El año sin Garzón

Quien fuera visto como héroe por lograr la detención del chileno Augusto Pinochet, no puede trabajar en su natal España por prevaricación. Los reflectores han vuelto a Baltasar Garzón porque ahora defiende a Julian Assange.

Por María Fernanda Ampuero
"Garzón empezó a ser sinónimo de juez en España en junio de 1990"

“Garzón empezó a ser sinónimo de juez en España en junio de 1990”

"Garzón empezó a ser sinónimo de juez en España en junio de 1990"

“Garzón empezó a ser sinónimo de juez en España en junio de 1990”

El 14 de mayo de 2010, el juez español Baltasar Garzón bajó las escaleras de la Audiencia Nacional, el lugar donde había ejercido su profesión durante más de veinte años, y se encontró rodeado de cámaras, decenas de policías y una multitud que coreaba: “Garzón, amigo, el pueblo está contigo”, llevando carteles que decían “España al revés: corruptos y fascistas hacen juzgar al juez” y “Más jueces como Garzón”. Él miró a todos por un momento, con esa cara que ponen los que están a punto de llorar, y se metió dentro de un automóvil con vidrios oscuros.

Un año antes, en mayo de 2009, se había presentado una querella en la que se le acusaba de desconocer la Constitución –en concreto, la Ley de Amnistía– y emprender un juicio contra el franquismo. En 2010 hubo dos querellas más: una por un caso de escuchas ilegales –por el que finalmente lo inhabilitaron para ejercer como juez– y otra por cohecho, relacionado con el cobro de unas clases que había dado en Nueva York.

Lo acusaban de haber prevaricado. Un magistrado comete prevaricación cuando dicta, a sabiendas, una sentencia o resolución injusta. La prevaricación en la justicia es grave porque significa que el funcionario ha ido en contra de la Constitución que debería defender. No una, sino tres veces, Garzón fue acusado de eso, tan malo.

Ese día de mayo de 2010, suspendido en sus funciones y con la indicación de abandonar el cargo hasta que tuviera lugar el juicio contra él, Garzón descendió los mismos escalones que había subido y bajado cada mañana durante veinte años y, aunque no lo sabía, lo estaba haciendo por última vez. El 9 de febrero de 2012 fue suspendido como juez hasta el 1 de mayo de 2021.

Desde entonces, ya no vive en Madrid sino en Latinoamérica, donde asesora a los gobiernos en temas de derechos humanos, corrupción y narcotráfico y, más notoriamente, es el abogado defensor de Julian Assange, el creador de WikiLeaks, la plataforma de difusión de correspondencia confidencial de varios gobiernos, especialmente Estados Unidos, que es reclamado en Suecia por delitos de abuso sexual y está asilado en la Embajada de Ecuador en Londres desde junio de 2012.

Las filtraciones que publicó WikiLeaks en noviembre de 2010 mostraban, entre otras cosas, algunos cables emitidos en 2009 desde la Embajada de Estados Unidos en España, en los que los funcionarios estadounidenses advertían a su gobierno que había que tener cuidado con el juez Garzón (“un juez particularmente agresivo al que le gusta el brillo”) porque quería meter las narices en asuntos que no debía, como la cárcel de Guantánamo y lo que allí pasa con los prisioneros. En agosto de 2012, ya como su abogado, Baltasar Garzón le dijo a la prensa que Julian Assange estaba “sufriendo una persecución […], siempre ha defendido la verdad, la justicia y los derechos humanos”.

En España dicen que se han juntado el hambre con las ganas de comer.

Baltasar Garzón nació en 1955 en Torres, Andalucía. Su padre, Ildefonso, era peón de una granja de aceitunas, y su madre, María, un ama de casa que quería que sus hijos fueran algo más que campesinos. Cuando los niños crecieron, los Garzón se fueron a Linares, donde Ildefonso Garzón empezó a trabajar en una gasolinera hasta extenuarse y así pudo mandar a los hijos a la universidad.

Eran pobres de verdad. Baltasar Garzón sólo recuerda haber tenido un juguete: un aro. “Lo enristraba y lo llevaba ligero, ligero, cuesta arriba, cuesta abajo”, recordó el ex juez en su biografía autorizada, Garzón: el hombre que veía amanecer (2000), escrita por la periodista Pilar Urbano.

Segundo de cinco hermanos, Baltasar era el de los sobresaltos, el rebelde, pero también el que generaba más ataques de risa. Una anécdota suya en su casa se convirtió en mítica. “Yo tenía tres años. Un día cogí un palo, le pegué a uno de los pollos, ¡plaf! Y lo dejé seco. […] A mí me gustó aquello, empecé a perseguirlos con el palo y, plaf, plaf, plaf, plaf, me cargué once. Llegó mi padre y me zurró la badana y me encerró en el cuarto oscuro. Yo aguanté allí sin llorar […]. Pero no pedía perdón”.

Al cabo de un día de castigo, el niño Baltasar se acercó a su madre y muy ceremonioso le dijo: “Mamá, que vengo a perdonarte”. Ella le contestó ahogada por la risa: “¡Anda, anda, que ya se ve que tú has nacido para perdonar y no para ser perdonado!”.

