena. Kilmer tenía un talento particular con las voces, que se percibe al imitar a Jim Morrison en The Doors (1991), ya sea recitando sus versos esotéricos o descomponiéndose en gritos que expresan horror y pasión. En Anónimos (Masked and Anonymous, 2003), Kilmer es quien enuncia el título de la película; su personaje, que aparece en una sola escena y otro par de planos, es un cuidador de animales sureño que monologa proféticamente sobre la pureza de la vida animal y las traiciones natas de la especie humana. De nuevo, la estrella es alguien más, Bob Dylan, pero en su reacción parece asomarse la impresión no de su personaje Jack Fate, sino del propio músico, rebasado por la distribución de gestos de su colega. 

Val Kilmer fue un espectáculo, un muñeco de acción, un invento de los estudios que se salió de control y con el que nunca supieron del todo qué hacer. Tenía todas las características de una estrella (atractivo, fuerza, carisma), pero sobre todo tenía la curiosidad de un actor genuino. Kilmer se negó a volver al papel de Batman para hacer una película que pudiera ser menor en muchos aspectos, pero que representaba para él un reto: El santo (The Saint, 1997), en la que interpretó a un espía que se disfrazaba como decenas de personajes. Kilmer hace de general ruso, de pintor torturado, de personas mayores y menores a él, y en cada pequeño papel se percibe una vida entera, vivida a lo mejor por unas horas, unos días. En un videoclip de Oneohtrix Point Never, su pura presencia es un fenómeno emocionante, pero los gestos sutiles de sus cejas, sus ojos, de su cuerpo dormitando, cuentan la historia de un humanoide aprendiendo a dormir. 

La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz, entendida como su aportación, su lugar en el cine. Kilmer alcanzó siquiera un epílogo para su carrera en Top Gun: Maverick (2022). “Es tiempo de soltar”, escribe en una pantalla ante la imposibilidad de hablar. Maverick (Tom Cruise) responde que él es solo un piloto, no un instructor, pero Iceman le contesta que la marina lo necesita. Ya viejos, los dos hombres que algún día parecieron inmortales se ven acosados por la muerte. Iceman, de hecho, muere, pero la escena vive, y la conmoción de Cruise, provocada por el esfuerzo de Kilmer por hablar una última vez en la pantalla, se queda como un símil del público. No habrá otro como él, pero en muñecos de Batman, en recuerdos de sus papeles y en las imágenes, que quedan como un testamento de su pasión, la presencia permanece. El cine es como la noche porque nos permite ver estrellas. 

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La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz.
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Dadas sus características físicas, Val Kilmer pudo conformarse con ser un actor-muñeco más; en cambio, dotó de complejidad a cada uno de sus personajes. 

Una parte importante de quienes crecimos en los años noventa debemos tener siquiera el recuerdo de haber ido al cine a ver Batman eternamente (Batman Forever, 1995). A mí me quedan de esa época varias figuras de Batman, adaptadas para todo tipo de circunstancias que ni siquiera se dan en la película: una está equipada para sumergirse y respirar bajo el agua; otra lleva unas batiespadas con batiforma circular, pero por encima de todos está un Batman idéntico al de la película. En aquella época hubo un apogeo de actores de Hollywood que podíamos tener en casa en forma de figuritas, apenas parecidas a ellos, pero los niños no sabíamos ni quiénes eran; nos importaban sus personajes. Debo tener por ahí figuras también de Julianne Moore y Laura Dern, basadas en sus personajes de las primeras dos películas de Parque Jurásico, lo cual mueve a una sensación de extrañeza: hoy me es impensable Laura Dern, de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), o Ciertas mujeres (Certain Women, 2017), como una figura de acción, pero en aquel Hollywood todo era posible.

Hoy hay muñecos de Chris Pratt como Starlord, o de Chris Hemsworth como Thor, pero ellos no tienen papeles como los de los actores-muñeco que los precedieron. Jason Momoa parece hecho para ser convertido en figurita, pero no en actor de a de veras: uno que pase de un género a otro, de la histeria al humor o de ahí a la contención de unas emociones que su personaje no pueda permitirse. Val Kilmer sí fue ambas cosas, y por ello tiene más y menos sentido como un muñeco de plástico: él fingía pilotear aviones y vencer al mal, pero también encarnó con pasión a un médico tuberculoso que amó a su amigo Wyatt Earp, o a una estrella de rock condenada, como él mismo, a ser ícono.

