El rap y los géneros urbanos que transforman Buenos Aires

Las plazas del rap: los géneros urbanos en Buenos Aires

En 2012, un evento en Facebook dio origen a las “batallas de gallos”, com­petencias de rap improvisado que llevaron a miles de jóvenes a tomar las plazas públicas, dispuestos a demostrar sus habilidades de improvisación, hip hop y rima. Las competencias se grabaron, se colgaron en internet y se volvieron virales. Este movimiento underground congrega a jóvenes que sueñan con hacer rap y saltar a la fama. Las plazas se convierten en espacios de práctica y visibilidad, de catapulta. Para ellos, la plaza es el futuro.

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Sobre la reja color verde cuelga una bandera blanca que dice: “No presumas que compraste uno de raza, presumí que compraste uno sin casa”. Unas diez personas se paran frente a unas pequeñas jaulas con perros, preguntan si los pueden sacar para acariciarlos. Los perritos pertenecen a una oenegé, Campaña Pancitas Llenas, que promueve la adopción de perros callejeros. A pocos metros, un hombre está sentado en un banco plegable. En una hoja blanca escrita con fibrón negro, a sus pies, se lee: “Grabo en el acto”, y una tela roja en el suelo exhibe miniaturas de chapa con forma de hueso. Una señora grita: “Hay bolitas, churros, hay bolitas”, mientras revuelve una olla con azúcar caliente, sumando garrapiñada —maní confitado típico argentino— a la oferta.

Esas cosas suceden en uno de los parques más grandes de Buenos Aires, el Parque Centenario. Tiene doce hec­táreas y lo rodean cuatro avenidas: Díaz Vélez, Patricias Argentinas, Leopoldo Marechal y Ángel Gallardo. Está ubicado en el centro geográfico: desde este punto, todos los límites de la ciudad quedan a la misma distancia. Es do­mingo 10 de abril, son las dos de la tarde y, a contramano de lo que indicaba el pronóstico, por ahora no llueve. Es un día de sol y la temperatura bordea los 23 °C.

El Parque Centenario fue inaugurado en 1909 para conmemorar un siglo de la Revolución de Mayo de 1810, el primer paso para la independencia del Estado argentino unos años después, en 1816. El diseño y construcción del lugar fueron obra del arquitecto y paisajista franco-argentino Carlos Thays, creador de gran parte de los espacios verdes de Buenos Aires. El parque contiene un lago artificial en cuyo centro hay una fuente, juegos para niños, un anfiteatro devenido en fuente de agua, carrusel. A su alrededor fueron emplazados dos hospitales, dos colegios, un museo y el observatorio de astronomía más importante de la ciudad. Por cuestiones de conservación o seguridad, fue enrejado en dos tramos, en 2006 y en 2013, y quedó sectorizado en circunferencias concéntricas. La vereda es de los runners, los puestos de libros de segunda mano y los vendedores informales con una enorme oferta de ropa y artículos usados; en el segundo círculo hay algunos espacios verdes de uso común, como la canchita de fútbol; en el centro, el lago y el espacio verde.

Arriba: los visitantes se toman fotos con un arcoíris en una fuente del Parque Rivadavia, en Buenos Aires, Argentina.
Abajo: la gente pasa el domingo en el Parque Rivadavia, donde comenzó la legendaria competencia El Quinto Escalón.

Apenas se ingresa por la entrada que une las avenidas Díaz Vélez y Leopoldo Marechal, conocida en el barrio como “la del mástil” porque allí se erige la bandera argentina, las mesas con artesanías ya están ubicadas para la clásica feria de los fines de semana, donde se venden desde velas, joyas de alpaca y cuencos de cerámica hasta pulóveres. Frente a la feria y en diagonal a la mesa de adopción de perros, una pequeña tienda de plástico, con un techo color rojo y cuatro parantes, llama la atención. Está colocada sobre un desnivel circular que años atrás solía ser una fuente de agua, pero que se tapó con cemento y ahora parece el foro de un pequeño anfiteatro. En la tienda hay una frase en pintura blanca: “Psicología UBA”. Alrededor de quince jóvenes ocupan el lugar. Todo indica que podría tratarse de un evento del centro de estudiantes de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Pero en verdad está convocado un evento llamado DEM Battles. Un chico muy flaco, de estatura mediana, con la camiseta de Messi, short azul, zapatillas marca Puma color rojo, cabellera y barba al ras, lleva en la mano una carpeta y una birome azul.

—¿Acá es el evento de freestyle?
—Sí, ¿te querés anotar?
—No. Soy periodista, estoy escribiendo una crónica.
—¡Ahí va! ¡Yo también soy periodista!
—¿En serio? Qué casualidad.
—Sí, tengo mi propio medio. Se llama Info Freestyle.

