La caída de las Torres Gemelas sobre Afganistán - Gatopardo

La caída de las Torres Gemelas sobre Afganistán

Estados Unidos perdió el control del relato. Veinte años después de los atentados del 11S en Nueva York y del inicio de la “guerra contra el terrorismo”, los talibanes vuelven al poder en Afganistán y la situación humanitaria en la región es catastrófica. Luego de décadas de caos y guerras, ¿quiénes realmente han convertido a Afganistán en un cementerio?

La guerra más larga de la historia de Estados Unidos, que empezó tras los atentados del 11S con el objetivo de desmantelar la red terrorista Al Qaeda y derrocar el régimen talibán, y que acabó con los talibanes de nuevo en el poder; que ha propiciado que Estados Unidos no solo deje de luchar contra los talibanes sino que colabore con ellos para atacar al que ahora es el principal enemigo de ambos, ISIS-K, brazo regional de Estado Islámico —una organización terrorista que nació al calor de otra aventura militar de Estados Unidos, la de Irak—; en la que han muerto casi cincuenta mil civiles, cincuenta mil combatientes talibanes o de otros grupos insurgentes, unos 2 500 soldados estadounidenses y 1 144 de los otros países de la OTAN; con un gasto que se calcula en billones de dólares —solo en el Ejército afgano, que sucumbió ante la ofensiva relámpago talibán, se invirtieron 83 mil millones de dólares en entrenamiento y en unas armas que ahora están en poder de los talibanes, que se divierten jugando con carabinas M4 y fusiles de asalto M16: se podría decir que el nuevo Ejército talibán ha sido armado por Estados Unidos—; que deja más de medio millón de personas desplazadas dentro del país a causa de la violencia, casi 1.5 millones de refugiados que siguen en Pakistán y más de setecientos mil en Irán —ambos países han acogido a millones de refugiados afganos desde la invasión soviética de la década de 1980—; durante la cual la situación de las mujeres y los niveles de educación mejoraron en las grandes ciudades pero no tanto en las zonas rurales; que no ha evitado que la mitad de la población esté bajo el umbral de la pobreza y necesite ayuda humanitaria, que un tercio esté desnutrida y que la mitad de los niños de menos de cinco años sufran desnutrición aguda; que pasó por las manos de cuatro presidentes estadounidenses; que empezó con la promesa de George W. Bush de reconstruir Afganistán y acabó con Joe Biden diciendo que esa nunca fue la intención, sino simplemente proteger a Estados Unidos; que no cumplió con uno de sus objetivos, cazar a Osama bin Laden, hasta diez años después de la invasión de Afganistán —y las tropas de Estados Unidos lo mataron en Pakistán, no en Afganistán—; repleta de crímenes de guerra, atentados de los talibanes y bombardeos aliados contra combatientes y civiles; que desembocó en la creación en el vecino Pakistán de una amalgama de grupos integristas responsable de algunos de los peores atentados terroristas de la historia reciente, como el ataque contra una escuela de Peshawar en 2014 que acabó con la vida de casi 150 personas; que sirvió para instalar una pseudodemocracia afgana lastrada por la corrupción, fraudes electorales y dependencia de la ayuda internacional que se disolvió incluso antes de que se fueran los últimos soldados extranjeros; con un despliegue militar que llegó a superar los 150 mil soldados, la mayoría estadounidenses pero con participación de todos los países de la OTAN; ha sido un desastre incomprensible.

Las Torres Gemelas se derrumbaron la mañana del 11 de septiembre de 2001. En ese atentado murieron 2 763 personas. La invasión militar que Bush ordenó en respuesta duró veinte años y, como consecuencia, en Afganistán —y en el vecino Pakistán, donde los ecos de la guerra se dejaron sentir— murieron cientos de miles de personas.

Un soldado de la marina estadounidense brinda apoyo en un punto de control de evacuación en el aeropuerto internacional Hamid Karzai, Kabul, Afganistán, 26 de agosto de 2021. Victor Mancilla / REUTERS.

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