Quizás el niño Garzón le cogió el gusto a eso de absolver porque de adolescente entró en un seminario para ordenarse sacerdote. Al poco tiempo, sin embargo, se dio cuenta de que no era para él. Sus detractores dicen que era demasiado indisciplinado y orgulloso para la rigidez eclesial; sus amigos, en cambio, aseguran que fue por una granadina de cara redonda y ojos de aceituna. De María del Rosario Molina Garzón, a quien llaman Yayo, no se separó nunca más. Llevan juntos cuarenta años, tienen tres hijos, María, Baltasar y Aurora, y una nieta, Aurorita. Yayo, profesora de biología en un colegio secundario, es, para su marido “la esencia. Es seguir siendo. Si faltara, sería no ser”.

Rosario Molina, la esposa de Garzón, accedió a responder una sola pregunta para este artículo, y por correo electrónico.

–¿Qué la atrajo de él entonces y qué la atrae ahora?

–Cuando una tiene diecisiete años y conoce a un joven de su edad y guapo, sin duda es el atractivo físico lo que te hace creer en un posible amor. Pero desde entonces estoy conviviendo con un hombre que me hace ver, día tras día, lo importante que soy para él. No idealizo a mi esposo, pero encuentro en él los valores que me hacen vivir con ilusión: fidelidad, comprensión, dedicación con su familia (poca, pero intensa), honradez, trabajo y compromiso. Por todo eso seguimos luchando juntos.

Garzón estaba enamoradísimo y el celibato le complicaba las cosas con Yayo, la novia con la que se casaría siete años después, así que en 1973 cambió el hábito por la toga: se metió a estudiar derecho –otra forma de repartir perdón– en la Universidad de Sevilla. En 1979, recién licenciado, decidió aprobar los dificilísimos exámenes –las oposiciones– para entrar en la magistratura. Tenía que pasarlos a la primera: su familia dependía del dinero que él –camarero, albañil y ayudante de su padre en la gasolinera– traía a la casa y, para poder aprobar una oposición como ésa, había que dejar todo para estudiar como un poseso. Él prometió devolver todo el dinero con sus primeros sueldos de juez. Porque, hay que decirlo, no quería ser abogado, ni fiscal: Baltasar Garzón quería ser juez.

Estudió durante un año sin levantarse de la silla, sin ver a nadie –sólo una vez lo visitó Yayo–, recluido en un altillo, en medio de un calor de matar, sin más compañía que la joven Constitución española, un barreño con agua y fruta. Las fotos de entonces muestran un asceta con gafas –flaco, barbado, melenudo– porque afeitarse y cortarse el pelo le habría quitado tiempo. Finalmente aprobó y quedó undécimo entre cincuenta y un postulantes.

Tenía veintiséis años la primera vez que lo llamaron “señoría”.

Después de trabajar en varios juzgados de ciudades pequeñas y de un cargo importante en el Consejo General del Poder Judicial de Andalucía, Garzón pasó a Madrid, al Juzgado de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional en febrero de 1988. De ese cargo, que le dio toda su gloria y desde el que también se generó su condena, sólo se ausentó dos veces: la primera de 1993 a 1994, para hacer una lamentable incursión en política como número dos del socialista Felipe González, candidato a la reelección. Ese año pesa aún sobre Garzón: muchos no le perdonan el haber participado en el juego opaco de la política. Después de varios careos con el presidente, renunció a su cargo como secretario del Plan Nacional sobre Drogas y salió peleado con medio Partido Socialista. Unos dicen que le molestaron las cosas oscuras como el GAL, una red paramilitar contra ETA, que involucraba a altos cargos y que Garzón había investigado desde la Audiencia, estaban maquillándose en los despachos socialistas. Otros dicen que lo que le dolió fue que no lo nombraran ministro. Sea como sea, Garzón, al dejar la política, dijo del presidente: “Felipe me utilizó como una muñeca”.

La segunda pausa en su carrera judicial fue en 2005 y 2006, cuando pidió permiso de estudios para ir a dar unos cursos a Nueva York.

Fuera de esos recesos, Baltasar Garzón entró y salió de la Audiencia Nacional todos los días de su vida durante veintidós años.

Garzón empezó a ser sinónimo de juez en España en junio de 1990. La Operación Nécora, una redada de película contra el narcotráfico en Galicia, fue vista en todos los telediarios del país. La droga en los años ochenta había matado más juventud de la que se podía llorar y el narcotráfico había transformado tranquilas localidades pesqueras en pueblos bárbaros. Esa gente frente al telediario estaba harta de la invencibilidad de los capos y de la imbecilidad de las autoridades, así que vio en Garzón a un nuevo superhéroe: el joven hijo de la democracia, valiente y andaluz, para más señas.

–Lo que supuso la Operación Nécora fue visualizar un problema que no interesaba a nadie y que iba más allá de que la gente se muriera: los niños no veían por qué tenían que estudiar, si menganito pasaba un kilo y se compraba una moto. Él [Garzón] ha ido probando y abriendo caminos. Nadie nos quería atender, hemos ido a no sé cuántos juzgados, decían las Madres de la Droga en Galicia y les dijeron: Hay un juez en Madrid que a lo mejor puede ayudarlas.

