El infierno tan temido de Onetti
Hace 20 años murió Juan Carlos Onetti, el gran narrador uruguayo. El autor de La vida breve, El astillero, El infierno tan temido y Juntacadáveres, entre otras grandes obras, vivió entre la amargura existencial y el pesimismo nihilista. Pasó un tiempo en la cárcel, luego en un hospital psiquiátrico y, finalmente, en el exilio. Alguna vez dijo: "A mí hay tres cosas que me gustaron mucho en la vida: emborracharme suavemente, escribir y hacer el amor". Este reportaje reconstruye los pasajes más fascinantes de la existencia de uno de los grandes autores del siglo XX.
diciembre 12, 2014

En 1975 la vida del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti se partió en dos. Junto a su esposa, la violinista argentina Dorotea “Dolly” Muhr, se instaló en Madrid después de que la última dictadura uruguaya (1973-1985) lo encarcelara tres meses por premiar un cuento cuya temática versaba sobre la tortura. Había padecido la prisión en la Jefatura Central, luego en el “Cilindro” —una cancha de básquet— y en un psiquiátrico donde se sumergió en una depresión. Allí, hosco, negándose a comer, se pasaba el día en la cama, leyendo. Tenía 65 años, faltaban cinco para que recibiera el Premio Cervantes y le quedaban menos de veinte por vivir.

El exilio fue dramático y definitivo. No pudo, no quiso, volver a Montevideo ni a Buenos Aires, las dos ciudades que marcaron su biografía laboral y amatoria. Sabía que no las iba a reconocer. Añoraba la bohemia cultural de ambas orillas, el aroma de los cafés, los viejos amigos, la intensidad de la noche. Reconocido en América Latina y Europa, su obra capital, escrita en el Río de la Plata, ya estaba hecha. Para ese entonces su gestualidad y sus palabras habían edificado una leyenda que él ayudó a construir, entre la amargura existencial y el pesimismo nihilista. Onetti es un escritor que desde los títulos promete desgracias, desasosiego y penurias: La vida breve, La muerte y la niña, El pozo, Para una tumba sin nombre, Los adioses, El infierno tan temido, Tan triste como ella.  Su repliegue de la vida pública comenzó a principios de los sesenta en Montevideo, donde nació el 1 de julio de 1909. Por ese tiempo era empleado municipal —Director de bibliotecas— y vivía con su mujer de entonces, Dolly, en el sexto “A” de la calle Gonzalo Ramírez 1497, un departamento de dos ambientes pequeño, frío y sin teléfono en el Barrio Sur, a dos cuadras del Cementerio Central de la ciudad y a metros de la rambla. En la actualidad es un edificio sencillo, recubierto de laja. Por entonces, él y su mujer tenían un calentador, una heladera y pocos muebles. Onetti tenía un trato cordial, de pocas palabras, con sus vecinos que lo ubicaban como “el esposo de la violinista”.

Dolly pasó a máquina todos sus manuscritos desde La vida breve (1950), señalando las repeticiones, los ritmos que se atoraban. Le afilaba los lápices y los dejaba alineados en la mesa del dormitorio. Onetti escribía en cuadernos escolares, el vaso en la izquierda, el codo apoyado en la cama. Cuando se le ponía rojo, Dolly le ponía cremas. Casi no corregía porque escribía lento, letra por letra, mientras tomaba un trago. En ese departamento vivieron hasta 1974. No tuvieron hijos.

—Me hubiera gustado tener un hijo con Juan, pero no llegó. Pienso que fue para mejor —dice Dolly, ahora de 89 años en su casa de Olivos, en la provincia de Buenos Aires—. Me hubiera complicado la vida. Quería que siempre estuviera con él. A Juan le gustaba jugar, la parte linda. No la crianza.

Se conocieron a finales de los cuarenta en Buenos Aires. En una entrevista al escritor, compilada en el libro Estás acá para creerme (Cal y Canto, 2009), la periodista uruguaya María Esther Gilio mantiene un diálogo breve con Dolly, que cuenta así la impresión que tuvo la primera vez que lo vio:

“—Cuando nos conocimos, Juan estaba casado y yo estaba embalada con alguien. Y cuando digo embalada digo que en mi cabeza solo existía el motivo de mi embale.

