Los argentinos que la dictadura militar trajo a México - Gatopardo

Argentinos al grito de guerra

Historias de los argentinos que la dictadura militar trajo a México

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Año 2011. 24 de marzo. Anochecer tibio de primavera chilanga. Las “islas” de Ciudad Universitaria están cubiertas de jacarandas y de estudiantes que salen de las últimas clases del día. En la explanada de Rectoría, un grupo de chavos despliega una pancarta: “Todos somos hijos de una misma historia”. Sonríen ante la cámara. Ellos saben hacer de la militancia por la memoria y la justicia un ejercicio de alegría compartida. Así es siempre. Cada vez que se juntan para denunciar, para exigir, para “escrachar”, para volver a reflexionar juntos, para apapacharse: lo que gana es la alegría. Son los hijos de desaparecidos. Mejor dicho los H.I.J.O.S. (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). Y ahí están todos (todos los que andan por aquí): los de México, los de Argentina, los de Uruguay, los de Guatemala, los de Perú. Porque finalmente ellos saben que somos hijos de una misma historia. La historia de violencia que ha marcado a nuestro continente.

Hoy, 24 de marzo, anochecer de primavera chilanga, recordamos el golpe de Estado cívico-militar que instauró en la Argentina la más terrible dictadura de la historia de aquel país. Una de las hijas grita: “Treinta mil compañeros desaparecidos”. “Presente”, le responden los demás al unísono. Y yo y otros más que recordamos muchos rostros queridos dentro de esos treinta mil, lloramos.

golpe militar argentino exiliados méxico, int 1

La escritora Sandra Lorenzano.

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Déjenme confesarles que tengo una relación extraña, más bien fetichista con las fotos. No con la fotografía como arte u oficio, o ambas cosas a la vez, sino con esos cuadritos o rectangulitos en los que nos afanamos por detener el paso del tiempo, imágenes que van convirtiéndose en un archivo de lo que ya no somos. Pocas cosas me conmueven tanto como mirar esas fotos –y no tienen que ser ni siquiera de gente conocida–, casi siempre mal enfocadas o mal iluminadas, que toda familia guarda entre sus tesoros más preciados.

Yo, les decía, tengo una relación más bien fetichista con las fotos y quizá se deba a que durante muchos, muchos años la carencia de eso que toda familia guarda fue para mí el símbolo por excelencia del exilio. No tener fotos era no tener huella, no tener testigos…

Y no es que no las hubiéramos tenido alguna vez. Mi padre compró cuando yo nací una vieja cámara (¿era ya vieja en ese momento?) Voigtländer y se dedicó a halagarnos y a torturarnos, en igual medida, con sus afanes de fotógrafo. Es decir que tuvimos nuestras fotos de bebés, del primer día de clases, de las vacaciones en la playa, allá por Villa Gessell, año 1966, en fin… los dos hermanos mayores, después los cuatro, con mamá, con amigos, con los perros… ustedes saben, lo que se dice un buen álbum familiar.

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