La pelea imposible de Namibia Flores, boxeadora en tierra de hombres.
Reportajes

La pelea imposible de Namibia Flores

La historia de una mujer que quiso ser boxeadora en Cuba, un país donde sólo los hombres pueden subirse al ring. 

Tiempo de lectura: 38 minutos

 

“Los miedos son tigres de papel”.

Amelia Earhart

 

Su vida ha sido un combate contra su sombra, a la que no ha podido derrotar. A sus 45 años, en la sala de la casa que renta en el barrio Miramar en La Habana, le lanza golpes rectos a su imagen en el espejo. Sus brazos parecen impulsados por un resorte. Quien ve la sinergia del movimiento, la belleza efímera del acto, tiene claro que caería tumbado al suelo si llegara a recibir un impacto de esa índole. Golpes mortales, pero sin oponentes.

El espejo está ubicado a la salida de la cocina, en el comedor. Es un espacio amplio donde no hay ni un solo mueble. Un espacio que Namibia, en su imaginación, ve como un cuadrilátero de boxeo con cuerdas azules y rojas, un lugar al que entra para soltar estrés, remordimientos, angustia.

Namibia Flores sube la guardia ante su imagen, la mira con cara de rival, mueve sus pies con ritmo sincopado para intentar engañar al cuerpo de enfrente con un amague, con un ademán. Suelta una combinación de izquierda, derecha, izquierda, derecha, buscando ahuyentar el reflejo de su rostro, pero, por más que se esfuerza en que la ejecución de sus golpes sea explosiva para vencer a su némesis, su imagen sigue intacta.

El cuerpo de Namibia Flores parece tallado en mármol. De su piel negra resalta cada músculo, cada curvatura que le dan molde a sus más de 30 tatuajes. Es una especie de escultura romana que se burla del paso del tiempo. Aunque ya no entrene a diario, porque se vio obligada a bajar del ring sin haber subido nunca de manera oficial, su figura, una mole compacta, es la definición de portento físico pese a su metro con sesenta centímetros de estatura.

A Namibia Flores no la derrotaron por puntos o por knockout. No tuvo una lesión grave que la sacara del deporte. Su entrenador no tiró la toalla desde la esquina en medio de una pelea. Namibia Flores nunca subió a un cuadrilátero de boxeo en combate oficial porque en Cuba, un país que ha ganado 41 medallas de oro en Juegos Olímpicos y otras 80 en Campeonatos Mundiales en este deporte, sólo los hombres pueden boxear.

En sus años como atleta entrenó día y noche añorando el derribo de ese muro de injusticia. Ser mujer fue la única razón por la que no alcanzó su sueño, un sueño que es un derecho en casi el mundo entero. La suya fue también una batalla contra el tiempo, que a la larga terminó perdiendo, porque la Asociación Internacional de Boxeo (AIBA), por la que se rige la Federación Cubana de Boxeo (FCB), sólo permite el boxeo amateur hasta los 40 años.

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En Cuba muchas mujeres boxean en los gimnasios, en las plazas públicas donde se hace ejercicio al aire libre, en sus casas, pero la inmensa mayoría lo hacen con el fin de ejercitarse, no de competir. El boxeo como método, no como realización. El boxeo para sudar, para bajar o mantener el peso, para drenar el estrés del día a día. Porque el boxeo es el único deporte en la isla que las mujeres tienen prohibido como práctica deportiva oficial.

La única mujer cubana viva que ha logrado boxear en la isla de manera oficial tiene 102 años. Su nombre es Felicia Mesa y vive en Sagua la Grande, un pueblo de Villa Clara. Felicia, en la década del 50 del pasado siglo, llegó a combatir unas 15 veces en el boxeo profesional de la Cuba anterior al castrismo. Pero una vez que Fidel Castro llegó al poder e instauró su régimen dictatorial en 1959, desterró al deporte profesional del país. ¿El motivo? Castro veía como un peligro para su “revolución” todo lo que oliera a mercado, a dinero, a negocio. De esa manera, Felicia Mesa y el resto de las boxeadoras cubanas de la época, así como el resto de los deportistas profesionales, no pudieron seguir con sus carreras en la isla. Muchos atletas se largaron de Cuba tras su sueño, otros se quedaron, pero pasaron al amateurismo. Felicia, en cambio, se dedicó a la agricultura.

El amateurismo se convirtió así en un particular régimen dictatorial dentro del castrismo. Desde ese entonces y hasta hoy, los atletas de la isla no tienen libertad para afiliarse a organizaciones deportivas foráneas, pues por ley sólo pueden formar parte de las federaciones del país y se subordinan a todas sus decisiones. Es decir, su talento y sus carreras pertenecen al gobierno. Es por eso que si un deportista cubano, por su cuenta, firma un contrato en el extranjero, de manera inmediata deja de ser parte de la selección nacional y de los campeonatos de Cuba. Es como si al mexicano Héctor Herrera jugar en el Atlético de Madrid de España, le impidiera por default ser parte del equipo de México y volver a jugar en liga mexicana.

Otro punto que define al deporte cubano es el salario de los atletas, pues se inscribe dentro de la lógica del sistema político, donde no existe la publicidad ni la propaganda. Por tanto, está estipulado que los deportistas de más alto rango, los campeones olímpicos, ganan al mes alrededor de 80 dólares —­­5, 590 pesos cubanos—. (Para hacer este cálculo no se puede tomar en cuenta el tipo de cambio oficial, pues desde enero el peso cubano sufrió una drástica devaluación a partir de una reforma económica del gobierno. Por tanto, un dólar en Cuba cuesta 75 pesos y no 24 pesos.) Partiendo de esa cifra, quienes no estén jubilados y hayan ganado más de una medalla, cobran un poco más por cada presea. La de oro equivale a 2,500 pesos -35 dólares-, la de plata a 1,650 —23 dólares— y la de bronce 1,250 —17 dólares—. En resumen, lo que gana un campeón olímpico cubano al mes alcanza para poco más que mal comer y mal asearse. Si el boxeo femenino estuviera permitido, por pertenecer a la preselección nacional, Namibia Flores ganaría mucho menos que eso: unos 3,725 pesos —53 dólares— por treinta días de esfuerzo ininterrumpido.





La Federación de Mujeres Cubanas (FMC), una organización que creó en 1960 el castrismo para velar por los derechos de las féminas, estuvo dirigida durante varias décadas por la fallecida Vilma Espín, esposa de Raúl Castro. Es a ella, contradictoriamente, a quien todas las fuentes apuntan como la artífice de la prohibición que impide que las mujeres boxeen en Cuba, aunque hay que aclarar que no existe ninguna declaración pública de su parte al respecto.

De quienes sí hay declaraciones son de los principales entrenadores y federativos del boxeo en Cuba. Por ejemplo, Alberto Puig, presidente de la Federación Cubana de Boxeo (FCB), dijo en 2013: “Es un poco difícil ver a una mujer con los guantes de boxeo puestos. No las ubicamos hoy en día. Quizá cambiemos de opinión, lo estamos chequeando desde el punto de vista médico, psicológico”. Unos años antes, José Barrientos, quien fuera en su momento presidente de la FCB, aseveró: “No tenemos intención en estos momentos de participar en ningún torneo internacional, porque consideramos esta modalidad no apropiada para las mujeres”. Y en 2009 el prestigioso entrenador Pedro Roque afirmó: “las mujeres cubanas son para mostrar la belleza de su rostro, no para recibir golpes”. Tres años después de su frase, Roque fue el entrenador principal del equipo femenino de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Londres. Parece que salir de Cuba lo hizo cambiar de opinión. Abandonar su concepción machista y discriminatoria lo llevó a alcanzar a través de su pupila Claressa Shields el oro de los 75 kilogramos en la primera olimpiada en que se permitió a las mujeres boxear. La medalla de Shields en 2012 hizo a Pedro Roque pasar a la historia del boxeo femenino.

