Mirada de asesino
Un capítulo del libro El Niño de Hollywood.
octubre 23, 2018

La mirada de Miguel Ángel Tobar, El Niño, el despiadado sicario de la Hollywood Locos Salvatrucha, célula de la MS-13, no era normal. No lo era desde la primera vez que el inspector Gil Pineda lo vio. Su nombre está relacionado con más de 50 asesinatos en El Salvador, pero su historia tiene raíces en California. Éste es un fragmento de El Niño de Hollywood (Debate), escrito por los hermanos Óscar y Juan José Martínez. Una crónica basada en largas entrevistas con Tobar y sus allegados, que busca explicar cómo Estados Unidos y El Salvador moldearon a un sicario de la Mara Salvatrucha. 

Es dos de enero de 2012, y el inspector Gil Pineda intenta no derretirse en su oficina de El Refugio, en el occidente salvadoreño, mientras teclea con los dos dedos índices en su vieja computadora. 

En El Salvador, es un puro acto de formalidad llamar invierno al invierno y verano al verano. Hay lluvia con calor y calor sin lluvia. Estos días toca calor sin lluvia.

El inspector es un policía con más de 15 años de experiencia. Ronda los 45 y tiene esa firmeza madura que dan los años antes de que la vejez la arrugue. Un hombre así hace el gesto de un puñetazo con delicadeza, moviendo levemente el puño, sin siquiera apuñar todos los dedos, pero es fácil imaginarse cómo todo crujió cuando lo asestó. Un hombre así se ríe de lado, nunca se carcajea. Un hombre así cuenta las cosas más sorprendentes sin aspavientos y sin decirlo todo. “Yo no entiendo tanta cosa con eso de las garantías. Veo a compañeros policías que andan desesperados buscando que un juez les dé una orden de cateo. Yo todas las mañanas me amarro mis órdenes de cateo en los pies”, dijo en una ocasión, y levantó su pierna derecha para mostrar una de sus botas perfectamente amarrada. No es alto. No es bajo. Lleva un bigote negro bien poblado. Suele llevar un peine en sus bolsillos y el cabello arreglado hacia un lado. Los dos primeros botones de sus camisas van desabrochados. Fue jefe de homicidios en uno de los departamentos más conflictivos y con fuerte presencia de la Mara Salvatrucha-13 (MS-13), La Libertad. Fue parte del grupo de policías a cargo de la inteligencia en las cárceles, los grandes centros de control de las pandillas. Lleva una esclava de oro en su muñeca y una cadena dorada en su cuello. Huele a colonia. En una mariconera negra, su Pietro Beretta nueve milímetros. 

El inspector es alguien que va más allá de su trabajo. No sólo arresta y hace las diligencias que los fiscales ordenan. Le gusta su trabajo. Le emociona conseguir que alguien traicione a su pandilla y cuente sus secretos. Da dinero de su bolsillo a los traidores cuando el Estado no suple sus necesidades, y aún después de haberlos convencido a golpes de que colaboren. En una ocasión, el inspector hablaba sobre El Crimen, un miembro de la MS-13 con tatuajes por toda la cara, al que él había convertido en informante de la Unidad de Crimen Organizado de la Policía. ¿Cómo lo consiguió? “Sólo media hora tuve que darle verga”, respondió el inspector sin inmutarse, mientras tomaba una cerveza y comía pescadetas con limón y sal en El Camarón Cervecero, un restaurante del muelle de La Libertad. 

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Ilustraciones de Diego Huacuja.

Es un hombre duro que, como casi todos en su corporación, se salta la ley de vez en cuando para cumplir lo que considera su objetivo número uno: destruir las pandillas. 

Le obsesiona la transformación que la pandilla logra en los adolescentes, y por eso toma fotografías de sus ojos cuando empiezan, y luego cuando él cree que han matado. Está convencido de que la mirada les cambia. “Vea, vea —dice cuando muestra su colección de fotografías—, mire la mirada, ¿ve cómo después ven de reojo hacia arriba o hacia abajo? Como si fueran un animal que está a punto de tirársele; o desde arriba, como retándolo”. Como un animal al acecho o como un rey tirano. 

