Los menonitas de Bacalar frente a la crisis ambiental – Gatopardo

Los menonitas de Bacalar

Salamanca es una comunidad aislada del mundo. Sus habitantes no cuentan con televisión ni radio mediante los cuales puedan informarse sobre el cambio climático y los únicos libros que leen son ediciones del Nuevo Testamento. Todo aquí ha sido forjado con sus propias manos, para ellos el trabajo físico es lo más preciado, sobre todo, el trabajo en el campo. Esta visión del mundo no solamente los ha hecho grandes agricultores; también los ha vuelto partícipes del deterioro ambiental.

 

El día transcurre como cualquier otro. Es un sábado de abril de 2021 y la escena se repite: los hombres siguen las tareas del campo, van del taller a las tiendas de raya donde adquieren los productos necesarios para el cultivo, mientras que las mujeres permanecen en silencio al interior de sus hogares; algunas dan un paseo en carretas de madera para combatir el tedio, aunque sólo un poco: lo suficiente para que no las juzguen por descuidar las tareas domésticas. Los niños juegan. Las niñas sirven la mesa. En este rincón del Caribe mexicano el virus vino a cambiar poco.

Regida por un autogobierno con un sistema de democracia directa, Salamanca es una comunidad autárquica, endogámica, pacífica, patriarcal, donde se habla plautdietsch, el bajo alemán, y se profesa una religión protestante, el anabaptismo. Sus 1 450 habitantes visten los mismos atuendos, según sus costumbres: los hombres, camisas a cuadros, overoles y botas; las mujeres, vestidos largos con motivos de flores, sombreros y zapatillas. Todos altos, delgados, güeros, de ojos claros. Y en este ir y venir, nadie lleva puesto un cubrebocas.

Esta comunidad agrícola menonita no ha parado de crecer en sus veinte años de vida. Incluso en 2020, el año de la pandemia, la venta de sus cosechas resultó de acuerdo con lo esperado: hubo una caída apenas perceptible en la producción de maíz, pero se debió más a las lluvias que trajeron consigo dos huracanes en octubre que al coronavirus, dice Johan Doerksen, el responsable de la contaduría, desde una pequeña y desordenada oficina con archiveros y estantes corroídos por la humedad, llenos de libros, diarios y carpetas con el registro de las ventas de los últimos tres años.

—No, el covid no nos afectó para nada —repite este hombre alto, con algunas canas, de cara redonda, sudada y enrojecida por sol.

Desde la entrada se presentan a la vista campos de plátano, papaya y maíz; tractores y carretas andando; silos y almacenes gigantes; tiendas de raya donde prestan semillas y químicos que, al término de la cosecha, se pagan y quedan las cuentas saldadas; carretas que van jalando caballos vigorosos; procesadoras de granos en marcha, con las que obtienen la comida para animales que se vende en las tiendas, y también casas bonitas, de madera, con techos de dos aguas y de colores pastel. Todo aquí ha sido forjado con las propias manos de sus habitantes, para quienes el trabajo físico es lo más preciado, sobre todo, el trabajo en el campo. Esto, en gran medida, ha catapultado a Bacalar —demarcación de Quintana Roo, en el sureste mexicano— dentro de la lista de los municipios con más producción de soya y sorgo del país, de acuerdo con el Atlas agroalimentario de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sagarpa).

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