Los argumentos por los cuales las cubanas no pueden boxear aún hoy de manera oficial son los mismos prejuicios que las mujeres de otras partes del mundo han tenido que derribar para poder subir a un cuadrilátero: que las mujeres son más débiles que los hombres y por tanto no están hechas para practicar un deporte tan agresivo, que a las mujeres hay que protegerlas porque sus órganos reproductores pueden dañarse y de esa manera queda comprometido el futuro de la humanidad, que las mujeres deben lucir todo el tiempo su belleza porque ese es su don y eso no es posible al vestir ancho, tener un corte de pelo corto, cicatrices en el rostro y los nudillos, pómulos, nariz y boca hinchados.

Desde el siglo XVIII las boxeadoras luchan contra esos —y un montón más— estereotipos machistas y sexistas. La historia del boxeo femenino recoge a la inglesa Elizabeth Wilkinson como una de sus pioneras. En la década de 1720, cuando se combatía a puño limpio y las reglas del boxeo eran bastante difusas, Wilkinson fue de las primeras en pasarle por encima a esas lógicas discriminatorias. En las Américas no fue hasta 1876 que dos mujeres, Nell Saunders y Rose Harland, cruzaron golpes. La pelea ocurrió en Estados Unidos, en la misma nación que 80 años después transmitió por televisión el primer combate de boxeo entre mujeres.

Aquella pelea televisada motivó a muchas estadounidenses a boxear. Y entre 1975 y 1978  hubo una ola de solicitudes de licencia ante diferentes estados en su país, que por ley negaban la práctica del boxeo a las mujeres. Todas las solicitudes fueron denegadas, excepto las de Cathy Davis, Jackie Tonawanda y Marian Trimiar que llevaron a juicio —del que salieron victoriosas— al estado de New York. A pesar de llamar la atención de la opinión pública, el juicio ganado por estas boxeadoras no significó que el resto de sus colegas pudieran boxear. Ante la persistencia de la prohibición, Marian Trimiar mantuvo una huelga de hambre de un mes en 1987 con el objetivo de reclamar iguales derechos que los hombres.

En 1992, tras ocho años de juicio contra el estado de Massachusetts, Gail Grandchamp también logró su derecho a boxear, aunque no pudo hacerlo, pues cuando llegó el veredicto ya tenía más de 36 años, edad límite en esa época para los boxeadores amateurs. En 1993 ocurrió otro juicio favorable a las boxeadoras que hizo tambalear al establishment: Dallas Malloy, 16 años, consiguió que la Asociación de boxeo amateur de los Estados Unidos aceptara en todo el país a las mujeres boxeadoras.

Todos estos juicios sentaron las bases para que en 1996 se produjera lo que se conoce como el primer combate del boxeo femenino moderno: la pelea entre la estadounidense Christy Martin y la irlandesa Deidre Gogarty, celebrada en Estados Unidos. Ese mismo año, tras 116 años de prohibición, el Reino Unido derogó la ley que impedía a las mujeres boxear. Luego, poco a poco, el resto de los países fueron autorizando la práctica del boxeo femenino y surgió la Asociación Internacional de Boxeadoras (IFBA por sus siglas en inglés) de la que Cuba aún no forma parte.

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Namibia Flores dice que nació en los días en que el país con el que comparte nombre se erigió como una nación soberana. Se equivoca. Ella vino al mundo el 15 de febrero de 1976 y Namibia no se convirtió en un estado independiente hasta 1990, cuando logró expulsar definitivamente de sus tierras al apartheid. Su confusión viene de que un año antes de nacer, tropas militares cubanas viajaron a África a darles una mano a los países de ese continente que luchaban contra el apartheid. Fue por eso que los médicos que realizaron su parto en la provincia de Matanzas, les sugirieron a sus padres el nombre de Namibia, que mencionaban todos los días y a toda hora en la radio y la televisión de Cuba y que les parecía bonito. Hasta ese momento, los padres no sabían cómo ponerle a la niña.

Namibia Flores boxeo Cuba

Namibia Flores en la casa que renta en el barrio de Miramar.

Namibia, un país de apenas dos millones de habitantes y 800 000 kilómetros cuadrados de superficie, es un territorio de extrema aridez. Sin embargo, sobre esa inmensa tierra desértica, la zona más seca de toda el África subsahariana, existe una increíble variedad de vida silvestre que reúne todas las especies de la fauna africana. Ahí la vida se sobrepone a la aspereza del polvo, a la falta de agua, a la desolación que suponen los desiertos: justo como ha tenido que imponerse Namibia Flores ante las arremetidas de su convulsa vida.

Desde pequeña todo lo tuvo torcido. Sus padres mantenían una relación a distancia pese a tener incluso una hija anterior. La razón: el padre era un hombre blanco y un delincuente y la familia materna de Namibia Flores no lo aceptaba por ambas razones. En 1980 el hombre fue uno de los más de 125 000 cubanos que se marcharon de Cuba vía marítima por el puerto El Mariel para llegar a Estados Unidos, en uno de los sucesos migratorios más emblemáticos del castrismo, un momento excepcional en el que los cubanos fueron libres de tirarse al mar para marcharse de la isla por el puerto. La decisión de Castro fue la respuesta a una crisis política que comenzó cuando varios cubanos secuestraron un ómnibus público y entraron por la fuerza a la embajada de Perú en La Habana para pedir asilo político. Luego, miles de ciudadanos los imitaron y la sede diplomática decidió aceptarlos. Castro decidió dejar marchar “a todas las lacras sociales” y el padre de Namibia Flores no volvió a ver a sus hijas hasta 1999, cuando regresó a la isla en una visita relámpago de 21 días.

“Mi niñez fue alocada, traumática”, dice Namibia, que pasó por once escuelas primarias entre La Habana y Matanzas porque su madre “era muy promiscua” y a cada rato entablaba una relación con algún hombre y se iba a vivir con él. Las dos niñas viajaban con ella en esas frecuentes mudanzas junto con un tercer hijo que tuvo después, en el solar de Las Margaritas de la barriada de Santos Suárez, donde vivió la célebre Celia Cruz y donde la familia pasó cerca de cinco años. En el cuartico pequeño y ruinoso en el que vivían, el padre del hermano menor de Namibia falleció al beber por equivocación una botella de alcohol puro pensando que era ron.

Namibia recuerda que vivir en aquel cuartucho era como no tener un techo encima, pues le entraba el agua cuando llovía; que eran pobres y pocas veces comieron chocolates, que mordían las velas de cera para simular que mascaban chicles. “Éramos como esos niños que uno ve detrás de las vidrieras de las tiendas”, apunta. Recuerda también que cuando su madre no tenía pareja, dejaba a los tres hermanos encerrados en el cuartucho del solar para irse de fiesta. Y mientras la madre bailaba y bebía alcohol en cantidades industriales, los niños se enredaban a golpes para hacerse con la comida que ella les dejaba: una jarra de aluminio con agua y azúcar.

“Tengo una cicatriz en la cara porque mi hermano me golpeó con la jarra”, dice Namibia y explica que, cuando su madre salía, su hermana mayor, que tenía en ese entonces unos siete años, Mabel, era quien se hacía cargo de Gilberto y de ella, que tenía 3 años —uno más que su hermano—. “Mi madre tiene una especie de retraso, no llegó ni a primer grado en la escuela. No sabe leer ni escribir y quizás eso la hacía tomar esas decisiones”, dice.

En uno de esos arranques furibundos, la madre de Namibia vendió el cuartucho del solar de Las Margaritas para irse con un hombre a Cárdenas, Matanzas. Esta vez sólo se llevó consigo a la hija mayor y Gilberto y Namibia se quedaron con su abuela que vivía en el barrio de Luyanó. Aquella decisión haría que los niños, que ya vivían una vida descompuesta, entraran en un remolino aún más turbulento.

