Boxear en la oscuridad. La rehabilitación en el cuadrilátero - Gatopardo

Boxear en la oscuridad. La rehabilitación en el cuadrilátero

Julián Herbert
Ilustraciones de Maria Conejo

Una mirada al mundo del box semiprofesional y amateur. Ésta es la crónica de un gimnasio municipal en el norte mexicano, en Saltillo, Coahuila, donde se practica la vocación inquebrantable de controlarse a sí mismo y dominar al otro. Un territorio quizás oscuro, el de la mente, de personas con depresión, adicciones y estrés postraumático, entre otros trastornos, que utilizan la disciplina para superar una herida más allá del dolor físico.

 

 

El primero de enero de 2019, cerca de las dos de la tarde, en la colonia Federico Berrueto, al sureste de Saltillo, Jesús Guadalupe Núñez, de veintitrés años, asesinó a puñaladas a Juan Antonio Casas Cárdenas, un policía jubilado de 65. Las causas del crimen no son claras: pudo tratarse de una confusión de identidad o una venganza. Aunque la historia se publicó en los periódicos locales de Coahuila, no supe de ella sino hasta dos años más tarde, cuando asistí a la clase de box donde conocí a José Antonio Casas Tobías, hijo de la víctima. 

Él recuerda: “Me habló mi hermano: ‘Vete allá con papá porque lo acaban de asaltar y lo picaron’. Me agarró todavía de fiesta. ‘Vístete y vámonos directo al hospital’. Y ahí nos dan la noticia de que ya falleció. Fue algo muy duro: ima­gínate pasar el primer día del año haciendo un acta de denuncia, ir al Semefo, llevar a la funeraria el cuerpo de tu padre. El muchacho andaba drogado y ya había dicho que quería matar a alguien, tengo entendido que al señor que le cobraba la renta. Ve pasar a papá, lo confunde, lo agarra por atrás y lo pica aquí por la axila, afectándole una arteria principal. Papá era segundo comandante de la policía estatal, sabía defenderse. Pero cuando te agarran por atrás, tú bien sabes que no hay modo”.

Tras la desgracia, José Antonio, de 43 años, entró en un estado que la psiquiatría describe como “indefensión aprendida”, cuando se ha aprendido a comportarse de forma pasiva ante todo tipo de problemas, y que la mayoría podríamos confundir con depresión. Abandonó su empleo. Fumaba desesperadamente. Aunque procuró mantener a flote a su familia, conduciendo un taxi, zozobraba en una crisis profunda. Ante las señales de alarma, su esposa lo convenció de inscribirse —en compañía de su hija y su hijo adolescentes— en las clases gratuitas de box que imparten Óscar Soberón Nakasima y su pupila, la excampeona mundial, Mayela “Cobrita” Pérez, en el Gimnasio Municipal. 

“El primer día dije: ‘Ay cabrón, ¿a poco éste es el entrenamiento para principiantes?’ Dos, tres personas se rieron: ‘Aquí el profe agarra parejo, seas nuevo o seas profesional’. Sentí que me iba a morir por tanto cigarro. Pero después llegué al costal. Me vendo y, como traía mucho coraje, me pongo los guantes y empiezo a tirarle. Fueron cuatro rounds. Al final estaba totalmente agotado. Nos fuimos a la casa y, cuando me quité las vendas, veo los nudillos llenos de sangre. Fue cuando decidí seguir viniendo”.

José Antonio mide más de 1.90 y pesa 110 kilos. Si se dedicara profesionalmente al boxeo en México, le sería difícil encontrar rivales de su división. Por eso “esparrea” (pelea rounds de entrenamiento) con chicos más jóvenes y ligeros. “Dejé de fumar. Ahorita puedo aguantar hasta dos clases seguidas y hasta tres rounds esparreando. Al principio uno cree que es muy fácil pero es una friega. No cualquiera resiste. La primera vez, me bajé al medio round. Hay dos, tres chavos que se animan a subirse conmigo. Ob­viamente no suelto toda mi fuerza, pero a mí me sirve de experiencia y a ellos, que ya son avanzados, también: sienten el golpe por encima de su peso. Es una cadenita. No soy el único aquí que ha tenido una situación. Pero aquí estamos”.

Cuando el profe pasa junto a nosotros en busca de un trapeador (escrupuloso con la limpieza de las áreas de entrenamiento), me susurra: “Este muchacho es tremendo. Si lo hubiera encontrado más joven, lo hubiera debutado”.

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