La que habla, veintidós años después de la Operación Nécora, es María Garzón Molina, la primogénita del ex juez.

Ha dado esta cita en el número diez de la calle Antonio Díaz-Cañabate, de Madrid, pero, a la hora señalada, el sol del verano imparte su justicia ciega y nadie responde al timbre. Finalmente, alguien toca la bocina de un carro. Es ella. Se baja y explica, de manera atropellada, algo de la guardería de la niña, pide disculpas, suda, busca unas llaves, se cuelga el bolso y mira algún mensaje en el teléfono. Tiene treinta, pero con sandalias, el vestido veraniego pistache y las gafas rojas rectangulares, parece de veinte. Verla es como ver a su padre. Más concretamente, es como si alguien hubiese jugado con una foto de su padre en Photoshop. La cara cuadrada, la nariz recta y bonita, dos líneas horizontales donde deberían estar los labios, los ojos oscuros, pequeños y vivísimos detrás de las gafas: es Garzón.

Entramos a una casa blanca con una ventana redonda en la segunda planta que será en breve la sede de la Fundación Internacional Baltasar Garzón para los derechos humanos. Se acaban de instalar y en el suelo hay cajas, muebles nuevos y polvo.

–Mi padre no quería que se le pusiera su nombre a la Fundación, le daba apuro, pero le insistimos porque ese nombre tiene mucho tirón a nivel internacional.

Lo tiene. Y el punto de partida de ese reconocimiento internacional se puede fechar perfectamente: el 17 de octubre de 1998 la policía de Londres cumplió una orden de arresto internacional vía Interpol firmada por Garzón contra el chileno Augusto Pinochet, al frente de la dictadura militar chilena de 1973 a 1990. El juez acusaba al ex dictador de delitos de genocidio y terrorismo, cometidos contra españoles residentes en Chile. Eso fue una bomba. ¿Un juez español persiguiendo a un dictador chileno que está en el Reino Unido? Desde entonces, el término “justicia universal” se ligó a Baltasar Garzón con la fuerza de un sinónimo. No era la primera vez que sentaba en el banquillo a represores de otros países: en marzo de 1997, Garzón y otro juez español, Carlos Castresana, emitieron órdenes de arresto contra miembros de la dictadura argentina por el asesinato de españoles. Pero lo de Pinochet era más gordo. Él había sido el jefe máximo de la dictadura y, además, a diferencia de Argentina donde con la recién nacida democracia se inició un juicio a las juntas militares, Chile no había sido capaz de enfrentarse con su pasado –veintiocho mil personas torturadas y tres mil desaparecidas o ejecutadas– y Pinochet gozaba de privilegios –senador vitalicio con inmunidad parlamentaria, comandante jefe de las Fuerzas Armadas– que repugnaban a los familiares de las víctimas que tuvieron que recurrir a autoridades extranjeras para buscar justicia.

Así que en 1998, cuando los jueces españoles supieron que el ex dictador viajaba a Londres para una revisión médica, decidieron actuar y, luchando contra burocracias y rifirrafes diplomáticos, lograron lo que querían: que Pinochet quedara atrapado en Inglaterra. La capa de superhéroe de Garzón, en este caso una gabardina color camello, ondeó el 19 de enero de 1999 en la Cámara de los Lores, a donde viajó para asistir a la revisión de la supuesta inmunidad de Pinochet. La imagen de Garzón caminando solo bajo una ventisca londinense con su maletín lleno de testimonios de víctimas se convirtió en icónica.

El proceso duró dos años y, aunque el resultado del juicio a Pinochet no fue el esperado, ya que los abogados del ex dictador apelaron a su grave estado de salud y lograron que volviera a su país en marzo de 2000, el ex dictador tuvo que escuchar en Londres incontables testimonios de víctimas de su dictadura. Mientras, Chile se había envalentonado al ver que el general no era intocable, así que cuando Pinochet regresó le retiraron la inmunidad y las Cortes empezaron a hacer desfilar otra vez frente a sus ojos y oídos lo que había hecho. Murió el 10 de diciembre de 2006 en arresto domiciliario por tortura, secuestro, asesinato, evasión fiscal y corrupción.

El nombre Garzón se repitió en todas las celebraciones de las víctimas.

Tal vez la de Pinochet sea, de las acciones de Garzón, la menos polémica. El ex juez genera visceralidades que están muy bien explicadas en Suprema injusticia (2012), el libro que María publicó sobre la inhabilitación de su padre. En él escribe cosas como:

“Las heridas aún están abiertas. Probablemente el que está más entero es mi padre, pero a mí, a la familia, a los amigos y a millones de personas de bien, esta lapidación nos ha hecho mucho daño y sus efectos colaterales tardarán mucho en desaparecer”.

María habla de la garzonitis y de la garzofobia, de que nadie se queda indiferente ante la figura de su padre.

–España es un país donde todo es blanco o negro, Madrid o Barcelona, derecha o izquierda. Y es un país de mucha envidia. Las personas cometen errores y él ha cometido errores, pero cuando los ha cometido se le ha parado una instrucción y punto, pero no es un delincuente por ello, ¿sabes? Es lo que yo denuncio: no, no es el dueño de la verdad, pero tampoco es el mayor delincuente de España.