“En casa de mi abuela también vivían mis tíos, los cinco hermanos de mi mamá. Uno era enfermero, otro delincuente y siempre estaba preso, otro mecánico, otro militar y otro no hacía nada. Había dos cuartos. En uno dormía mi abuela sola. En el otro mi hermano y yo en una camita, un tío en otra cama y en el piso otro tío. Y en el comedor y en la sala dormían los otros dos sobre colchonetas”, recuerda Namibia.

Cuando amanecía y los cinco tíos y la abuela se levantaban de sus colchones, la casa quedaba patas arriba: sábanas en el suelo y almohadas sobre los pocos muebles desordenados. Los dos niños eran obligados a poner en orden aquel reguero. Además tenían que limpiar la casa, botar la basura del día anterior y fregar lo que hubiese sucio en la cocina. “Mi abuela nos decía que si queríamos ver en la tarde los muñequitos en el televisor, teníamos que hacer todas las tareas de la casa”, comparte.

La madre de Namibia  no regresó hasta un año y medio después. Los niños ya habían empezado la escuela primaria y a Namibia, además de todas sus labores, le habían sumado la de lavar el uniforme escolar de su hermano y el suyo una vez llegaba de la escuela. Tenía seis años y la abuela, cuando la niña estaba lavando a puños sus cosas, le traía también su ropa interior o el pulóver sudado de algún tío.

Cuando la madre regresó, los niños le contaron el infierno que estaban viviendo y ella decidió llevárselos a Cárdenas, pero a los tres meses retornaron porque su relación con aquel hombre se rompió. En total fueron once las veces que la mujer y los tres hijos se largaron y regresaron de Luyanó, el período entre segundo y quinto grado de primaria de Namibia Flores.

La última de esas mudanzas fue la más traumática de todas. La mujer había iniciado un amorío con un hombre que vivía en el oriente de la isla. Hasta allá el viaje con los hijos le salía muy costoso, por lo que decidió dejar temporalmente a los tres niños en casa de Maritza, una prima lejana de la familia que vivía en Cárdenas, mientras ella se iba sola a la aventura. Años atrás, Maritza había estado en prisión por pertenecer a la banda “Los 46” que se dedicaba a asaltar personas en la provincia de Matanzas y que llegaron a golpear hasta la muerte a varias de sus víctimas.

Cuando Namibia y sus dos hermanos llegaron de la mano de su madre a la que sería su nueva casa por un tiempo, la puerta estaba entreabierta. Desde afuera se escuchaban gritos, como si alguien estuviese peleando dentro. Nadie contestó al timbre así que su madre empujó la puerta. El hijo de Maritza, con cara de pánico, corría dando gritos por toda la casa huyendo de su madre que lo perseguía como una bestia lanzándole lo que encontraba por el camino.

Aquel pasaje pasó a ser el día a día de los niños durante el par de meses que duraron en aquel suplicio. Maritza los golpeaba por cualquier motivo: por ir a comprar pan y demorarse unos minutos de más, por hablar alto, por jugar dentro de la casa, por lo que fuese. Además, se regodeaba castigándolos y se esmeraba en hacerlos sufrir. “Nos hacía hincarnos en el piso con chapitas de botellas o granos de arroz debajo de cada rodilla, además de un ladrillo en cada mano que teníamos que mantener en el aire con los brazos estirados. Nos dejaba horas en el patio bajo un sol que derretía las piedras”, cuenta Namibia.

Un día los sentó a los cuatro a la mesa y sirvió la comida. Les explicó que en el centro estaba la carne de cerdo para todos y que a cada uno le correspondían sólo tres pedazos. Al rato Maritza regresó y notó que alguien había comido de más. Los levantó uno por uno de la mesa y los fue llevando a la cocina, donde les dio de tomar agua con sal hasta hacerlos vomitar para averiguar quién había desobedecido su orden.

Poco después de ese pasaje, Mabel, la hermana mayor, se enfermó de gastroenteritis y la ingresaron unos días en un hospital. Cuando le dieron el alta médica, Maritza fue a buscarla, pero la niña les dijo a los médicos que ella no tenía familia y que no sabía quién era esa mujer que decía ser su prima. Maritza se descompuso e insultada salió del hospital a buscar a Namibia hasta su casa para demostrarle a los médicos que ella estaba a cargo de Mabel y sus hermanos. Ese lapso de tiempo le bastó a Mabel para decidirse a escapar.

Namibia llegó al hospital con Maritza. Caminaron hasta la sala donde estaba su hermana, pero esta las vio venir a lo lejos, las saludó con la mano y saltó por la ventana. Desde ese día, un hogar para menores sin amparo filial de Matanzas se hizo cargo de la niña hasta que tuvo 18 años.

Al enterarse del suceso, la abuela de los niños fue a visitarlos a Cárdenas. Ellos aprovecharon para implorarle que los regresara a La Habana. “Nos iban a matar a golpes. Era mejor estar lavando en La Habana que recibiendo golpes”, dice Namibia.

De vuelta a Luyanó, Namibia Flores tuvo su primer contacto con el deporte. En la escuela en la que se matriculó había un equipo de baloncesto. El profesor de educación física se percató en las clases que era rápida y explosiva y la captó. Esas horas que Namibia pasaba dribleando el balón en la cancha y lanzando al cesto, eran sus horas predilectas. Un tiempo en el que lograba escapar de su propia vida y en el que sentía, por fin, que existían momentos alegres. “La escuela y el baloncesto eran mi refugio, respiraba paz porque estaba alejada de los problemas de la casa”, dice.

En la casa de la abuela todo seguía igual: los niños al regresar de casa de Maritza tuvieron que encargarse de nuevo y de manera obligatoria de limpiar, fregar y lavar todo en el hogar mientras los cinco tíos seguían en lo suyo. En realidad sí hubo algo que cambió. Ahora en las tardes, la abuela vendía panes y refrescos en la casa y le exigía a los dos hermanos que se fueran al cuarto y se mantuvieran encerrados para que no le perturbaran la venta. Pero uno de los tíos, el que no hacía nada, entraba al cuarto cada día con un pan y un refresco y hacía que los hermanos pelearan por la merienda. El hombre se entretenía viendo un combate infantil en el que no había un ganador hasta que el derrotado quedara desmayado o no pudiera levantarse del piso.

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Namibia Flores entrenando en La Habana.

El tío militar se enteró de que Gilberto golpeaba a Namibia cada tarde. Así que tomó la decisión de entrenar a su sobrina para que pudiera no sólo defenderse, sino, sobre todas las cosas, merendar. “Fue él quien me enseñó artes marciales, pero lo hizo como mismo me obligaban a limpiar, a fregar, a lavar”, dice Namibia.

El tío decía señalando su mano: “lánzame una bandae aquí”. Y cuando Namibia levantaba el pie por el costado para pegarle en la palma de la mano, su tío le barría el pie de apoyo y ella caía al suelo como un saco de papa sintiendo que su anatomía se hacía añicos. Luego el tío gritaba: “dale, arriba, repite”. Y ella se levantaba, pero pronto volvía a sentirse desvanecer. Con el tiempo fue poniendo cada vez más duro el pie de apoyo para no caer, porque cuando decía que no quería entrenar más, que no le gustaba aquello, el tío le insistía: “tú sí quieres, sí te gusta”.

Fue así que Namibia llegó a los deportes de combate, que años más tarde serían su pasión. Pero en ese instante era una niña a la que sólo le interesaba jugar, distraerse, escapar del ambiente tóxico de su casa, aunque casi nunca lo lograba. “Mi hermano y yo nos poníamos a jugar pelota en el pasillo, pero había un vecino al que le molestábamos. Entonces le daba las quejas a mi tío el militar y este nos daba golpes con su zambrán. Atrás de mi tío venía mi abuela y nos daba otra tanda de golpes”, dice.

Como la hermana mayor nunca más regresó, los dos hermanos intuían que estaba mejor que ellos y que la única manera de escapar de sus vidas era imitándola. Decidieron intentar llegar al hogar para menores sin amparo filial de Matanzas donde estaba Mabel. En varias ocasiones salieron de la casa y caminaron hacia el fondo del pasillo donde jugaban pelota, saltaron el muro y se subieron a varios ómnibus públicos hasta llegar al puerto de La Habana. Atravesaron la bahía de la ciudad en la lancha que enlaza la Habana Vieja con el poblado de Casablanca y se subieron al tren de Hershey que viaja hasta Matanzas, siempre entrando por las puertas traseras porque no tenían dinero.

