Máscaras de supervivencia
Juan Rodríguez es cubano, sobrevivió al desastre de Chernóbil y hoy vive en Venezuela.
marzo 26, 2019

Algunos hombres nacen siendo muchos hombres y, para poder combatir esa multiplicidad de talantes, aprenden a hacerse de máscaras: máscaras de supervivencia, máscaras de alteridad, máscaras de diferencia. No obstante, creer que son hombres inauténticos no es más que una ficción, básicamente imperdonable. El hecho de que un día sean X y al siguiente sean Y y después Z, los hace artistas. Simples y escuetos artistas o, lo que es lo mismo: seres tocados por la gracia infinita de la creatividad y la invención.

Ahora bien, este tipo de hombres llevan a cuestas algo especial que, incluso, supera el devenir estético y sensible del cual son víctimas todos los buenos artistas. Algo que es muy poco frecuente en la gente normal que, un viernes, después de la jornada laboral, se va a cantar, bailar y brindar como si no hubiera mañana: son seres camaleónicos que no siguen una vida puntual o un destino preestablecido, porque están hechos de acontecimientos, de contextos y, por tanto, pululan como bacterias, siendo esa vacancia, esas idas y vueltas por incontables situaciones, las que los van volviendo resistentes, o inmunes, a todo. Incluso a lo más impensable: una detonación nuclear, por ejemplo.

Estos hombres son la corriente invisible de la humanidad. Aquella que se mueve libremente y sin aspavientos en la historia que todos conocemos gracias a los libros y a las películas. Aquella que sucede de modo artificioso en nuestras cabezas y, por supuesto, muy separada de nuestras conciencias.

Juan Rodríguez Marrero contempla la Plaza Venezuela, un espacio sin tiempo ubicado en algún recodo neurálgico de la ciudad de Caracas. Un punto de contacto y choque zombi. Juan también es Jorge, Jeirgif y Jaime. Aclara. Cada persona es un estallido, dice, como si estuviera presenciando un espectáculo de fuegos artificiales. No –continúa- cada persona es más bien una ola…

Tres minutos después de su máxima aun esperaba que concluyera la facilísima metáfora en la que había caído. Esperaba que cerrara ese lugar común con algo que tuviera que ver con el mar, el océano o, por lo menos, un lago sin orillas visibles. Pero no. El viejo siguió sumergido en un mutismo impenetrable. En una necia contemplación, digamos, filosófica

— Juan: ¿Quién eres hoy?

— Soy Juan ¿Por qué hoy no sería así?

Chernobyl

Fotografía de Wendelin Jacober

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Venezuela se mece bajo la tutela de un poder extático y terrorífico. Para comprender esto pensemos en una casa sin madre, con dos padres enemigos y un abuelo muerto que aparece y desaparece, que está y no está. El resto de la familia calla y solo sabe hacer bulla cuando alguna esquina de ese triángulo bendito la pide. Nadie sabe a quién seguir ni para dónde agarrar ni qué pensar. Lo único fehaciente es que hay que seguir viviendo, aun cuando todo camino es contravía y cualquier imagen engañosa, y más, mucho más, cuando se vive tan lejos del futuro y anclados en un presente que se niega a salir del pasado.

Venezuela es un espectro de país en el que todo sucederá justo después de algo que nadie sabe precisar bien qué es. Desde hace dos décadas no pasa nada en el momento actual, en el ahora, algo que enroque la realidad, que le cambie los faroles a la miopía. No pasa nada porque todo está aplazado, derivado a un tiempo tan ilusorio como indefinido en el que los años no tienen cabida, en donde todo es urgencia y espera, premura y angustia.

Así las cosas, este sería el estado de la preocupación general: Venezuela es un espectro de país, pero país, al fin y al cabo. Si se va para adentro del ánimo nacional algo se está traicionando y si se va hacia afuera a algo se está renunciando. Y nada de esto tiene que ver con el ramplón dilema de si quedarse en el país o huir de él. Todo esto es un tema de magnitudes absolutamente metafísicas: un túnel en el cual no hay luz, ni siquiera en la salida, porque toda salida –si es que la hay- primero es virtual y, luego de ser mercantilizada, solo después –supongamos- será esplendorosa.

