Las luciérnagas se apagan: el desastre ambiental en Tlaxcala - Gatopardo

Las luciérnagas se apagan: el desastre ambiental en Tlaxcala

Los bosques de luciérnagas se están apagando. Las causas se encuentran en muchos lados: el turismo sin regulación, las sequías, los incendios, la agricultura y la contaminación lumínica de las ciudades. Lo que ocurre en Tlaxcala es un fenómeno conocido como “extinción local”. Detrás está el cambio climático: el aumento del calor está siendo catastrófico para una especie pequeña que depende de la humedad y la oscuridad para sobrevivir.

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Nanacamilpa es un poblado de apenas 18 686 habitantes, uno de los sesenta municipios de Tlaxcala, el estado con menor superficie del país. En esta pequeña ciudad, del estado más pequeño, las cosas pequeñas importan. Tanto que su nombre significa en náhuatl “tierra de hongos”. Las más de doscientas especies identificadas en esta zona salpican el paisaje con sus colores. Hubo un tiempo en que estos seres tan particulares, que no son ni plantas ni animales, causaban fascinación entre pobladores y herbolarios, pero hoy las pequeñas luces son las que acaparan las miradas. 

“Era como si el cielo se cayera a pedacitos: caían estrellas verdes, amarillas, casi naranjas. Y lo único que teníamos era su luz, no había alumbrado público. A veces parecía que estaba dentro de un sueño o en un cuento de hadas”, dice Ricardo González, de 81 años, sobre su infancia en este pueblo, que resulta ser el mayor sitio de avistamiento de luciérnagas en México. Habla de tiempos lejanos, la década de los cincuenta, mucho antes de que el turismo descontrolado, la sequía, los incendios y la agricultura amenazaran esta especie. Ricardo es uno de los propietarios del ejido de San José, uno de los sitios con senderos para mirar cada año el “espectáculo” de las luciérnagas en su época de reproducción. Habla de esos tiempos en que sus luces parpadeantes inundaban el pueblo, los patios y jardines, las calles y casi cualquier rincón; tiempos en los que había tantos insectos que era difícil caminar sin hacerles daño, que convertían el paisaje en una cascada de luces más digna de una fantasía que de la realidad 

Aún tiene claras las imágenes de cuando las atrapaba con su sombrero, jugaba a apachurrarlas contra su pecho y esparcir ese líquido luminoso sobre su ropa para usurparles el don de brillar en la oscuridad. Desde que el Santuario de las Luciérnagas se convirtió en el vórtice del turismo en el estado, decidió nunca visitarlo. Le parece absurdo pagar por algo que fue suyo durante tanto tiempo y está seguro de que aun en las noches más claras, esos bosques luminosos de su infancia se apagaron. “Me quedo con lo que recuerdo”, dice. “Las nuevas generaciones no saben lo que es eso, mejor que vayan ellos, mientras puedan”. 

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