—Yo habré detenido a unos 100 asesinos en mi vida —dijo el inspector tiempo después, durante una conversación en un comedor, mientras comía pollo frito—, la mayoría eran miembros de pandillas. Yo sé notar cuando un muchachito ya mató. Uno lo ve cuando anda de chequeo cobrando extorsiones. Tiene una mirada más… No sé cómo describirlo, las cejas están en su lugar, más rectas, y la mirada es normal, como la de una persona normal, no como la de alguien que siempre está viendo un objetivo. Con el tiempo, esa mirada oscura con las cejas arqueadas se les va poniendo en la cara, y ya se les queda. Yo les tomo fotografías a los bichitos chequeos y les tomo fotos cuando ya mataron. ¿Ves? Les cambia la mirada. A El Niño nunca le vi la mirada normal. Desde que lo conocí tenía mirada de asesino.

Ahora es enero de 2012, y el inspector está agobiado haciendo lo que menos le gusta: el papeleo. Escribir informes, elaborar presentaciones en PowerPoint para que sus jefes o los fiscales, animales de despacho desde su óptica, entiendan la estructura de la MS-13 que él atrapó en los últimos dos años y medio. 

La oficina desde la que teclea no merece llamarse oficina. Es un cuartón desvencijado con techo de tejas y paredes de ladrillo visto, apenas coloreados algunos con una rala mezcla de pintura blanca y agua. En ese cuartón hay tres escritorios que parecen recogidos de la calle y sólo sobre uno hay una computadora estacionaria, con su enorme culo ruidoso y su teclado con varias letras ilegibles. En la parte de atrás, hay unos baños inútiles, que deben descargarse llenando en la pila unas cubetas blancas de plástico y vaciándolas en el inodoro lleno de costras oscuras. 

Hay una sola actividad de las horas de computadora que el inspector disfruta. Le gusta armar las estructuras pandilleras. Colecciona las fotografías de los pandilleros y las ordena dependiendo de su jerarquía dentro de la clica. Cuando las muestra, lo hace con el entusiasmo con el que un adolescente muestra su álbum del mundial de fútbol o sus tarjetas de jugadores de baseball.

—Éste es El Extraño —dice y señala la foto de un hombre moreno, obeso.

José Guillermo Solito Escobar, El Extraño. Es un treintañero, segundo al mando de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Recién salió de prisión por el delito de lesiones agravadas. 

—Éste es Liro Jocker —dice y señala la foto de un hombre blanco, pelón, fornido, prototípico pandillero. 

Jorge Alberto González Navarrete, Liro Jocker —producto de un giro fonético: de Little a Liro—. Es un hombre de 30 años con varias calaveras tatuadas en el cuerpo, tercero al mando de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Fue deportado de Estados Unidos tras cumplir una pena por el delito de lesiones graves en junio de 2009 y, según su ficha de deportación, allá pertenecía a otra clica de la MS-13 en la ciudad de Maryland, y era conocido como Baby Yorker. Algún día, El Niño lo describiría así: “Un hijueputa pesado. Un sicario”. 

—Éste es El Maniático —dice y señala la foto de un hombre delgado, aguileño, con camisa de botones, un señor cualquiera, ante el que nadie se cambiaría de acera. 

Fredy Crespín Morán, Maniático. Es un hombre de 38 años, bachiller electricista, tesorero de la clica Hollywood Locos Salvatrucha, y promotor social de la Alcaldía de Atiquizaya, gobernada por el derechista partido ARENA.

—Y el rey de bastos. Éste es Chepe Furia —dice el inspector y señala el rostro de un hombre moreno, con innegables rasgos indígenas. 

José Antonio Terán, Chepe Furia. Es un hombre de 46 años, palabrero y fundador de la clica Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya, de la Mara Salvatrucha 13, exmiembro de la Fulton Locos Salvatrucha en el Valle de San Fernando, en California, donde era mejor conocido como Veneno;  exmiembro de la temible Policía Nacional, la policía militar, durante los primeros años de la guerra salvadoreña. Fue joven migrante que huyó de la guerra que él mismo peleó. Retornó años después a su país, cuando ya llevaba en su cuerpo las letras con las que allá se identificó: MS.

