En la cancha de futbol de Portovelo, Ecuador, yace una montaña de oro

La cancha de oro

Debajo del terreno de juego del equipo Río Amarillo hay una posible riqueza.

Portovelo es un pueblo minero de trece mil habitantes que queda a quinientos cincuenta kilómetros al sur de Quito, Ecuador, en una provincia costera que, pertinentemente, se llama El Oro. Contenido en un valle más seco que frondoso, el pueblo se desparrama con un desorden pintoresco sobre la falda de una colina y luego se disemina con similar desgarbo sobre los bordes del Río Amarillo, que lo atraviesa. Hay en el aire una leve estridencia producida por la maquinaria minera que opera alrededor y por el trajín de una sobrepoblación de taxis que trepan pendientes de montaña rusa.

—En el aire también hay mercurio, pero eso no se nota 
—dice un taxista que fue minero.

Hay en el aire, además, un brío masculino por el enaltecimiento al obrero y un cierto dejo de campiña cowboy. En el casco central, la escultura en bronce de tres mineros tiene una inscripción que habla de su esfuerzo y su valor. Cerca del río, junto al estadio de fútbol, hay comerciantes que los fines de semana venden fruta y verdura a precios de mayorista, y otros que venden camisetas con el nombre de Messi en la espalda y el de Qatar Airways al frente. Cada día, a los montes que rodean Portovelo la actividad minera les taladra las entrañas, y desde esos montes se ve el estadio de fútbol rodeado por casas y edificios pequeños de colores pálidos. Desde allí se ve también el Río Amarillo con el agua del color del cemento, ya no reluciente como cuando el oro que había en su cuenca le sacaba destellos. Portovelo es un territorio rico en metales preciosos, tanto que, se dice, hasta la tierra que hay bajo el césped del estadio acumula un jugoso botín de oro. Pero en Portovelo, así como se dice una cosa, se dice otra.

La cancha de oro, int1

Segundo Cueva, el Figura, tiene ochenta y un años y renguea de la pierna derecha por una lesión que le dejó el fútbol. Junto a otros jugadores aficionados fundó, en 1964, el Río Amarillo, el equipo que tomó el nombre del afluente que atraviesa el pueblo. Cueva es dueño de un bar que es también una tienda de abarrotes, el museo del equipo y su cuartel de concentración. En una de las salas del bar hay dos mesas de billar y varias vitrinas —pintadas de amarillo y cubiertas de polvo— llenas de trofeos y diplomas. Bajo las vitrinas hay bancas de madera, también amarillas, y fotografías ampliadas de viejas alineaciones del club. Algunos de los jugadores que aparecen en esas fotografías están sentados hoy en esas bancas, sin ninguna preocupación aparente. El promedio de edad es de sesenta años y el de cintura de sesenta centímetros… al cubo. A las cinco de la tarde de este domingo 10 de agosto deberán jugar un partido amistoso de aniversario. En Ecuador, el 10 de agosto es una conmemoración nacional porque se recuerda que en 1809 una Junta de Gobierno desconoció a la corona española y eso incentivó el espíritu independentista en toda Hispanoamérica, pero en Portovelo la fecha tiene su gloria propia porque ese mismo día, hace cuarenta y nueve años, nació el equipo de la ciudad.

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