Pero, apenas cinco meses después de la inhabilitación, lejos de quedar vapuleado y fuera de juego, el caso Assange devolvió a Garzón al centro de la información mundial. Un mal pensado diría que sólo le interesan ese tipo de causas: las que mueven a los corresponsales y a los fotógrafos con escalerilla.

–Yo creo que este caso ya era muy mediático antes de que mi padre lo tomara. Pero la gente dice: Ahí está otra vez el Garzón buscando el protagonismo. En realidad, fue WikiLeaks el que llamó a mi padre. ¿Por qué él acepta? Estoy segura de que porque cree que se ha cometido una injusticia y lo fácil hubiera sido decir: Mira ahora voy a quitarme de este problema y tal, pero él realmente no le da importancia al tema mediático, que le ha traído eso siempre más problemas y críticas feroces que beneficios.

María Garzón, graduada en Marketing, se ha convertido en la asesora, secretaria, representante –por Skype– de su padre. Porque él ya no vive en Madrid, sino entre Bogotá y Buenos Aires, donde trabaja como asesor en temas de derechos humanos, y desde ahí viaja por Latinoamérica asesorando a los gobiernos en la lucha contra la corrupción y el narcotráfico.

De repente, María, madre de la única nieta del ex juez, ríe una risa grandota, de ojos chinos. Ha recordado una anécdota reciente. Iba en el carro con su hija, Aurorita, de dos años y medio, y en la radio empezó a hablar Garzón sobre el caso Assange. María imita la voz de su hija.

Papachá, hola, está aquí la nena. Ella le hablaba. Como yo voy siempre con el manos libres, ella pensaba que él le iba a contestar.

El nacimiento de Aurorita coincidió con el proceso de inhabilitación y su presencia fue una especie de acto de fe, de reconciliación con todo.

Garzón, dicen, tiene mano de santo con los niños, con las plantas, con los animales, sobre todo perros y caballos. El ex juez es también un conocidísimo fanático de la caza –venados, faisanes, perdices– y de las corridas de toros.

Escorpión –como ella– y por eso sentimental –como ella–, la hija lo define como un ser humano que vive con el “sentimiento a flor de piel”. Garzón llora, canta boleros y tangos con voz quebrada, cuenta chistes, imita voces, baila sevillanas y las noches a su lado pueden ser inolvidables.

–En lo personal es muy sentimental, como yo –dice María–. Mi madre dice: El problema de tu padre es que se da a la gente, y hay gente que no son tan amigos, pero él les coge, les dice tú, a mi casa, es muy andaluz.

Como andaluz es el amor por la mesa bien generosa que el ex juez nunca ha ocultado: lo pierden los caracoles, los vinos densos y todo lo que sale de la cocina de su madre. Garzón ama comer. Cuando hacía todo tipo de deportes, desde futbol hasta rafting, era grande, pero nunca gordo. Ahora, en cambio, su cuerpo ya no aguanta el exceso: vive con la tensión muy alta y ajusticiado por los kilos.

–Yo le digo: Papá, te tienes que cuidar. Él en Colombia se cuida mucho, ha empezado a ir al gimnasio, come bien, pero llega aquí a España y le entra la ansiedad, come muchísimo. Le sienta fatal estar en España.

Ahora María se comunica con él por teléfono o por mensajes de texto, pero antes, durante su adolescencia, ella y su padre intercambiaban correspondencia: se metían cartas debajo de la puerta cuando habían peleado por cosas de adolescentes frente a la autoridad.

–Yo le decía: Eres un dictador. Y él me miraba: ¿Pero cómo me dices…? Eso le dolía muchísimo. Después me mandaba una carta y yo le mandaba otra.

También recuerda el martirio que era jugar con él a algún juego de mesa.

–Él es muy competitivo. No nos gustaba jugar con él al Trivial porque te contesta las tuyas, las suyas, las de no sé quién. No se puede callar, empieza am, um, se revuelve en la silla y explota: ¡Cómo no sabes las guerras esas que había en el Peloponeso! Le gusta ganar en los juegos, en el deporte, en cualquier cosa. Con mis hermanos compramos el juego perfecto para que perdiera y nos lo va a recordar toda la vida. Se llama Cranium y combina varias cosas: pintar, imitar, cantar y luego preguntas de lógica. La lógica se le da muy bien, cantar muy bien, pero imitar personajes famosos no tiene ni idea. Entonces por fin le ganábamos y se cabreaba mucho.

Le pregunto si, ya que su padre está en una especie de exilio después de hacerlos vivir una vida de preocupación, no hubiese preferido que tuviera otra profesión: carnicero, pediatra, agricultor.

–Yo muchas veces lo he dicho, lo de querer que sea otra cosa. Pero hay tantas cosas buenas. Primero, es un honor: aunque él haya tenido que caer y esté muerto civilmente, ¿no? Para mí eso lo convierte en un héroe. Ya lo era y ahora más. Casi es un honor que haya sido así y que, encima, haya sido tan burdo. Esta gente se creía que la inhabilitación iba a acabar con él y es lo contrario.

Baltasar Garzón persiguió narcotraficantes, terroristas, financiaciones ilegales, crimen organizado y dictadores intocables, pero hoy no puede trabajar en su país por prevaricación. Antes de ser condenado por uno de ellos, tuvo que pasar por tres juicios.

