“No hay nada más difícil que comprender este país. A Cuba no la entienden ni los propios cubanos”.

Tomás Mora Fabré es un músico de 80 años que analiza la historia de la isla desde la puerta de su casa, donde toca canciones de todos los géneros para los turistas que intentan entender La Habana.

“Paso más tiempo aquí en la puerta de mi casa que dentro. A veces salgo con el plato de comida en la mano, al mediodía o en la noche, y me lo voy comiendo poco a poco mientras veo pasar a la gente o converso con algún vecino. No me gusta estar adentro, todo es muy oscuro y me siento solo como un lobo. Lo único que hago ahí es ir al baño y dormir. Además mi casa es muy pequeña y estrecha. Sólo se pueden mirar las paredes. Todo lo demás está muerto. Quedan dos o tres adornos sucios, la cocina inerte, una silla de madera enclenque, y una cama que es más bien ataúd. En mi casa lo único que tiene vida es la guitarra, el amor de mi vida, mi salvación. No sé qué hubiera hecho sin ella. A ella le debo mis últimos años, no, ni siquiera mis últimos años, la mitad de mi vida. Ella llegó cuando yo estaba en la mitad del camino. Ahora tengo 80 y ella es quien me sostiene. Si te fijas en las fotos que tengo pegadas en las paredes, verás que aparece en todas. Todos esos extranjeros los conocí a través de ella. Me ayudó a ganarme la vida. Vivo a una cuadra del “Callejón de Hamel” y lo aprovecho. A fin de cuentas, la vida se trata de eso, de tomar las dos o tres oportunidades que te regala, eso a lo que le llaman suerte. Mi regalo fue nacer aquí en Centro Habana con la guitarra, tocando, cantando, para turistas, porque los cubanos no tienen tiempo para perder. La vida de los cubanos es un relámpago, un trueno, cuando suena es que ya pasó, así que no hay tiempo. Ya no sé si es lo mismo un relámpago que un trueno. ¿Es lo mismo? Bueno si tú no sabes no importa, eso no venía al caso, pero deberías saberlo tú que dices ser periodista. ¿Los periodistas no deberían saberlo todo? Cuando pasan los extranjeros se me quedan mirando, se detienen y me dedican un rato. Eso es lo que más disfruto en la vida, cuando alguien viene caminando y joroba la cabeza hacia atrás mientras los pies le siguen caminando hacia adelante. Ese es el poder de la música, la música eclipsa, la música es una bendición, la cura de todos los males. Cuando la gente está alegre lo manifiesta con música. Cuando la gente está triste, se refugia en ella. No hay nada que le hablé al alma como la música, es la madre de los sentimientos. Nada comunica más que una melodía. Explícame cómo es que extranjeros que no hablan español se quedan parado delante de mí escuchándome. Explícame eso, eh. Me pagan por ello, por hacerlos viajar o conectarse con este país, porque no hay nada más difícil que conectarse con Cuba. A Cuba no la entienden ni los propios cubanos. Los extranjeros llegan como si fueran a un zoológico y lamentablemente, para vivir, nosotros tenemos que hacernos pasar por los animales de ese zoológico. Si a los monos les tiran frutas, a nosotros nos tiran pesos, monedas, es lo mismo, por duro que te parezca es así y hay que aceptarlo. En un día he llegado a hacer 10 o 20 dólares, es el máximo. Pero también me ha llegado la noche sin haber hecho ni un solo centavo. Pero, en serio, además de tocar para ganarme la vida, yo me siento aquí con mi guitarra porque lo disfruto, porque es lo único que me da placer y no hay nada cómo hacer lo que a uno le plazca. De vez en cuando, no siempre, cuando me lo piden, voy y enseño a algunos extranjeros a tirar su pasillito. Los llevo al Hotel Vedado y ahí les enseño el un, dos; el un, dos, tres. Aunque ya lo hago poco, estoy viejo y las piernas ya no me dan. A mí me hubiera gustado ser bailarín o estudiar música, una de dos. No hacer pude ninguna. Tú ves que la gente por ahí, sobre todo los jóvenes, andan criticando la Revolución, que si la Revolución es mala, que si hay hambre, que si no hay jabón, que si no hay papel sanitario, que si los dirigentes son los únicos que comen y por eso tienen el cuello y la cabeza como unos toros cebú. Yo quisiera que vieras cómo era Cuba antes del triunfo de la Revolución. Yo no estudié por eso, porque o trabajabas para comer o te morías, en las familias pobres era así y yo nací en una familia pobre. Yo trabajaba en una tintorería y era un esclavo. De 1959 en adelante Cuba cambió, la Revolución le dio muchas oportunidades a la gente. Yo, por ejemplo, comencé a trabajar en una empresa ensamblando tractores, aunque con el paso del tiempo todo se ha ido desmoronando. Es lo que le pasa a todo en la vida, es el ciclo, naces, te desarrollas y mueres. Yo no voy a estar cuando esto se caiga por completo, porque a mí me queda poco. Pero que no te quede duda, tú si lo vas a ver, si no eres tú, serán tus hijos o tus nietos, no más allá, porque ya estamos en las últimas, viviendo con balón de oxígeno. Así le ha pasado a todas las revoluciones, así le ha pasado a todos los procesos, es inevitable, es la vida, ya te digo. En la música pasa igual. La revolución significa cambio. Lo puedes ver ahora en el reguetón. No tengo nada en su contra, pero nadie puede negar que es aburrido y el éxito de la música es justamente lo contrario: la variación. El reguetón es una cosa lineal, una música facilista, aunque todo el mundo lo cante. De todas formas sería un error negarlo, nada en la vida se puede imponer. Yo mismo, que soy un viejo de 80 años, le hago arreglos y lo mezclo con la música tradicional cubana. Lo que sale es un caramelo. Esa es la idea: no negar a nadie y darle la oportunidad a la gente. Yo lo hago desde la puerta de mi casa, lo mismo monto música japonesa con Elvis Presley, que con The Beatles, que con Glen Miller, que con Gente de Zona. La idea es no quedarse estancado, no quedarse con lo viejo, adaptarse. Se trata de complacer al otro, de darle a la gente lo que quiere escuchar, que escojan. La imposición es un pecado. Cualquiera diría que esa última frase la dijo alguien famoso”.

– Tomás Mora Fabré, 80 años.

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