—Pero de pronto…
—pero de pronto aquel hombre flaco, elegante, de ojos gris-verdoso (…). Lo que a mí me atrajo, y eso lo tengo claro, fue su misterio. Eso fue lo que me sedujo por sobre todas las cosas. Lo que me deslumbró.

—¿En qué sentido te resultaba un hombre misterioso?
—En el sentido de que nunca podías prever que haría (…) Cuando lo conocí, yo quedaba muda, deslumbrada, escuchando las cosas que hablaba con sus amigos. Y además, los temas. Amor, traición, pasado. Hablaba de las cosas que realmente importan”.

Dolly nació el 8 de junio de 1925. Proviene de una familia de inmigrantes con sensibilidad musical, afines a la lectura. Su madre era inglesa y tocaba el piano; su padre, austríaco, fue un músico frustrado: se ganaba la vida como comerciante, pero supo tocar el violín, el cello y la viola. Con sus hijas se comunicaban en inglés, y Dolly con Nessy, su hermana, siempre en español.

—Yo siempre tuve mi vida de música. Soy melódica de oído y mi hermana es armónica —dice Dolly—. Ahora estudio composición y piano. Juan siempre decía: “Agradezco que mi mujer tiene otra profesión que la mía”. Creo que es mejor. Lo peor que puede pasar es que los dos trabajen en el mismo lugar.

Dolly fue violinista de la orquesta del Sodre (Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica) en Montevideo, y luego, cuando se exiliaron, ingresó a la Orquesta Sinfónica de Madrid, donde tocó durante 16 años. Onetti dedicó a Dolly la novela La cara de la desgracia (1960) con estas palabras: “Para Dorotea Muhr: Ignorado perro de la dicha”.

—El perro da enorme felicidad a su amo —dice Dolly—. Ignorado… no sé, es difícil explicar… Cuando uno está muy cerca del otro, hay uno solo. Tiene que ver con la relación del perro y el amo que son uno solo también. Él me dijo que iba a hacer esa dedicatoria y estuve de acuerdo.

Tras la muerte de Onetti, en los años noventa, Dolly volvió a la casa familiar que construyeron sus padres. Es amplia, antigua y confortable, con habitaciones espaciosas. Allí vive con su hermana Nessy. En la sala de música, de ventanales altos que dan al fondo, tiene dos pianos y fotos de Onetti por todos lados: Onetti, Onetti con Dolly, con Dolly y Borges. Una docena de gatos pululan entre los tilos altos y frondosos, poblados de hojas verdes y amarillas. De tanto en tanto, pasa el tren y deja una estela de ruido momentánea, lo único que interrumpe el silencio en esta zona apacible de Olivos. Dolly reparte su vida entre Buenos Aires y Madrid. Casi no viaja a Uruguay. Dice que se angustia mucho.

Onetti nació en una familia humilde de clase media modesta en el Barrio Sur de Montevideo. Vivió una infancia moderadamente feliz junto a sus hermanos, Raúl y Raquel, con quienes compartía los juegos de la infancia y algunos pocos libros que circulaban en calidad de préstamos entre las familias del barrio. Su madre, Honoria Borges, criada en Brasil, era fanática de Alejandro Dumas; y Carlos, su padre, encargado de un depósito de la Aduana montevideana, era un lector de novelas policiales. La fascinación por leer y contar historias lo atrapó en la niñez. En ese entonces el público eran sus hermanos. Les contaba con esmero, dedicación y misterio las novedades de la Primera Guerra Mundial que se publicaban en los diarios o inventaba historias a partir de aquellas noticias. Terminó el primario pero abandonó el secundario. Se escapaba para leer las obras completas de Julio Verne, se iba al puerto, caminaba y pasaba las horas de clase viendo a los barcos entrar y salir; pensaba que las maestras eran burras, brutas, que perdía el tiempo en la escuela.

“Un día su padre salió de su oficina en el puerto y lo encontró sobre unas bolsas, con la valija escolar a un lado. Cuando le preguntó qué hacía, le respondió con una franqueza que disipó el reproche y su miedo al castigo. Lejos de hacerlo, el padre lo invitó a tomar un vermut en un bar cercano y por repugnante que le pareciera, Onetti bebió aquel trago ambiguo para el que no estaba preparado”, se lee en Construcción de la noche (1993), biografía que escribió sobre Onetti el escritor argentino Carlos María Domínguez.

