Opinión | Disfrazarse de mexicanidad - Gatopardo

Disfrazarse de mexicanidad

La etiqueta “cultura mexicana” esconde muchas otras culturas de las que el país toma elementos para construirse a sí mismo. Las personas que buscan un disfraz mexicano para estas fechas ignoran el nombre de los pueblos indígenas que lo crearon y portaron durante siglos. ¿Será que ser mexicano o mexicana está realmente vacío de contenido cultural?

Durante mis primeros años de escolarización, en los que aprendí español como segunda lengua, recuerdo en particular una anécdota. El profesor de quinto año de primaria nos explicaba en español, mientras nosotros bromeábamos en mixe, que las palabras para referirse a un animal cambiaban según el sexo y la edad, de tal modo que para referirse al mismo animal era necesario usar palabras distintas dependiendo si era macho, (en cuyo caso se decía “caballo”) hembra (“yegua”) o, si era muy joven, se necesitaba de una tercera palabra (“potro”). A esas alturas yo sólo conocía la palabra “caballo” y la usaba para nombrar una variedad de equinos, así que me intrigó mucho saber por qué se necesitaban palabras radicalmente distintas para el mismo animal.

¿Por qué “caballo”, “potro” y “yegua” son palabras que suenan tan distinto, aunque se refieren al mismo animal? No hay nada en las características fonéticas de éstas que nos dé una pista de que se trata de la misma especie. Durante horas revisamos casos similares y después, vara en mano, el profesor nos hizo preguntas sobre ese nuevo léxico.

Esta misma sorpresa me causó saber, años después, que todas las palabras que en mixe utilizamos para las partes de una mata de maíz no existían en español o, si existían, eran préstamos de lenguas como el náhuatl. A una amiga de la Ciudad de México le expliqué algo que para mí era obvio, que el elote tierno se llama “yäw” y que el elote ya maduro (pero que aún no es mazorca) se llama “xo’oxy”, dos palabras fonéticamente muy distintas porque distinguen a un elote de otro dependiendo de su etapa de crecimiento. Para ella, claro, ambos eran un “elote”.

En la cultura occidental, los equinos han tenido una importancia fundamental a través de la historia, son culturalmente relevantes y hasta el día de hoy recordamos los nombres propios de equinos históricos como uno que vivió hace aproximadamente 2 300 años llamado Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno. La relevancia cultural de los caballos para la cultura occidental —y la intensa convivencia con ellos— se refleja de algún modo en el léxico de las lenguas indoeuropeas como el español, que consideró necesario utilizar las tres palabras distintas que tanto me inquietaron hace años: caballo, yegua y potro. Esto mismo sucede con el maíz para las lenguas mesoamericanas. La cercanía cultural con el maíz que durante milenios ha existido entre las sociedades de esta región del mundo, se refleja en el léxico que nos provee de palabras distintas para nombrar el mundo y la cultura del maíz, palabras diferentes para las partes incluso más pequeñas de una mata, que en otras lenguas lejanas solo serían nombradas por una, tal como yo quería utilizar “caballo”.

De algún modo, para mí, “caballo” era un monolito sin diferencias internas mientras que, para otras lenguas, el elemento léxico “maíz” engloba lo que yo en mixe llamo moojk, yäw, xo’oxy, kojk, por mencionar algunas. Si el sistema léxico de las lenguas fueran lentes, podríamos decir que alumbran con mayor detalle aquello que ha sido histórica y culturalmente más pertinente para las sociedades que las hablan.

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