Prejuicios: escenas de la vida cotidiana.
Una historia de objetos perdidos, burocracia sorda y esperanza de justicia.
mayo 16, 2019

Mayo comenzó lluvioso. Y mi paraguas, de tanto dar vueltas de un lado a otro, quedó olvidado en el guardarropas del gimnasio. Unos días después, le pregunté a la empleada que trabaja allí si no lo había encontrado.

—Negro, con mango de madera marrón— le dije.

Se agachó y buscó en un estante.

—Será este— dijo ella, detrás del mostrador.

—El mismo— contesté.

Pero cuando extendí la mano lo quitó rápido de mi alcance.

—¿Y el del Banco Francés?— preguntó.

— ¿Perdón?

— A otra mujer le falta su paraguas del Banco Francés- insistió.

— No sé nada de ningún otro paraguas que no sea el mío— dije.

— Si usted no me da el del Banco Francés, yo no puedo darle este.

La música ya sonaba en el salón. La clase había comenzado y todavía necesitaba cambiarme.

—Porque si son dos las clientas que reclaman, son dos los paraguas perdidos— dijo. Y si yo le doy este a usted, la otra va a preguntarme por qué usted no me devolvió el de ella.

—No puedo darle lo que no tengo.

—¿Y entonces quién lo tiene?— retrucó.

Su conjetura era inapelable.  Si la otra mujer había encontrado mi paraguas, entonces yo tenía que tener el suyo.

Mi paraguas volvió al estante.

—Si quiere, reclame en la recepción— dijo tajante.

Me cambié y fui a la clase. No era fácil olvidarse del asunto. Sólo podía elucubrar estrategias para recuperar mi paraguas. El ejercicio aeróbico me sofocaba menos que la impotencia. Mientras subía y bajaba del step, mantenía discusiones imaginarias con la empleada, la recepcionista, el gerente y hasta con el dueño del gimnasio. Me dieron ganas de aporrearlos.

Después, tumbada sobre la colchoneta, mientras hacía abdominales recordé otras causas perdidas en esa misma semana. La tarta congelada que compré en el mercadito de la esquina y estaba vencida, y las tres veces que inútilmente fui al negocio porque sólo podían devolverme el dinero si el encargado estaba presente; y nunca estaba. Las cuatro veces que tuve que ir al banco para hacer un trámite en nombre de mi hija; un mes tardaron en resolver que el Poder General que me había dejado antes de irse de viaje –y que me habilitaba incluso a vender su casa– era válido para retirar cien dólares de su cuenta, y cerrarla para que no le sigan cobrando 20 dólares al mes por gastos de mantenimiento.

Tantas situaciones parecidas recordé en tan poco tiempo, tirada sobre la colchoneta, que para cuando la música de relajación empezó a sonar ya no tenía claro qué era peor: si la burocracia del sector público –previsible y aceptada con resignación–,  o la burocracia privada que parecía extenderse como un contagio; qué era peor: el protocolo absurdo e interminable del banco o el de la encargada del guardarropas del gimnasio, o el del mercadito de la esquina de casa.

Me estiraba sobre el piso de madera, sentía cada vértebra, inspiraba hondo y  trataba de pensar en por qué lo cotidiano se hace cada vez más obtuso; si es culpa de las reglas con sus pilas de formularios, o es incompetencia. O intereses en juego. O detentación de poder. O tan solo ganas de joder al prójimo.

Salí del guardarropas sin saludar a la empleada.

Iba descendiendo por las escaleras como si hubiera perdido una pelea justa por knock-out.

Entonces vi la cámara de seguridad enfrente de mí. Frené. Me quedé mirándola. Y sonreí. Di media vuelta y empecé a subir las escaleras. Casi corriendo. Embrujada. Con una excitación triunfante.

Empujé la puerta del guardarropas como si golpeara a alguien. La empleada me vio entrar y se puso tensa. No sé qué transmitía mi cara.

—Quería advertirte que voy a pedir que revisen las cintas de las cámaras de seguridad. Así sabremos quién se llevó el paraguas del Banco Francés.

Hubo un silencio. Esperé mirándola fijo mientras ella tomaba su decisión.

La empleada se agachó, buscó en el estante, masculló algo incomprensible mientras estaba de espaldas, giró y me devolvió mi paraguas negro con mango de madera marrón.

Afuera lloviznaba. Caminé y por unas cuadras me sentí bien.

Escena 2

Pasaron unos días desde que escribí Escena 1.  La verdad es que no dije todo. Contaba una anécdota que giraba en torno de un paraguas en una semana de mayo con lluvias intermitentes. Negro y con mango de madera marrón, lo dejé olvidado en el gimnasio. La mujer encargada del guardarropa lo había encontrado, pero con una intransigencia conmovedora se negaba a entregármelo; aseguraba que a la clienta que lo había devuelto también le faltaba el suyo –uno grande con franjas azules, coloradas y blancas–; para la mujer del guardarropa sólo podía tenerlo yo. Así que se negó a entregarme mi paraguas hasta que yo no hiciera lo propio con el otro. Contaba la anécdota, hace unos días, eligiendo el sesgo más cómodo; uno que ponía el énfasis en el razonamiento obtuso de la mujer del guardarropa, en su obstinación, su incompetencia; y también en cierta forma de burocracia privada inventada por cada quien, una burocracia a medida que intoxica –casi porque sí– las relaciones de cada día.

Contaba la anécdota mirando la paja en el ojo ajeno, apuntando a los motivos insondables que van volviendo la vida menos gentil de lo que podría ser; contaba guardándome lo inconveniente, lo que apuntaba hacia mí. No dije todo. Porque cuando la mujer del guardarropa –erguida y desafiante– quitó de mi alcance el paraguas que me pertenece, cuando insinuó que yo tenía que devolver el otro que –según su deducción– yo me había llevado, cuando casi me acusó de haberlo robado, es cierto que pensé en su razonamiento obtuso, en su incompetencia, en sus deseos de arruinarme el día.

Pero pensé, además, al verla arrastrar apenas su pie izquierdo, al observarla quebrar la cintura arqueándose un poco hacia el lado izquierdo de su cuerpo, porque su pierna izquierda es más corta; en ese momento en que caminaba de espaldas a mí, yendo hacia el estante donde volvería a colocar el paraguas que se negaba a darme, pensé: “Tenías que ser renga”. Porque los rengos tienen esa fama, que ya se sabe.

No lo dije todo pero, ahora, mientras cuento esa otra parte de la historia, me pregunto cuánto de esas relaciones agobiantes y ásperas, llenas de recelo, no tendrán que ver con los prejuicios que también se expanden como virus, invisibles, ocultos; tan bien guardados que se olvidan. Hasta que irrumpen, listos para descalificar y humillar, para saltarle en la yugular a la renga del guardarropas que se niega a devolverme el paraguas.


Más de Mónica Yemayel:

Desaparécelo

Mujeres imprescindibles

Anestesiados

Ver Más