Bienvenidos a la tierra del crack

En Brasil, los lugares donde se consume crack tienen un nombre: crackolandias. En las favelas no pacificadas de Río de Janeiro se encuentran estos espacios que las autoridades se empeñan en esconder de los turistas y que parecen una sucursal del infierno.

A primera vista parecen terrones de azúcar. A veces son completamente blancos, otras amarillos o tienen un ligero tono rosado. Son piedritas que esconden la locura. El crack es la forma más potente y dañina de la cocaína. Se consigue mezclando la base de esa droga con bicarbonato de sodio. La receta son dos partes de bicarbonato y una de base libre de cocaína, se utiliza un solvente para unificarlos y cuando se evapora, los alcaloides, el principio activo de la hoja de coca, quedan en el bicarbonato de sodio entre 75 y 100 % más concentrados, por lo que su efecto es mucho más fuerte y peligroso que el de la cocaína normal. Crack. Se le dice así por el ruido que hacen las piedras al calentarse. Por su elaboración, es extremadamente barata. Es la droga miseria. El humo ingresa al torrente sanguíneo y va directamente al cerebro. Crea un estado de placer y euforia que sólo dura unos diez minutos. Quienes lo fuman también sienten pánico y tensión. Los consume una necesidad desesperante por otra dosis y de no conseguirla, sufren de ansiedad, agresividad y depresión. Una sobredosis puede causar la muerte súbita.

Un adicto de crack es un esqueleto andante que no toma alimentos ni duerme. Suelen tener ampollas en la cara y los labios porque necesitan de una pipa muy caliente para fumarla. El instrumento puede ser de vidrio, una lata de refresco con orificios o un tubo metálico al que se le introduce un alambre para simular una boquilla. En el penal de San Pedro, en La Paz, Bolivia, conocimos a un grupo de presos que empleaban trozos de caño sellados con cinta aislante para fumarla. Todo alrededor del crack suele ser ruin. Casi en todo el mundo se consigue por un dólar o menos. Quienes se hacen adictos a este estupefaciente se olvidan de sí mismos, se convierten en espíritus de lo que eran. Lo mismo sucede con la pasta base de cocaína, conocida como paco o bazuco, una droga incluso más barata y popular en naciones como Argentina, Perú y Colombia —cuesta alrededor de sesenta centavos de dólar—. Proviene de la costra de lo que queda en la olla donde se prepara la cocaína, son los alcaloides de la hoja de coca sin refinar, mezclados con acetona, ácido sulfúrico o también con bicarbonato o cafeína. Los efectos son muy similares a los del crack. Al paco se le suele llamar “ladrón de cerebros” por su efecto en el sistema nervioso de las personas, que causa paranoia, delirio o problemas mentales. Según el gobierno de Buenos Aires, puede causar muerte cerebral en tan sólo seis meses de uso. A sus consumidores se les dice “muertos vivientes”.

Nos hablaron de una crackolandia en la favela de Lins, al norte de Río de Janeiro. Era un conjunto pequeño de chabolas, que en ese momento aún no había sido pacificado y por tanto, aún era controlado por los traficantes. En la entrada había dos tiendas. Una cerraba y la otra no. Una era un local de abarrotes. La clientela era esporádica. La otra eran dos mesas de plástico de terraza. Un veinteañero, vestido de gorra negra y shorts, era el dependiente. Llevaba una pistola y un radio. Como en la otra chabola, en una de las mesas se esparcían bolsitas de cocaína y crack. En la otra los fajos de reales. El ritmo de venta era vertiginoso.

Al final de la calle había una casa que parecía abandonada pero estaba llena de gente. Las personas entraban y salían continuamente. Un hombre con una pistola en la mano estaba sentado en lo que sería la estancia, parecía el recepcionista del lugar pero no hablaba con nadie y se limitaba a ver la televisión. La primera sala, detrás de la cortina de la puerta, fue en su momento una cocina. Había una barra con vasos de plástico de agua y más bolsitas con unas piedritas como terrones de azúcar. El vaso servía para hacer una pipa económica. Si alguien quería uno de esos productos se lo tenían que pagar al chico de la pistola. En ese lugar estaba un niño mulato de unos 12 años de enormes ojos azules. Vestía una camiseta del Flamengo, un equipo de futbol carioca, y sus enormes ojos azules miraban sin ver. El olor de la estancia era similar al del azufre. Mareaba.

En la sala vecina, al aire libre, estaba otro hombre regordete tomando una siesta sobre una silla. Se hallaba rodeado de basura, comida, vasos, platos y moscas que volaban a su alrededor. El lugar estaba en ruinas, había algunos colchones en el suelo y un par de sillones rotos que olían a humedad. En algunas partes del suelo y en las paredes crecía hierba. El hombre seguía durmiendo a pesar del barullo y los gritos. A su lado, cuatro hombres jugaban a las cartas apostando sus dosis. Había una decena de mujeres escuálidas con tops ombligueros o en bikini que dejaban ver unas barrigas hinchadas por el hambre. Algunas, coquetas, se planchaban el cabello y se pintaban en este sitio que se asemejaba a un refugio de guerra, sucio y miserable, con gente que parecía enferma, hambrienta, herida, pero que estaban ahí por voluntad propia o lo que quedaba de ella. Las chicas hablaban y reían como si se prepararan para salir a una fiesta. En otro cuarto conjunto, tapado con un techo de piedra y que de puerta tenía una sábana vieja, había una pareja teniendo relaciones sexuales.

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