Mirada de asesino: un adelanto del libro El Niño de Hollywood

Mirada de asesino

Un capítulo del libro El Niño de Hollywood.

La mirada de Miguel Ángel Tobar, El Niño, el despiadado sicario de la Hollywood Locos Salvatrucha, célula de la MS-13, no era normal. No lo era desde la primera vez que el inspector Gil Pineda lo vio. Su nombre está relacionado con más de 50 asesinatos en El Salvador, pero su historia tiene raíces en California. Éste es un fragmento de El Niño de Hollywood (Debate), escrito por los hermanos Óscar y Juan José Martínez. Una crónica basada en largas entrevistas con Tobar y sus allegados, que busca explicar cómo Estados Unidos y El Salvador moldearon a un sicario de la Mara Salvatrucha. 

Es dos de enero de 2012, y el inspector Gil Pineda intenta no derretirse en su oficina de El Refugio, en el occidente salvadoreño, mientras teclea con los dos dedos índices en su vieja computadora. 

En El Salvador, es un puro acto de formalidad llamar invierno al invierno y verano al verano. Hay lluvia con calor y calor sin lluvia. Estos días toca calor sin lluvia.

El inspector es un policía con más de 15 años de experiencia. Ronda los 45 y tiene esa firmeza madura que dan los años antes de que la vejez la arrugue. Un hombre así hace el gesto de un puñetazo con delicadeza, moviendo levemente el puño, sin siquiera apuñar todos los dedos, pero es fácil imaginarse cómo todo crujió cuando lo asestó. Un hombre así se ríe de lado, nunca se carcajea. Un hombre así cuenta las cosas más sorprendentes sin aspavientos y sin decirlo todo. “Yo no entiendo tanta cosa con eso de las garantías. Veo a compañeros policías que andan desesperados buscando que un juez les dé una orden de cateo. Yo todas las mañanas me amarro mis órdenes de cateo en los pies”, dijo en una ocasión, y levantó su pierna derecha para mostrar una de sus botas perfectamente amarrada. No es alto. No es bajo. Lleva un bigote negro bien poblado. Suele llevar un peine en sus bolsillos y el cabello arreglado hacia un lado. Los dos primeros botones de sus camisas van desabrochados. Fue jefe de homicidios en uno de los departamentos más conflictivos y con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha-13 (MS-13), La Libertad. Fue parte del grupo de policías a cargo de la inteligencia en las cárceles, los grandes centros de control de las pandillas. Lleva una esclava de oro en su muñeca y una cadena dorada en su cuello. Huele a colonia. En una mariconera negra, su Pietro Beretta nueve milímetros. 

El inspector es alguien que va más allá de su trabajo. No sólo arresta y hace las diligencias que los fiscales ordenan. Le gusta su trabajo. Le emociona conseguir que alguien traicione a su pandilla y cuente sus secretos. Da dinero de su bolsillo a los traidores cuando el Estado no suple sus necesidades, y aún después de haberlos convencido a golpes de que colaboren. En una ocasión, el inspector hablaba sobre El Crimen, un miembro de la MS-13 con tatuajes por toda la cara, al que él había convertido en informante de la Unidad de Crimen Organizado de la Policía. ¿Cómo lo consiguió? “Sólo media hora tuve que darle verga”, respondió el inspector sin inmutarse, mientras tomaba una cerveza y comía pescadetas con limón y sal en El Camarón Cervecero, un restaurante del muelle de La Libertad.

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