Hubo más mudanzas y más libros. En Colón, un pueblo que actualmente es parte de Montevideo, terminó de soldar para siempre su entusiasmo por las lecturas gracias a la influencia decisiva de un hombre jubilado, casado con la prima de su padre, que leía en la cama y era dueño de una biblioteca que incluía la colección de las aventuras de Fantomas. Onetti se enamoró de esos tomos que el pariente le prestaba de a uno por vez. Aquel familiar lo recibía en penumbras, apenas con una vela encendida para leer. Onetti no podía imaginar que esa gestualidad taciturna lo iba a influir como un juego de espejos hasta el fin de sus días. “Leer en todo momento de inactividad, leer hasta que mis ojos protestan, allá por la madrugada y es necesario tomar una pastilla y esperar otras lecturas, otras formas de soñar”, escribió en 1978.

A los 16 años, con poco dinero en los bolsillos y sin el secundario completo tuvo que trabajar. Fue ayudante de un dentista, albañil, mozo y empleado de una empresa de neumáticos. Con dos amigos fundó la revista La tijera de Colón donde publicó sus primeros textos, en 1928, a los 19.

Onetti tuvo tres matrimonios antes de su vida con Dolly. Se casó a los 21 años con María Amalia y después con María Julia, que eran sus primas, y hermanas entre sí. Con la primera tuvo a Jorge, que fue escritor y periodista y murió en 1998. Onetti no dejó testimonios sobre estos vínculos. Sólo anécdotas sueltas que hablan de una época de poco dinero. Elizabeth Pekelharing, “La Peke”, o “la holandesa”, fue su tercera esposa. Había llegado a la Argentina en 1936, a los 14 años, junto a sus padres. Alta y delgada, de pelo castaño claro, conoció a Onetti en Buenos Aires. Al tiempo, tuvieron a Isabel María “Litty” Onetti, que nació el 26 de julio de 1951. Y luego el azar, el destino, hizo de las suyas: Dolly se cruzó a Onetti por primera vez en la calle mientras él paseaba con “La Peke” por Olivos. Ellas se conocían de la escuela. Dolly, violín al hombro, dejó intrigado a Onetti y “La Peke” los presentó.

—La relación entre mis padres duró lo que pudo durar. No fue culpa de Dolly —dice Litty Onetti—. Él no tenía las condiciones ni las podía generar para tener una niña. La convivencia estaba alterada. Vivíamos en un lugar muy chico en San Telmo y mi padre quería dormir, escribía de noche. La única luz era la de la persiana, mi madre me sacaba a la plaza. El vínculo era insostenible con Dolly o sin ella.

Onetti siempre tuvo un costado anarquista. Colisionaba con el orden burgués, y con “La Peke” discutía por todo: el orden de la casa, el cuidado de Litty, los horarios para escribir. El vínculo entre Litty y Onetti fue tenso, dificultoso, signado por la distancia. A veces se escribían cartas, siempre se trataban de usted y con sorna. Él había dejado el departamento de San Telmo cuando su hija tenía menos de tres años, y al tiempo partió a Montevideo para vivir con Dolly. A veces, aparecía como un fantasma: una voz en el teléfono que la llamaba para el día de su cumpleaños. Él no lo sabía, pero para Litty era dramático oír su respiración. Tenía terror de atenderlo.

—Mi mamá hizo una cosa muy hermosa y Dolly también estuvo a la altura: siguieron con el vínculo —dice Litty—. Dolly venía una vez al mes desde Montevideo a ver a su hermana y a su madre. Antes de regresar, iba a la Avenida Corrientes y le compraba libros a papá. Entonces aprovechaba y pasaba por la casa de San Telmo y nos visitaba. Charlaban como buenas amigas. Siempre traía una torta que preparaba su madre. Con Dolly tengo un vínculo de afecto. Mi mamá con ella siempre tenía un pequeño subtexto, entre cariñoso y burlón.