Valentín Tripicchio tiene veinte años y es el organizador principal de DEM Battles, una competencia underground de freestyle, de rap improvisado, las llamadas “batallas de gallos”. “El objetivo de estas competencias es demostrar las habilidades de improvisación, rima, flow y teatralidad frente a otro contrincante, quien a su vez empleará los mismos recursos, con el fin de situarse por encima del rival. Para aquello se suele recurrir a la provocación, incluso al insulto, como recurso de la lírica y el ritmo”, explica Francisca Muñoz Varas, socióloga, cuya tesis de maestría se centra en el cruce entre freestyle y feminismo.

Durante el día, los participantes —en este caso en duplas— deberán avanzar en diferentes instancias: preeli­minatorias, octavos, cuartos, semi y la gran final. La DEM, como le dicen todos y cuyas siglas significan “Dame El Micrófono”, es una competencia que nació en Chile en 2016, luego se replicó en Uruguay y ahora, de la mano de Valentín, en Argentina. Esta tarde será la segunda fecha en Buenos Aires. La primera se hizo el 12 de marzo, en este mismo lugar, y hubo alrededor de cuatrocientas personas. Esta vez apuestan a duplicar ese número. 

Valentín está muy inquieto y, por momentos, tenso. Son muchas las cosas que todavía tiene que organizar para que el evento salga a la perfección. Además, está cansado. Hace tres días que no duerme y los últimos dos los pasó en un hotel cerca del Parque Centenario. Su casa queda a dos horas y media de este sitio, en la localidad de Rafael Castillo, zona oeste del conurbano bonaerense. No podía perder tiempo viajando en colectivo y metro. Además, algunos de sus pares chilenos y uruguayos han venido especialmente a participar, así que Valentín también ofició de guía turístico en los últimos días. Son las dos y media y llegan, de a poco, adolescentes y jóvenes, en su mayoría varones. Algunos lo saludan. “¿Qué hacés, perro?”, “¿qué onda, wacho, todo piola?”, “¿qué hacés, bro?”. El saludo, en general, es acompañado por un choque de manos y un golpe de puño. La mayoría lo conoce porque, además de organizador, es uno de los jurados de la competencia.

Bajo la tienda roja hay un chico y una chica sentados en dos sillas de plástico. Son los encargados de anotar a los participantes. El chico —remera de manga corta, buzo colgado al cuello, pelo corto peinado con gel, barba al ras, cadena plateada— anota en una tablita los nombres que le dictan. No son nombres de pila, sino sus AKA, sus alias. Por eso pregunta algunos nombres dos veces, a otros les pide directamente que se los deletreen: Samba y Kufa; Cill y Seam; Chepi y Nacco; Levyt y Zharp; Logan y Gabi LP; Busci y Louse; Nix y Facu; Empty y ZZ; Nikeli y Larry; Giro y Achi; Papoturro y Barba Roja. Una vez inscriptos, tienen que pagar doscientos pesos argentinos, lo que equivale a dos dólares, y la chica —pelo marrón anaranjado dividido en dos colitas, flequillo, vincha, argollas grandes en las orejas, ojos delineados de negro, jeans rotos, musculosa verde militar—, mientras masca chicle con la boca abierta y hace globos, le da a cada dupla un papelito amarillo, rosa, verde o azul que indica en qué grupo competirá por las pre-eliminatorias.

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Fotografía de Sarah Pabst.

Además de Valentín, hay varios chicos que ayudan con la organización y tienen tareas específicas. Uno coloca una soga blanca alrededor de la tienda roja, como si fuera un VIP, para que nadie pueda pasar. Otro acarrea dos heladeras de plástico con hielo, donde se enfrían las latas de Red Bull, la bebida energizante que, además de saciar la sed y aportar cafeína a los participantes, auspicia la competencia. Valentín se siente victorioso con haber conseguido este patrocinador que contrasta con la tienda prestada por una comunera, una de las referencias políticas del barrio, quien también les consiguió el permiso para hacer el evento. El mismo chico del hielo, unos minutos después, trae el primer parlante. Valentín sigue dando vueltas, controlando, saludando.

—Valen, hay un tema: la nafta. Si no hay nafta, no funciona el grupo electrógeno —dice otro organizador.
Valentín mira el celular intentando resolver algo a través de la pantalla.
Seguramente le está mandando un mensaje a Matías, más conocido como ZRS, cuya tarea específica es traer bidones vacíos al evento, para que luego otro muchacho los cargue con nafta en la estación de servicio cerca del parque. Pero ZRS está atrasado, vive en Quilmes, en el sudeste del conurbano bonaerense. Tiene dos horas de viaje hasta el Parque Centenario.
—No te preocupes, va a llegar —dice Valentín, confiado.

Siguen llegando chicos, en duplas, en grupos de cuatro o cinco. La mayoría viste de blanco y negro. Algunos tienen camisetas de fútbol o básquet. Casi todos llevan una riñonera cruzada en el pecho. El semicírculo de cemento está rodeado por pasto, y allí algunas familias, grupos de amigos y amigas están reunidos alrededor de sus mantas para hacer un pícnic o tomar mate, pero la mayoría de ellos no sabe a qué se debe esa reunión de jóvenes un tanto estrafalarios.

