Golfo de California: el acuario del mundo se calienta – Gatopardo

Golfo de California: el acuario del mundo se calienta

Desde el exterior se percibe esta imagen perfecta del también conocido como mar de Cortés. El refugio del lobo marino, el tiburón ballena o la ballena jorobada. Romantizado como ejemplo de conservación, ha provocado que lleguen aquí más visitantes e intereses de afuera. Las rachas de calor en el océano, la sobrepesca que irrumpe la cadena trófica y el acoso de las inmobiliarias a los humedales son factores que, en conjunto, vulneran estos litorales que antes fueran dignos de tramas aventureras.

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Siete décadas atrás, a sus 31 años, un reportero de la Ciudad de México decidió llevar a cabo un sueño. Cansado del oficio, un día trazó la que sería su última travesía como periodista, un deseo que engendró desde niño cuando leía novelas de aventuras en torno a los mares y selvas. El viaje con el que se retiraba tenía también una finalidad informativa: escribir de lo recóndito del golfo de California. 

Fernando Jordán compró una embarcación que tenía, entonces, medio siglo de antigüedad, por lo que necesitó hacerle todo tipo de composturas. Movió cielo, mar y tierra para conseguir el dinero entre conocidos. Usó un mástil para desplegar una sábana en la azotea de su casa en la capital, dejándose guiar por su imaginación, para aprender a “velear”. Una vez bautizada su nave como El Urano, practicó a pura vela y viento. En octubre de 1950 se estableció en La Paz, Baja California Sur, donde se relacionó con los pescadores de El Esterito para que le enseñaran sobre navegación y la mar.  

El Urano zarpó el 16 de mayo de 1951 para adentrarse a un mundo prístino cuyas especies marinas rebosaban a orillas del malecón, cuando la ciudad apenas contaba con unos cientos de habitantes. En los siguientes días y hasta el 24 de julio se embarcó junto a Héctor Salgado, de veintiséis años, y navegaron hasta donde finaliza el Golfo, en lo que se conoce como la Reserva del Alto Golfo de California y el Delta del Río Colorado; un recorrido de más de mil kilómetros de una región entonces poco explorada, que sirvió como legado en sus crónicas con tintes antropológicos publicadas en El Mar Roxo de Cortés. Biografía de un Golfo (Conaculta, 1951), donde describe este mar como “roxo” por los tonos rojizo y púrpura que levantan en los atardeceres. La leyenda de Jordán se mantiene latente; es una referencia etnográfica, periodística y científica para los estudiosos del mar.  

Con el tiempo, sin embargo, se han desdibujado algunos de estos relatos, en parte por el crecimiento poblacional de la península y el desarrollo urbano, en parte por la insistencia en un modelo turístico similar al de Cancún, que se basa en megaproyectos inmobiliarios de lujo que suelen acabar con los manglares y con pocas regulaciones a la explotación pesquerade grandes industrias, como la sardinera y la atunera. En aquellos días, los de Jordán, no se hablaba de barcos de altura que pescaran de manera masiva; tampoco de empresas mineras que afectaran los mantos acuíferos ni de la defensa del territorio en comunidades cuyos mares tuvieran barreras arrecifales. Mucho menos de un cambio climático que, si bien es global —la temperatura del planeta ha incrementado poco más de un centígrado desde 1880, según el Nasa Earth Observatory, pero tiene posibilidades de tocar los 2.7 en este siglo—, en este caso tuvo impacto desde finales del siglo pasado: un incremento sostenido que ha ocasionado el florecimiento de algas nocivas, el blanqueamiento de corales, el decaimiento de colonias de aves y el colapso de pesquerías. Estas problemáticas parecían impensables en los tiempos en que Jordán surcó el Golfo, un “otro México”, como lo denominó, porque no había otro litoral del interior que se le pareciera; el “acuario del mundo”, como lo llamó Jacques Cousteau durante su travesía para el documental El legado de Cortés (1973). 

Por eso, setenta años después, sumergidos en una crisis que no sólo ha conllevado el aumento de la temperatura sino también la acidificación de los océanos, junto con el fotógrafo Felipe Luna decidimos partir desde la misma bahía que eligió Jordán para conocer algunos de los cambios que ha sufrido el mar. Primero, en una panga para surcar la bahía de La Paz, pasando por el humedal de Balandra y hasta el archipiélago de Espíritu Santo. Luego, en automóvil, por la Reserva de la Biósfera Sierra La Laguna, cuyo polígono protege el manto acuífero que provee agua al estado, y entre sierras y cactáceas, hasta Cabo Pulmo, donde se encuentra uno de los arrecifes mexicanos más importantes, en compañía de un equipo de biólogas marinas. En este mar esperamos encontrar las memorias de Jordán —quien murió en esta región a los 34 años— para comprobar si esos sueños aún sobreviven en tiempos del cambio climático, en los que se ha pasado de la mitigación a la adaptación. 

“Adelante está el mar, en el mar unas islas desconocidas, inéditas…  entre el mar y las islas la búsqueda de un ideal, la satisfacción de un viejo anhelo, la realización de una aventura que tiene una finalidad precisa”, escribió Jordán. 

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