Todos ellos fueron capturados gracias a la investigación dirigida por el inspector y ahora enfrentan un juicio por agrupaciones ilícitas y por el asesinato de Rambito, un informante de la Policía. Era un muchacho de 23 años llamado Samuel Menjívar Trejo, vendedor de verduras en el mercado de Atiquizaya. Rambito era un chequeo, un aspirante a entrar a la Hollywood Locos Salvatrucha, pero desde 2008 había comenzado a colaborar con la Policía, con el inspector. Lo ayudó a completar su baraja de pandilleros, a decirle quién era quién en el sector más bajo de la pandilla.

Un mediodía de noviembre de 2009, dos cabos policiales de investigación de la Subdelegación de Atiquizaya pidieron a agentes del servicio de emergencias que fueran al mercado y llevaran a Rambito a la Subdelegación. Los agentes siguieron las órdenes de sus jefes. Fueron al mercado y, frente a la mirada de todos los vendedores, subieron a Rambito a la patrulla. Los cabos José Wilfredo Tejada Castaneda, investigador de homicidios, y Walter Misael Hernández Hernández, investigador de extorsiones y jefe antidrogas de Ahuachapán, llegaron a la Subdelegación y se llevaron a Rambito, pero no quisieron firmar el acta de novedades y dejar registro de su actividad. La agente que estaba de turno como oficial de novedades tuvo que llenar de su puño y letra el acta y registrar aquel inusual movimiento. 

Los cabos nunca devolvieron a Rambito ni al mercado ni a la Subdelegación. La siguiente vez que alguien lo vio fue esa misma tarde. Rambito volvía de comprar dos lazos, uno azul y uno verde, y se subía a un pick-up como copiloto. El pick-up lo manejaba Chepe Furia. En la parte de atrás, viajaban Liro Jocker y El Extraño. 

Ese mismo día, en el caserío Talpetate, en el oriente del país, a 190 kilómetros de Atiquizaya, en una zanja a la orilla de la carretera, apareció el cuerpo de Rambito. Tenía signos de tortura y varios agujeros de bala en la cabeza y torso. En la mejilla izquierda, diría después la autopsia, tenía tatuaje de pólvora. Le dispararon a menos de 50 centímetros de distancia. Estaba amarrado de pies y manos con un lazo azul y otro verde.

En gran medida, aquel hecho terminó de convencer al inspector de que para investigar a la Hollywood Locos Salvatrucha era necesario alejarse de Atiquizaya, la ciudad —aunque es un pueblo— donde está la Subdelegación. El inspector decidió llevar a todo su equipo de investigadores a este cuchitril en el puesto rural del municipio de El Refugio, a unos pocos kilómetros de Atiquizaya, perdido entre cafetales.  

El PowerPoint que el inspector muestra en su prehistórica computadora contiene las fotografías de más de 40 pandilleros de la Hollywood Locos Salvatrucha. Es imposible que Rambito, un simple aspirante de la clica, haya sido capaz de ordenar los nombres de todos esos pandilleros. Es imposible que un peón del juego haya sido capaz de contar los secretos del rey. Rambito era un informante que entregaba lo poco que sabía, por eso la Policía nunca le había dado estatus de testigo protegido. Era un topo de poca monta. 

—Tenemos un testigo —dice el inspector revelando el misterio y apuntando con un gesto de ojos y cabeza hacia el otro lado de la calle—. Uno de los pesados de la clica. El sicario de confianza de Chepe Furia. 

Ante la pregunta de si es posible conversar con ese testigo, el inspector vacila un par de segundos. Semblante serio. Se sumerge en el trasto viejo que tiene delante como si revisara algo. Después, de un grito, da la orden al cabo Pozo. 

—Cabo, traiga a El Niño. 

Mara Salvatrucha, int1

Ilustraciones de Diego Huacuja.