Intentaron unas diez veces la travesía, pero llegaron a concretarla solamente dos. “Porque la policía nos cogía en el camino y nos preguntaba qué hacíamos dos niños solos y sin identificación viajando tan lejos. Después nos preguntaba dónde vivíamos y nos devolvían a la casa. Cuando mi abuela nos veía nos mandaba directamente a limpiar. Y si dejábamos sucio un rincón nos partía en el hombro el palo de escoba y nos echaba agua en el piso para que empezáramos de nuevo”, dice.

Las dos veces que lograron llegar al hogar de niños sin amparo filial, los directivos de la institución les dijeron que no podían quedarse allí porque ellos sí tenían familia, a Mabel en su momento le creyeron que no. En esas dos ocasiones los tres hermanos pudieron hablar un rato, pero luego Namibia y Gilberto tuvieron que volver.

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La madre de Namibia Flores regresó cuando la niña ya estaba en séptimo grado. Bajó de un viejo carro americano sin un solo diente en la boca y con la cabeza atestada de rolos. “Vengo a buscarlos”, les dijo. Al día siguiente viajaron por carretera hacia Manzanillo, donde la madre había pasado todo ese tiempo. En el camino se detuvieron en el hogar para niños sin amparo filial de Matanzas y recogieron a Mabel.

Los tres hermanos quedaron eclipsados al llegar al oriente del país. Muy pocas veces habían ido a las playas de La Habana y ahora tenían una a pocas cuadras de la casa. Durante todo el primer mes faltaron a la escuela: amagaban con ir a estudiar, pero se iban a bañar. Gilberto, que era el promotor de las escapadas, fue enviado de regreso a la capital para ver si sus dos hermanas se componían sin su mala influencia. Pero unas semanas después, Namibia comenzó a extrañar demasiado a su hermano y decidió regresar con él. No le dijo a su madre que volvería a La Habana y tuvo que recorrer 753 kilómetros por carretera sin un solo centavo. Se trepó en decenas de camiones que la fueron transportando de provincia en provincia.

Al llegar a Luyanó le dieron la noticia de que a su hermano lo habían ingresado a una “escuela de conducta”, un centro para niños con trastornos de comportamiento. Namibia combatió el dolor de estar lejos de Gilberto regresando al deporte. “Logré que me escogieran para el equipo de baloncesto del municipio. Pero sólo podía ir a entrenar a escondidas de mi abuela que seguía diciéndome: ´el deporte tuyo es hacer las cosas de la casa´. Por eso nunca fui a una competencia, porque era en un horario en el que estaba limpiando, fregando, lavando”, dice Namibia.

Aunque perderse los partidos de baloncesto fue bien duro para ella, nada se compara con lo que sufrió cuando cumplió los 15 años: “Lloré porque mi abuela quiso celebrarme una fiesta y me obligaron a ponerme un vestido de esos, me pintoretearon, me pusieron unos zapatos de tacones altos. Fue traumático porque nunca me gustó pintarme ni vestirme con vestidos porque siempre fui media machorra. Todo era una justificación para que mi familia tuviera una fiesta y así poder beber a sus anchas. La fiesta la hicieron en casa de una amiga de mi abuela y sólo invitaron a tres amigas mías. La mayoría de las personas eran mayores de edad que habían puesto dinero para la fiesta. Dinero que mis tíos y mi abuela utilizaron para emborracharse”.

Mabel, la única de los tres hermanos que se quedó en Manzanillo, tuvo un hijo. Namibia y Gilberto decidieron viajar de nuevo a oriente para conocer al bebé. Días después de llegar, los hermanos se pusieron a jugar dominó en el barrio con otros niños bajo la siguiente regla: quien perdía, tenía que tomarse un vaso de agua como castigo. Agua a la que Gilberto, escondiéndose de todos, le había echado picante.

“Esos guajiros nos querían matar. Mi hermano tuvo que esconderse en la casa una semana. Cuando salió, uno de los muchachos le dijo que tenía que fajarse. Me metí en el medio y le dije que él era el más pequeño, que se fajara conmigo”, cuenta.

Namibia Flores terminó la pelea con el ojo hinchado de un piñazo. Un vecino que vio la escena, luego de separar a los adolescentes, le dijo que si iba a ser así de valiente e impulsiva, tenía que aprender a defenderse. El hombre le aconsejó que fuera a un área deportiva cerca de su casa donde impartían clases de taekwondo. Asomarse al lugar le recordó a su tío el militar. Tres meses después era la mejor taekwondoca de Manzanillo en la división de los 51 kilogramos y la captaron para la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) de la provincia Granma.

Pasaba toda la semana en la escuela en entrenamientos de alto rendimiento y su casa en Manzanillo sólo la visitaba los fines de semana. Cuando salía de la escuela, sentía que la vida se le derrumbaba. El deporte era lo que la mantenía en pie, sin él, se desplomaba.

“Muchas veces en casa había poca comida y mi madre y mi padrastro me botaban para la calle porque yo les molestaba. Me iba a donde estaba mi hermana que ya tenía un segundo hijo. La casa era de la familia de su marido y allí podía dormir en un sótano lleno de escombros. El marido de mi hermana una vez bajó al sótano e intentó abusar de mí, pero me hice la dormida. Cerré los ojos y no me resistí. Quizás por eso no me hizo nada al final y ni siquiera sé si se llegó a masturbar”, dice Namibia.

Entonces, decidió quedarse en la escuela también los fines de semana hasta terminar la ESPA, pero descubrió que los custodios se metían en los albergues de los atletas para robar las pertenencias que encontraban a la mano y el lunes Namibia cargaba con una culpa que no le correspondía. No quiso seguir viviendo en la escuela, mucho menos ser tratada como una ladrona. La única opción que tenía era regresar a La Habana aunque implicara poner en riesgo su carrera como taekwondoca. Salir del circuito nacional de las ESPA, significaba que no podría aspirar a uno de los cupos de la preselección nacional de taekwondo.

“Regresé a La Habana y estuve dos años vendiendo dulces para ganarme la vida”, cuenta Namibia Flores, quien a sus 20 años ya era una deportista jubilada. Luego se propuso retornar al deporte como entrenadora. Comenzó a impartir clases a niños en un centro deportivo del barrio Santos Suárez. Sus buenos resultados hicieron que los directivos deportivos de la provincia la promovieran como entrenadora principal de taekwondo infantil de la Polivalente de San Isidro, en la Habana Vieja. Además, le dieron la oportunidad de estudiar la carrera de Cultura física en la universidad como parte de un curso para trabajadores.

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Gimnasio Rafael Trejo en La Habana.

Al lado de la Polivalente está el gimnasio de boxeo “Rafael Trejo”, una instalación deportiva atrapada entre varias edificaciones ruinosas de la Habana Vieja, pero que ha logrado formar a decenas de campeones cubanos. Todos los días, cuando Namibia Flores llegaba para dar clases de taekwondo a sus alumnos, no podía evitar quedarse un rato en el gimnasio de al lado observando como niños, adolescentes, jóvenes y mayores movían sus pies como si estuvieran bailando al tiempo que soltaban sus brazos enguantados como látigos. Un día le preguntó a uno de los profesores si podía pegarle un rato al saco de boxeo. El profesor la miró con escepticismo y respondió: “pero sólo puedes usar los puños, no los pies”. Era Naldo Mestre, su futuro entrenador.

A partir de ese instante, Namibia Flores quedó enamorada del boxeo, de ser arma y escudo a la vez, un estado que ella conocía muy bien por todo lo vivido. Saber que no existía otra mujer en Cuba que practicara el boxeo de manera oficial, lejos de disuadirla, se convirtió en una razón más para encausar su rumbo. “Voy a entrenar hasta que me dejen ponerme los guantes y representar a Cuba”, se dijo a sí misma.