En esta medida, el afuera representa adherirse cabalmente a la imagen liberadora, bien oliente y bien vestida, sonriente, internacionalista y joven de Juan Guaidó. Mientras el adentro significa recogerse totalmente hasta la impertérrita efigie de un comandante que desde que no está se volvió más que omnipresente: una suerte de semidiós. En medio de ambos, permanece Nicolás Maduro, encarcelado en su cuerpo, extraviado en un poder endeble y lidiando con un desarreglo que parece exprimirle la existencia.

El vivo personifica, naturalmente, las necesarias pero complejas ideas de progreso, pujanza y cambio. El muerto no encarna otra cosa diferente a la esperanza, a la condensación de una fe que se mueve hacia todos lados. Y el otro da largas a promesas que, además de delirios, también son amenazas.

De cualquier manera luz sí hay, siempre, eso de que el túnel no tiene luz es una mentira, pero una mentira verdadera: para uno son los focos del mundo los que lo iluminan, para el otro son las auras divinas las que lo irradian y el último, más que alumbrado, está siendo calcinado por el sol caribeño. Sea como sea, son tres convicciones próximas pero substancialmente extrañas.

— La gente pierde mucho el tiempo confiando en los muertos y sospechando de los vivos ¿entiende? –dice Juan mientras intercambiamos todas estas ideas que seguramente nada tienen que ver con la realidad actual de Venezuela.

— O quizás todo tiene que ver. Los humanos no vivimos de buenos sentimientos, ni de buenas acciones, sino de lo que creemos que son buenas creencias –añade con una mirada fija, puesta en la nada de un edificio.

Fotos Chernobyl

Fotografía de Wendelin Jacober

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Para Juan todo debería estallar.

Insiste: somos petardos en busca del fuego.

Mucho de eso me es familiar. Soy de los que rumia la idea de que las explosiones encarnan lo único digo de ser santificado o elevado a rangos explícitamente celestiales, porque tienen un poder redentor inestimable: devuelven el vacío, traen el frescor, excitan el ambiente y obligan la mudanza de aires. Todo esto está bien, pienso, pero: ¿no es un problema hablar en términos de explosiones cuando éstas están tan conectadas a los bombazos del terrorismo?

— El problema no son los problemas en sí mismos, el problema es que siempre estamos buscando no caer en problemas y es ahí cuando nos encontramos con ellos, de frente. A ver ¿Qué no es un problema? -pregunta Juan con la sonrisa de un sensei.

Al viejo no le gusta el contacto y su prominente calvicie se mantiene a salvo del sol con una gorra tricolor que a su vez lleva ocho estrellas blancas perfectamente cosidas. Vive en la planta baja de un viejo edificio del centro de Caracas, acompañado de tres gatos a los que alimenta con sardinas y arroz, cuando hay y, cuando no hay, los mantiene a punta de pan. Juan dice que nunca nadie ha entrado a su casa que no es estrictamente una casa, sino un local abandonado que él tomó gracias al ofrecimiento de un amigo que lo dejó todo y se fue a Portugal en 2013. Nunca nadie ha entrado a su casa ¿por qué? Porque las personas son estallidos, vuelve a remarcar. ¿Y qué significa eso de que también son olas? Pues que arrastran lo peor del mar, aclara, ajusticiando la metáfora aquella.

En la única tarde en la que nuestras vidas pudieron coincidir Juan me interpela con cierta elegancia: chico, los cubanos pasamos de moda el 25 de noviembre de 2016, el día en que murió Fidel ¿no lo sabías? La verdad era que jamás en mi vida se me había pasado semejante idea por la cabeza, pero intentaba comprender sus razones. Había llegado a él (un viejo cubano, solitario, que limpia casas para sobrevivir –así me lo presentaron-) por la sencilla razón de que necesitaba entrevistar una persona natural de Cuba que bajo la circunstancia que fuera viviera en Venezuela.