Son las tres y media y la planilla llega a casi cien anotados. Aún falta una hora para que comiencen las preeliminatorias y se forman rondas en algunos sectores. Como en una competencia deportiva, los concursantes también tienen que entrar en calor. Uno activa una base de flow en su celular y todos empiezan a mover la cabeza, haciendo “sí” al ritmo de la percusión. Al azar, empieza uno y, como un cadáver exquisito, continúa otro. En cada punchline, cada remate considerado ocurrente, el resto de los raperos exclama “woooooow, woooooow”, como si alguien hubiera hecho un gol. “El misterio es como un humano imprede­cible, esos que son desapercibidos, hasta invisibles, poco susceptibles”, comienza uno, y el otro le responde: “¿Qué es apreciar?, en esta sociedad ver algo nuevo, algo nuevo el día que mueras”. La temática que cruza todas las improvisaciones es la identidad. Pero a medida que se van pasando la palabra, se abre un abanico de reflexiones entre rimas y ritmo: desde la alegoría a la caverna de Platón hasta la ingesta de alcohol y la importancia del rap para vivir.

A esta altura de la tarde se vuelve un poco difícil es­cucharlos porque, a diez metros de distancia, desde otro parlante, detrás de un pequeño muro de piedra que deli­mita un sector del parque, comienza a sonar otra música: un grupo de quince señoras, con pañuelos celestes y blancos, baila al son de una chacarera, un ritmo folklórico de la Argentina.

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Los visitantes rapean mientras esperan el inicio de la batalla de gallos.

Pero los chicos siguen, como si nada ni nadie estuviese a su alrededor. Parecen tener un sexto sentido, porque siguen el diálogo improvisado a la perfección. Hay, entre los diferentes grupos, algunos que se destacan. Un chico pe­tiso, de pelo largo y rubio, con anteojos parecidos a los de Harry Potter y las uñas largas pintadas de negro, saluda como una estrella a quienes se le acercan, que son muchos. Se llama Mauricio, pero todos lo conocen como CTZ, le dicen “Cete” para abreviar. Para muchos es una “joven promesa”. A él le gusta decir que fue el finalista de la primera DEM. Cete se esmera en formular las frases y contesta preguntas como si estuviera saliendo en vivo para un canal de televisión. Mauricio tiene dieciocho años y vive en la zona noroeste del conurbano, en una localidad llamada Villa Ballester, a una hora del parque. Empezó en el freestyle a los once años gracias a que su padre escuchaba al rapero es­tadounidense Eminem, aunque ahora prefiere escuchar a la banda de rock argentina Rata Blanca: dice que eso lo inspira más para rapear. Después miró competencias por YouTube y rápidamente averiguó que existía una competencia los fines de semana en una plaza cerca de su casa. En la pandemia terminó el colegio secundario y ahora quiere dedicarse de lleno a su futuro: “Mi sueño es dedicarme por completo al freestyle”.

Lo mismo dice Kardia, un joven de veintidós años que también se hizo una pequeña fama en las plazas. Una nena de siete, tímida, se acerca a pedirle una foto. Está con su padre, que es uno de los camarógrafos del evento. El hombre le dice al muchacho que su hija es fanática de él, que lo ve en YouTube, que le encanta cómo rapea. Kardia posa para la foto, le agradece y abraza a su pequeña fan.

—¿Te gusta que te pidan fotos?
—Y, la verdad, me encanta, porque saber que hay alguien que viaja para verte un rato, que te dice que le llegás con lo que hacés, es una responsabilidad.

El resto de la semana, fuera de esta plaza, Kardia es David Dos Santos y atiende en una pescadería de su barrio, Ingeniero Allan, una localidad de la Zona Sur del Gran Buenos Aires, a dos horas de este parque. Cuenta orgulloso, como un triunfo, que terminó los estudios secundarios y que el trabajo en la pescadería le alcanza para alquilar un pequeño departamento con su novia. Pero, al igual que CTZ, también sueña con saltar a la fama con el freestyle.

—Para mí, el freestyle le da voz a gente de pocos recursos, como yo, gente que quizás no puede brillar con otra cosa. Porque si vos querés tener una banda de rock, tenés que comprarte una guitarra, una batería. Si vos querés ser cantante de ópera, tenés que estudiar canto o tenés que tener una voz privilegiada. En cambio, si querés rapear, solo tenés que bajar a la plaza de tu barrio.

Consagrarse campeón de una batalla en una plaza es, para estos chicos, algo serio.

Valentín sigue dando vueltas. Ya son las cuatro y está más relajado porque ZRS llegó con los bidones. Otro chico fue corriendo a la estación de servicio a buscar nafta.

