La caída de la Iglesia

Un capítulo del libro Rebaño de Óscar Contardo.

El papa Francisco estuvo en Chile en enero de este año. Su visita, sin embargo, se dio entre críticas y poco entusiasmo. Las calles por las que circuló en su llegada no convocaron las multitudes de otra época. En los meses siguientes, centenares de sacerdotes, religiosos y diáconos comenzaron a ser investigados por abusos. La peor crisis de la Iglesia católica chilena en toda su historia crecía cada vez más. Una grieta se ensanchaba y permitía asomarse a un pozo hondo y oscuro que, hasta hace poco, permanecía oculto bajo una tapia de silencio. Éste es un capítulo del libro Rebaño (Planeta) que da un vistazo a esa oscuridad.

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Nunca juzgué a los sacerdotes homosexuales. O más bien, nunca pensé que los sacerdotes que llevaban una doble vida, como religiosos en un mundo y como hombres gay en otro, fueran personas especialmente inmorales o particularmente hipócritas, sino más bien víctimas de sus propias contradicciones. Para mí eran parte de un cierto folclor del ambiente gay que comencé a conocer durante mi juventud en Santiago. Muchos de mis amigos gay se habían topado alguna vez con uno de ellos en sitios de ambiente, como bares o discotheques. Normalmente eran sujetos que sólo revelaban su verdadera ocupación después de un tiempo y que vivían aventuras clandestinas. Como, en general, mis cercanos no eran religiosos, se lo tomaban con humor. Había historias cómicas, como la de un tipo que luego de conocer a un hombre un viernes por la noche en un boliche, de bailar con él, besarse, intercambiar teléfonos y tentar una cita, acabó encontrándoselo una semana después, oficiando el funeral del padre de un amigo. Para mí ésas eran nada más que historias de sujetos —y uso esta palabra burocrática, de informe municipal, para subrayar lo anodinas que me resultaban ese tipo de situaciones— que permanecen en una penumbra que los obliga a hacer del secretismo un culto y a dividir su vida en dos partes que apenas se conectan entre sí. Me había formado la convicción de que la gran mayoría de esos hombres homosexuales llegó al seminario acorralado por las circunstancias, aunque ellos mismos no lo percibieran de ese modo y se lo explicaran, a sí mismos y al resto, como el fruto de una larga reflexión sobre eso que llaman “vocación”.

Luego, cuando comencé a investigar y en la medida en que leía y escuchaba relatos sobre abuso sexual, comencé a pensar mucho en la vida de los hombres homosexuales que se decidían por una vida religiosa. El mundo que habían escogido para vivir era hostil a ellos, ¿confrontarían en algún momento su verdadero deseo o siempre se moverían en la negación? ¿Sería la doble vida una norma también para los clérigos heterosexuales, sólo que yo no estaba al tanto?

Una de las víctimas de Rimsky Rojas, un hombre de Punta Arenas que de muchacho fue su monaguillo, me dio una clave del significado que tenía para ese sacerdote la homosexualidad. El antiguo acólito de Rimsky Rojas, a quien llamaré Sebastián Ramírez porque me pidió resguardar su identidad, me contó que cuando lo confrontó y le avisó que lo denunciaría, Rimsky Rojas lloró desesperado y le gritó: “No soy homosexual, no soy homosexual”. Ramírez le respondió que ser homosexual no era el problema, que ése no era el punto; el delito era hacer lo que hizo con sus alumnos. Sin embargo, Rimsky Rojas insistía en lo mismo; finalmente, al parecer la acusación más grave para el cura era que lo consideraran un hombre homosexual.

Durante mucho tiempo la Iglesia y la cultura popular asimilaron la orientación sexual con abuso de menores varones, algo tan absurdo como asimilar la heterosexualidad con un crimen extendido, como es la violación de niñas y mujeres. ¿Es la heterosexualidad masculina la causa de que la mayoría de las personas violadas sean mujeres? ¿Era la heterosexualidad de Andrés Aguirre, el cura Tato, lo que lo llevaba a abusar de adolescentes? Obviamente no, como no es la combustión interna de un automóvil la razón para explicar las muertes por accidentes de tránsito. Lo realmente relevante no es la orientación sexual, sino la manera en que el abuso se transforma en la vía de expresión de la sexualidad de esos hombres. La forma en que esos sujetos conviven con su deseo, el modo en que lo manifiestan y conducen; la manera en que se relacionan con los otros y los manipulan: ya sean hombres, mujeres, niños, adultos o jóvenes. Porque aunque los abusos de pedófilos, por razones obvias, nos resulten más repulsivos, las relaciones viciadas no sólo ocurren entre un abusador adulto y un niño o niña. El poder que ciertos sujetos alcanzan en ambientes en donde las jerarquías tienden a ser verticales y el pensamiento crítico es considerado sospechoso, les permite someter la voluntad de adolescentes, jóvenes (1) e incluso de personas adultas. Más aún cuando los abusadores controlan la fe de sus víctimas.

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