Antes de las cinco de la tarde de todos los días, la hora en que llegaban sus alumnos de taekwondo, Namibia Flores le dedicó muchas horas a aprender las posturas y las técnicas básicas del boxeo en el Rafael Trejo. Cuando terminaba de entrenar, se ponía encima de su short y camiseta el dobok blanco y regresaba a la Polivalente con los niños, cosa que no le gustó a la directora del lugar. La mujer decía que si sus alumnos la veían en el boxeo, la iban a querer imitar y que, además, el boxeo no era cosa de mujeres. Le prohibió boxear si quería seguir como profesora de taekwondo. Namibia eligió los guantes y dejó para siempre el dobok.

Era 2006, tenía 30 años y ya llevaba tres meses entrenando boxeo, pero nunca había peleado. Al Rafael Trejo llegó una boxeadora holandesa que pasaría un tiempo en Cuba haciendo una base de entrenamiento. Naldo Mestre se estaba encargando de guiar a la holandesa, una rubia enorme con diez años de experiencia en los cuadriláteros de Europa. Mestre le preguntó a Namibia: “¿te atreverías a combatir?”. Por supuesto, respondió.

Los primeros rounds Namibia atacó a la holandesa como una fiera herida. Estaba excitada. Descubrió que el esfuerzo no había sido en vano y que lo podía poner en práctica sin problemas frente a una boxeadora de nivel. Atacaba y atacaba sin detenerse. Era un tren hacia delante. Pero cuando pasaron esos primeros impasses y el combate empezó a estirarse, la holandesa pegó a Namibia contra las cuerdas con combinaciones de jab, uppercut y ganchos. Era como si la primera parte de la pelea le hubiese servido para calentar motores. La respuesta de la holandesa fue tan imponente que Naldo Mestre decidió parar la pelea de entrenamiento.

“Amazing”, dijo la holandesa al terminar. Pero ni el entrenador ni Namibia hablaban inglés y no supieron qué quería decir aquella palabra. “Espero que no haya sido una ofensa”, se dijo Namibia, que tiempo después supo el significado. Naldo Mestre quedó impresionado con su pupila. No es normal que un aprendiz de boxeo en su primer combate y contra alguien con experiencia se muestre de esa forma: sin miedo, hacia al frente.

Dos años después, Ching-Kuo Wu, presidente de la Asociación Internacional de Boxeo (AIBA), visitó Cuba. Uno de los puntos que el federativo trató con sus homólogos cubanos fue la aprobación del boxeo femenino en la isla. Naldo Mestre imaginó que las presiones de Wu iban a abrirles las puertas a las mujeres y llamó por teléfono a Namibia para decirle que desde ese instante sería su entrenador personal.

El día siguiente ya estaban entrenando. Aún tenían mucho por mejorar si querían competir a nivel internacional: no cerrar los ojos, levantar siempre la guardia, erradicar los movimientos del pie delantero producto de tantos años en el taekwondo. Con ese plan en mente Namibia Flores tendría que comenzar a medirse ante hombres. No había mujeres en el país para foguearse.

“Los sparrings con los hombres los sufría mucho. Cuando terminaba siempre pensaba que me habían roto una costilla”, recuerda. En uno de esos combates tuvo que pelear ante las gradas del Rafael Trejo llenas de turistas chinos que estaban fotografiando el gimnasio: “Como era la única mujer entre tantos hombres, los turistas estaban enfocados en mí. Eso hizo que el muchacho con el que estaba combatiendo quisiera robarse las cámaras y me encerró en una esquina dándome fuerte. Sin darme cuenta, como aún tenía el taekwondo en la cabeza, hice un giro y le di una patada en la cara para defenderme”. Los turistas chinos se rompieron las manos aplaudiendo la escena.

 

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Namibia Flores en Sparring con Bárbaro, una joven promesa del boxeo cubano.

Llegaron los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y por primera vez en la historia el Comité Olímpico Internacional (COI) permitió que las mujeres boxearan en una olimpiada. Los hombres lo hacían desde los juegos de San Luis Missouri en 1904. Pero las cubanas no asistieron a la cita. En la isla, pese a las presiones de la AIBA, las mujeres siguieron vetadas de su derecho a boxear. “No pierdas la fe”, le dijo Naldo Mestre a Namibia Flores, para que encarara el ciclo olímpico siguiente hacia Río de Janeiro 2016, pese a que no había ninguna certeza de que el gobierno cubano levantara la prohibición.

“No dejan que las mujeres lo practiquen aquí, pero el gobierno sí deja que atletas extranjeras vengan a hacer entrenamientos”, dice Namibia, que vio desfilar por el Rafael Trejo a varias escuadras femeninas que venían, con anuencia del gobierno, a beber de la prestigiosa escuela cubana de pugilismo. Para ingresar dinero a sus arcas, el castrismo se olvida hasta de sus prejuicios más fuertes.

Uno de esos equipos nacionales femeninos que vino a Cuba a entrenarse fue el de Indonesia. Eran cinco chicas y Naldo Mestre aprovechó la oportunidad para que Namibia pudiera medirse con mujeres. “El primer día que las vi, me puso a combatir con las cinco. Una detrás de la otra sin parar. Algunas eran de divisiones mayores a la mía. Estuve peleando como diez asaltos seguidos. Me machucaron”, cuenta Namibia.

Al ver la calidad de Namibia Flores, el entrenador de las indonesias la invitó a unirse a sus entrenamientos y una de las chicas le dijo que se subiera al ómnibus con ellas y que las acompañara al hotel. Para ese entonces Namibia sabía comunicarse en inglés. En el camino, le entregó su manilla de huésped para que pudiera entrar.

“Estuve un mes y medio allí con ellas. Sólo iba a mi casa a buscar ropa. Nos levantaban a las 5:00 am para salir a correr ocho kilómetros por la costa. Luego entrenábamos bien duro. Mi nivel subió, aunque los primeros quince días me los pasé con el ojo negro de tantos golpes. No podía bajar al comedor para que los cubanos del hotel no me descubrieran y las indonesias me subían la comida a la habitación. El día antes de irse me dijeron que siguiera así, que ellas habían visto a pocas boxeadoras como yo”, recuerda.

Cuando Namibia Flores regresó a entrenar al gimnasio Rafael Trejo ya había otra mujer entre los hombres. No era cubana, sino estadounidense. Su nombre era Meg Smaker y había viajado a Cuba para aprender a boxear como los locales. Meg, una estudiante de cine de la universidad de Stanford, llevaba años practicando el boxeo en su país y quería perfeccionar su técnica. Inevitablemente se hicieron amigas.

Antes de marcharse, tras pasar unos meses en la isla, Smaker le propuso algo a su nueva amiga: protagonizar el documental que le serviría como ejercicio final de su curso de cine.  Ella era la única mujer en Cuba que quería ser boxeadora aun cuando el gobierno no se lo permitiera y esa era una buena historia para contar. Namibia Flores asintió.

Smaker hizo un corto documental de 15 minutos y 40 segundos. Meses después, Namibia  recibió un mail del festival de cine South by South-West de Austin, Texas, que la invitaba a asistir al ser protagonista de una de las películas concursantes de la categoría de cortometraje documental.

“Fue la primera vez que salí de Cuba. En Austin nos quedamos en casa de unos amigos de Meg. Ella durmió en una cama y yo en el piso en un colchón inflable. Me dijo que durante el festival no podía hablar con ningún periodista ni con nadie que no fuera ella o su asistente. Después cambiamos de casa y me dejaron en un lugar apartado de la ciudad. A Meg sólo la veía en las noches, cuando regresaba borracha del festival. Mientras, por el día, me dejaba en esa casa sola, donde no había teléfono y yo no tenía celular. Había televisor y una cafetera pero yo no sabía cómo andar en ellas. De comer lo único que había eran unos plátanos súper grandes que estaban encima de la mesa y que yo pensé que eran adornos, porque en Cuba en muchas casas los hay así pero de plástico. No tenía ni cómo lavarme la boca porque dejé mi cepillo en Cuba y no podía decírselo a Meg, porque apenas llegaba a la casa, se acostaba a dormir”, dice Namibia.

