el refugio del pianista
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El refugio del pianista

El pianista argentino Bruno Leonardo Gelber dio cinco mil conciertos en 54 países a lo largo de su carrera. Tocó con los más notables directores y las más notables orquestas. Cuando tenía 19 años, el crítico musical Joachim Kaiser dijo que se trataba de un fenómeno sin límites.

Avenida Corrientes derecho, hasta Pueyrredón. Siempre al atardecer. Durante casi un año, ése fue el camino para ir a ver a Bruno.

***

Es 14 de septiembre de 2017, cinco de la tarde. Buenos Aires. El sol entra en el departamento del piso doce por una ventana lateral y le da al aire una cualidad ambarina, escenográfica. Sobre la mesa hay budín, tarta casera, sándwiches, masas, dos jarras diminutas con edulcorante líquido, otra con leche, vajilla de porcelana, todo sobre un mantel de damasco francés color bordó (que en las cenas importantes se cambia por otro, también de damasco, color crudo). En el centro, un racimo de uvas de piedras semipreciosas —cuarzo, ágata, jade— y dos candelabros de plata con sus velas apagadas. Sobre un hornillo, una tetera donde un earl grey con esencia de bergamota permanece caliente. Él está, como siempre, sentado de espaldas a la pared roja, frente a la mesa, en su silla con apoyabrazos tapizada en verde opaco con chispas blancas. Hoy no lleva maquillaje, aunque sí delineados los ojos y las cejas. La camisa a cuadros, extrañamente informal, cerrada hasta los puños, desprendida en el cuello, se abre levemente sobre el vientre abultado dejando ver algo de piel y el cinto de cuero sobre el pantalón negro.

—¡Tesssoro! —dice, exagerando la ese mientras tracciona con las manos sobre los apoyabrazos y luego con los puños sobre la mesa para levantarse.

—No te levantes, no hace falta.

—Mirá si me vas a mandar vos a mí —dice, en un tono de reconvención jocosa, y se yergue sobre sus brazos de Atlante.

—Sentate, pichona.

Cuatro horas más tarde, Juana me acompaña hasta la planta baja. El consorcio ha decidido prescindir del personal de vigilancia en las noches por cuestiones de economía, de modo que cada propietario debe encargarse de bajar a abrir. Mientras el ascensor desciende, Juana cuenta que se siente mal porque hace un mes murió su cuñada de cáncer y su hermano, viudo de la mujer fallecida, está en cama, deprimido. Le digo que seguramente va a mejorar, pero ella quiere un diagnóstico preciso: “¿En cuánto tiempo, usted calcula?”. Aventuro: “Dos, tres meses”. Abre la puerta del ascensor, sale y se detiene en el rellano de mármol, antes de los escalones que bajan hasta el hall. Dice que su cuñada, en los últimos días antes de morir, usaba pañales; que ella anda con la presión por el piso. Le pregunto si le contó a él, si él sabe. Dice “No, yo lo conozco al señor, no le gusta que le hablen de esas cosas, de las enfermedades. Pero él sabe que mi cuñada murió y me pregunta”. Lo imagino arriba, en el departamento, sentado en la misma posición en que estaba cuando llegué, la mano izquierda cerca del control remoto del televisor, del teléfono fijo, del teléfono móvil, esa central de mandos desde la que maneja la casa, preguntándose qué hará Juana, que no vuelve. Mientras ella habla, de un lado a otro del hall vuela un murciélago frenético, espantoso. Arriba, hace un rato, él me preguntó a qué le tengo miedo. “A los murciélagos”, respondí. Y él: “No te hagas… No te estoy preguntando eso. Lo sabés”. Entonces me miró como si me atravesara, como si después de todo lo que él me había contado a lo largo de meses yo le debiera, al menos, eso. Y le di una respuesta irresponsable. Le dije la verdad.

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Leila Guerriero nació en Argentina. Su trabajo se publica en diversos medios de Latinoamérica y Europa: La Nación y Rolling Stone, de Argentina; El País, de España; Gatopardo, de México; y El Mercurio, de Chile, entre otros. Es autora de los libros Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2004); Frutos extraños (Aguilar, Alfaguara, 2009); Plano americano (Ediciones Universidad Diego Portales, 2013; Anagrama, 2018); Una historia sencilla (Anagrama, 2013); Zona de obras (Círculo de Tiza, Anagrama, 2014), y Opus Gelber (Anagrama, 2019). En 2010 su texto “El rastro en los huesos”, publicado en El País Semanal y Gatopardo, recibió el premio CEMEX+FNPI. Es editora para América Latina de la revista Gatopardo y dirige la colección Mirada Crónica, de editorial Tusquets argentina. Es maestra de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, y forma parte de su consejo rector desde 2018.

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