El corazón rabioso del hombre loca

Pedro Lemebel, niño pobre viviendo a orillas de un basural, profesor de arte, artista travesti.

En la Plaza de Armas de Santiago, en el corazón del centro, a media tarde, haciendo calle y buscando que alguna mirada ajena se quede en la propia, todos son jóvenes, todos son niñas. La loca joven, la loca pobre, el taxi boyy la loca entrada en años que camina como si algo que no son sus pies la deslizara sobre el suelo. Pedro Lemebel asegura que incluso la locas viejas, “ésas que pasean al perrito” y que en España llaman carrozas—“¿por qué aquí no tendrán un nombre?”—, nunca dejan de serlo. Y suelta la risa y dice: “sí, es verdad, hasta esas locas viejas se tratan de niñasentre ellas”. Para Lemebel todas y todos son finalmente niñas. Eternamente niñas. “Las locas siempre son jóvenes. Hay algo de bonito en eso, y es que pueden tener ochenta años y allí están con zapatos blancos en la Plaza de Armas a la pesca de algún gigoló de poca monta”. Alguno moreno, enjuto, de mirada torva, escolaridad incompleta, vocación hip hopera. Ignorante pero joven. Incluso Lemebel, que a veces se trata a sí mismo de vieja y de calva, se reconcilia rápido invocando al adolescente perpetuo que debe tener dentro.

El escritor chileno, narrador, autor de los libros de crónicas La esquina es mi corazón, De perlas y cicatrices, Loco afán, Zanjón de la Aguaday Adiós mariquita linda, y de la novela Tengo miedo torero, saca del clóset de su escritorio el álbum de fotografías que testimonian un pasado con más pelo, cuando no usaba en la cabeza ese pañuelo que ahora es como una insignia. Lemebel se mudó hace poco. Su nueva casa está en un cuarto piso, un departamento amplio en el sector más codiciado del centro de Santiago. Una esquina frente al Parque Forestal, a metros del Museo de Bellas Artes y a diez minutos de caminata de la Plaza de Armas. Está en medio de lo que él llama gay town, y que, siguiendo en esa línea anglo, uno podría calificar de barrio trendy. Se mudó aquí en octubre, cuando decidió frenar la intensidad alcohólica en la que vivía desde la muerte de su madre.

—En este departamento no he hecho fiestas, poca gente lo conoce —dice.

Pedro desenfunda fotos y las revisa sobre la alfombra, en el suelo de la habitación que usa como escritorio. Fotos en color, fotos en blanco y negro. Ahí están las imágenes de otro tiempo, en otro Chile, en el que él era Pedro Mardones Lemebel, hijo de Pedro y Violeta, estudiante de un Liceo Industrial donde se enseñaban forja de metal y mueblería. Un jovencito flaco, vestido con esa ropa de estética tubular de los setenta que transformaban torso y caderas en un solo cilindro, camisas que estrechaban los cuerpos y resaltaban las delgadeces que a Pedro parecen fascinarle.

—Viste que yo también fui apuesto, fui filete de primer corte —dice, mostrando con gusto al Pedro setentero de cutis terso y semblante introvertido.

La figura iba rematada por una melena ni tan larga ni tan rebelde, con partidura lateral y esa mirada entre triste y dura que todavía tiene. Los ojos de Pedro son dos líneas que apenas alcanzan a ser oblicuas. Un par de incisiones con tendencia a desaparecer por enojo o por risa.

—Me cuesta reconocerme en esa fotos —dice, cambiando la cara de la alegría a la resignación. Hay un Pedro enojado, un Pedro amable y otro agresivo. Un Pedro confiado y otro suspicaz. Todos escurridizos, inasibles, que complican y aplazan las entrevistas, hablan sin hacer caso a las preguntas, escudriñan terceras intenciones y, sólo a veces, bajan la guardia. “No te asustes, mi estética es la sospecha”, dice para poner paños fríos a los efectos de su desconfianza. Entre cada uno de los Pedros hay muy pocas horas de transición. A veces, ni siquiera hay transición.

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