***

En una colonia pobre de las afueras de Atiquizaya, en los últimos meses de 2009, un muchacho de 27 años fuma su quinta piedra de crack de espaldas a la puerta de su casa. La puerta de la casa se cierra con un pasador metálico, pero esta vez no lo tiene puesto. Está entreabierta. El muchacho está agobiado. No es un buen momento en su vida. Demasiados problemas se agolpan en su cabeza. El muchacho inhala una bocanada grande. De repente, escucha el chirrido de la puerta al abrirse. Retiene el humo. Escucha el clac de una pistola. El muchacho encaja cinco dedos en la .40 que tiene en un muslo y cinco dedos en la .357 que tiene en el otro.

—Ey, calmate, ya te vi que estás armado —dice el recién llegado sosteniendo su 9 milímetros con las dos manos. 

El muchacho reconoce la voz pausada que le habla. Es el cabo Pozo, de la oficina de investigadores de El Refugio.

—Y estoy bien fumado también —agrega el muchacho.

—Sólo hablar quiero.

—Estoy bien prendido en piedra.

—¡Hijueputa! ¿Y creés que podemos hablar?

El cabo Pozo retiene la respiración y decide jugársela. No dispara cuando ve que el muchacho se levanta de la silla y voltea hacia él con las dos pistolas en las manos. El muchacho, con la vista en los ojos del cabo Pozo, camina hacia afuera de la casa. Sin soltar sus armas, sube a la cama del pick-up del cabo y dice: “Vamos”. El cabo guarda su arma y, con el corazón en la garganta, conduce por calles poco transitadas con rumbo a la oficina de investigadores de El Refugio, y con un sicario de la clica Hollywood Locos Salvatruchos armado a sus espaldas.

El cabo Pozo acaba de conseguir por fin que El Niño, un alto mando de la clica formada por Chepe Furia, acepte iniciar conversaciones con la Policía para convertirse en testigo protegido.

El Niño, asediado por algunos miembros de su propia pandilla, acepta visitar al inspector. 

El cabo Pozo es un hombre regordete que, como la mayoría de agentes y cabos de la institución, los rangos más bajos, vive en una colonia dominada por una pandilla. El cabo Pozo es autoridad de día y por las noches duerme bajo el control de la Mara Salvatrucha 13. Así es en este minúsculo país la delgada línea entre Estado y pandillas. De hecho, sin matices, las pandillas son el verdadero Estado en algunas colonias, cantones, caseríos. El cabo Pozo fue el designado por el inspector Pineda para convencer a El Niño. Por un trabajo así, por internarse en calles polvorientas para asediar a un sicario emeese, el cabo Pozo gana $604.96 dólares al mes. El inspector desplegó a más cabos y agentes para que intentaran conseguir doblar la voluntad de otros pandilleros de rangos intermedios de la clica, pero ninguno de ellos estaba en una situación tan límite como El Niño. En aquel entonces, este sicario tenía problemas con otros sicarios. Ya mucha sangre había corrido adentro de su propia pandilla.  

El Niño no teme a enfrentarse con policías. No sería la primera vez. Si no hubiera creído que estaba en un callejón sin salida ante su pandilla, El Niño hubiera volteado y el cabo Pozo ya no estaría aquí. 

Como el inspector diría en una ocasión, mientras comía un mar y tierra en el restaurante La Ola Beto’s, en la capital: “El Niño es bueno para disparar. Casi siempre que mató le dio en la cabeza a la víctima”. Y, como bien sabe la Policía, mató muchas veces. El Niño aparece relacionado en 30 asesinatos en diferentes documentos policiales y judiciales. En 19 de esos asesinatos, El Niño participó directamente: ahorcó, macheteó, disparó, mató. En otros 11, fue vigilante para que otros mataran, o entregó el arma u ordenó la muerte. El inspector es el primero en admitir que los asesinatos documentados por las autoridades alrededor de El Niño son sólo algunos de los que el sicario cometió, los más recientes.