La piel del cuello de Juan parece inflamada. También exhibe algunas rasgaduras aisladas, como quemaduras o cortes. Igual algunas regiones de su antebrazo derecho. Nada elocuente ni trascendental, pero sí físicamente definitivo. Además, utiliza unos lentes gruesísimos que impiden ver el destino directo de su mirada. Pienso en un accidente o algo así. Entonces le pregunto. Nada, la vida, ese barco sin rumbo, responde.

— ¿Y cuánto tiempo lleva capitaneando ese barco Juan?

Cincuenta y nueve años.

Lugares de Chernobyl

Fotografía de Wendelin Jacober

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Juan asegura que desde que tiene uso de razón es un gusano. Un gusano silencioso. Y que por eso decidió irse de Cuba en el verano de 1981, aprovechando su pasaporte español que heredó gracias a que sus padres eran oriundos de Gran Canaria. Afirma nunca habérsela llevado bien con La Revolución porque sencillamente siempre le pareció que todo era un teatro para separar a la gente de su dinero y sus pertenencias, o por lo menos eso fue lo que pasó con el emprendimiento agrícola de café y tabaco que su padre fundó y trabajó desde su llegada a Viñales, en 1953, un pequeño municipio de la provincia cubana de Pinar del Río.

—Yo, aunque no me fui a Miami, soy lo que ellos bautizaron como “gusano”. Un gusano es lo contrario a camarada. Es como algo que no tiene humanidad, mejor dicho: un contrarrevolucionario. ¿Cómo iba yo a entrar a compartir con los que nos habían expropiado a mí y a mi familia? Hay que ser muy estúpido. Mi padre murió en 1972 y mi madre en 1975, prácticamente empobrecidos, y solo quedamos mis dos hermanas y yo. La mayor se fue a vivir a La Habana y allá se casó y se murió, la del medio se vino para Venezuela porque teníamos familiares acá y yo, después de ganarme muchos problemas con el régimen, agarré mis cuatro cosas y me fui para la tierra de mis padres. Gran Canaria es una isla hermosa. Se parece mucho a Cuba. Allí entré a trabajar como pescador cerca de un pueblo que se llama Vecindario y elegí como nombre Jorge, más que nada porque necesitaba poder dejar atrás el pasado y recomenzar. El caso fue que nunca logré adecuarme a esa vida y tampoco logré trabar buena amistad con los familiares lejanos. Ahí me di cuenta que de una u otra manera estaba acondicionado para vivir dentro del socialismo. No sé, son cosas que se sienten y que no tienen explicación. Entonces, como no quería regresar a Cuba, empecé a averiguar y terminé yéndome a Minsk, Bielorrusia. Lo primero era Moscú, claro, pero se escuchaban muchas cosas terribles de los rusos: que eran desconfiados y sanguinarios, por ejemplo. Entonces decidí irme a alguno de los países que conformaban la URSS y así fue que averiguando me topé con Bielorrusia, un país que no sabía que existía. Tardé tres semanas, con paradas incluidas, en llegar a Minsk y, una vez allí, conocí la nieve. Llegué el 15 de diciembre de 1984 al medio día y lo primero que hice, después de tocar la nieve y hacer bollitos con ella, fue averiguarme un nombre nuevo, que comenzara con J. Y así fue: en el hotel pedí una guía telefónica y entre varios elegí Jeirgif que es algo así como Jorge en ruso. Los primeros meses trabajé en la limpieza de un restaurante cuyo administrador era español. Así empecé a practicar el ruso, con los meseros del lugar y, en un año, ya tenía nociones fuertes del idioma. A finales de 1985 un cliente del restaurante que sabía que yo era cubano y que vivía enamorado de la isla y de la imagen de Fidel Castro, me dijo que él tenía un amigo que estaba buscando personal para trabajar en cuestiones de limpieza en un pueblo al norte de Ucrania llamado Pripyat. El asunto era que había una ciudad que hospedaba a miles de trabajadores de una central nuclear cercana y que las autoridades estaban conformando grupos de trabajo para el aseo de la ciudad. Yo accedí, enseguida, y el día 7 de enero de 1986 llegué a esa hermosa ciudad. Pensaba que iba a ser igual o más fría que Minsk pero me encontré con un lugar básicamente templado a orillas de un río esplendoroso y tranquilo. En Pripyat todo se dio con una naturalidad inusitada. En menos de una semana ya estaba ubicado en un departamento con otros dos trabajadores ucranianos pero de padres bielorrusos y recibía capacitaciones diarias sobre lo que tenía que hacer. Nos lo daban todo. En total éramos un grupo de sesenta personas las que nos estábamos iniciando en el trabajo. El día de inicio formal era el lunes 27 de enero y, desde ahí en adelante, todo fue un sueño perfecto: un buen sueldo por diez horas de trabajo, siete para actividades varias y siete para dormir. Una maravilla pana. Las noches las pasábamos cocinando, bebiendo vodka o kvas, que es como una especie de cerveza. También escuchábamos música y jugábamos dominó o ajedrez. En fin. Hasta que la perfección del sueño mutó en pesadilla, porque la madrugada del sábado 26 de abril, todo se envenenó: ese día, pasada la media noche, el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernóbil estalló. Eso fue noticia mundial, creo.

