Covid-19 interrumpe el sueño de miles de mexicanos en Nueva York

Covid-19 interrumpe el sueño de miles de inmigrantes mexicanos en Nueva York

Axel Hernández es un joven mexicano de 24 años que trabajaba como cocinero en el restaurante Hudson Garden Grill del Jardín botánico del Bronx, hasta que tuvo que volver a su casa por el cierre de Nueva York.

Tiempo de lectura: 7 minutos

Axel Hernández, un mexicano de 24 años, llegó con toda su timidez a trabajar como cocinero a los Estados Unidos. Se instaló en Passaic, la octava ciudad más grande de Nueva Jersey, que en las últimas décadas ha visto crecer a la población mexicana, un incremento en 115,000 habitantes desde principios del milenio, de acuerdo con el Censo 2010. Él siempre se imaginó al mando de su propio restaurante, buscando las codiciadas estrellas Michelin y con una barra de preparación amplia en la que algún día le tomarían fotos para agregarlo a la lista S. Pellegrino. Así lo había soñado desde que se graduó de la licenciatura en Gastronomía, por la Universidad del Valle de México, en Querétaro.

Fue la agencia Global Monday, que recluta a jóvenes recién egresados de las universidades extranjeras con las que tiene convenio, quien lo contactó para ofrecerle la oportunidad de hacer sus prácticas profesionales con visa de trabajo en el país de Donald Trump, y Axel, sin dudarlo, hizo todo para marcharse y emprender los primeros pasos del sueño americano. Una vez en Passaic, nunca se sintió completamente ajeno por ese respiro latino que corre por las calles con migrantes peruanos, dominicos, argentinos, colombianos y mexicanos como él que trabajan en distintos negocios como el ámbito restaurantero.

La tarde del 19 de marzo, como era su rutina, caminó las amplias avenidas que diario lo llevaban del trabajo a la casa y que le tomaba 40 minutos. Pasó por los edificios de ladrillos con escalerillas de emergencia que tomaba como referencia para orientarse. Notó todo parecía haberse detenido. Las cortinas de la lavandería a la que acudía cada semana estaban cerradas, lo mismo las de la dulcería donde compraba sus pulparindos y picafresas. Subió cabizbajo al departamento por el que pagaba 650 dólares por la renta de un cuarto, a una pareja de migrantes. E inmediatamente guardó su ropa, sus documentos y videojuegos que comenzó a comprar desde que recibió su primer salario como cocinero en el Hudson Garden Grill, el restaurante de grandes ventanales donde se habían acostumbrado a mirar diario el Jardín Botánico del Bronx, en Nueva York, y que desde ese día dejaría de ver.

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