No era la primera vez que los investigadores del inspector intentaban que El Niño colaborara. El inspector es experto en sembrar cizaña y recoger testigos protegidos. No pocas veces ha amenazado a detenidos con dejarlos en territorio enemigo para comprobar que, como dicen, no pertenecen a ninguna pandilla. En alguna ocasión ha filmado con su teléfono a alguno de los más jóvenes negando su pertenencia a la MS-13 o sollozando en momentos de debilidad durante los interrogatorios. Luego, los amenaza con enviar ese video a otros miembros de la pandilla. Así consigue información, nombres, cargos. Gracias a sus técnicas poco ortodoxas logró en sólo un año completar su rompecabezas de rostros de la clica. Desde entonces, finales de 2009, se dedicó a tocar a uno y otro para conseguir a su traidor. Sin embargo, fue hasta que sospecharon que El Niño tuvo participación en el asesinato de Wendy, una muchacha de 16 años, cuando se acercaron a un pandillero cercano al veterano Chepe Furia. El detective pidió al cabo Pozo que llegara hasta las últimas consecuencias para conseguir que ese muchacho hablara. La oferta del cabo a El Niño fue muy concreta: o vos hablás sobre ellos o vos cargás con los muertos. El cabo se la había hecho a El Niño en otras ocasiones, cuando lo encontraba en las calles de Atiquizaya y fingía un arresto para poder hablar con él. 

En una ocasión, el cabo Pozo hizo que una patrulla de siete militares y dos policías detuviera a El Niño. Entonces él apareció.

—¿Venís a torcerme o no? Porque arma no cargo hoy —retó El Niño al cabo.

El cabo se mostró comprensivo y le dijo que lo que quería era ayudarlo, pero que para hacerlo necesitaba que él lo ayudara. Pero supo que esa ingenua estrategia no funcionaría con un sicario de tanta experiencia. Le mencionó la posibilidad de que él terminara acusado por homicidios en los que quizá ni había participado y uno en particular en el que había sido sólo vigilante: el asesinato de una niña de 16 años llamada Wendy. El Niño logró zafarse de aquella situación dejando ver algunas de sus cartas, develándose como dueño de muchos secretos. 

—Va, pues, órale, si querés ayudarme, ayudame. Si no, ahorita me podés torcer o hacer lo que querrás… Eso si no deseás saber de los clavos de Eliú, del asesinato de la puta, del asesinato del policía en el salón, de quién se bajó a Wilman del segundo piso de la casa, de los mototaxistas que han aparecido con el repollo destapado, de la mujer de Moncho Garrapata —dijo El Niño. 

Después de ese encuentro, El Niño desapareció algunas semanas. El cabo, cuando lo volvió a localizar, iba a jugar su última carta. El inspector no sabía de los problemas de El Niño con La Bestia. Su jugada sería más sencilla: acusarlo por el homicidio de Wendy y, ya involucrado en el proceso judicial, intentar acusarlo por otros homicidios. Lo amedrentarían con años de cárcel. Esa estrategia nunca hubiera funcionado con El Niño. 

Por suerte, llegaron en el momento adecuado.  

Mara Salvatrucha

Ilustraciones de Diego Huacuja.

***

El Niño contra la Bestia

Año 2005. Habían pasado 15 años desde el fin de la guerra, y en el occidente salvadoreño dos pandilleros conversaban. Hacían alarde de sus bravuras y sus “pegadas”, como los pandilleros llaman a los asesinatos. 

Ambos pandilleros eran de la Mara Salvatrucha 13, pero de distintas clicas o familias. Uno era El Chato, de la clica de Park View Locos Salvatrucha. Ésa es una célula de la pandilla que se formó en los ochenta, en los alrededores del McArthur Park, en la calle Park View, en Los Ángeles. El segundo era un joven de 21 años, miembro de la clica Hollywood Locos Salvatrucha, la célula hermana que se formó a casi tres kilómetros del origen de la Park View, en la misma ciudad, en la misma turbulenta década. A este último le llamaban El Niño. 

Chato quería alardear. Sacó su teléfono y mostró a El Niño una foto de un hombre muerto. El Niño lo vio durante un rato, acercó el teléfono a sus ojos y felicitó a Chato.

—Puta, que maniaco quedó ese maje —dijo El Niño.

—¿Ya ves? Así pegamos los Parvis —respondió El Chato, pronunciando como podía el nombre de su clica. 

—¿Quién es? 

—Una bicha —dijo Chato, aludiendo a que se trataba de un dieciocho, una bicha, un uno caca, como les llamaban a sus rivales, a quienes para rebajarlos los comparan con el excremento o con una mujer. 

