¿Qué pasó con el proyecto de Acapulco? El paraíso que no pudo ser

El paraíso que no pudo ser

¿Qué pasó con el puerto de Acapulco, que pasó de ser un destino favorito para los viajeros en México a un campo de batalla?

Durante mi infancia y adolescencia, Acapulco era el lugar del que todos hablaban cuando hablaban del paraíso. Los hijos de la clase media mexicana nacidos en los sesenta escuchamos de nuestros padres y parientes los relatos más diversos sobre el delirio hollywoodense por el puerto, sobre vacaciones de ensueño o sobre su luna de miel, invariablemente trágica y atesorada como una valiosa pieza de arqueología conyugal. Todo había empezado allí. Las mujeres llegaban vírgenes al matrimonio —o eso decían— y, por tanto, Acapulco era la ilusión del amor, la pérdida de la inocencia y el drama de la primera noche de bodas. Flores y desfloración en un intríngulis indisoluble. Pasión entonada por cantos de aves canoras y música de tríos, promesas y pavor, todo junto.

El mito va así: hasta antes de que irrumpiera el technicolor, en los sesenta, previo a la noche crucial ninguna mujer sabía bien a bien cómo era la cosa. Con la tensa ansiedad del clavadista antes de tirarse al vacío esperaban la noche específica, el “Día D” en que saldrían del baño a la habitación de un hotel vestidas con negligé (eran los años de los tules cortos y coloridos, adornados con azares) y se lanzarían a la ola furibunda que rompe entre piedras. Sabían que arrojarse al mar de esos besos y esos abrazos era nada menos que la consumación del momento más importante de su metamorfosis: del capullo de muchacha a la vida de esposa. Pero el performance no era tan sencillo como se podría pensar. Había que mostrarse al mismo tiempo tímida y sensual, había que ir de gorrión a vampiresa.

A la hora de la hora todas habían sido infelices. Cada una a su modo, como dice el Conde Tolstoi. Y era el relato de la decepción de mis tías lo mejor que podíamos escuchar mis primas y yo, y a veces alguna amiga invitada, pues Acapulco era también el lugar de las vacaciones de verano y el regreso a historias que se accionaban como un abretesésamo frente al mar. No hubo historia que terminara con la luna de miel en Acapulco como promesa.

Se llegaba en coche. Ocho horas infernales de hacinamiento, 450 kilómetros de carretera de doble sentido con varios intentos suicidas por rebasar jugándose la vida. Deslaves. Piedras. Algún letrero de “cruce de ganado” y en momentos en que no había letrero, borregos cruzando o una vaca echada en medio del asfalto. Curvas infinitas. Autos detenidos por fallas, porque algún miembro de la familia se había sentido mal, por obstáculos hallados en el pavimento, por cualquier causa. Agobio. Asfixia. ¿Cuánto falta? Vean por la ventanilla, disfruten el paisaje. ¿Cuánto falta? ¿Es lo único que saben decir? Ya se calentó el radiador. ¿Cuánto falta? Después de una eternidad, por fin un olor a pescado descompuesto, a mangos podridos, calor.

Una vez en el paraíso, se cumplía con el ritual matutino de la clase media vacacionista: todos los miembros de la familia salían de sus cuartos de hotel o de sus búngalos cargando cada uno su toalla, chanclas, algunos visor, los más pequeños llantas inflables que sus padres les ponían alrededor de la cintura y en la mano libre algún juguete de playa, por lo general una cubeta y pala para repetir, a su modo, el intento de San Agustín de vaciar el mar con una concha.

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