En el libro Confesiones de un lector (1995), Jorge Onetti recuerda en el prólogo cómo era la vida de su padre en esa época. Detalla su gestualidad, el vínculo con la escritura. “Puedo volver a verlo. El torso desnudo en aquel pegajoso domingo de verano, apresado en su departamento del barrio Sur de Buenos Aires tan mezquino de espacio que le apretaba en las sisas y la entrepierna. Un habitáculo, no mayor que el pozo de Eladio Linacero, donde Jota Carlos Onetti —así prefería el sonido de su nombre—, yacente y silente, era sólo un hombre solitario amputado de paisajes que leía y fumaba indiferente a ese lugar de la ciudad como cualquier otro del mundo o del universo (…) El lomo curvado como el de un oso sobre su presa: un cuaderno o unos cuantos folios en blanco y un manojo de lápices con puntas quirúrgicas. El cigarrillo humea olvidado. Me atrapa la certeza de que, si es perturbado, dará la dentellada por respuesta. Se había convertido de pronto en un zombi total porque, cuando escribía para él, no existía nadie: ni el lector ni el crítico, ni la familia”.

Cualquiera puede entrar en YouTube y verlo. Onetti de traje, un modo de hablar cadencioso, mirada escrutadora, la voluta del humo del cigarrillo que se deshace, lenta, como sus gestos, y el vaso de whisky en la mano. En una habitación con paredes repletas de fotos y un cuadro de Gardel y libros apilados en una mesa pequeña. Despeinado y barbudo, dentro de la cama en camiseta. Habla de prostíbulos y de sus personajes más célebres, lee fragmentos de sus novelas, echa humo por la nariz, mueve sus manos delgadas de dedos largos. “A mí hay tres cosas que me gustaron mucho en la vida: emborracharme suavemente, escribir y hacer el amor”, le dijo Onetti a María Esther Gilio.

—La literatura de Onetti está apoyada sobre la intimidad. Y muchas de las historias que cuentan sus libros nacen de experiencias personales —dice Carlos María Domínguez—. Los elementos biográficos que dieron origen a esas historias eran relevantes para entender la obra. Onetti era capaz de ser honesto y a la vez muy cruel.

Onetti fue amigo de otros autores. Aquí, con Juan Rulfo en 1969.

Onetti fue amigo de otros autores. Aquí, con Juan Rulfo en 1969.

Entonces Onetti puede estar acá: “El amor es maravilloso y absurdo e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden. He leído que la inteligencia de las mujeres termina de crecer a los 20 o 25 años. No sé nada de la inteligencia de las mujeres y tampoco me interesa. Pero el espíritu de las muchachas muere a esa edad, más o menos. Pero muere siempre; terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo”. (El Pozo, 1939). O acá: “Sospechó, de golpe, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar”. (El astillero, 1961).

—Lo conocí cuando yo tenía 21 años y él más de cincuenta. Pero era como que teníamos la misma edad. Onetti era tímido pero cuando había una buena amistad, se le acababa la timidez —dice el escritor uruguayo Enrique Estrázulas—. Constantemente hablaba de minas, decía palabrotas y cantábamos tangos. Carlitos era un tremendo gardeliano. El tango para él era Gardel. Yo cantaba bastante bien y él muy mal. Acá cerca, en Montevideo, tomábamos copas en el bar de un gallego que era su amigo. Hablábamos de la vida, de muchísimas cosas y muy poco de literatura.

—Sólo una vez lo entrevisté —dice el escritor uruguayo Jorge Ruffinelli—. Me pidió que le llevara una botella de vino. Comenzó a beber y a contestar las preguntas. En un momento se quedó callado. Insistía en el silencio, hasta que me indicó con gestos que la botella estaba vacía. Entonces bajé al almacén de la esquina a comprar otra.

—Vamos a poner las cosas como son. Cuando escribía no escribía borracho —aclara el dibujante uruguayo Hermenegildo Sábat—. Estaba en total gobierno de su inteligencia y de su arte. Había dividido, digamos, la parte de su consumo de alcohol y de su escritura. Era solitario, hablaba poco, elegía con quien estar, trataba de asustar para que lo dejaran tranquilo.

—Nadie realmente pesimista construye una obra como la de Onetti —opina Domínguez—. La creación implica una apuesta por el logro humano. Es cierto que el clima de sus textos orilla lo sórdido, lo corroído, la corrupción. Hay que tener cierto estómago para resistir esa fuerte melancolía. Pero no hay que confundir la ambientación de la obra con los temas.