La propia Batman eternamente alberga las contradicciones de aquel estrellato. La experiencia parece haber sido insoportable para Kilmer, ya que el traje de superhéroe impedía sus movimientos; la máscara evitaba que viéramos sus expresiones. Es cuando aparece Bruno Díaz (o Bruce Wayne), que podemos observarlo a plenitud, aunque su interpretación no cambia mucho. Para mantener la coherencia, sus movimientos son limitados, su rostro, inexpresivo, y su voz relajada. Fuera de cuadro, como lo sugieren las grabaciones del propio Kilmer, que aparecen en el documental autobiográfico Val (2021), el actor era un payaso: le gustaba hacer muecas, voces, llamar la atención con bromas. Sin embargo, también era entregado. Cuando su personaje recuerda la muerte de sus padres, Kilmer se congela: no es un mal actor incomodado por las exigencias de una producción inmensa, sino un artista con la misión de representar fielmente la experiencia de quedar huérfano: en sus silencios podemos verlo reflexionar sobre su pérdida. Si lo comparamos con su sucesor en el rol de Batman, George Clooney, queda claro el compromiso de Kilmer, quien se negó a interpretar al personaje desde su propio carisma, el cual nada tenía que ver con la historia. Clooney evoca a partir de movimientos nerviosos de los hombros y reacciones humorísticas al simpático Adam West.

Para Kilmer, la historia de Batman es una de trauma. Su seriedad se corresponde con interpretaciones más modernas del personaje y probablemente en ella estén las semillas de lo que harían Christian Bale y Robert Pattinson, herederos del actor-muñeco que rechazó la fama en busca de algo más íntimo. Kilmer fue un devoto de la Ciencia Cristiana y, sin importar lo que pensemos de su fe, se entregó a sus personajes como al misterio de la divinidad. De ahí vino una reputación de difícil, pero Kilmer estaba en la búsqueda de una verdad —como un fiel, un fanático— que no solo ilusionara al público, sino que lo conmoviera a partir de un gesto que le haría mirarse a sí mismo. Aunque muchas veces el cine, obligado por el montaje, esconda el trabajo del actor, Kilmer buscaba que se viera. Seguramente había involucrada en ello una vanidad que exigía llamarlo por los nombres de sus personajes, pero también un respeto absoluto, excesivo, a la labor de la actuación. 

A Kilmer lo inspiraron figuras que, como él, usaban el estrellato para mostrar lo lejos que podía llegar una interpretación. Entre sus favoritos citaba a Marlon Brando y John Garfield, dos de los grandes egresados del método de Stanislavski en sus primeros años fuera de Rusia. Kilmer buscó una técnica que igualara a sus héroes, destacados por traer el naturalismo a la pantalla de cine. Por ejemplo, dice haber inventado una biografía para su personaje, Iceman, en Top Gun (1986), que le diera sentido a su arrogancia y su comportamiento desafiante: en su imaginación le dio a Iceman un padre exigente cuyo amor solo podía obtenerse mediante el éxito. Nada de esto aparece en pantalla, pero Kilmer rascaba la superficie de los guiones, que ofrecían algunas líneas, algunas acciones, para encontrar el centro desde el cual interpretar a hombres que probablemente tenían muy poco en común con él. En 2006, Kilmer hizo de cadáver en el western polaco Summer Love, en el que no se le ve vivo jamás. Su personaje no tiene momentos en el pasado o una resurrección; todo el metraje está muerto y, aunque la cámara se interesa mucho en él —¡es Val Kilmer, después de todo!—, él no hace un solo gesto para llamar la atención. Quién sabe qué tanto se preparó para el rol, pero el compromiso a cuadro es evidente. Kilmer fue, por esta razón, un gran actor de reparto. 

Basta ver Fuego contra fuego (Heat, 1995) para encontrarse con un actor que podía robarle la escena a Robert De Niro gracias a su intensidad, pero que se ubicaba en su lugar de la jerarquía dentro y fuera de la pantalla. Kilmer interpreta a un miembro de la organización de Neil McCauley (De Niro), un ladrón devoto: Neil carece de lujos y de romance; es un monje al servicio de la profesión de robar, y dispuesto por ello a huir cuando la policía se le acerque. Chris Shiherlis (Kilmer) vive con miedo a perder a su esposa, Charlene (Ashley Judd), y se convierte en la figura más conmovedora en el desenlace, cuando intenta ir a casa después de un robo fallido; ella lo ve desde el balcón y le hace una señal discreta para repelerlo. Chris la ve primero con una sonrisa, pero ante el gesto se viene abajo: la boca se cierra y él se vuelve a ver lánguido, enfermo. 