Pasó cuatro días así, hasta que los padres de Meg Smaker fueron a visitar a su hija y se horrorizaron al verla en ese abandono y sin comer. “Me llevaron a un mercado para que comprara algo de comida, un teléfono, un cepillo de dientes, un abrigo”, dice.

Una mañana salió a correr por las afueras de Austin. “Estaba tan estresada que corrí y corrí y corrí y cuando viré, estaba perdida. Por suerte, logré reconocer unas casitas y una toalla que había en el piso, y como Hansel y Gretel pude encontrar el camino”, dice.

Cuando logró regresar a casa, la estaban esperando Meg Smaker y sus padres porque faltaba media hora para la entrega de los premios, pero nadie le había avisado. Los Smaker le gritaban desesperados que se apurara, que se pusiera cualquier cosa encima. Namibia no pudo ni siquiera bañarse para quitarse el sudor y una hora después Boxeadora, la película sobre su vida, se alzó con el premio a mejor cortometraje documental del festival.

Salió del cine, se sentó sola en una escalera y recostó su cabeza en una baranda. Su rostro estaba en varios pósters a la entrada de aquel cine. A unos metros, Meg Smaker hablaba con un grupo de personas. Entre ellos estaba el entrenador del equipo femenino de boxeo de los Estados Unidos, quien se acercó a hablarle y le propuso competir por su país en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Una propuesta que Namibia Flores rechazó: “en ese momento sólo quería pelear por la bandera de Cuba”.

La mañana siguiente, una amiga cubana residente en Miami le escribió para alertarla de que su nombre estaba saliendo en las noticias porque: “una boxeadora cubana iba competir por Estados Unidos”.

“Empecé a tirarlo todo en la casa porque mi amiga me dijo que Meg estaba hablando mal del gobierno de Cuba y eso podía hacer que no me dejaran entrar más a mi país. Pensé que no iba a volver a ver a mi familia. Estaba muy rabiosa y le dije a Meg que tenía que comprarme un boleto de vuelta en ese mismo momento”, recuerda.

Pocas horas después, Namibia Flores estaba de vuelta en el gimnasio Rafael Trejo.

***

Faltaba un año para las olimpiadas de Río de Janeiro 2016, la última oportunidad que tendría Namibia para subir a un ring olímpico. Justo ese año cumpliría cuarenta, y la Asociación Internacional de Boxeo (AIBA) sólo permite que los boxeadores amateurs peleen hasta esa edad. Su sueño de boxear y representar a Cuba seguía siendo una quimera. Increíblemente las mujeres aún no eran consideradas aptas para practicar este deporte en la isla y el tiempo se le agotaba.

Cada segundo, cada día, cada semana que se esfumaba, era un golpe irreparable para ella. Habían pasado diez años desde que comenzó esta travesía a contracorriente, diez años en un dique seco. Y diez años es demasiado tiempo para un deportista, el promedio de lo que duran los atletas de élite compitiendo. Un larguísimo período que Namibia pasó en posición de arranque, a la espera del disparo que le diera la señal para iniciar su carrera. Se sentía caminando por la cornisa de un barranco y le resultaba imposible no hacerse preguntas: ¿Fue todo en vano? ¿Es tiempo de darse por vencida? Pero la respuesta a esas preguntas fue siempre la misma: “este es mi sueño y quiero cumplirlo”.

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Namibia Flores ha esperado más de diez años por una oportunidad para pelear representando a Cuba.

“¿Qué es la vida sin una obsesión?”, dice Namibia Flores. Que lo haya apostado todo a algo sobre lo que no había ninguna certeza, basándose sólo en su convicción, la define como ser. No se arrepiente de la década que pasó comiendo col por arroz para mantener sus 60 kilogramos de peso, ni de salir a correr día tras día antes que saliera el sol, ni de vender dulces cada tarde después de los entrenamientos en el Rafael Trejo para tener con qué vivir. “Mientras haya tiempo, aunque sea un solo segundo, hay que pelear por los sueños. Eso me lo enseñó el boxeo. Las peleas no acaban hasta el último segundo del último asalto”, repite Namibia como un mantra.

Cuando regresó de Estados Unidos, su entrenador Naldo Mestre le decía que ahora sí iban a aprobar que las mujeres pudieran boxear en Cuba, porque los directivos del boxeo en el país habían permitido que un grupo de muchachas entrenara en el Centro Deportivo de Alto Rendimiento (CEAR). El levantamiento de la prohibición aún no era oficial, pero parecía inminente.

El rumor de la conformación de un equipo nacional femenino corría como pólvora entre las deportistas. La noticia no sólo provocó alegría en las boxeadoras que por fin tendrían la oportunidad de probarse y competir, sino que hizo que muchas atletas abandonaran otras disciplinas y se mudaran al boxeo. Hasta cierto punto no sorprendió que karatecas, judocas, taekwondocas y luchadoras saltaran al boxeo, pues venían de deportes de combate, pero sí llamó la atención que muchachas de atletismo, esgrima y hasta de voleibol quisieran boxear.

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Yoana Rodríguez y su hermana en La Habana.

Yoana Rodríguez, 31 años, dejó el lanzamiento de disco para ponerse guantes de boxeo. Llegó a imponer el récord nacional y a tener la mejor marca del orbe en la categoría juvenil. Sobre su permuta dice: “Escuché que iban a dejar boxear y fui de inmediato. Ese siempre había sido mi sueño. Mi padre era boxeador y en casa nos enseñó a cuadrarnos desde pequeños a mis hermanos y a mí. Crecí en un ámbito donde todo era boxeo y boxeo y más boxeo”.

Sin embargo, no todo era color de rosa para aquellas mujeres que por primera vez boxearían con la venia de los federativos cubanos. “Algunos entrenadores no querían entrenarnos, sólo querían hombres. Estaban adaptados, por ejemplo, a entrar a los cambiadores a cualquier hora y ahí estábamos nosotros en ropa interior. Cuando entrenábamos la gente pasaba, volteaba hacia adentro y decía: mira esa mujer que parece un hombre. Algunas paraban por pena. Recuerdo que había una jovencita de la secundaria cuyos padres no sabían que practicaba boxeo. Ella iba vestida de uniforme y allí se cambiaba. Un hombre le dijo: tan bonita y tan chiquita que estás para que te partan el tabique. Más nunca volvió”, cuenta Yoana.

“Yo era de salto largo y salto triple”, dice Legnis Cala, 30 años, quien escuchó el rumor cuando estaba regresando al atletismo después de una licencia de maternidad. “Quería experimentar algo nuevo. Entrenamos un tiempo, pero al final nos detuvieron porque decidieron que no iban autorizar todavía el boxeo femenino”, apunta Legnis, que no tiene claro si seguirá entrenando por su cuenta, ya que tiene miedo, “a perder mi tiempo y mi vida en algo que no vaya a suceder”.

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Legnis Cala decidió dejar el atletismo para probar suerte en el boxeo.

Idamelys Moreno, 29 años, una exvelocista de 100 y 200 metros que también intentó probar fortuna en el boxeo, dice: “Esto mismo que le está sucediendo al boxeo femenino, le pasó en su momento a la lucha, a las pesas. Son deportes que para el gobierno son sólo de hombres. Al final lo van a aprobar, el tema es cuándo”.

La ilusión del grupo de muchachas que quería representar a Cuba en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se rompió. Al final se supo que aquel grupo que logró entrenar en el CEAR, no había sido autorizado oficialmente por la Federación Cubana de Boxeo (FCB), sino por algunos miembros de la institución que sí estaban a favor de la inclusión de las mujeres. Ya que el rumor había salido a luz, la FCB declaró que, bajo indicación del gobierno, doctores y psicólogos estaban realizando investigaciones al respecto. Y el resultado de las mismas indicaría la decisión final. Resultados de los que todavía no se tiene noticias.