Se despidieron y cada quien tomó su camino. Después de ese encuentro, El Niño supo que La Bestia lo había traicionado. Aquel día decidió que correría más sangre. 

El hombre muerto de la foto era su hermano mayor. 

Meses atrás, El Niño había recibido la noticia de que su hermano se había perdido. Suponía que los dieciochos lo habían matado. Nada anormal en la vida de un pandillero como su hermano, miembro de la Park View Locos Salvatrucha. El Niño viajaba casi a diario a las colonias dominadas por el Barrio 18, se apuntaba a todas las pegadas de su clica. Mató a varios enemigos e hirió a otros tantos con la convicción de que estaba vengando a su hermano. Por eso lo que vio dentro del teléfono de El Chato lo perturbó. Ellos lo sabían, ellos lo mataron, y aun así dejaron que él arriesgara su vida enfrentándose a enemigos feroces. Lo felicitaban, lo empujaban a ir, lo acompañaban. Les encantaba ese ímpetu asesino que la muerte de El Cheje le había dado. Nunca imaginó que su propia pandilla, sus propios hermanos, sus homeboy, La Bestia, se hubieran llevado a su hermano.

A su hermano le llamaban El Cheje, una forma popular y antigua de nombrar a los pájaros carpinteros. Su nombre era Jorge Alberto Tobar, y fue guardia carcelario, vendedor de sorbetes, carpintero y, a diferencia de su hermano, que se brincó a la clica Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya, él se incorporó a la Park View Locos Salvatrucha de Ahuachapán, la principal ciudad del departamento del mismo nombre. 

El Cheje hizo algo grave, algo muy grave. Asesinó a otro emeese. En los códigos pandilleros, probablemente estaba justificada su muerte. El homeboy al que El Cheje mató había asaltado y amenazado a su propia madre, a la madre de El Niño. Así que El Cheje lo buscó y lo asesinó a balazos. Pero no sólo a él: también a su madre. A él le habían tocado a su madre, él pagó con la misma moneda y algunas más. El Cheje cometió esos homicidios en compañía de su hermano pequeño, El Niño. Esto último, la pandilla nunca lo supo. 

Pasó un buen tiempo y ambos hermanos pensaron que aquella venganza había quedado atrás. Que lo habían hecho bien, que nadie supo, que lo que hicieron aquella tarde quedó ahí, en medio de los cafetos, perdido en el polvo del occidente salvadoreño que ya albergaba tantos cuerpos anónimos. Pero no.

La pandilla es un pequeño mercadillo en donde las hazañas vuelan de boca en boca. De alguna forma, algunos miembros de la Park View Locos Salvatrucha supieron lo que hizo El Cheje.  

Cuando El Chato mostró la foto de su hermano muerto a El Niño, no sabía del parentesco. Pensaba que estaba alardeando ante un homeboy de otra clica y nada más. Por ese mismo mercadillo que a veces son las pandillas, El Chato tardó poco en enterarse de que había mostrado la foto a El Niño, el hermano de El Cheje. El Chato no tardó en saber que había cometido un error. Se había jactado con un homeboy mostrándole el cadáver de su hermano. 

Pero en la pandilla, este tipo de errores tienen solución, se arreglan con la muerte. El hecho podía costarle a los Park View Locos una guerra con la Hollywood Locos. Era mejor prevenir y asesinar al ofendido.

Meses después de aquel día de 2005, Chato invitó a El Niño a una misión. Le dijo que tenían ubicado a un enemigo del Barrio 18. Le dijo que no se preocupara de llevar armas porque ellos tenían ya todo preparado. El Niño aceptó.

Intentaron caminar a El Niño. Caminar en jerga pandillera significa llevar a la víctima con engaños al lugar donde morirá. “Vamos a tomar a la montaña”. “Vamos a fumar mota a casa de un homeboy”. “Vamos a hacer una pegada a las chavalas”. 

El Niño aceptó.  

La misión donde debería morir El Niño no era un plan orquestado por toda la clica, era más bien un plan alterno de los mismos pandilleros que asesinaron a El Cheje y que trataban con esto de limpiar cualquier evidencia de lo que hicieron. Eran cuatro: El Zarco, El Chato y El Coco de Park View Locos; y El Mosco, de Hollywood Locos. 