En Enemigo interno (Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans, 2009), la estrella es Nicolas Cage, pero Kilmer conjura a una versión perversa de John Garfield que habla rápido y se ríe con crueldad de la desgracia ajena. Kilmer tenía un talento particular con las voces, que se percibe al imitar a Jim Morrison en The Doors (1991), ya sea recitando sus versos esotéricos o descomponiéndose en gritos que expresan horror y pasión. En Anónimos (Masked and Anonymous, 2003), Kilmer es quien enuncia el título de la película; su personaje, que aparece en una sola escena y otro par de planos, es un cuidador de animales sureño que monologa proféticamente sobre la pureza de la vida animal y las traiciones natas de la especie humana. De nuevo, la estrella es alguien más, Bob Dylan, pero en su reacción parece asomarse la impresión no de su personaje Jack Fate, sino del propio músico, rebasado por la distribución de gestos de su colega. 

Val Kilmer fue un espectáculo, un muñeco de acción, un invento de los estudios que se salió de control y con el que nunca supieron del todo qué hacer. Tenía todas las características de una estrella (atractivo, fuerza, carisma), pero sobre todo tenía la curiosidad de un actor genuino. Kilmer se negó a volver al papel de Batman para hacer una película que pudiera ser menor en muchos aspectos, pero que representaba para él un reto: El santo (The Saint, 1997), en la que interpretó a un espía que se disfrazaba como decenas de personajes. Kilmer hace de general ruso, de pintor torturado, de personas mayores y menores a él, y en cada pequeño papel se percibe una vida entera, vivida a lo mejor por unas horas, unos días. En un videoclip de Oneohtrix Point Never, su pura presencia es un fenómeno emocionante, pero los gestos sutiles de sus cejas, sus ojos, de su cuerpo dormitando, cuentan la historia de un humanoide aprendiendo a dormir. 

La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz, entendida como su aportación, su lugar en el cine. Kilmer alcanzó siquiera un epílogo para su carrera en Top Gun: Maverick (2022). “Es tiempo de soltar”, escribe en una pantalla ante la imposibilidad de hablar. Maverick (Tom Cruise) responde que él es solo un piloto, no un instructor, pero Iceman le contesta que la marina lo necesita. Ya viejos, los dos hombres que algún día parecieron inmortales se ven acosados por la muerte. Iceman, de hecho, muere, pero la escena vive, y la conmoción de Cruise, provocada por el esfuerzo de Kilmer por hablar una última vez en la pantalla, se queda como un símil del público. No habrá otro como él, pero en muñecos de Batman, en recuerdos de sus papeles y en las imágenes, que quedan como un testamento de su pasión, la presencia permanece. El cine es como la noche porque nos permite ver estrellas. 

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Dadas sus características físicas, Val Kilmer pudo conformarse con ser un actor-muñeco más; en cambio, dotó de complejidad a cada uno de sus personajes. 

Una parte importante de quienes crecimos en los años noventa debemos tener siquiera el recuerdo de haber ido al cine a ver Batman eternamente (Batman Forever, 1995). A mí me quedan de esa época varias figuras de Batman, adaptadas para todo tipo de circunstancias que ni siquiera se dan en la película: una está equipada para sumergirse y respirar bajo el agua; otra lleva unas batiespadas con batiforma circular, pero por encima de todos está un Batman idéntico al de la película. En aquella época hubo un apogeo de actores de Hollywood que podíamos tener en casa en forma de figuritas, apenas parecidas a ellos, pero los niños no sabíamos ni quiénes eran; nos importaban sus personajes. Debo tener por ahí figuras también de Julianne Moore y Laura Dern, basadas en sus personajes de las primeras dos películas de Parque Jurásico, lo cual mueve a una sensación de extrañeza: hoy me es impensable Laura Dern, de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), o Ciertas mujeres (Certain Women, 2017), como una figura de acción, pero en aquel Hollywood todo era posible.

