¿Cuántos muertos necesitan?
Un periodista venezolano pide solidaridad para su país ante la crisis que enfrenta.
marzo 14, 2019

Cada vez que Venezuela vuelve a la agenda informativa, en su ciclo aparentemente infinito de tragedia, el venezolano en el exterior tiene que lidiar con, o apologistas incorregibles de la dictadura, o gente que sencillamente nunca sentirá como propio nuestro dolor. En cualquier caso, un venezolano es una isla.

Hay días en los que uno simplemente quiere ser y ya, sin adjetivos. Qué agradable sería, a veces, despertar, mirarse en el espejo y no ver, primero, a un venezolano en el exterior, y después, a una persona. Qué respiro.

Esta nacionalidad pesa. Y yo creo que se nos nota y quien quisiera podría verlo en nuestras caras, porque es imposible que las miles de horas pasadas frente a pantallas, viendo muertos y oyendo gritos, no nos deje alguna marca más allá de la mental, que ya teníamos desde mucho antes de emigrar.

Más de tres millones de nosotros hemos emigrado, casi todos a ser pobres pero libres. La dimensión de nuestra pérdida, que ahonda cada día, engulle incluso el privilegio de haber logrado escapar y no morirnos de hambre, ni temerle a las arbitrariedades -cotidianas, en cada calle y oficina pública- de los esbirros que se acostumbraron a mandar, los capataces de la hacienda que se creen menos esclavos por poder azotar a los demás.

Cómo explicarle a alguien, a pueblos enteros, la compasión infinita que sienten las víctimas entre ellas. Cómo lograr que un extranjero me crea cuando le digo que muchos de los muertos, los enfermos, los torturados, de verdad se sienten familiares cuando son las dos de la mañana y faltan cuatro horas para que suene mi despertador y deba ponerme la máscara con la que emprendo mi día.

Miembros de la Policía Nacional arrestan a un estudiante durante una manifestación de oposición contra el gobierno del presidente venezolano Nicolás Maduro, en Caracas, el 12 de febrero de 2014. Dos personas murieron y 23 resultaron heridas cuando estallaron las protestas rivales vinculadas a la creciente crisis económica de Venezuela. (AFP PHOTO / Francisco Rodríguez]

Luego de noches así, qué difícil es explicarle -calmado- a quién te dice -sonriente- que la oposición en tu país no está compuesta por angelitos o que este país -sea cual sea- tiene peores problemas. La tarea de recabar cifras, entender el contexto local, traducir y enseñar, desgasta. Y es tan difícil explicar los detalles, las decenas de siglas: FAES, SEBIN, GNB, DGCIM… que llega un punto en el que te limitas a decir: da igual, solo importa que cuando leas esto sepas que representan a un sistema, que hay suficientes muertos en el camino como para asegurar que nada de lo que hagan es aislado ni puntual.

Uno a veces no puede, no quiere, no debe, hablar desde el tecnicismo, desde la realidad fría de las cifras de mortalidad infantil, de la hiperinflación, de los asesinatos del crimen común, de la devaluación de la moneda… A veces uno lo que quiere es abrirse el pecho y dejarlos entrar, lograr que por unos segundos también sintieran el vibrar de los gritos de nuestros muertos.

Porque cada uno de esos cadáveres desconocidos son nuestros. Y eso es algo que sé que los cínicos interpretan como una cosa histriónica, pero no tengo otra manera de explicarles esta propiedad podrida que llevamos dentro y que está fermentada en 20 años de dolor.

En 2017 me pasé un fin de semana entero recopilando vídeos e información sobre la represión en Venezuela para un amigo español. Eran decenas de imágenes horribles de sangre y muerte, de militares llevando a rastras a manifestantes que convulsionaban por los golpes, disparándole a edificios residenciales y pasándole por encima a personas con tanquetas. Dependiendo a quién se le crea, ese año hubo entre 127 a 163 muertos relacionados con las protestas. Mi amigo vio entero mi resumen, comprendió, llegó a la conclusión de que no podríamos cambiarlo sin ayuda del mundo, y después, me preguntó -no con arrogancia, sino con la más pura honestidad-: “¿Tú has llorado viendo esto? No sé, yo siento que si estos fueran españoles no lloraría, no sentiría que los conozco”.