Chernobyl espacios abandonados

Fotografía de Wendelin Jacober

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Desde el momento en que conocí a Juan sospeché que era uno de esos hombres que todo lo exagera. Un caribeño patrañero, básicamente, que aprovechándose de alguien que busca un cubano para entrevistar (sobre un tema indeterminado) podía inventarse cualquier cosa medianamente interesante para ganarse unos bolívares de más, pero esto no solo me desubicó, incluso porque en algún momento había desviado mis preguntas a propósito de las marcas en su cuello y claro, también por aquello de que no solo todo debería estallar y que cada persona es un estallido ambulante, sino sobre todo por la suave tonalidad de su voz, a veces medio ronca, que daba la sensación de que estuviera susurrando, como cuando la gente está soltando confesiones o secretos.

El cielo caraqueño empezó a despedirse del día y Juan no fue ajeno a eso. Llevamos poco más de dos horas, sentados, yo viéndolo a él y él con su mirada puesta en ninguna parte: un edificio, un auto, una montaña. Qué más da. Cuando termina su prolongado relato un silencio invulnerable y consistente se apoderó de mí. No sabía qué más podía preguntarle, o por donde seguir, sin herirlo, sin hacerlo estallar.

—Cáncer de tiroides, pana, eso es lo que tengo. Desde hace algunos años me trato unos dolores muy intensos en mi cuello y hasta me han hecho algunas radioterapias y sacado especies de carnosidades y furúnculos. Yo no sé por qué esa enfermedad fue la que más pegó después de lo de Chernóbil, pero estoy seguro de que por ahí va mi final. Los días siguientes al accidente, así le dicen al mierdero ese que se desató, todo fue un caos, era como el apocalipsis en cámara lenta. Ni el fuego, ni el humo, ni la lluvia radiactiva pararon, por lo menos hasta que fuimos evacuados dos días después. A mí me dio una tos tremenda, mareos, fiebres y fuertes dolores de cabeza, perdí el apetito y las zonas de mi cuerpo descubiertas se resecaron generándome piquiñas y pequeñas llagas y mi vista empezó a fallar. Creo que habré lagrimeado involuntariamente unas dos o tres veces por día durante los siguientes cuatro meses, hasta que dejé de ver bien y me recetaron lentes de por vida, lentes que parecen como culos de botella. Después sabría que todo esto fue la consecuencia de los altos niveles de radiación a los que estuve expuesto. En fin, nos llevaron a Kiev a miles de personas para chequeos médicos y ayudas psicológicas y económicas, pero yo no tenía papeles para acceder a nada y eso jodió todo. Durante un mes, más o menos, viví en un refugio hasta que pude conseguir un trabajo en un café en el que el dueño me dejaba dormir en el depósito. A finales del otoño de ese año, más o menos en noviembre, decidí escribirle a mi hermana acá en Caracas y contarle todo lo sucedido y entre mis pocos ahorros y una plata que ella me envió pude salir de Ucrania y venirme para Venezuela el siete de abril de 1987. Quince meses después de mi triunfante llegada a Pripyat y casi un año después de la tragedia.