—¡Se llena la plaza, eh, se llena!
—¿Están esperando a alguien para empezar? ¿Viene algún famoso?
—Sí, en teoría, a eso de las cinco de la tarde viene una dupla muy, muy, pero muy famosa —Valentín mira para los costados, fijándose en que no haya nadie alrededor, y entonces baja la voz y continúa—. Vienen Tiago PZK y Dani. ¿Los conocés?
—No.
—Bueno, te pido que no se lo comentes a nadie.
—Quedate tranquilo.

Valentín tiene muchas expectativas puestas en Dani y Tiago PZK. Entre los dos suman seis millones de seguidores solo en Instagram. Tanto Dani —Daniel Ribba— como Tiago PZK —Tiago Uriel Pacheco— son cantantes de trap y otros géneros urbanos. Pero antes de su fama, antes de tener más de catorce millones de reproducciones en YouTube con su nuevo tema “Cuando me ves”, antes de que niños y jóvenes les pidieran fotos y autógrafos, antes de tener mánager, viajar a Estados Unidos a dar shows, antes de todo eso, Tiago tuvo que vivir en la calle con su madre y su hermana tras una situación de violencia familiar por parte de su padre, un cajero de supermercado. Y fue en ese contexto que Tiago se escapó a otra plaza, seis años atrás, a veinte cuadras del Parque Centenario. Tiago y otra gran camada de freestylers debutaron en El Quinto Escalón: el evento de freestyle más grande de Iberoamérica, que inauguró una nueva dinámica en las plazas de Buenos Aires para siempre.

***

—Son cinco escalones. ¿Te animás a subirlos?
—Sí.
—A ver… Uno, dos, tres, cuatro, cinco. ¡Muy bien!

Son casi las cuatro de la tarde del domingo 24 de abril y un padre con su hijo pequeño entran al Parque Rivadavia, un espacio verde de seis hectáreas, ubicado entre la avenida Rivadavia y las calles Doblas, Chaco, Rosario y Beauchef del barrio de Caballito, un vecindario de clase media. Al igual que el Centenario, también fue ideado por el arquitecto Thays. Aquí también hay una feria, que es histórica, pero no se venden ropa, ni velas, ni suéteres. Es una feria de usados: libros, fanzines, videojuegos y discos de vinilo, además de todo tipo de consumo cultural pirateado. Las escalinatas por las que entran el padre y el hijo son las de la intersección de Doblas y Chaco, un lugar de poco tránsito. Esa entrada está enmarcada por un edificio. En él, una inscripción indica: “Usted está frente a un edificio estilo racionalista de la década del cuarenta. La obra que contempla pertenece al artista plástico Lucas Cruz. Agrade­cemos amablemente su conservación”. Pero no hay nada que indique que en esos cinco escalones, en 2012, se inició la competencia underground de freestyle más grande de Iberoamérica.

Esas escalinatas que no tienen nada de especial son una parada obligatoria para miles de niños y jóvenes que se volvieron fanáticos de las batallas de gallos y que vieron rapear aquí a mitos como Wos, Paulo Londra, Lit Killah, Trueno —que fue elegido por la banda inglesa Gorillaz para improvisar en vivo en el escenario del masivo festival Quilmes Rock en Buenos Aires, en abril de 2022— y Duki, el cantante más escuchado de Spotify en 2021. No quedan huellas de todo eso en la plaza, pero sí en internet.

Ahora, un chico y una chica merodean el lugar. Elián y Laura tienen quince años y están buscando algo.
—¿Conocen El Quinto Escalón?
—Sí, obvio. Venimos del Parque Centenario buscando una batalla, pero no había nada y nos mandamos para acá. Vamos a esperar un poco, por ahí se juntan en un rato acá. El sábado pasado estaban.
—¿Y ustedes compiten?
—No, nos gusta ver.
—¿No les gustaría competir?

Los dos se miran, hacen silencio. Elián dice que sí, que a veces se junta con un amigo a “tirar freestyle”, pero que no se anima a competir para no pasar vergüenza. No es para cualquiera. Laura también dice que le gustaría, pero que definitivamente no le sale. Ambos conocieron las batallas de freestyle viendo los videos de El Quinto Escalón subidos a YouTube, y saben la historia a la perfección.