Hoy hay muñecos de Chris Pratt como Starlord, o de Chris Hemsworth como Thor, pero ellos no tienen papeles como los de los actores-muñeco que los precedieron. Jason Momoa parece hecho para ser convertido en figurita, pero no en actor de a de veras: uno que pase de un género a otro, de la histeria al humor o de ahí a la contención de unas emociones que su personaje no pueda permitirse. Val Kilmer sí fue ambas cosas, y por ello tiene más y menos sentido como un muñeco de plástico: él fingía pilotear aviones y vencer al mal, pero también encarnó con pasión a un médico tuberculoso que amó a su amigo Wyatt Earp, o a una estrella de rock condenada, como él mismo, a ser ícono.

La propia Batman eternamente alberga las contradicciones de aquel estrellato. La experiencia parece haber sido insoportable para Kilmer, ya que el traje de superhéroe impedía sus movimientos; la máscara evitaba que viéramos sus expresiones. Es cuando aparece Bruno Díaz (o Bruce Wayne), que podemos observarlo a plenitud, aunque su interpretación no cambia mucho. Para mantener la coherencia, sus movimientos son limitados, su rostro, inexpresivo, y su voz relajada. Fuera de cuadro, como lo sugieren las grabaciones del propio Kilmer, que aparecen en el documental autobiográfico Val (2021), el actor era un payaso: le gustaba hacer muecas, voces, llamar la atención con bromas. Sin embargo, también era entregado. Cuando su personaje recuerda la muerte de sus padres, Kilmer se congela: no es un mal actor incomodado por las exigencias de una producción inmensa, sino un artista con la misión de representar fielmente la experiencia de quedar huérfano: en sus silencios podemos verlo reflexionar sobre su pérdida. Si lo comparamos con su sucesor en el rol de Batman, George Clooney, queda claro el compromiso de Kilmer, quien se negó a interpretar al personaje desde su propio carisma, el cual nada tenía que ver con la historia. Clooney evoca a partir de movimientos nerviosos de los hombros y reacciones humorísticas al simpático Adam West.

Para Kilmer, la historia de Batman es una de trauma. Su seriedad se corresponde con interpretaciones más modernas del personaje y probablemente en ella estén las semillas de lo que harían Christian Bale y Robert Pattinson, herederos del actor-muñeco que rechazó la fama en busca de algo más íntimo. Kilmer fue un devoto de la Ciencia Cristiana y, sin importar lo que pensemos de su fe, se entregó a sus personajes como al misterio de la divinidad. De ahí vino una reputación de difícil, pero Kilmer estaba en la búsqueda de una verdad —como un fiel, un fanático— que no solo ilusionara al público, sino que lo conmoviera a partir de un gesto que le haría mirarse a sí mismo. Aunque muchas veces el cine, obligado por el montaje, esconda el trabajo del actor, Kilmer buscaba que se viera. Seguramente había involucrada en ello una vanidad que exigía llamarlo por los nombres de sus personajes, pero también un respeto absoluto, excesivo, a la labor de la actuación. 

A Kilmer lo inspiraron figuras que, como él, usaban el estrellato para mostrar lo lejos que podía llegar una interpretación. Entre sus favoritos citaba a Marlon Brando y John Garfield, dos de los grandes egresados del método de Stanislavski en sus primeros años fuera de Rusia. Kilmer buscó una técnica que igualara a sus héroes, destacados por traer el naturalismo a la pantalla de cine. Por ejemplo, dice haber inventado una biografía para su personaje, Iceman, en Top Gun (1986), que le diera sentido a su arrogancia y su comportamiento desafiante: en su imaginación le dio a Iceman un padre exigente cuyo amor solo podía obtenerse mediante el éxito. Nada de esto aparece en pantalla, pero Kilmer rascaba la superficie de los guiones, que ofrecían algunas líneas, algunas acciones, para encontrar el centro desde el cual interpretar a hombres que probablemente tenían muy poco en común con él. En 2006, Kilmer hizo de cadáver en el western polaco Summer Love, en el que no se le ve vivo jamás. Su personaje no tiene momentos en el pasado o una resurrección; todo el metraje está muerto y, aunque la cámara se interesa mucho en él —¡es Val Kilmer, después de todo!—, él no hace un solo gesto para llamar la atención. Quién sabe qué tanto se preparó para el rol, pero el compromiso a cuadro es evidente. Kilmer fue, por esta razón, un gran actor de reparto. 