Hoy algunas ya se han olvidado de los guantes y otras tienen dudas con seguir esperando. Yoana Rodríguez mantiene un poco de fe: “Mi hija tiene siete años y quiere ser lo que su madre no pudo: boxeadora. Ojalá que cuando crezca pueda cumplir su sueño”.

Mientras, por su edad, a Namibia se le derrumbó definitivamente la última esperanza de boxear de manera oficial en Cuba. Las otras mujeres al menos tenían la oportunidad de decidir entre seguir o detenerse, pero para ella 2016 significó la muerte de un sueño, un esfuerzo hecho trizas. Por otro lado, rendirse era limpiarle el camino a la transgresión atroz del gobierno. De cualquier forma, Namibia Flores era ya un capítulo triste en la incipiente historia del boxeo femenil cubano.

***

A la pregunta de por qué el gobierno cubano impide que las mujeres boxeen profesionalmente, Ailynn Torres, investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO Ecuador) con un postdoctorado en la Fundación Rosa-Luxemburg-Stiftung, responde: “Habría que buscar la explicación en las formas institucionales de la reproducción del patriarcado”.

Al decir que la sociedad cubana es machista, “no sólo nos estamos refiriendo a que es culturalmente machista o patriarcal, es machista porque existen desigualdades y esas desigualdades ordenan las cosas: los mundos de la economía, el acceso a las esferas públicas y a los cargos de dirección, ordenan las formas de producción cultural”.

Ailyn Torres es militante feminista y cubana. Piensa que hoy en Cuba la lucha de las mujeres por sus derechos “está en un momento de bastante más visibilidad”. Y añade: “El hecho que el presidente haya nombrado en distintas ocasiones el asunto de las desigualdades de género muestra que hay un mayor nivel de comprensión al respecto, aunque en ocasiones señala temas muy específicos que son entendidos de forma muy acotada y no de manera amplia e interrelacionada”.

A sus 85 años, Alcides Sagarra está jubilado. Es uno de los iconos del boxeo cubano. Fue el entrenador de los dos más grandes púgiles que nacieron en Cuba en el último medio siglo: Teófilo Stevenson y Félix Savón, ambos tricampeones olímpicos. Pero la historia de Sagarra no se circunscribe a Stevenson y a Savón, pues todos los boxeadores que pasaron por su cátedra suman 32 oros olímpicos, 63 oros mundiales y 64 oros en mundiales juveniles.

Sobre el boxeo femenino, Sagarra opinó recientemente en Cubadebate: “Se practica en el mundo entero, no sé por qué en Cuba aún no se oficializa. Ya es hora de acabar de aprobarlo. La mujer va a la guerra, hace guardia, maneja; de igual forma, tiene derecho a boxear. Hemos perdido tiempo, medallas y la satisfacción de enseñarlas a pelear. Espero llegar a verlas sobre el ring”.

Rolando Acebal es el entrenador principal del equipo nacional de boxeo cubano y junto a Alcides Sagarra, es de los pocos que han pedido la aceptación de las mujeres en este deporte. A OnCuba le dijo hace dos años: “La aprobación está en un proceso de análisis por la dirección del país y tenemos que esperar, pero es necesario, porque a nivel internacional las categorías de mujeres aumentan y disminuyen las de hombres. Yo apoyo la entrada de las chicas, es un derecho, como mismo se suben en un tractor o en un avión, como mismo cogen un fusil, pienso que también tienen derecho al boxeo. No debemos negarles esto a las mujeres que tienen deseo y han solicitado la oportunidad de entrenar y competir. Incluso hay madres abogando por la oportunidad de sus hijas. Se nos ha dicho que están analizando, haciendo estudios médicos, pero ya llevamos algunos años y nos estamos atrasando en ese sentido”.

***

Cualquiera se hubiera aferrado a la decepción, al desencanto, a la frustración que supone asumir una ilusión deshecha. Pero acostumbrada desde pequeña a estar contra las cuerdas recibiendo los golpes de la vida, Namibia Flores no claudicó.

“Soy terca, porfiada. Y si no sale por aquí, sigo por allá. Mi abuela no quería que jugara baloncesto, entonces me iba a jugar pelota aunque me arriesgaba a que me dieran golpes o me castigaran. Lo mío es el deporte, es lo que me mueve, lo que me da vida. Y el boxeo es la teta de la que yo me alimento. Lo intento y lo intento y lo intento y lo sigo intentando hasta que lo logro. Y si no pasa, es porque no tenía que pasar”, dice Namibia Flores, que siguió entrenando luego de cumplir 40 años.

Con esa edad, la única alternativa restante era salir de Cuba. Unos amigos chilenos de su etapa en la universidad la pusieron en contacto con dos hombres, chilenos también, que se dedicaban en Estados Unidos a hacer un reality show con boxeadoras.

Namibia viajó a Miami sin saber que la intención de los chilenos no era el reality verdaderamente, sino intentar buscarle peleas como representantes, hacer dinero. Los chilenos daban por sentado que Namibia Flores había peleado alguna vez y se quedaron absortos cuando se enteraron que no tenía ni un solo combate.

Para poder subir a un cuadrilátero de boxeo profesional en los Estados Unidos hay que estar avalado al menos con algo de experiencia, con peleas previas. Nadie pacta combates contra adversarios desconocidos porque, en caso de derrota, el ranking del boxeador queda comprometido.

Los chilenos llevaron a Namibia Flores a entrenar al gimnasio de un cubano mientras decidían qué hacer con ella. La idea que tenían era llevarla a República Dominicana para que tuviera algunos combates allí y así su nombre empezara a conocerse. Sacaron cuentas pero no les dieron: Namibia Flores les salía en unos 40 000 dólares en República Dominicana. Decidieron entonces darle un boleto de regreso a La Habana.

Antes de volver, ella intentó encontrar a su padre. Sabía por su familia paterna que vivía en Miami y que algunas veces jugaba dominó en la Calle 8. La última vez que ella lo vio fue en 1999, diecinueve años después de largarse en un bote por el puerto El Mariel.

“Cuando fue a Cuba, pasamos 21 días juntos. Dormí con él y lo abracé mucho. Después no supe más, desapareció. Como estaba en su misma ciudad, me puse a buscarlo, pero buscar a alguien en Estados Unidos es buscar una aguja en un pajar. Dos veces caminé la Calle 8 entera. Lo hice porque siempre pensé que iba encontrar en mi papá el cariño que nunca tuve”, dice.

Maceo Frost, director de cine sueco, contactó a Namibia Flores una vez regresó a La Habana. El cineasta comenzó a filmar su vida y el resultado fue Too Beautiful: Our Right to Fight. El final del documental es un viaje de la boxeadora a Europa, que aprovechó, ya que en Estados Unidos no pudo, para intentar abrirse camino en el boxeo profesional de ese continente. La historia fue idéntica: “nadie quiso pelear conmigo porque no tenía ranking”.

Pese a su perseverancia, todo parecía conspirar contra Namibia, que entró en esa edad en la que las personas comienzan a asumir el destino y dejan de aspirar a modificarlo. Pero en ese instante apareció una nueva oportunidad para subirse a un ring, aunque no de boxeo. Un entrenador de artes marciales de la Florida que conocía su historia, le escribió a través de Facebook con una propuesta: “a tu edad nada más te queda la UFC, yo te puedo ayudar”.

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Namibia Flores y sus compañeros en el solar de Damián Ramos.

Las siglas UFC significan Ultimate Fighting Championship (UFC), la mayor empresa de artes marciales mixtas en el mundo. Aquel entrenador hizo que Namibia volviera a Miami con la ilusión de encontrar por fin un rival contra quien medirse. Salir del boxeo para adentrarse en ese otro mundo no le dio miedo. Tenía a su favor todo su conocimiento de taekwondo.