Uno. El caso Nueva York.

En España, a una persona que necesita retos constantes le llaman culo inquieto y todos, amigos y enemigos de Garzón, están de acuerdo en que esa expresión es perfecta para él. En 2005, luego de haber llevado adelante casos como el de Pinochet y ser portada de todos los periódicos del mundo, Garzón se había quedado sin un tema espectacular entre manos porque el sistema aleatorio de reparto de casos en la Audiencia Nacional no había soltado sobre su mesa alguno de esos problemas que tanto le gustan. Estaba, como recalca en su libro Garzón, la hora de la verdad (2011) Loretta Napoleoni, experta en terrorismo, especialmente frustrado por no haber podido encargarse de un caso típicamente garzoniano: el de los atentados en la estación de Atocha de marzo de 2004. Aunque Garzón, apenas lo supo, corrió a la estación todavía llena de humo y dio entrevistas a la prensa desde allí, el juez de guardia ese día, el que terminaría sentando en el banquillo a los yihadistas, era otro.

Garzón se había convertido en un Garzón de oficina, un oxímoron, así que pidió un permiso de estudios y decidió irse a Estados Unidos a organizar unos cursos sobre terrorismo en la Universidad de Nueva York (NYU) durante 2005 y 2006. Al regresar a la Audiencia Nacional cayó sobre su mesa un tema de apropiación indebida, falsedad contable y delitos tributarios imputados a Emilio Botín, propietario, entre otras empresas, del Banco Santander. Garzón archivó el caso porque, explicó, las acusaciones “están basadas en hipótesis y no en pruebas concretas” y porque, aunque hubiera delito, éste ya había prescrito.

Aquí todo se complica.

El 28 de enero de 2010, un abogado interpone una denuncia ante el Consejo General del Poder Judicial en la que acusa a Garzón de cohecho y prevaricación relacionados con el financiamiento de sus cursos en la NYU. Las universidades estadounidenses se financian con fondos procedentes de particulares o empresas, así que para los cursos de Garzón, se solicitaron –y se recibieron– apoyos de diferentes empresas españolas. Una de ellas era el Banco Santander, el de Emilio Botín, cuyo caso fue archivado por Garzón al volver de Estados Unidos: un caramelito para la sospecha. Aunque tanto la NYU como el Banco Santander negaron que el banco diera dinero directamente a Garzón, sino que fue la propia NYU la que pagó sus honorarios, la querella siguió adelante. Finalmente, esa causa fue archivada por prescripción (rebasó el plazo que tenía el Estado para perseguir el delito) pero el nombre Garzón quedó vinculado a banqueros en entredicho, dólares y tráfico de influencias.

Dos. Los crímenes del franquismo.

De sus tres querellas, ésta, la del franquismo, es la más compleja porque llega hasta el corazón de un país moderno que se construyó a toda prisa sobre fosas comunes, bandos de un odio inaudito, sospechas, silencios y personajes que aún después de muertos siguen dando miedo. España tiene mucha cosa turbia que se fue metiendo bajo la alfombra durante los casi cuarenta años que Francisco Franco gobernó. Garzón conoció el franquismo de cerca: su tío materno y héroe, Gabriel Real, era republicano y durante la Guerra Civil ocupó un cargo importante en esa formación. Tras la victoria del ejército franquista, fue encarcelado y condenado a muerte. Poco antes de su ejecución, las influencias del padre de Gabriel Real lo salvaron, pero el episodio marcó al impresionable Baltasar. Años después, cuando el dictador ya había muerto, Baltasar, por entonces de veintidós años, y su tío Gabriel, asistieron a la conferencia de un famoso líder comunista que acababa de volver del exilio. El tío miraba para todos lados, inquieto. El joven lo notó.

–Tito, ¿qué te pasa? No tengas miedo, ya nadie vendrá a preguntarte a dónde vas o qué haces.
La respuesta que le dio el tío fue:

–Sobrino, la mano del fascismo es larga.

En 2008, después de recibir en su despacho varias denuncias de familiares de víctimas del franquismo, Garzón redactó un auto –una resolución judicial– en el que recogió testimonios de los familiares de los asesinados o desaparecidos durante la dictadura y se refirió a estas muertes como un “plan de exterminio sistemático de sus oponentes y de represión que terminó con al menos 114 266 desaparecidos, de los que no se ha dado razón de su paradero, y que se enmarca en un contexto de crímenes contra la humanidad”. Además, creó equipos de investigación y autorizó exhumaciones. Lo hizo desoyendo a la Fiscalía de la propia Audiencia Nacional que emitió un informe en el que llamaba al proceso de Garzón “disparate jurídico” advertía que “este tribunal no era el competente para investigar las desapariciones forzadas, que el delito de lesa humanidad consignado en las denuncias no estaba en vigor cuando se produjeron los hechos denunciados y que, en todo caso, sería aplicable la Ley de Amnistía de 1977”.