El Niño y El Chato caminaron hacia un territorio controlado por el Barrio 18. Se suponía que buscaban a un enemigo, se suponía que El Niño caminaba desarmado. Ambas cosas eran falsas.

—Aquí perdió la bicha Cheje. Los que le deben a La Bestia no salen vivos de aquí —dijo El Chato, quizá anunciando la muerte a El Niño, quizá confesando la muerte de El Cheje. Quizá El Chato tenía en la cabeza repetir la treta: dejar un cadáver emeese en zona del Barrio 18. Caso resuelto.

El Niño le respondió con esa sabiduría pandillera tan enigmática.

—No, si los que se lleva La Bestia ella los adora, todavía los tiene en sus brazos. Y al que no, no; porque cuando le
toca, aunque se esconda; y cuando no
le toca, aunque se ponga.

—Órale, homeboy —dijo El Chato a modo de amén. Siguieron caminando. Luego, El Chato hizo una llamada.

El Niño tiene eufemismos para todo. Si mató a alguien y lo lanzó a un pozo, es que lo mandó a tomar agua; si los enterró, vivos o muertos, en algún potrero, es que los puso a contar estrellas; si les disparó en una misión relámpago, es que los hizo detonados. Lo que para nosotros es simplemente la muerte, para alguien como él tiene varias formas. Hace como los Inuit, que de ver tanta nieve, aprendieron a
diferenciarla, y la nombran con distingos. Además, cuando en sus historias El Niño dispara, hace un par de sonidos huecos y fuertes con sus labios. Poke, poke.

—Hey, prepará la olla y le pones la misma cantidad de agua, porque ya llevo un pollo caminando —dijo El Chato por teléfono. 

Poke, poke.

El Niño le asestó dos tiros en la cara. Uno le entró por la ceja, justo en la colita de una S gótica que el Chato tenía tatuada en la cara. Poke, poke. Otros dos de remate y a correr.

El Niño subió a un bus.

—Vaya, no hay parada hasta que yo me baje. Y dame cinco dólares —ordenó El Niño al conductor aún con la 9 milímetros en la mano, frente a decenas de pasajeros aterrados.

En esa ocasión, El Niño reportó a El Chato como asesinado por el Barrio 18 durante una emboscada. La coartada de El Chato sirvió para El Niño. Regresó con su clica y al día siguiente se apuntó para otra pegada a los dieciocho, para vengar a El Chato. Una coartada debe llevarse
hasta las últimas consecuencias.

Pasados unos días tocó el turno a El Mosco. El único miembro de la clica Hollywood Locos que participó del asesinato del Cheje.

El Mosco intentaba alejarse de la pandilla. Se había convertido en vigilante privado, uno más de ese ejército de hombres armados con escopetas 12 que cuidan casi cada negocio de este país. Eran las cinco de la mañana y estaba abordando un bus al final de otra jornada laboral.

—Hey, homeboy —escuchó una voz El Mosco. Se volvió.

Poke, poke.

Como a El Chato, fueron dos en la cara, como ellos le pegaron también a su hermano. Esta vez, El Niño lo hizo con una .45, un calibre alto cuando de pistolas se trata. A quemarropa.

Zarco cayó igual, esperando un bus cuando dos tiros de .45 le atravesaron la cabeza.

Así empezaron los problemas de El Niño con la Mara Salvatrucha 13. Aunque esos homicidios los hizo en secreto, no faltó quien atara cabos, quien comenzara a murmurar.

De aquí hacia adelante las cosas empezaron a cambiar. El recelo, la cizaña. La Bestia que El Niño cabalgó, empezó a perseguirlo.

Éste fue el principio de su enemistad a muerte con su propia pandilla, con las letras por las que mató. Tras más de una década de ser sus dientes, El Niño empezó a ser su presa. Pero éste es sólo el final de su historia con las pandillas. En el inicio, incluso hubo otras pandillas con nombres ahora olvidados, opacados completamente por la M y la S.

*Ilustraciones de Diego Huacuja.

***

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