Cuando Juan llegó a Caracas, encontró una ciudad inesperadamente moderna. Él creía que Venezuela era un país como Cuba, solo que sin socialismo. Eso quería decir, según él, que era un país pobre. El encuentro con su hermana fue emotivo, conoció a sus sobrinos y rápidamente se insertó en una compañía de limpieza hospitalaria en la que trabajó veintitrés años hasta su disolución en 2010. Durante los siguientes cuatro años, Juan sobrevivió ayudando a amigas de su hermana con el aseo de sus casas. Llegó a asear dos casas diarias hasta que la gente empezó a irse, incluida su familia. Mi hermana se fue para España en 2014 y así sucesivamente, hasta hoy, que creo que se han ido como tres millones de personas, o más, no sé. Aún sigo limpiando, cuando me llaman, pero a veces me pagan con comida o cosas de la casa porque hay muy poco dinero. Yo sigo yendo porque son mis clientes y no está bien abandonarlos. Mira cómo es la vida, pana, terminar en este país, que hoy por hoy es como una segunda Cuba ¿no? Acá volví a ser un gusano, solo que sin queso, porque ni para eso alcanza. Es increíble la manera como están dejando caer este país, pero bueno, ese es el devenir de todo proyecto socialista. Fíjate que lo de Chernóbil agudizó la crisis de la URSS e influyó para que todo eso se viniera abajo y claro, Venezuela no será la excepción.

—¿Y Cuba? ¿Cuál ha sido el secreto de Cuba para mantenerse en pie?

—Cuba lleva caída muchos años, allá lo que hay es un miedo terrible por descubrir qué es lo que hay después del socialismo, porque después de tantos años nadie se imagina otra cosa radicalmente distinta. Si acá, en Venezuela, la gente está como loca porque no sabe qué pasará después de estos veinte años, imagínate lo que puede pasar en Cuba después de sesenta. No, no hay tregua, pero de todo derrumbe se encarga el tiempo. De eso estoy seguro y más porque en este país muchos tuvimos la suerte de beber la miel del capitalismo durante varios años, cosa que muy pocos pueden asegurar en Cuba. Quizás vuelva a Cuba un día, pero eso será cuando todo sea diferente, pero la verdad es que no creo que la vida me alcance y, a este ritmo, mucho menos los bolívares, que de soberanos solo tienen la opulencia de la escases.

—Juan: ¿Cuál es tu nombre de pila, el que te pusieron tus padres?

—Jaime, me llamo Jaime Rodríguez Marrero y lo único que le pedí a mi hermana para poder venir a Venezuela era que no me volviera a llamar así, y que, por el contrario, me dijera Juan. Y ella asintió. Ya sabes: cada vez que cambio de país, cambio de nombre. He pensado que si me vuelvo a ver en la obligación de migrar, cosa que dudo mucho, me pondría Julián. Julián Rodríguez Marrero.

* G. Jaramillo Rojas nació en Bogotá en 1987. Le gusta el punk, le gusta mucho, pero no tanto como cortar champiñones. Suele confundir sus manos con baquetas y asume que el mundo entero es una batería. Lee porque no tiene nada más interesante que hacer, escribe por evasión y viaja de chiripa.


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