Juan Rodríguez es cubano, sobrevivió la explosión de Chernóbil y vive en Venezuela

Máscaras de supervivencia

La vida de Juan Rodríguez Marrero ha sido un constante ajetreo. Además de ser Juan, es Jorge, Jeirgif y Jaime. Aclara que cada persona es un estallido y es que él es un cubano, que sobrevivió al desastre de Chernóbil y hoy vive en Venezuela.

Algunos hombres nacen siendo muchos hombres y, para poder combatir esa multiplicidad de talantes, aprenden a hacerse de máscaras: máscaras de supervivencia, máscaras de alteridad, máscaras de diferencia. No obstante, creer que son hombres inauténticos no es más que una ficción, básicamente imperdonable. El hecho de que un día sean X y al siguiente sean Y y después Z, los hace artistas. Simples y escuetos artistas o, lo que es lo mismo: seres tocados por la gracia infinita de la creatividad y la invención.

Ahora bien, este tipo de hombres llevan a cuestas algo especial que, incluso, supera el devenir estético y sensible del cual son víctimas todos los buenos artistas. Algo que es muy poco frecuente en la gente normal que, un viernes, después de la jornada laboral, se va a cantar, bailar y brindar como si no hubiera mañana: son seres camaleónicos que no siguen una vida puntual o un destino preestablecido, porque están hechos de acontecimientos, de contextos y, por tanto, pululan como bacterias, siendo esa vacancia, esas idas y vueltas por incontables situaciones, las que los van volviendo resistentes, o inmunes, a todo. Incluso a lo más impensable: una detonación nuclear, por ejemplo.

Estos hombres son la corriente invisible de la humanidad. Aquella que se mueve libremente y sin aspavientos en la historia que todos conocemos gracias a los libros y a las películas. Aquella que sucede de modo artificioso en nuestras cabezas y, por supuesto, muy separada de nuestras conciencias.

Juan Rodríguez Marrero contempla la Plaza Venezuela, un espacio sin tiempo ubicado en algún recodo neurálgico de la ciudad de Caracas. Un punto de contacto y choque zombi. Juan también es Jorge, Jeirgif y Jaime. Aclara. Cada persona es un estallido, dice, como si estuviera presenciando un espectáculo de fuegos artificiales. No –continúa- cada persona es más bien una ola…

Tres minutos después de su máxima aun esperaba que concluyera la facilísima metáfora en la que había caído. Esperaba que cerrara ese lugar común con algo que tuviera que ver con el mar, el océano o, por lo menos, un lago sin orillas visibles. Pero no. El viejo siguió sumergido en un mutismo impenetrable. En una necia contemplación, digamos, filosófica

— Juan: ¿Quién eres hoy?

— Soy Juan ¿Por qué hoy no sería así?

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