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Alejo Nahuel Acosta, un chico de clase media baja, con padres trabajadores que llegaban con lo justo a fin de mes, frecuentaba un centro cultural en el que había conocido la cultura del hip hop. Allí hacía beatbox —producía ritmos con la boca— y breakdance —danza hip hop—. Cuando el centro cultural cerraba y ellos querían seguir cantando y bailando, se trasladaban al Parque Rivadavia, también a pocas cuadras de donde vivía. Alejo, además, solía participar en batallas underground en otras plazas, pero quedaban muy lejos de su casa: una en Claypole —una hora al sur del conurbano bonaerense— y otra en Barrancas de Bel­grano, en la zona norte de la ciudad. Le daba pereza ir tan lejos, quería improvisar sin tener que viajar tanto. Por eso, cuando cumplió trece años creó un evento en Facebook convocando a una batalla de gallos en el Parque Rivadavia. Treinta personas dijeron que asistirían. Pero aquel domingo 11 de marzo de 2012 fueron solo quince, muchos de ellos skaters y grafiteros que frecuentaban el parque. Se congregaron en las escalinatas, Alejo anotó en un papel sus AKA, armó un organigrama de manera artesanal y se lanzaron a rapear. De esa primera fecha no hay registros audiovisuales, pero de la segunda sí. Ocurrió tres semanas después, el 7 de abril. Ese día llegó a la plaza Matías Berner, de vein­tidós años, a quien le decían Muphasa. Conocía a Alejo a través de unos amigos de la escuela, y se sumó a la com­petencia que había visto en Facebook. Muphasa también vivía a pocas cuadras del Parque Rivadavia y hacía lo que fuera por salir de su casa. Sus padres vivían en conflicto. Los insultos eran parte de la banda de sonido de su vida. Muphasa, que absorbía toda esa violencia, pasaba mucho tiempo en el parque. Y las batallas de los fines de semana, tan cerca de su casa, fueron una gran excusa para pasar más tiempo allí. Ese sábado no eran más de veinte chicos. Algunas escenas pueden verse en YouTube, en el docu­mental de veintisiete capítulos llamado El Quinto Escalón: la historia, realizado por Juan Goldberger, más conocido como Juancín, quien fuera el histórico jurado de aquellas batallas y una de las referencias actuales en el universo del freestyle.

En el primer episodio del documental se puede ver, filmado en la mediocre calidad de un celular de 2012, el primer enfrentamiento entre Alejo y Muphasa. Uno de los chicos hace el beat con la boca. Alejo, de un lado, con go­rrita y camisa cuadriculada. Muphasa, del otro, con rastas y cigarrillo en mano. En esa batalla, tanto Muphasa como Alejo centraron sus rimas en burlas mutuas de sus aspectos físicos, una temática típica que usan los raperos para combatir con las palabras; aunque esa rivalidad en el escenario sería una alianza fuera de él. Alejo y Muphasa se convertirían en la histórica dupla organizadora de El Quinto Escalón: la batalla de gallos que sucedía cada dos semanas en las anodinas escalinatas a un costado del Parque Rivadavia.

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Arriba: las escaleras del Parque Rivadavia, donde comenzó la legendaria competencia El Quinto Escalón, en Buenos Aires.
Abajo: Valentín Tripicchio, organizador de la competencia DEM, en su estudio, en la localidad de Rafael Castillo, Provincia de Buenos Aires.

—A mí me gustaba la música, iba mucho al Parque Rivadavia durante mi adolescencia. Iba al colegio que quedaba adentro del parque, entonces con mis amigos nos quedábamos tocando la guitarra todo el día ahí —cuenta Muphasa, que ya tiene 32 años, en su casa del barrio de Parque Chacabuco, no demasiado alejada del Parque Rivadavia—. Cuando descubrí el freestyle a través de videos de You­Tube, me rompió la cabeza. No entendía cómo había gente que improvisaba en el momento, siendo que a mí ni siquiera me salía escribir una letra. Así que empecé a experimentar. Y me obsesioné. La plaza se convirtió entonces en el escenario para probar todo eso.

Según explica la socióloga Francisca Muñoz Varas, “por naturaleza, toda la cultura del hip hop, a la que pertenece el freestyle, nace como una forma contestataria a la política de los Estados Unidos. Por ende, nace con un propósito político de comunicar, de transmitir un mensaje, y eso hace que de por sí se necesite un espacio público para hacerlo. El freestyle necesita poder mostrar su existencia, su visibilidad, como un ejercicio de resistencia. Entonces, el único lugar posible para eso es una plaza. Por otro lado, el género constituye algo que Michel Foucault llama ‘espacio hete­rotópico’, que son lugares, por decirlo de alguna manera, creados en un espacio imaginado. Cuando un niño juega en la cama de sus padres creyendo que está en una nave es­pacial, ese niño está en un espacio heterotópico, es decir, él cree que está en una nave, pero está efectivamente en la cama de sus padres. Con el freestyle ocurre lo mismo. Ellos creen estar en una batalla clásica, como una batalla romana, y por eso crean todo ese folklore alrededor: un presentador, un jurado, alguien que pone la música, un público. Y eso solo puede ocurrir en una plaza porque hay visibilidad, hay un espacio, tanto sonoro como físico, para poder decir, poder abuchear, poder gritar, poder poner música que no se puede en un lugar privado porque tampoco está al alcance económico de los jóvenes hoy en día”.