Basta ver Fuego contra fuego (Heat, 1995) para encontrarse con un actor que podía robarle la escena a Robert De Niro gracias a su intensidad, pero que se ubicaba en su lugar de la jerarquía dentro y fuera de la pantalla. Kilmer interpreta a un miembro de la organización de Neil McCauley (De Niro), un ladrón devoto: Neil carece de lujos y de romance; es un monje al servicio de la profesión de robar, y dispuesto por ello a huir cuando la policía se le acerque. Chris Shiherlis (Kilmer) vive con miedo a perder a su esposa, Charlene (Ashley Judd), y se convierte en la figura más conmovedora en el desenlace, cuando intenta ir a casa después de un robo fallido; ella lo ve desde el balcón y le hace una señal discreta para repelerlo. Chris la ve primero con una sonrisa, pero ante el gesto se viene abajo: la boca se cierra y él se vuelve a ver lánguido, enfermo. 

En Enemigo interno (Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans, 2009), la estrella es Nicolas Cage, pero Kilmer conjura a una versión perversa de John Garfield que habla rápido y se ríe con crueldad de la desgracia ajena. Kilmer tenía un talento particular con las voces, que se percibe al imitar a Jim Morrison en The Doors (1991), ya sea recitando sus versos esotéricos o descomponiéndose en gritos que expresan horror y pasión. En Anónimos (Masked and Anonymous, 2003), Kilmer es quien enuncia el título de la película; su personaje, que aparece en una sola escena y otro par de planos, es un cuidador de animales sureño que monologa proféticamente sobre la pureza de la vida animal y las traiciones natas de la especie humana. De nuevo, la estrella es alguien más, Bob Dylan, pero en su reacción parece asomarse la impresión no de su personaje Jack Fate, sino del propio músico, rebasado por la distribución de gestos de su colega. 

Val Kilmer fue un espectáculo, un muñeco de acción, un invento de los estudios que se salió de control y con el que nunca supieron del todo qué hacer. Tenía todas las características de una estrella (atractivo, fuerza, carisma), pero sobre todo tenía la curiosidad de un actor genuino. Kilmer se negó a volver al papel de Batman para hacer una película que pudiera ser menor en muchos aspectos, pero que representaba para él un reto: El santo (The Saint, 1997), en la que interpretó a un espía que se disfrazaba como decenas de personajes. Kilmer hace de general ruso, de pintor torturado, de personas mayores y menores a él, y en cada pequeño papel se percibe una vida entera, vivida a lo mejor por unas horas, unos días. En un videoclip de Oneohtrix Point Never, su pura presencia es un fenómeno emocionante, pero los gestos sutiles de sus cejas, sus ojos, de su cuerpo dormitando, cuentan la historia de un humanoide aprendiendo a dormir. 

La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz, entendida como su aportación, su lugar en el cine. Kilmer alcanzó siquiera un epílogo para su carrera en Top Gun: Maverick (2022). “Es tiempo de soltar”, escribe en una pantalla ante la imposibilidad de hablar. Maverick (Tom Cruise) responde que él es solo un piloto, no un instructor, pero Iceman le contesta que la marina lo necesita. Ya viejos, los dos hombres que algún día parecieron inmortales se ven acosados por la muerte. Iceman, de hecho, muere, pero la escena vive, y la conmoción de Cruise, provocada por el esfuerzo de Kilmer por hablar una última vez en la pantalla, se queda como un símil del público. No habrá otro como él, pero en muñecos de Batman, en recuerdos de sus papeles y en las imágenes, que quedan como un testamento de su pasión, la presencia permanece. El cine es como la noche porque nos permite ver estrellas. 

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La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz.

Val Kilmer, el peso de la ausencia

Val Kilmer, el peso de la ausencia

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Dadas sus características físicas, Val Kilmer pudo conformarse con ser un actor-muñeco más; en cambio, dotó de complejidad a cada uno de sus personajes. 

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Fotografía de
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Ilustración de
Traducción de

Una parte importante de quienes crecimos en los años noventa debemos tener siquiera el recuerdo de haber ido al cine a ver Batman eternamente (Batman Forever, 1995). A mí me quedan de esa época varias figuras de Batman, adaptadas para todo tipo de circunstancias que ni siquiera se dan en la película: una está equipada para sumergirse y respirar bajo el agua; otra lleva unas batiespadas con batiforma circular, pero por encima de todos está un Batman idéntico al de la película. En aquella época hubo un apogeo de actores de Hollywood que podíamos tener en casa en forma de figuritas, apenas parecidas a ellos, pero los niños no sabíamos ni quiénes eran; nos importaban sus personajes. Debo tener por ahí figuras también de Julianne Moore y Laura Dern, basadas en sus personajes de las primeras dos películas de Parque Jurásico, lo cual mueve a una sensación de extrañeza: hoy me es impensable Laura Dern, de Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), o Ciertas mujeres (Certain Women, 2017), como una figura de acción, pero en aquel Hollywood todo era posible.