Miguel Bernad, secretario general de Manos Limpias, fue quien presentó, en nombre de esa organización, la denuncia contra Garzón por el tema de los crímenes del franquismo. En su página web se explica que Manos Limpias es “un sindicato de ámbito nacional […] que tiene como fines la defensa de los legítimos intereses de sus afiliados, del Estado de Derecho y de la transparencia y dignidad de los poderes públicos institucionales”.

La oficina de Manos Limpias queda en el primer piso de un edificio de la calle Ferraz, de Madrid, y a duras penas entran dos escritorios, el de la secretaria y el de Bernad, y un par de sillas. El día anterior a nuestro encuentro, el diario El País publicó una entrevista con Garzón en la que el ex juez denunciaba que él era “el último exiliado del franquismo”. Bernad, ex miembro de partidos políticos ultraderechistas como Frente Nacional o Derecha Española, arranca por ahí, como si llevara mucho rato aguantándose.

–Lo que él está haciendo desde que fue inhabilitado es hacerse la víctima. Dice que ha sido juzgado por unos magistrados que le tienen envidia y por una organización como Manos Limpias, a la que él, de una manera retorcida, tacha de fascista y de extrema derecha cuando eso no es verdad: nosotros luchamos contra todo tipo de corrupción. Iniciamos la demanda contra Garzón porque él sabía que no se podía juzgar el régimen de Franco porque aquí había unas leyes que lo prohibían. Se le advierte, pero él, en su ego de creerse el juez universal, inicia un proceso y prevarica.

Miguel Bernad –setenta y pocos, una frente que ha cedido a la alopecia, ojos claros detrás de las gafas– habla con aire radiofónico, poco natural. A veces la cara se le enrojece, tose un poco y repite la última frase, casi siempre muy lapidaria. Cuando en lugar de decir “el ex juez” dice “el juez”, se regodea en la rectificación: marca la equis de ex como masticándola.

–El juez…, el ex juez Baltasar Garzón representó un cáncer que empezaba ya a tener metástasis y yo creo que su inhabilitación ha regenerado la justicia española que estaba por los suelos. Él fue un juez estrella que utilizó la justicia para beneficio propio y fue su propio ego lo que le llevó a sentarse en los tribunales. No se engañen en Latinoamérica, aquí en España somos todos conscientes de que ha sido un pésimo juez.

Durante la última sesión del juicio por la investigación contra los crímenes del franquismo, en su alegato final, Baltasar Garzón dijo: “Mi conciencia está tranquila porque tomé las decisiones que creí ajustadas a derecho para perseguir, sancionar o castigar, por mí o por quien correspondiera en el uso de la jurisdicción los crímenes masivos de desaparición forzada de personas en ese contexto de detenciones ilegales sin dar razón del paradero de las víctimas. […] He actuado sobre todo guiado por la defensa del desamparo de esas víctimas, que son, en este tipo de crímenes, un elemento principal que todo juez debe proteger”.

El 27 de febrero de 2012, ya condenado por otro de sus juicios, el de las escuchas en el caso Gürtel, Baltasar Garzón fue absuelto por la causa del franquismo. Los magistrados del Tribunal Supremo concluyeron que la decisión de Garzón de investigar los crímenes del franquismo “fue errónea, pero no prevaricadora”.

Tres. Las escuchas en el caso Gürtel.

La frase que más se repite en relación a este caso es que la única condena por el caso Gürtel se la llevó el juez que lo investigaba. Garzón fue condenado a nueve años de inhabilitación por su forma de investigar esta pulposa trama de corrupción que involucra a varios miembros del partido que actualmente gobierna, el Partido Popular (PP). Los teje y manejes de la Gürtel se empezaron a conocer en febrero de 2008. Resulta que un empresario llamado Francisco Correa (de ahí lo de Gürtel, correa en alemán) creó una red de empresas supuestamente para aprovecharse de las subvenciones estatales de las comunidades gobernadas por el PP, como Madrid, Valencia y Galicia. Las empresas de Correa organizaban eventos a políticos del PP y, según la denuncia, para obtener esos favores políticos, Correa llenaba de sobornos a las autoridades públicas. La trama tiene tintes caricaturescos: Correa figuraba en la documentación oscura de las empresas como Don Vito, un guiño a El padrino, y, según la investigación de Garzón, el socio de Correa, un hombre conocido como El Bigotes, compraba trajes de lujo “con billetes de quinientos euros” a un alto cargo del PP en Valencia. Con las pruebas que tenía, Garzón decidió meter en la cárcel a Correa y a dos de sus socios, los cabecillas de la trama, acusándolos de blanqueo de capitales, tráfico de influencias, defraudación, cohecho y –aquí la clave del caso– ordenó intervenir todas sus comunicaciones con sus abogados. Esta medida, la de escuchar lo que los presos hablan con sus defensores, es ilegal, salvo excepciones interpretables por el juez instructor. En España puede ejecutarse cuando hay sospechas de terrorismo o de que los abogados están implicados en el delito. En este caso, Garzón tenía algún indicio de que los abogados estaban metidos en la trama de corrupción. El problema es que los tres investigados cambiaron de abogados en medio del proceso y Garzón no ordenó suspender las escuchas. Esta decisión, la de seguir interceptando lo que conversaban Correa y compañía con sus defensores, fue la que llevó a Garzón, el 9 de febrero de 2012, a ser suspendido y a no poder ser parte de la justicia de su país hasta el 1 de mayo de 2021. Horas después de conocer la sentencia de su inhabilitación, Garzón difundió una nota de prensa: “Rechazo frontalmente la sentencia que me ha sido notificada en el día de hoy. Lo hago por entender que no se ajusta a derecho, que me condena de forma injusta y predeterminada. He trabajado contra el terrorismo, el narcotráfico, los crímenes contra la humanidad y la corrupción. Lo he hecho con la ley en la mano y en unión de fiscales, jueces y policía. En este trabajo siempre he cumplido con rigor las normas, he defendido los derechos de los justiciables y de las víctimas en situaciones muy adversas. Ahora y a lo largo de este procedimiento, mis derechos han sido sistemáticamente violentados”.