CUCUTA, COLOMBIA – 27 DE FEBRERO: La gente cruza las aguas bajas del río Táchira cerca del puente internacional Simón Bolívar, que conecta Cúcuta con la ciudad venezolana de San Antonio del Táchira, después del cierre del puente fronterizo el 27 de febrero de 2019. Muchas personas están haciendo el viaje a través del río para obtener suministros o para escapar de las condiciones en su país. (Foto por Joe Raedle / Getty Images)

Todos pueden empatizar con los abusos, todos pueden sentir rabia e indignación antes ciertas imágenes; pero ese nivel íntimo de pérdida solo se puede sentir en carne propia. Si es verdad que la verdadera patria es la infancia, como decía Rilke, cada vez que le vuelan la cabeza a un manifestante frente a las cámaras, con la mayor impunidad, muere un poco de la mía. Ese robo -de lo colectivo a lo más personal- creo que solo lo experimentamos las víctimas de las tiranías. Ese es el atentado más grave contra nuestra memoria, peor que cuando le cambiaron el nombre al país y a las montañas, o cuando cambiaron la bandera y el huso horario.

Hay gente para la que Venezuela es un hobby, como los apologistas de la dictadura. Ídolos como Roger Waters de Pink Floyd o Boots Riley, director de Sorry to Bother You, que duda de la veracidad de los vídeos de venezolanos comiendo de la basura porque “solo le dieron dos mordiscos”. Luego están los tibios, los que se esconden bajo el lenguaje diplomático de la inacción para quedar bien. Me son incomprensibles opiniones como la de Baltasar Garzón, el juez español que utilizando el principio de la jurisdicción universal de los Derechos Humanos ordenó la detención de un juez chileno en Reino Unido, quien dijo que la crisis venezolana debía ser resuelta por sus “actores internos”.

Escucho a los promotores de la paz de los cementerios y pienso en el niño desnutrido que fue prácticamente rescatado por el padre de mi mejor amigo, Óscar Pérez Medero, cuando estaba agonizando convertido en un saco de huesos en la camilla de un hospital de mi ciudad, Valencia, a dos horas de la capital. ¿Cuántos miles habrá como él, por la decisión planificada de utilizar el hambre y la pobreza como mecanismo de control? ¿Cómo el mundo planea resolver nuestro holodomor tropical desde los comunicados de prensa?

Escucho a diplomáticos decir que en ningún caso se debe utilizar la fuerza para derrocar a la dictadura y se me rompe el corazón. ¿Te imaginas que te secuestren y te hagan grabar un vídeo drogado y lleno de mierda, como al diputado Juan Requesens, o te lancen por la ventana de la sede de la Inteligencia, como al concejal Fernando Albán, o te violen, quedes embarazada y abortes estando detenida, como la jueza María Teresa Afiuni, y que tus vecinos digan que lo tienes que resolver tú solo y pacíficamente?

BOGOTA, COLOMBIA – 2 DE OCTUBRE: Un refugiado venezolano muestra fotografías familiares, el único recuerdo de aquello que deja atrás tras emigrar de su país natal el 2 de octubre de 2018. Un grupo de venezolanos que huyeron de su país debido a la crisis, han instalado tiendas de campaña detrás de una estación de autobuses en busca de comida y sueño. (Foto por Juancho Torres / Getty Images)

Una lista breve de algunos de los métodos de tortura sistemáticas que se emplean contra opositores en Venezuela según Tamara Sujú, una de las abogadas que está llevando adelante las denuncias ante la Corte Penal Internacional: Descargas eléctricas en la cabeza, codos y genitales. Asfixia con bolsas plásticas, a veces llenas de gases lacrimógenos. Colgamientos hasta dislocar hombros. Golpes con objetos contundentes como bates. Rociar con gasolina y amenazar con incendiarlos. Obligarlos a comer excrementos. Torturas sexuales en el 70% de los casos.

Pienso incluso en Cross, un perrito pequeño que tuvo que ser sacrificado luego de que el SEBIN le disparara en la cara durante una redada represiva en 2017. Pienso en Gloria Tobón, una pobre señora a quien la golpearon, bañaron en agua y le aplicaron descargas eléctricas en los senos y genitales y que todavía se encuentra por las calles a sus torturadores impunes. Pienso en Maikel Cumare, a quien los escuadrones de la muerte del FAES le patearon el cráneo hasta matarlo frente a su madre este enero.

