Ensayo fotográfico sobre Nueva Venecia, comunidad de sobrevivientes

Nueva Venecia

Esta comunidad en la Ciénaga de Santa Marta, en Colombia, sobrevive a pesar de los caprichos del agua que los rodea.

En este asentamiento palafito, en medio de la Ciénaga Grande de Santa Marta (Colombia), hay una comunidad de sobrevivientes. Se resiste al éxodo de sus jóvenes, que se quieren ir a toda costa, mientras que los mayores intentan subsistir con un comercio precario. A esto se suma el recuerdo del ataque que sufrió en noviembre de 2000, cuando un comando paramilitar asesinó a 37 personas.

Trilladas las referencias al realismo mágico para describir pueblos inverosímiles en Colombia, los moradores de la ciénaga de Santa Marta llamaron Nueva Venecia a este villorrio de cañas montado sobre el barro. El parecido con la ciudad italiana no hay que buscarlo en palacios o puentes, sino en la peculiaridad del suelo donde se monta: un agua turbia.

No es fácil llegar hasta allí ni conseguir indicaciones fiables. Como un pecio en el fondo del océano, esta comunidad de 310 viviendas ancladas al lodo aparece tras un desvío en Tasajeras, pequeño enclave a los pies del Caribe, y dos horas en lancha para atravesar este lago de 4 280 kilómetros cuadrados. El atardecer se refleja en los juncos y las aves se despiden ante la luz artificial que alumbra las cabañas de madera.

Cada casa de la ciénaga tiene un perro guardián. Hay casi tantos perros como habitantes.

Desde hace unos meses cuentan con generadores eléctricos que permiten ver la silueta de personas remando sobre canoas, su medio de transporte habitual, y posibilitan que algunos parlantes del tamaño de una persona emitan incesables melodías de reguetón y televisores de plasma entretengan durante la hora de la cena, que suele ser temprana, porque espera a los habitantes un amanecer brumoso con barcas que funcionan como autobuses escolares, redes en ovillo esperando ser desatadas y el inicio de la jornada laboral para sus tres agentes de policía y una única sala de salud.

Todo se rige por los caprichos del agua. Ella determina qué hacer: es necesaria una flota de lanchas para que los propietarios de las tiendas de abarrotes lleguen a abrirlas, para que los ocho maestros alcancen sus aulas (con 196 estudiantes) o para que la sala de espera del centro médico reciba a los primeros pacientes (que apenas obtendrán un chequeo y la autorización para pedir cita con un especialista de Sitio Nuevo, el pueblo más accesible). Por las calles líquidas de Nueva Venecia circulan cajas de cerveza, manojos de banano o medicamentos en los más dispares transportes: llantas de camión, puertas. Hasta el recién inaugurado salón recreativo depende de las contingencias del lago.

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