No sólo Montevideo fue crucial en la vida de Onetti. En Buenos Aires, donde nacieron sus hijos, vivió entre 1930-1939 y 1941-1955, y consolidó un vínculo que lo persiguió como una sombra. En ambas ciudades fue periodista y escribió sus cuentos y novelas más recordados; en ambas desarrolló una vida amatoria prolífica y enredada; en ambas fue parte de la bohemia de la época. Los bares La Helvética, Politeama y el Foro, sobre la porteña Avenida Corrientes, y el Metro, el Tupí Viejo y el Monterrey, en su ciudad natal, lo cobijaron desde la tarde hasta la madrugada. Allí se vinculó con intelectuales que le publicaron sus primeros textos mientras no podía salir de su situación laboral errante, que lo tenía a maltraer por etapas. Cuando no trabajaba en un diario o revista, hacía cualquier cosa: trabajó en un taller mecánico, en una empresa agrícola y vendió entradas en el estadio Centenario de Montevideo. En 1933 ganó, con el cuento “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo”, un concurso del diario La Prensa, de Buenos Aires. El año siguiente su amigo Italo “Kostia” Constantini le presentó a Roberto Arlt, que trabajaba en el diario El Mundo. Onetti admiraba secretamente al autor de Los siete locos y de las Aguafuertes porteñas. Fue con la ilusión de que lo ayudara a publicar El pozo, su primera novela. Arlt leyó el texto frente a Onetti que lo miraba en silencio. Dictaminó que era buena y se fueron a beber al bar de la esquina. Al tiempo, la promesa de Arlt se diluyó. Onetti siguió escribiendo y conoció a Eduardo Mallea, a cargo de la página cultural del diario La Nación, donde publicó varios cuentos: “El obstáculo” (1935), “El posible Baldi” (1936), entre otros. Recién en 1939 se publicó El pozo, una novela que se convirtió en una de las más valoradas de toda su obra. El personaje principal, Eladio Linacero, de 40 años, emprende sus memorias con melancolía y escepticismo, con una mirada lúgubre de la vida.

La barra de la alegre caravana. Con este nombre recordaba Onetti al grupo que se juntaba en los bares de Montevideo, especialmente en Café Metro. Eran intelectuales, artistas plásticos, críticos de cine, escritores. Carlos Maggi, Manuel Flores Cora, Mario Benedetti, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama, José Pedro Díaz, Carlos Martínez Moreno, el propio Onetti y Casto Canel, entre otros, participaban de esas tertulias y quedaron en la historia como la Generación del 45.

Tradujeron a los autores europeos y norteamericanos de posguerra, eran asiduos colaboradores de Marcha y de otras revistas de la época como, Asir y Número. En estas publicaciones también escribía la poeta uruguaya Idea Vilariño, que tiempo después iba a tener una relación intensa con Onetti —”el último hombre de quien debí enamorarme”— mientras él vivía con Dolly.

—La nocturnidad es central en su vida —dice Domínguez—. En el café compartían la idea de que la noche estaba más cargada de intensidad que el día. Era un mundo de hombres muy entrelazado con lo femenino, con la conquista de las mujeres. Eso lo llevó a su obra, que está llena de sordidez sexual pero nunca es grosero.

“Entonces la muchacha murmuró ‘pobrecito2019 como si fuera mi madre, con su rara voz, ahora tierna y vindicativa y empezamos a enfurecer y besarnos. Nos ayudamos a desnudarla en lo imprescindible y tuve de pronto dos cosas que no hubiera merecido nunca: su cara doblegada por el llanto y la felicidad bajo la luna, la certeza desconcertante de que no habían entrado antes en ella”, escribió Onetti en La cara de la desgracia.

Pequeña, agobiante, desesperanzada y melancólica con un río casi inmóvil, un prostíbulo y un astillero. Así es Santa María, la ciudad que creó y pobló de sus personajes más recordados (Larsen, Brausen, Díaz Grey, Gertrudis). Apareció por primera vez en el cuento “La casa en la arena” (1949) y se consolidó en La vida breve, novela de estructura compleja que marca un quiebre en su narrativa, una etapa de madurez. Comienza con un publicitario en Buenos Aires que construye una identidad paralela, se escapa y se refugia en Santa María, un espacio intermedio entre Buenos Aires y Montevideo. En esta ciudad, Onetti crea otra realidad hecha de ensoñaciones y frustraciones y edifica gran parte de su obra posterior.

