Barrios en paz

El proceso de pacificación de las favelas de Río de Janeiro es tan complicado y polémico como suena.

Es 16 de enero de 2013. El “Gangnam Style” atrona en el campo de futbol de la favela de Jacarezinho, encajado entre un canal pestilente y un conjunto de casas apretujadas, sólo separadas por callejones donde no caben dos personas juntas. Los niños saltan bajo las duchas instaladas junto a una pasarela que conecta la entrada del barrio con el campo de futbol. En los techos de los edificios que forman las cuatro esquinas del recinto deportivo hay francotiradores con el dedo en el gatillo. En el centro de la cancha, un pelotón de la policía militar aguanta bajo el bochorno de un cielo a punto de caerse. Va a comenzar el acto de inauguración de la Unidad de Policía Pacificadora (UPP) número 30 de Río de Janeiro. Tras esas siglas se esconde el símbolo de la política de seguridad pública que se ha dado en llamar “pacificación”.

En 2008, el gobierno del estado de Río de Janeiro, por medio de la Secretaría de Seguridad Pública, puso en marcha una nueva estrategia que tenía un fin novedoso: consistía en reconquistar el poder sobre el territorio, hasta entonces en manos del narcotráfico (que, en Brasil, se conoce popularmente con el nombre de tráfico), de las favelas, esos barrios precarios donde vive casi un millón y medio de personas, más de 20% de la población de la ciudad carioca.

Actualmente, el modelo ha alcanzado una rutina más o menos tranquila. Primero se avisa, a través de los medios, que una favela está en la mira. Luego se le pone fecha a la operación policial y militar. Y al llegar el día, efectivamente, la ocupan sin oposición. No hay narcos esperándolos. Según las autoridades, han abandonado la actividad o han sido detenidos o consiguen huir a otras comunidades no pacificadas.

Así ocurrió, por ejemplo, en Jacarezinho, el año pasado. La favela era conocida, junto a la vecina Manguinhos, también pacificada, por ser el mayor mercado de crack de la ciudad. Ambas favelas recibían el elocuente nombre de “Franja de Gaza”, por los enfrentamientos constantes entre los narcos que dominaban el lugar y la policía, o entre las mismas facciones del tráfico. Esas dos comunidades, como se llama también a las favelas, fueron ocupadas sin oposición el 14 de octubre de 2012. Al llegar, los policías encontraron un lugar tranquilo, sólo dominado por la basura, adictos al crack y cerdos que corrían esquivando las barricadas de fuego que había sobre la vía del tren.

Una vez ocupada la favela, se instala la UPP. Al comienzo, no es un cuartel ni un edificio, sino una hilera de modestos contenedores con equipamiento de oficina y armas. La de la favela de Jacarezinho es la primera que se abre en 2013 y, con ella, 7 800 policías atienden ya a 450 000 personas en casi 200 favelas controladas por el estado de Río de Janeiro, pero el objetivo es completar el año que viene 40 UPP, con 12 500 policías trabajando en un territorio donde viven 860 000 personas. En Brasil, la seguridad pública está en manos locales, no federales, así que de momento el proyecto no ha pasado a otras ciudades, ni siquiera a las otras once que son sedes del Mundial del próximo año.

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