La revolución chola: Las mujeres de pollera resisten de pie - Gatopardo

La revolución chola: Las mujeres de pollera resisten de pie

Lloraron la caída de Evo Morales. Protestaron. Las desalojaron de las plazas públicas. Nada pudo silenciarlas. Con las revueltas populares y las políticas de inclusión de los últimos años, las mujeres indígenas y mestizas de la zona andina ganaron un protagonismo inédito. No han logrado erradicar, sin embargo, la discriminación histórica, a lo mucho la han neutralizado o vuelto menos pública. En torno a la pollera —la falda definitiva de la chola boliviana— gira hoy una galopante industria cultural.

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Es noviembre de 2019. Álvaro Yahuincha, de trece años y chamarra del Barcelona, toma sopa en un puesto de comida callejera de El Alto, Bolivia. Con la boca aún llena acompaña las arengas que gritan los hombres que pasan marchando a su lado: “¡La wiphala se respeta, carajo!”, “¡El Alto de pie, nunca de rodillas!”. La wiphala es la bandera andina cuadrangular de siete colores que Evo Morales —quien acaba de renunciar a la presidencia, acusado de ganar las elecciones del 20 de octubre con fraude—, convirtió en símbolo patrio. El Alto es la ciudad vecina de La Paz, emplazada a 4 150 metros sobre el nivel del mar, poblada por más de novecientas mil personas, en su mayoría, migrantes llegados de las áreas rurales aimaras. Álvaro aprovecha un breve silencio entre los movilizados que marchan en apoyo a Evo para lanzar su propia consigna: “¡Jallalla las mujeres de pollera!”. Y recibe como respuesta el rugido unísono de la marcha, que proclama: “¡Jallalla!”, una palabra aimara que se emplea para lanzar vivas. Algunos aplauden y un hombre se acerca para abrazar cariñosamente al niño, que ríe satisfecho por el impacto de su ocurrencia, antes de volver a terminar su sopa.

Ese video, de menos de treinta segundos, fue grabado por el padre de Álvaro, Anastasio, que se lo envió a su exesposa, Antonia, quien lo compartió con su sobrina. Ésta lo publicó en Facebook y, en cuestión de horas, se hizo viral y convirtió al chico en un símbolo de la resistencia contra el gobierno interino de la derechista Jeanine Áñez, repudiada por sectores populares e indígenas como los de El Alto, más próximos al proyecto izquierdista de Evo. El occidente andino boliviano (La Paz, Oruro, Potosí, Cochabamba, Chuquisaca), la región de origen y en la que vive la inmensa mayoría chola del país, fue el principal bastión político y electoral de Evo Morales desde que llegó a la presidencia en 2006. La sangre indígena del expresidente le ha ganado el respaldo de las poblaciones aimaras y quechuas que se identifican con él culturalmente y se sienten políticamente representadas por su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS). Estos vínculos han tejido una lealtad de los sectores populares hacia Evo, al tiempo que los han vuelto hostiles a proyectos políticos antagónicos en los que no se ven incluidos y ante los que plantan resistencia, como fue el gobierno interino de Áñez.

Ajeno —aunque no tanto— a los vaivenes políticos de un país en erupción, el “Niño Jallalla” (como lo bautizaron en redes) explicó a los periodistas que su arenga fue para condenar la quema de wiphalas que habían hecho grupos radicales tras la renuncia de Evo y, sobre todo, para rendir homenaje a su mamá y su abuela, mujeres de pollera. Lo que no explicó, ni le pidieron que explicara, fue por qué gritó “¡Jallalla las mujeres de pollera!” y no “¡Jallalla las cholas!”.

“Mujeres de pollera” es el eufemismo más extendido en Bolivia para aludir a las cholas, mujeres con sangre indígena y mestiza de la zona andina, afincadas en las ciudades, que se distinguen, entre otras cosas, por su forma de arreglarse y vestirse: el cabello repartido en dos largas trenzas anudadas con tullmas (pompones de vellón de oveja), joyas (en las orejas, manos o pechos), sombrero bombín, blusa ajustada, manta con flecos, enaguas, zapatos planos y pollera. Esta última, que es la pieza definitiva de la chola, es una falda fruncida en la cintura, plisada desde arriba y con alforzas horizontales que, según la región a la que pertenezca la mujer, puede extenderse hasta los tobillos o arriba de las rodillas. Aunque la pollera llegó con la colonia desde España —donde su nombre aludía al cesto, angosto de arriba y ancho debajo, que servía para cargar pollos—, ésta es una vestimenta que las mujeres andinas bolivianas (y de otros países de la región) se han reapropiado, hasta convertirla en una seña de identidad y resistencia.

En noviembre de 2019 quizá nadie en Bolivia se atrevía a decirlo en voz alta, pero la palabra “chola” había vuelto a ser un insulto, si es que en algún momento había dejado de serlo. La travesura de Álvaro puso en escena el desgarramiento del país en el que, de un lado, las cholas volvían a ser “cholas de mierda” y, del otro, se vociferaba “¡Jallalla las mujeres de pollera!”. Disputas políticas aparte, la chola o mujer de pollera es un indicador inequívoco de la cultura popular. Una figura femenina y plebeya que en el último tiempo ha cobrado una centralidad insólita en la vida pública boliviana y en torno a cuya pollera gira una galopante industria cultural.

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