Si bien no es novedad que la plaza esté ocupada por jóvenes haciendo música —por caso, en los albores de la década de los setenta, los parques y plazas eran sitios donde los jóvenes de entonces se nucleaban en torno a la música rock—, el freestyle, aunque data incluso de esa misma época en Estados Unidos, no se instaló en Argentina ni en Latinoamérica hasta mediados de la primera década del 2000. La cultura del hip hop llegó de la mano de los skaters, los grafiteros, los DJ que se juntaban en casas particulares, discotecas del centro o la propia calle. Eran una pequeña tribu marginal que se movía dentro de un circuito solo conocido por quienes frecuentaban ese ambiente. No llamaban la atención ni ocupaban espacios en los medios.

Años después de aquel desembarco, Alejo y Muphasa veían cómo cada semana una legión llegaba puntual al lugar de encuentro, a esos cinco escalones, para competir. De los diez competidores iniciales pasaron a ser cincuenta, luego cien. En 2016 eran trescientas personas, que a menudo recibían insultos y hasta calzones y bombachas sucias que les arrojaban los vecinos desde los edificios de enfrente, quejándose por los ruidos molestos. Tal fue el desborde que tuvieron que mudarse de los escalones a otro espacio dentro del parque. Lo denominaron “cuadrilátero”, porque estaba formado por un banco y tres árboles. Con una cinta de plástico formaban un escenario, y el público se sentaba alrededor. Después pasaron a otro espacio, el anfiteatro: un círculo de cemento a un costado de la plaza.

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Fotografía de Sarah Pabst.

—Realmente cualquiera que llegaba, no importaba desde dónde, se anotaba. Y si era bueno, pasaba de ronda y podía convertirse en una figura importante dentro del mundillo —dice Juancín, de veintinueve años, desde una habitación de su casa a la que convirtió en estudio para hacer streamings por YouTube—. Había algo muy demo­crático, accesible y de igualdad para todos en la plaza.

En 2016, Muphasa compró una cámara HD y empezó a filmar las batallas de una manera más profesional. Editaban entre todos esos videos y los subían a YouTube. Lograban entre un millón y tres millones de reproducciones por video, un número absolutamente fuera de escala para ellos. Y la cantidad de gente que iba a la plaza siguió aumentando: seiscientos, mil, dos mil quinientos.

—Imaginate que eran chicos que estaban en la plaza, pero que en Instagram, por ejemplo, empezaban a tener medio millón de seguidores, más que políticos, más que músicos importantes —dice Juancín—. Todo había ocurrido en un lapso de tiempo tan corto y, en algunos casos, eran chicos muy jóvenes, de catorce, quince, dieciséis años, que ni siquiera habían tenido tiempo de capitalizarlo, de visibilizarlo. Las marcas no entendían qué pasaba, nadie venía a apoyar económicamente nada, todo era puramente de la plaza y para la plaza.

Para Julio Leiva, periodista y conductor de Caja Negra, un ciclo de entrevistas que se emite por YouTube y por el que pasaron todos los protagonistas de la escena del free­style, “hay dos cosas fundamentales en la explosión de las plazas. Una es el fenómeno plaza en sí, que es el lugar geográfico donde los chicos comenzaron a juntarse. Y después es cómo eso trasciende lo geográfico con internet. O sea, El Quinto fue El Quinto porque primero hubo un lugar geográfico donde los chicos se juntaron, y explotó porque hay alguien que lo filmó y lo subió. Entonces, eso hizo que después estallaran plazas por todo el país. Muchos de los que llegaron a lo grande empezaron así: veían por internet la batalla, se animaban a rapear en la plaza del barrio y después se tomaban un colectivo dos horas para ir a rapear a Parque Rivadavia. Eso sigue ocurriendo hasta ahora. Los fines de semana, en alguna plaza del país hay una batalla de freestyle”.

“El 23 de septiembre de 2016, el torneo tendría su primera aparición en televisión abierta, pero no por un hecho del torneo en particular, sino por un incidente provocado por gente ajena a la competencia que provocó una avalancha. El altercado llegó a tener mucha repercusión […]. Muphasa dio un comunicado público donde dio a entender el incidente como un ‘infortunio impropio del ambiente de la competencia’”, relata Juancín en el documental El Quinto Escalón: la historia.

En marzo de 2017, en el recital de uno de los músicos más populares de Argentina, el Indio Solari, dos personas fallecieron por asfixia como consecuencia de la presión del público.

—Aunque éramos rechicos, tanto Alejo como yo teníamos muy claro el sentido de responsabilidad y sabíamos bien que, si pasaba algo en la plaza, si había algún incidente grave, los que la íbamos a pagar éramos nosotros dos —explica Muphasa.