Hoy hay muñecos de Chris Pratt como Starlord, o de Chris Hemsworth como Thor, pero ellos no tienen papeles como los de los actores-muñeco que los precedieron. Jason Momoa parece hecho para ser convertido en figurita, pero no en actor de a de veras: uno que pase de un género a otro, de la histeria al humor o de ahí a la contención de unas emociones que su personaje no pueda permitirse. Val Kilmer sí fue ambas cosas, y por ello tiene más y menos sentido como un muñeco de plástico: él fingía pilotear aviones y vencer al mal, pero también encarnó con pasión a un médico tuberculoso que amó a su amigo Wyatt Earp, o a una estrella de rock condenada, como él mismo, a ser ícono.

La propia Batman eternamente alberga las contradicciones de aquel estrellato. La experiencia parece haber sido insoportable para Kilmer, ya que el traje de superhéroe impedía sus movimientos; la máscara evitaba que viéramos sus expresiones. Es cuando aparece Bruno Díaz (o Bruce Wayne), que podemos observarlo a plenitud, aunque su interpretación no cambia mucho. Para mantener la coherencia, sus movimientos son limitados, su rostro, inexpresivo, y su voz relajada. Fuera de cuadro, como lo sugieren las grabaciones del propio Kilmer, que aparecen en el documental autobiográfico Val (2021), el actor era un payaso: le gustaba hacer muecas, voces, llamar la atención con bromas. Sin embargo, también era entregado. Cuando su personaje recuerda la muerte de sus padres, Kilmer se congela: no es un mal actor incomodado por las exigencias de una producción inmensa, sino un artista con la misión de representar fielmente la experiencia de quedar huérfano: en sus silencios podemos verlo reflexionar sobre su pérdida. Si lo comparamos con su sucesor en el rol de Batman, George Clooney, queda claro el compromiso de Kilmer, quien se negó a interpretar al personaje desde su propio carisma, el cual nada tenía que ver con la historia. Clooney evoca a partir de movimientos nerviosos de los hombros y reacciones humorísticas al simpático Adam West.

Para Kilmer, la historia de Batman es una de trauma. Su seriedad se corresponde con interpretaciones más modernas del personaje y probablemente en ella estén las semillas de lo que harían Christian Bale y Robert Pattinson, herederos del actor-muñeco que rechazó la fama en busca de algo más íntimo. Kilmer fue un devoto de la Ciencia Cristiana y, sin importar lo que pensemos de su fe, se entregó a sus personajes como al misterio de la divinidad. De ahí vino una reputación de difícil, pero Kilmer estaba en la búsqueda de una verdad —como un fiel, un fanático— que no solo ilusionara al público, sino que lo conmoviera a partir de un gesto que le haría mirarse a sí mismo. Aunque muchas veces el cine, obligado por el montaje, esconda el trabajo del actor, Kilmer buscaba que se viera. Seguramente había involucrada en ello una vanidad que exigía llamarlo por los nombres de sus personajes, pero también un respeto absoluto, excesivo, a la labor de la actuación. 

A Kilmer lo inspiraron figuras que, como él, usaban el estrellato para mostrar lo lejos que podía llegar una interpretación. Entre sus favoritos citaba a Marlon Brando y John Garfield, dos de los grandes egresados del método de Stanislavski en sus primeros años fuera de Rusia. Kilmer buscó una técnica que igualara a sus héroes, destacados por traer el naturalismo a la pantalla de cine. Por ejemplo, dice haber inventado una biografía para su personaje, Iceman, en Top Gun (1986), que le diera sentido a su arrogancia y su comportamiento desafiante: en su imaginación le dio a Iceman un padre exigente cuyo amor solo podía obtenerse mediante el éxito. Nada de esto aparece en pantalla, pero Kilmer rascaba la superficie de los guiones, que ofrecían algunas líneas, algunas acciones, para encontrar el centro desde el cual interpretar a hombres que probablemente tenían muy poco en común con él. En 2006, Kilmer hizo de cadáver en el western polaco Summer Love, en el que no se le ve vivo jamás. Su personaje no tiene momentos en el pasado o una resurrección; todo el metraje está muerto y, aunque la cámara se interesa mucho en él —¡es Val Kilmer, después de todo!—, él no hace un solo gesto para llamar la atención. Quién sabe qué tanto se preparó para el rol, pero el compromiso a cuadro es evidente. Kilmer fue, por esta razón, un gran actor de reparto. 