En 2021, cuando pueda volver a la Audiencia Nacional, Garzón tendrá sesenta y seis años y la jubilación forzosa para su gremio es a los setenta. Los que lo conocen creen que no volverá a ejercer como juez.

Dolores Delgado es fiscal de la Audiencia Nacional y fue compañera de Garzón en decenas de investigaciones. La conversación transcurre en verano, en el salón de su chalet de las afueras de Madrid. Ella lleva shorts, chanclas y una camiseta negra que dice “New York” en letras brillantes: los cincuenta años no los aparenta en ningún lado. Y eso que los últimos quince años trabajó codo a codo con Garzón y Garzón es famoso por sus madrugones (duerme apenas tres horas al día), por sus jornadas de veinte horas, por sus interrogatorios infinitos. Dolores Delgado extraña a Garzón y está indignada por lo que pasó con él.

–La gente no lo entiende, dicen: Oye, por investigar a los de la Gürtel este tío está condenado. Y es que hay más gente que está investigando la Gürtel. ¡Esto no tiene pies ni cabeza: si es que ha habido tres jueces que han hecho lo que él y nadie les ha acusado! Una compañera que asistió al juicio oral como fiscal de Baltasar, una tía conservadora, que no tiene ninguna relación con él, me decía: Para mí es una frustración como profesional la condena de Garzón porque es una injusticia. No voy a decir que (el Tribunal Supremo) ha cometido un delito, no lo voy a decir porque no lo puedo decir, evidentemente, pero para mí ese juicio, esa causa… no. No hay delito, dijo la Fiscalía, su postura fue absolutoria completamente y no se entiende. Pero no lo entiendo yo, no lo entiendes tú, no lo entiende la gente. Es muy duro, ¿eh?

Manuel Trigo Chacón, doctor en Derecho Internacional, escribió a finales de 2011 un libro extensísimo titulado Garzón ante la ley y el Tribunal Supremo, donde desde el punto de vista legal se destripa la trayectoria del ex juez. La reunión con Manuel Trigo es en uno de esos hoteles de cuero y cortinones que fueron modernísimos y ahora son algo rancios. El jurista, que lleva traje claro y sombrero, encaja perfectamente con el establecimiento. Después de tres, quizá cuatro palabras de cortesía, dice que Garzón es lo que se podría llamar un desclasado, es decir, un hombre que no está “en un ambiente, en la sociedad en la que le habría correspondido”. Después de resumir los treinta años de carrera de Garzón con las frases “casos efímeros”, “autos imprecisos”, “instrucciones mal hechas”, “ambición desmedida” y “yo hago con la justicia lo que me da la gana”, Trigo Chacón habla sobre el caso Gürtel:

–Él ordena a su gente: No, no, ustedes intervengan las conversaciones de los abogados con los defendidos. Él quería otro sumario escandaloso, como los anteriores. Pero claro, famosos abogados penalistas se enteraron de que había autorizado esas escuchas, cosa que va en contra el derecho porque no se puede escuchar las conversaciones de un abogado con su defendido. Estaba muy claro que había prevaricado. Garzón tenía tal obsesión por aparecer en la prensa que eso le ofuscó y perdió el control de la juridicidad de los casos que llevaba.

La gente que quiere a Garzón –mucha– dice que hacen falta más tipos valientes como él para limpiar España, y ya de paso el mundo, de mafiosos, corruptos, dictadores, traficantes y terroristas. La gente que quiere a Garzón lo compara con El Cid Campeador, Obama, El Quijote, los polis buenos de las películas yanquis, Martin Luther King y Gladiador.

La gente que odia a Garzón –mucha– dice que él es el corrupto y lo compara con los delincuentes más astutos y rastreros. Usa para referirse a él palabras como soberbio, showman, juez estrella, narcisista, vago, lujurioso, mediático, fatuo, rencoroso, ambicioso, inculto, ocioso, oportunista y un etcétera de veneno espeso.

La gente que quiere a Garzón le agradece haber perseguido al narcotráfico, al terrorismo de ETA, al dictador chileno y a varios torturadores de la dictadura argentina y por haber vuelto a poner sobre la mesa el tema de las víctimas de la dictadura franquista. La gente que quiere a Garzón llora su inhabilitación como llora al familiar desaparecido.