La última fecha en el anfiteatro había tenido una con­vocatoria de más de tres mil personas. Desbordados por la cantidad de gente y por temor a nuevos incidentes, ayu­dados por la gestión de Mario Pergolini (un periodista y conductor muy conocido que los había descubierto y les había dado un espacio para un programa propio sobre hip hop llamado DAMN!), consiguieron montar un escenario con el respaldo del gobierno de la ciudad en la zona central del Parque Rivadavia. Desde mayo hasta octubre de 2017, domingo de por medio, miles de chicos volvían a juntarse, esta vez frente a un escenario majestuoso con luces y sonido, ubicado en el centro de la plaza. Pero el final se palpitaba, por diferencias y peleas entre la dupla organizadora. Dicen que tenían visiones distintas de cuál era el futuro del freestyle. Muphasa quería seguir a toda costa con las batallas de gallos, mientras que Alejo quería dedicarse a la música, creía que el futuro era el trap y se enteraba, con diecisiete años, de que iba a ser padre. Muphasa anunció entonces que sería la última temporada de la competencia.

La fecha final no se haría en una plaza, sino en un microestadio llamado Malvinas Argentinas, un escenario tradicional y consagratorio del mundo del rock. El 11 de noviembre de 2017 fue el final de El Quinto Escalón, pero el inicio de una nueva era. “Desde ese momento hay una frase muy famosa que se dice en el ambiente de la música, que es: ‘Levantás una baldosa y te sale un rapero en Buenos Aires’”, dice el conductor Julio Leiva.

Juan Ortelli es periodista y hasta 2018 fue el director de la revista Rolling Stone. Cubrió, como ningún otro cronista de la región, el ascenso del freestyle en Latinoamérica y prepara un libro sobre este tema al que titulará Réplica, que se publicará por Editorial Planeta: “A mí me gusta decir que El Quinto Escalón fue la masía de la industria musical argentina de hoy […]. Parque Rivadavia se transformó en la plaza más importante del circuito de habla hispana. Yo creo que después de El Quinto Escalón, en cualquier plaza de Latinoamérica hay un ruido que no falta y es el del freestyle”, destaca Ortelli.

El Quinto Escalón fue el impulso, también, para que las batallas “en escenario”, como la Red Bull Batalla de los Gallos —competencia auspiciada por la bebida energizante, que ya existía desde 2005, pero sin demasiada convocatoria—, se dispararan de manera exponencial. Los chicos que habían pasado por El Quinto Escalón llegaban, en 2017, al escenario del mítico estadio Luna Park vitoreados por más de diez mil personas. Ese mismo año, una empresa española llamada The Urban Roosters creó la Freestyle Master Series, más conocida como FMS, la liga profesional de improvisación, en seis países: España, Argentina, México, Chile, Perú y Colombia. Se fundó, en consecuencia, la Freestyle Rap Federation, con un ranking de ascenso en cada país. Un rapero que quiere entrar a la FMS tiene entonces que juntar puntos en cada competencia. Y no es en otro lugar que en las plazas donde se consiguen esos puntos. La DEM, la batalla que organiza Valentín, otorga puntos a quienes ganen. Aquellos que se consagren ganadores de cada país compiten en la FMS Internacional. Tal es la masividad de este evento que el suplemento deportivo Olé, de Clarín, el diario más popular de la Argentina, tiene ya una sección dedicada a las competencias de freestyle.

“Hoy tenés a un montón de chicos que salieron de El Quinto Escalón, que son cantantes de trap, en los primeros puestos del ranking global de música. El mundo está mi­rando la música en español, por un lado, y sobre todo a la Argentina. Entonces, hoy muchos chicos ven en el freestyle una salida económica, porque tienen como referencia a todos los cantantes que nacieron de El Quinto Escalón. Cuando arrancaron Wos o Duki, ellos no tenían ninguna referencia, no había a quién mirar. Fueron la primera ge­neración. Los chicos que arrancan hoy dicen: ‘quiero ser como ellos’ o ‘quiero llegar adonde ellos llegaron’. Entonces tenés muchos hoy que sí lo ven como una profesión o como una forma de vivir”, concluye Leiva.

Las plazas, entonces, son un semillero, un espacio de práctica, de visibilidad, una catapulta. Para estos chicos, la plaza es su futuro.

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Son las cinco y media. En el Parque Centenario hay muchos chicos sentados en ronda, alrededor de la placa de sonido, y empiezan a aplaudir. Ya es hora de que empiece el verdadero show. Valentín sigue dando vueltas y se prepara para la misión más importante del día: ser jurado. Valentín también está nervioso porque entre el público están sus padres, que son maestros, y su hermana de trece años. Tiene que salir todo bien porque puso mucho en el evento; incluso, dinero de su bolsillo. Aunque desde hace un año trabaja en la empresa The Urban Roosters organizando streamings, escribiendo guiones, lo que sea que le pidan, aún no le alcanza para independizarse. Su propio medio —una página de Instagram con 117 000 seguidores, al cierre de esta edición, y una de Twitter con casi 285 000— no le da dinero. Por ahora tiene que vivir con sus padres en una pequeña casa, sobre una calle de tierra, en un terreno compartido con abuelos y tíos. Valentín tiene que lucirse porque esta batalla después se subirá a YouTube, y ese video podría ser visto por alguien que lo descubriera, alguien que dijera que ese chico puede dar para más, que está para organizar competencias más grandes, que está para ser jurado de batallas mainstream.