Siguió con su trabajo periodístico en Buenos Aires hasta 1955. En estos últimos años estuvo en la revista Vea y Lea y en Ímpetu, una publicación publicitaria. Luego partió a Uruguay con Dolly, entusiasmado por el triunfo presidencial de Luis Batlle Berres, líder del Partido Colorado, quien le ofreció hacerse cargo del diario oficialista Acción con la promesa de que luego lo enviaría de agregado cultural a París. Finalmente, nada de eso sucedió, pero Onetti fue compensado con un cargo que le dio estabilidad laboral en Montevideo: director de Bibliotecas municipales.

La década del los sesenta fue crucial y paradójica. Vivió un apogeo editorial al calor del boom latinoamericano, tanto en Argentina como en Uruguay, y a la vez un ostracismo personal. La reedición de El Pozo en 1965 en la editorial Arca —sólo se había publicado una vez en 1939—, con prólogo del crítico literario Ángel Rama, fue un acontecimiento que tuvo eco en la prensa. El mismo sello también editó El astillero y otras obras.

—Tuve la oportunidad de conocerlo cuando entré a Arca en el año 66, a los 18 años. Ya existía la leyenda de que era un hombre difícil —dice la escritora uruguaya Alicia Migdal—. Fue reconocido por la crítica especializada, pero nunca fue popular. Lo visitaba en la biblioteca donde trabajaba y si él llamaba por teléfono a la editorial preguntaba “por la voz”, que era yo, entonces lo atendía. Le decíamos “el viejo”.

La obra de Onetti también fue parte del catálogo del Centro Editor de América Latina (CEAL), editorial que fundó Boris Spivacow en Argentina en 1966. Sus Cuentos completos (1967), La novia robada y otros cuentos (1968), Las máscaras del amor (1968),  Cuentos (1968), Cuentos de dos orillas (1971), entre otros, fueron publicados en diversas colecciones. Varias cosas conspiraron en su repliegue de la vida pública. Es posible que no tolerara la pérdida de la juventud, que extrañara la tertulia de “la alegre caravana”. Vivía lejos de los hijos, por largos períodos ni siquiera iba a su empleo en la municipalidad. Gran parte del tiempo lo pasaba con Dolly en el departamento de la calle Gonzalo Ramírez. Primero leía el diario, luego libros, después escribía. La escritura era su vicio, su obsesión. Lo visitaban, pero no abría la puerta: para eso estaba Dolly. Y él  recibía en la cama, rodeado de una nube de humo, con una botella de whisky al alcance de la mano. Si Dolly no estaba, pasaba un papel por debajo de la puerta con la frase “Onetti no está” escrita con su puño y letra.

—Retomé el contacto con él en la adolescencia cuando viajé a Montevideo a conocer a mi familia extendida —dice Litty—. Pero nuestro vínculo siempre fue difícil. Lo encontraba en la cama, sintiéndome examinada. Más adelante, en España, también lo visité. Mi marido es un hombre cuyo aspecto y cuya vida son muy contrastantes con las de mi padre, y eso también era un mensaje. Era como decir: no fuiste mi modelo, no me interesa tu propuesta. Mi marido era Pater familia, proveía las cosas, todo funcionaba, había un horario, era ingeniero. Esa elección fue intragable para él. Hablábamos bastante de las máscaras, como reconociendo que ambos las usábamos. Él me decía: ‘quisiera verte sin máscaras2019… Mi nombre de guerra es Litty Mora. Eso no lo cambio. Onetti lo uso para los trámites, para comprar pasajes.

Pero a veces Onetti salía. Una noche bajó de un taxi en la puerta de su casa. Un hombre cantaba tangos sentado en el escalón del edificio. Onetti se acercó con el chambergo puesto, el sombrero en la mano y escuchó en silencio “No placé”, que hizo famoso Raúl Berón. “…Me pasé una temporada / al cuidado de tus patas / Te compré una manta nueva / y hasta apolillé en el box / Relojeandote el apronte / la partida a palo errado / Yo no sé quién me ha engañado! / Si fuiste vos o el reloj!…”. “Estarás en pedo, pero que cantás bien, cantás bien. Vení, te voy a dar algún trago más, de repente te doy agua así te dejás de joder”, invitó Onetti.