Una vez en Miami sus esperanzas de combatir volvieron a esfumarse. Namibia Flores pesaba 134 libras y el entrenador quería que peleara en la división de 114 libras. “Era demasiado el bajón y eso es peligroso en un deporte tan agresivo como la UFC, no quise arriesgarme de esa manera”, dice.

Sin más opciones, decidió darse un sabático para asimilar el enésimo trago amargo. Se sentía como una corredora de obstáculos que, pese a pasar su cuerpo por encima de cada valla, nunca llegaba a la meta. Quiso entonces quedarse un tiempo en Estados Unidos.

Se fue a Texas y encontró trabajo como cuidadora infantil, ayudando a una madre soltera que trabajaba todas las noches. Allí estuvo un mes, luego se fue a Las Vegas porque comenzó un romance virtual con una muchacha que la invitó a vivir con ella. Resultó que la mujer era muy celosa y no dejaba que Namibia saliera de la casa o se comunicara con su familia o amigos. Si iba al gimnasio, se le aparecía sin avisar para ver qué estaba haciendo. Un día tuvieron una fuerte discusión y la mujer azotó su cabeza contra la pared para llamar a la policía y decir que Namibia Flores estaba abusando de ella.

“Estuve 36 horas presa en una estación de policía y tuve que pagar un abogado para que me sacara de allí. Después el abogado tuvo que presentarse ante una corte que determinó que mi sanción era: asistir a 28 clases de violencia doméstica, 45 horas de trabajo voluntario en la comunidad, pagar una multa de 300 dólares y una restricción de cercanía a ella por un año”, dice Namibia.

Decidió vivir sola y comenzó a trabajar en un casino de Las Vegas donde la mayoría de los empleados que hacían la madrugada tras bambalinas eran cubanos sin documentos en el país. Al casino entraba a las 2:00 am y salía a las 8:30 am. Pasó tres meses en ese lugar donde su trabajo era limpiar el piso, después los cristales, luego la cocina y por último sacar latas de la basura. Lograba mantenerse en pie a base de drogas. “Las consumía en el desayuno, en el almuerzo, en el trabajo, todo el tiempo”, dice. Hasta que una de esas madrugadas, según cuenta, le cayó agua sucia en la boca y se intoxicó. Haciendo reposo en la casa se miró al espejo y se dijo: “esta no es la Namibia que tú conoces”.

***

“Regresé a Cuba y me encerré en casa de mi familia en Matanzas, en el campo. Mi sobrina me preguntaba: ¿te sientes bien? Porque me veía ida del mundo mirando la nada. Estaba desintoxicándome de todas las drogas que consumí”, dice Namibia Flores.

Uno mira su historia y encuentra un viaje de una intensidad meteórica que de pronto había llegado a un alto en seco.

Volver a Matanzas, el lugar donde nació, fue como asistir al velorio de su consagración deportiva. Allí la sorprendió la pandemia de covid-19 y encerrada en una habitación recibió la noticia de que su padre había muerto en Miami a causa del virus. No sabe muy bien lo que su muerte le provocó, dice que tristeza no, pero sí una sensación rara que no sabe explicar. ¿Cómo tasar algo que nunca tuviste?

Si se sentía abatida era por no haber combatido nunca, por no haber podido probar su valía. Se sentía vencida a pesar de haber puesto todo el esfuerzo que alguien puede depositar en alcanzar una meta. Decidió entonces viajar a La Habana para intentar reencontrarse consigo misma.

Lo primero que hizo fue visitar a su abuela de 84 años, que sigue viviendo en la misma casa donde transcurrió su infancia en la barriada de Luyanó. De los cinco tíos sólo queda el enfermero, sin embargo, la vida ahí sigue igual de descompuesta. Namibia intentó pasar unas semanas en la casa para ayudar a su abuela en el día a día, pero resultó imposible: comprobó que hay situaciones que nunca cambian y no quiso dejar que los recuerdos la volvieran a oprimir.

Guarecerse en lo que amaba, aunque la hubiese hecho sufrir tanto, era la mejor manera de hacer las paces con ella misma.

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Namibia Flores a la entrada del solar en la Calle de Cárdenas en La Habana.

Damián Ramos, un excompañero del gimnasio Rafael Trejo, estaba en su barrio de la Habana Vieja entrenando jóvenes y le pidió sumarse a algunos entrenamientos. Ramos, 34 años, fue un púgil peso completo que tuvo que jubilarse tempranamente porque intentó escapar de la isla por mar para hacerse profesional, pero fue atrapado por la policía junto a otros boxeadores. Tras la fracasada travesía, la Federación Cubana de Boxeo (FCB) lo deshabilitó como atleta.

Frente a la casa de Damián Ramos en la calle Cárdenas hay un solar derruido. El muro de la entrada tiene un grafiti añejo de la bandera cubana con el rostro del Che Guevara y su frase: ¡Hasta la victoria siempre! Dentro hay un patio con un saco para golpear.

“En el boxeo, cuando pierdes, ganas. Porque ya sabes cómo tienes que hacer las cosas la próxima vez. Los errores me han hecho más fuerte”, dice Namibia, algo agitada, después de intercambiar golpes durante unos minutos con un hombre de 27 años.

En el solar de la calle Cárdenas, Damián Ramos entrena dos veces a la semana. Pero a unos dos kilómetros de allí, Maykel Masó, 40 años, otro boxeador retirado que coincidió con Namibia en el Rafael Trejo, también entrena por su cuenta en una azotea al aire libre. Una oportunidad que ella aprovechó para llenar su semana y expulsar el óxido de su cuerpo. Ahora Masó es entrenador de la academia infantil de La Habana, pero, como la pandemia cerró los gimnasios, entrena a algunos de sus pupilos en esa azotea de la calle Sol.

Maykel Masó dice que Namibia Flores siempre fue muy explosiva. Eso fue lo que llamó su atención la primera vez que la vio entrenar. Ahora ya no está igual de rápida, aunque sigue teniendo una increíble potencia en sus dos brazos. Después de calentar y hacer algunos ejercicios grupales, Masó les pide a sus alumnos que hagan dúos para que crucen golpes.

Faltan tres horas para que la tarde caiga por completo en La Habana. El sol ya no quema, pero incomoda la vista de los boxeadores que en ocasiones sólo logran ver contornos. Namibia se empareja con Bárbaro, un espigado joven zurdo de 15 años que pesa 57 kilogramos y que es una de las promesas del boxeo juvenil habanero. El chico tiene 30 años menos que Namibia Flores y está en pleno desarrollo boxístico. Sus brazos parecen tentáculos que no dejan a Namibia entrar a la pelea. En su afán de ir siempre hacia adelante, de acercarse a Bárbaro y frustrada por no lograr descifrarlo, se descompone y deja libre su guardia. Él aprovecha y la castiga con combinaciones de jab. Namibia se molesta, no por los golpes limpios, sino por la impotencia de saber que el tiempo ha pasado. Sencillamente ya no es la misma.

Maykel interviene y les pide que “bajen el ritmo”, que “el sparring es sólo para entrar en calor”. Namibia, contrariada, le dice a Bárbaro: “si me das por la cara, me encojono”.

Maykel Masó les da dos minutos de descanso para recuperarse. “La vida es como el boxeo: no pierdes si te caes, pierdes si no te levantas”, dice Namibia quitándose los guantes. Sus manos están entizadas con dos vendas amarillas, sólo se ven las puntas de sus dedos de los que caen intermitentemente gotas de sudor. Camina hacia la esquina de la azotea con los guantes bajo el brazo derecho. El sol le pega en el rostro y le encoge la vista, se encorva hacia adelante y mira hacia abajo: gente sentada en las puertas de sus casas, un verdulero que pregona, una patrulla de policía que merodea, dos adolescentes que se comen a besos. “No siento tanto remordimiento como vacío. Me queda la duda de lo que hubiese pasado, pero no hay otra que aceptarme”, dice Namibia Flores mientras vuelve a empuñarse los guantes.

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