¿Cuántos muertos necesita el mundo para estar dispuesto a poner una gota de sangre por nuestra libertad?

Una vez tras otra se pintaron líneas rojas sobre la tierra, esos eran los límites que no se podían cruzar: no permitir auditorías completas a las elecciones presidenciales, desconocer al parlamento, impedir la ayuda humanitaria… A lo largo de estos veinte años cada línea fue cruzada, cada ultimátum expiró, y hoy existe el imperativo moral de usar la fuerza para remover del poder a la dictadura venezolana.

El argumento del respeto a la soberanía no se sostiene por ningún lado, entre otras cosas porque Venezuela ya está militarmente intervenida por Cuba desde hace años y sus menguantes riquezas ya fueron hipotecadas a China, Rusia y -más recientemente- Turquía, países que no viajaron miles de kilómetros hasta el Caribe en búsqueda de mangos y cocos. ¿Hay imperialismo más opaco y extractivo que este? Pero estas injerencias no reciben una décima parte de la condena que hay sobre cualquier cosa que digan los Estados Unidos, y el antiamericanismo abyecto de muchos acaba condenando a los venezolanos a más décadas de opresión. Si de verdad el miedo viene de la desconfianza ante los Estados Unidos y sus intereses, pues que se involucren todos nuestros vecinos, que se sumen aquellos que son precisamente los más impactados por nuestro éxodo y la ruina de nuestro comercio.

BOGOTÁ, COLOMBIA – 2 DE OCTUBRE: Un refugiado venezolano descansa en la acera cerca de la terminal de autobuses el 2 de octubre de 2018 en Bogotá, Colombia. El campamento informal, llamado ‘El Bosque’ se ha convertido en el punto de encuentro de muchos venezolanos. (Foto por Juancho Torres / Getty Images)

Si lo que causa aprehensión es la inestabilidad en la región, ¿no es suficientemente caótica la carga que genera el éxodo masivo de venezolanos que seguirá creciendo cada año? ¿No es suficientemente peligroso que Venezuela sea un santuario para terroristas colombianos e incluso islamistas y que su nacionalidad –cuyo pasaporte permite entrar a 132 países sin visado– aparentemente sea vendida a cualquiera en algunos de los consulados venezolanos del mundo?

Si la razón para no intervenir son las posibles víctimas mortales en Venezuela, habría que preguntarle su opinión a las familias de las más de 300 mil personas que han sido asesinadas durante los últimos 20 años según el Observatorio Venezolano de la Violencia. Si el problema de verdad son los costes humanos, debería consultarse a los millones de emigrantes forzosos y exiliados, a las miles de personas que a a lo largo de estas dos décadas fueron arrestadas y perseguidas por razones políticas, a los sobrevivientes de las torturas y a los enfermos terminales que, a menos que algo cambie pronto, morirán mendigando de la forma más patética y dolorosa.

Si a alguien de verdad le preocupan las vidas de los venezolanos, acérquense a cualquier hospital público -como hice yo en 2014, cuando apenas comenzaban las grandes olas migratorias- y vean a los familiares de los enfermos durmiendo en las aceras, en plena calle, esperando que los doctores les digan qué es lo que tienen que comprar ese día: jeringas, guantes, antibióticos; o si tienen que llevar las muestras de sangre a algún laboratorio privado que, con suerte, sí tenga los reactivos necesarios para hacer los análisis. Hablen con alguien a quien se le haya muerto un hijo por alguna enfermedad que estaba erradicada, como el paludismo. Pregúnteles si no les da miedo que su calidad de vida empeore si se intenta derrocar al chavismo.

Pero más allá de todo este sufrimiento, el mundo se arriesga a establecer un precedente peligroso: cualquier banda criminal podría hacerse con el poder y sistemáticamente exterminar a su propia población, sin embargo, tener la certeza absoluta de que los países democráticos no estarán dispuestos a utilizar los ejércitos en los que gastan miles de millones cada año para lograr que, mañana, la tierra sea un lugar un poco más decente que ayer. Es en esta brecha entre lo que es necesario y lo que queda bien decir que las tiranías del mundo avanzan.

Fotografía de redes sociales: Carlos Herrera vía Flickr


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