Basta ver Fuego contra fuego (Heat, 1995) para encontrarse con un actor que podía robarle la escena a Robert De Niro gracias a su intensidad, pero que se ubicaba en su lugar de la jerarquía dentro y fuera de la pantalla. Kilmer interpreta a un miembro de la organización de Neil McCauley (De Niro), un ladrón devoto: Neil carece de lujos y de romance; es un monje al servicio de la profesión de robar, y dispuesto por ello a huir cuando la policía se le acerque. Chris Shiherlis (Kilmer) vive con miedo a perder a su esposa, Charlene (Ashley Judd), y se convierte en la figura más conmovedora en el desenlace, cuando intenta ir a casa después de un robo fallido; ella lo ve desde el balcón y le hace una señal discreta para repelerlo. Chris la ve primero con una sonrisa, pero ante el gesto se viene abajo: la boca se cierra y él se vuelve a ver lánguido, enfermo. 

En Enemigo interno (Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans, 2009), la estrella es Nicolas Cage, pero Kilmer conjura a una versión perversa de John Garfield que habla rápido y se ríe con crueldad de la desgracia ajena. Kilmer tenía un talento particular con las voces, que se percibe al imitar a Jim Morrison en The Doors (1991), ya sea recitando sus versos esotéricos o descomponiéndose en gritos que expresan horror y pasión. En Anónimos (Masked and Anonymous, 2003), Kilmer es quien enuncia el título de la película; su personaje, que aparece en una sola escena y otro par de planos, es un cuidador de animales sureño que monologa proféticamente sobre la pureza de la vida animal y las traiciones natas de la especie humana. De nuevo, la estrella es alguien más, Bob Dylan, pero en su reacción parece asomarse la impresión no de su personaje Jack Fate, sino del propio músico, rebasado por la distribución de gestos de su colega. 

Val Kilmer fue un espectáculo, un muñeco de acción, un invento de los estudios que se salió de control y con el que nunca supieron del todo qué hacer. Tenía todas las características de una estrella (atractivo, fuerza, carisma), pero sobre todo tenía la curiosidad de un actor genuino. Kilmer se negó a volver al papel de Batman para hacer una película que pudiera ser menor en muchos aspectos, pero que representaba para él un reto: El santo (The Saint, 1997), en la que interpretó a un espía que se disfrazaba como decenas de personajes. Kilmer hace de general ruso, de pintor torturado, de personas mayores y menores a él, y en cada pequeño papel se percibe una vida entera, vivida a lo mejor por unas horas, unos días. En un videoclip de Oneohtrix Point Never, su pura presencia es un fenómeno emocionante, pero los gestos sutiles de sus cejas, sus ojos, de su cuerpo dormitando, cuentan la historia de un humanoide aprendiendo a dormir. 

La muerte de Val Kilmer termina de afirmar su ausencia, que comenzó en 2015, cuando se le descubrió cáncer en la garganta. Su voz —su instrumento preferido— desapareció, y también su voz, entendida como su aportación, su lugar en el cine. Kilmer alcanzó siquiera un epílogo para su carrera en Top Gun: Maverick (2022). “Es tiempo de soltar”, escribe en una pantalla ante la imposibilidad de hablar. Maverick (Tom Cruise) responde que él es solo un piloto, no un instructor, pero Iceman le contesta que la marina lo necesita. Ya viejos, los dos hombres que algún día parecieron inmortales se ven acosados por la muerte. Iceman, de hecho, muere, pero la escena vive, y la conmoción de Cruise, provocada por el esfuerzo de Kilmer por hablar una última vez en la pantalla, se queda como un símil del público. No habrá otro como él, pero en muñecos de Batman, en recuerdos de sus papeles y en las imágenes, que quedan como un testamento de su pasión, la presencia permanece. El cine es como la noche porque nos permite ver estrellas. 

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