—No tenía idea que el tipo del sombrero era Onetti. Yo era un pendejo que había aparecido de casualidad —dice Estrázulas mientras recuerda cómo conoció al autor de El astillero—. Entonces subimos y conversamos. Le conté a Onetti lo que me pasaba. Yo venía del velorio del padre de la chica que me gustaba. Y me había quedado con el complejo de que el acercamiento había sido demasiado erótico, como que yo había aprovechado la situación de la muerte del padre para tenerla entre mis brazos. A Onetti la historia le interesó mucho. Escuchaba y preguntaba cómo era la chica, el asunto, él quería saber. Me hacía repetir el tema, interrumpía.

Idea Vilariño conoció a Onetti en la década del cuarenta. Fueron amantes intermitentes durante años. Ella le escribió poemas como este: “Ya no será / ya no /no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche / no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui” y dedicó a “Juan Carlos Onetti” el libro Poemas de amor (1957) pero quitó la dedicatoria en las siguientes ediciones; él dedicó “a Idea Vilariño” Los adioses (1954) para siempre.

—Yo quería que Juan fuera feliz —dice Dolly—. Tenía un apetito enorme por la vida y un especial interés por las mujeres. Antes de mí, era famoso por ser mujeriego. Tenía una cosa mágica de atracción. Como escritor y como persona tenía una curiosidad, él necesitaba todo eso, le hacía mucho bien. Si yo le hubiera dicho que no a su relación con las mujeres, hubiera sido egoísta, además nunca tuve celos. Sólo tuve una vez porque apareció una chica muy parecida a mí. Esos vínculos le aportaban muchísimo para su obra y él me contaba. Las mujeres por lo general no entienden mi postura. Hay mujeres que revisan los bolsillos, se ponen locas. Con Idea Vilariño tuvo una relación muy apasionada. Era algo que yo no le podía dar. Era una poetisa, un talento, una maravilla. Estaba locamente enamorada de Juan. Cuando él estaba libre, antes de estar conmigo, se podrían haber casado, pero no lo hicieron porque sabían que era una relación demasiado explosiva. Hay relaciones de fines de semana, clandestinas, que duran mucho porque no hay convivencia. El arte es convivir y que siga el amor. Porque siguió hasta el final.

—Otra amante fue Martha Canfield —dice Domínguez—. Dolly ha dicho: ‘nuestra relación es diferente2019. Es como una especie de maduración interior para sostener esos vínculos al borde del infierno y encontrarle una condena y un beneficio.
—Dolly se ganó todos los Oscar de fidelidad —dice Sábat—. La última vez que lo vi estaba a los berridos: Dollyyyyyy. Y Dolly traía una botellita de vino. Su vínculo con Idea Vilariño estuvo a la vista y paciencia de Dolly. Ella aguantó todo eso.

—A Idea la fui a conocer poco antes de que muriera —dice Litty—. Se me dio, tuve ganas. A esa altura estaba leyendo sus poemas. La pasión por mi papá la seguía teniendo. Hablaba de él todo el tiempo. Me trató con mucho cariño, me dedicó libros, estaba feliz de haberme conocido. Para ella mi papá fue muy importante. Me contó el dolor que sintió cuando él le dijo brutalmente que se iba a Buenos Aires para casarse con Dolly.

—Idea era una mujer muy compleja —dice Migdal—. Fue muy atractiva y misteriosa. El encuentro entre ellos fue muy importante para los dos. Hasta el final se encargó de colocar a Onetti en el centro de su vida amatoria. Dolly lo cuidaba, hacía todo en la casa: era el cable a tierra, el sentido común, el sentido de realidad, siempre fue muy sensata. Con Idea se hubieran matado, hubiera sido difícil.