Por el momento, todo transcurre bien. Ya han llegado Dani y Tiago PZK, y eso atrajo más público. Hay casi mil personas, sentadas en el piso, algunas de pie, casi al borde del círculo de cemento. Las sillas de plástico que algunas horas atrás usaban el chico del buzo en el cuello y la chica que mascaba chicle ahora se colocan en el centro de la ronda. Valentín se sienta en una de ellas, y en la otra, Daro 2 Santos. En una tercera, Sant, un jurado que vino de Uruguay. Ellos decidirán cuáles de las ocho duplas avanzarán en la competencia hasta que, finalmente, una se consagre ganadora.

Shulio y Cami Valiente, de no más de veinte años, son los animadores, los MC, maestros de ceremonia. Van al centro de la ronda y arengan: el show va a comenzar. Lo hacen a gritos, con la voz cruda, porque, aunque el evento se llame Dame El Micrófono, en ningún momento van a usar micrófono. Según explica Valentín, “es una de las reglas de la competencia. Usar únicamente la voz es parte de la esencia de las batallas del underground”. Ya se va el sol cuando Cami Valiente, una de las MC, grita:

—¡Raka-Staner!
Y Shulio grita:
—¡Jaff-Cobe!
Y Cami vuelve a gritar:
—¡Busci-Louse!

Ante cada grito, una a una, las seis personas de las duplas se ponen de pie y se acercan al centro agitando las manos o con los dedos en V.

Cami y Shulio arengan al público: “Dale, broooooo”. Unos segundos después, Nyqst, que oficia de DJ, pone el beat, la música de fondo, y automáticamente las mil personas empiezan a gritar: “wo, wo, wo, wo, wo, wo”, levan­tando los celulares y moviendo la cabeza de arriba abajo, esperando para hacer la cuenta regresiva. Y entonces, entre todos, como una masa que alienta a los guerreros, corean: “¡¡¡En treees, dooos, unooo!!!”. Y los competidores comienzan a improvisar. Cada participante tiene diez se­gundos para rapear, para tirar una rima que deslumbre al jurado y haga vibrar al público, que escucha en silencio, expectante, y solo interrumpe si alguno tira un punchline, un remate extraordinario. Entonces el “wooo”, como grito de gol, hace retumbar la ronda.

Mientras, a pocos metros, las señoras bailan chacarera con sus pañuelos blancos y celestes y un profesor, con el volumen al máximo, indica los pasos a seguir de una bachata. El sol se esconde. Se pone el generador en marcha y las luces se encienden: el círculo queda iluminado por dentro. Son casi las ocho, y Shulio y Cami Valiente anuncian la final de Dani y Tiago PZK contra Jaff y Cobe, cuando empieza a llover. Pero nadie se mueve de su sitio. No hay nada que detenga la batalla. Ya no hay folklore, ya no hay bachata, ya no hay chicos dando de comer a los patitos. Los feriantes levantan rápido sus puestos. Ahora sí, el parque es solo de ellos.

Casi mil personas observan mientras los freestylers luchan en las rondas finales de la competencia del Parque Centenario.

Este texto fue publicado en Gatopardo 221. La vida en las ciudades.


Tali Goldman. Buenos Aires, Argentina, 1987. Es licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y maestra en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref). Trabaja como periodista desde hace más de diez años en diferentes medios. En 2018 publicó “La marea sindical. Mujeres y gremios en la nueva era feminista”, con el que ganó el premio de la escuela de periodismo Taller Escuela Agencia (TEA) en la categoría de crónica periodística. En 2019 fue ganadora de la Bienal Arte Joven de Buenos Aires en la categoría de cuento. En julio de 2020 publicó Larga distancia (editorial Concreto), un libro de cuentos que ya va por su segunda edición.

Sarah Pabst. Fotógrafa documental y narradora visual de origen alemán radicada en Buenos Aires. Además de su obra autobiográfica, su trabajo se centra en las mujeres, la identidad, los derechos humanos y las cuestiones medioambientales. Su trabajo fue publicado en medios internacionales como Time, The New York Times, The Wall Street Journal, Le Monde, The Washington Post, Bloomberg y Der Spiegel, entre otros. Es miembro de Women Photograph y de Ayün Fotógrafas, un colectivo de ocho fotógrafas unidas por América Latina, en colaboración con Noor. En 2022 fue nominada como mentora del programa Women Photograph Mentorship. Además, su trabajo fue premiado en numerosos concursos, como Pictures of the Year International, POY Latam, Daylight Photo Awards y los International Photography Awards. Su primer libro, Morning song, fue finalista del Lucie Photo Book Prize y nombrado uno de los mejores fotolibros de 2021 por el Photographic Museum of Humanity. Sarah tiene un máster en Artes Visuales (Pintura/Fotografía) y Español por las universidades de Wuppertal y Colonia, Alemania.

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