Las vidas de Sergio Ramírez

Sergio Ramírez es uno de los grandes autores de la generación del post-boom latinoamericano. Ha publicado más de cincuenta libros entre ensayos, cuentos y novelas. El hombre de letras encabezó el grupo de intelectuales en respaldo del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

No a todo el mundo se le otorga vivir dos vidas de vértigo. A él sí. En una de ellas, Sergio Ramírez fue protagonista de la revolución en Nicaragua. Vivió su triunfo por las armas y su derrota por las urnas. Llegó a ser vicepresidente, uno de los pocos civiles en un gobierno plagado de comandantes del Frente Sandinista que se hizo con el poder. Hoy está alejado de la política y de quien fuera su compañero, el actual presidente Daniel Ortega.

En otra de sus vidas, Sergio Ramírez fue y es el escritor que se imaginó una ciudad, León, y un país, Nicaragua, como territorio literario, el autor de unos cincuenta libros, entre ensayos, cuentos y novelas como Castigo divino (Mondadori, 1988) y Margarita está linda la mar, con la que obtuvo el premio Alfaguara en 1998. En 2 014 fue el flamante ganador del premio Carlos Fuentes, dotado con 250 mil dólares —que en su primera edición ganó Mario Vargas Llosa— y su nombre suena ya para el premio Cervantes. Es uno de los autores vivos más significativos de la generación post-boom (o boomerang, como la catalogó Carlos Fuentes), donde figuran autores como Tomás Eloy Martínez, Nélida Piñón, Roberto Bolaño y Antonio Skármeta, entre otros. Con menos éxito de ventas que sus antecesores del boom —con García Márquez a la cabeza— han mantenido, sin embargo, el prestigio de la literatura latinoamericana. Hay dos cosas que no soportaría que le hubiesen sucedido: haberse perdido la revolución y no dejar una obra literaria a su país.

Hoy hemos quedado en encontrarnos por la mañana. Cuando estamos los dos en Managua solemos hablar por la tarde, a partir de las cuatro, cuando la ciudad deja de ser un infierno y la brisa firma una tregua. Pero hoy tiene que ir a ver a Ernesto Cardenal, el poeta, su vecino, convaleciente de una neumonía. Si uno llama por la mañana, Monchita (la empleada de la casa donde viven él y su mujer, Tulita) contesta: “El doctor está escribiendo”. Sergio Ramírez fue el número uno de su promoción en la facultad de Derecho de León, pero nunca ejerció como tal. En Nicaragua, sin embargo, aún lo llaman “el doctor”. La frase de Monchita es el primer filtro para que el que llama desista si no es nada urgente, porque las mañanas son para escribir.

Su atuendo de trabajo apenas varía: camisa polo de manga corta y pantalones ligeros de color beige (a veces, shorts); zapatos Crocs de estar en casa, o mocasines sin calcetín. Por lo demás, impoluto, el pelo aún recio y partido a la derecha, a pesar de que en un tiempo luchaba para domarlo. Hasta no hace mucho, sin canas. Nunca lo he visto sudar. Los que viven en Managua, una olla a presión, tienen una habilidad natural para no sudar. Antes solía caminar por las mañanas, pero un problema de rodilla se lo impide, lo que lo hace criar una gordura que baja a base de dietas.

Cuando entro en su estudio lo encuentro sentado frente a la pantalla, la mano izquierda en el mentón, y revisando su agenda, una especie de Google Calendar. Casi todo lleno de cursos, conferencias, viajes, ahora casi siempre por motivos literarios o por reuniones de la Fundación Nuevo Periodismo, que fundó Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias y de la que él forma parte desde sus inicios. A veces lo invitan a mesas redondas de temas políticos, pero sólo acepta si coincide con una presentación literaria.

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