Por premiar el cuento “El guardaespaldas” del escritor uruguayo Nelson Marra en un concurso que organizó Marcha, la dictadura militar encarceló a Onetti el 11 de febrero de 1974 durante tres meses. También fueron presos el director del semanario, Carlos Quijano; el secretario de Redacción, Hugo Alfaro; la escritora Mercedes Rein, miembro del jurado y el autor del cuento. Dolly, Estrázulas y otros amigos intentaron vericuetos legales para que Onetti quedara en libertad. A la vez, Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez se manifestaron contra la dictadura. Tamaña presión hizo que el régimen aceptara trasladar a Onetti a un psiquiátrico, donde continuó el cautiverio hasta el 14 de mayo. Hasta allí, una tarde fue a visitarlo Idea Vilariño. Sobre ese encuentro ella escribió un texto que entregó a Domínguez para que incluyera en la biografía. Una parte dice así: “Entre otras cosas le dije: ‘tuve años tu robe de chambre, aquella que fue de no sé quién, y que tú usaste, colgada allí, recordándote. Durante mucho tiempo la olía a veces, hundía la cara en la seda, hasta que se perdió aquel olor2019 (…) Y volvía al silencio. Y se mordía el labio. Y temí que iba a llorar. Y pensé que era tal vez la última vez que lo veía en mi vida”. Después la besó con “el beso más grande más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme”.

Cuando Onetti dejó el sanatorio, vivió con Dolly en una casa en la calle Bonpland 598 por pocos meses. El Instituto de Cultura Hispánica le ofreció una beca que implicaba mudarse a España y enseguida la aceptó. Afincado en Madrid, Onetti nunca más volvió a Montevideo ni a Buenos Aires. El inicio del exilio fue dramático, porque no podía escribir. El recuerdo de la cárcel, su vida alejada del Río de la Plata, los amigos ausentes: todo eso lo fue hundiendo en la cama. Con la beca y el trabajo de Dolly en una orquesta pudieron subsistir. Después empezó a colaborar con un artículo mensual en la Agencia EFE y poco a poco volvió a escribir. Apadrinado por Carmen Barcells, la gran editora del boom, su obra resurgió.

—Extraño verlo caminar y verlo tan silencioso. —Caminaba de una manera muy especial. Trataba de asustar a la gente para que lo dejaran vivir tranquilo— dice Sábat.

Yo nunca he sabido hablar ni bien ni regular. La elocuencia, atributo muy hispánico, me ha sido vedada. Hablo mal en privado, por eso hablo poco en las pequeñas reuniones de amigos, y hablo peor en público, por lo cual sería mejor para ustedes que no les dijera nada”. Luego de saludar con estas palabras, Onetti inició el discurso de aceptación del Premio Cervantes el 23 de abril de 1981 en la Universidad de Alcalá. Habló del amor y de la comprensión que había recibido al llegar a España, de la infinidad de veces que había leído el Quijote. El premio constaba de 10 millones de pesetas y él quiso guardarlas debajo del colchón. Pero ahí estaba Dolly”.

—”Tenemos que invertir”, le dije a Juan —recuerda Dolly—. Compramos dos oficinas y un departamento con terraza de 100 metros cuadrados. Era mucho dinero. El departamento lo tengo alquilado. Ahora vive una pareja que son muy admiradores de él.

—Cuando ganó el Cervantes me alegré enormemente —dice Litty—. Era más que merecido. El discurso es un hermoso discurso, de un caballero. Dolly le alquiló el traje a ojo. Era como un chico que no ayudaba. Leer a mi padre es un viaje de ida. Va hasta el fondo. Es corrosivo, desesperanzado. Te produce una confusión y no te consuela. No es como Dickens que te lleva a los horrores y todo luego se acomoda. Onetti te sacude y te abandona. Su escritura es muy linda, ese es el dulce por el cual entrás. Y decís: ‘¿Dónde me metí?2019. Autoayuda no hay por ningún lado. Lo leí bien, lo padecí. Me costaba leerlo porque él estaba ahí.

Dejemos hablar al viento
(1979), Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993) son las novelas que publicó en el exilio. Dos veces le ofrecieron volver a Uruguay en democracia y se negó. No quiso retornar a un país que iba a desconocer. En los últimos años, una inyección mal aplicada le produjo una gangrena, derivó en una septicemia y lo dejó sin poder caminar. Por fuertes dolores hepáticos lo internaron en una clínica de Madrid el 26 de mayo de 1994 y el lunes 30, murió. Tenía 84 años.

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