La gente que odia a Garzón dice que todos los casos que llevó adelante fueron flojitos en contenido legal y que, fuera de la espectacularidad de operaciones a lo Miami Vice, los delincuentes que ha metido presos y los que han sido sentenciados son, comparativamente, muy pocos. Dicen también que los casos de mayor repercusión los llevó a cabo gracias al extenuante y riguroso trabajo de fiscales y abogados que permanecieron en la sombra porque él, dicen, no da crédito a nadie.

Pero los que lo odian y los que lo quieren coinciden en una sola cosa: en que Garzón es vanidoso.

Mientras el joven Garzón, recluido en un altillo de Sevilla, se convertía en un asceta con lentes para aprobar los exámenes, una chica de su generación hacía lo mismo en Barcelona. Margarita Robles no sólo consiguió la plaza, sino que sacó la mejor nota de esa promoción. Algunos creen que entonces nació una rivalidad histórica que, como con los superhéroes y los villanos, se fue nutriendo de triunfos del uno sobre el otro.

Margarita Robles, hoy vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), cincuenta y cinco años, se sienta de lado y cuando se mueve suena su pantalón de cuero negro –a juego con chaqueta a rayas también de piel– contra el cuero del sillón de su despacho. Lleva el pelo cepillado, y con frecuencia se acomoda algún mechón que le cae sobre la cara. Es de esas mujeres que nunca dejan nada librado al azar, a la genética o al tiempo.

Cuando el Tribunal Supremo decidió pasar a trámite las querellas contra Garzón, Margarita Robles, como vocal del CGPJ, debía votar para suspender al juez. Garzón recusó la presencia de Robles porque, según dijo, ella tenía “animadversión y enemistad manifiesta hacia él”. Le pregunto sobre eso.

–Pero él sabe que no es verdad. Yo a Baltasar lo conozco desde que yo tenía veintitrés y él veinticuatro y siempre he tenido una magnífica relación personal con él. Creo que en ese momento dijo lo de la animadversión por una estrategia en el ámbito de un procedimiento. Baltasar es un hombre que yo respeto mucho, creo que ha hecho muchas cosas buenas y hay otras que no comparto.

–¿Qué ha hecho de bueno?

–Creo que ha sido un hombre muy valiente. A mí me parece que él lo que hizo con el tema de Pinochet fue muy, muy valiente: esa ha sido de las mejores cosas que él ha hecho, el decir esto no ha terminado. Ése es el aspecto bueno, magnífico que ha hecho.

–Meterse con el franquismo no fue visto como valentía, sino como prevaricación.

–Era distinto. Había una diferencia que todo el mundo puede entender perfectamente: Pinochet estaba vivo y Franco no y el procedimiento penal es para juzgar a las personas vivas, porque lo otro es la historia, y la historia ya no nos corresponde juzgarla a los jueces. Es como si ahora alguien dijera vamos a enjuiciar a Isabel la Católica, o a Cristóbal Colón por lo que se hizo en América, ¿verdad que eso no cabría en ninguna cabeza? Yo, personalmente, creo que en este país sí tenemos una deuda pendiente con las víctimas del franquismo, pero no se puede saldar abriendo un proceso penal a las personas que han muerto, esa deuda la tiene que saldar la sociedad en su conjunto, es decir el Parlamento, no los jueces.

Baltasar Garzón tiene dos problemas de salud. Uno es la rizartrosis, una enfermedad degenerativa que atrofia la base del pulgar y que limita la movilidad de las manos. Tendría que hacer rehabilitación, pero no la hace, y a veces le duele tanto que no puede dar vuelta a una llave, teclear o sostener objetos livianos como un bolígrafo. A veces no puede escribir.

El otro de sus problemas son los nódulos, pequeñas formaciones que aparecen en las cuerdas vocales y que generan pérdida de la voz. Ya ha sido operado dos veces para extirparlos, pero se le reproducen. Lo que se recomienda es, con un foniatra, aprender a perjudicarse menos al hablar. Pero él no va al foniatra y suele estar afónico. Los días en los que está mejor, su voz suena como la de un anciano que se acaba de levantar, como un relincho, como si en la garganta tuviera piedras y silbatos. Pero, a veces, no puede hablar en absoluto. Cuando su mujer y sus hijos le increpan su descuido médico, él suele soltarles una frase:

–Pero oigo bien.

El domingo 16 de diciembre de 2012 apareció en el programa Salvados del canal de televisión español La Sexta. Su penacho de pelo blanco en la frente, tan sexy, ha desaparecido en un mar de canas. Su cara de ángulos fuertes también ha desaparecido entre pliegues. Vestido de negro, habló de su inhabilitación. Fue, según dijo, una condena no judicial, sino “política, sin lugar a dudas, porque no había argumentos para juzgarme ni para condenarme. Fue una ceremonia para conseguir que una persona dejara de ser juez, y eso, en un Estado democrático, es muy grave. Los juicios demostraron que no llevaban razón y, a pesar de eso, la sentencia se pronunció como si no hubiera habido un juicio. Desde luego, lo que yo no cometí fue prevaricación. Eso lo saben ellos, lo sé yo y lo sabemos todos”.

Una de las últimas preguntas que respondió Garzón al periodista Jordi Évole fue sobre ese epíteto que le da tantos dolores de cabeza: el de juez estrella.

–Mire, yo, más que un juez estrella, soy un juez estrellado.

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