Rafael Correa, el hombre fuerte de Ecuador - Gatopardo

Rafael Correa, el hombre fuerte de Ecuador

Rafael Correa llega al final de su mandato con un desgaste de su credibilidad. Para algunos es un visionario que le devolvió la dignidad a Ecuador. Otros lo acusan de machista, homofóbico, autoritario y censor de la prensa.

Rafael Correa sonríe. Está de pie junto al papa Francisco, y en el rostro se le dibujan todas las muecas posibles de satisfacción. El viento quiteño, en el aeropuerto de Tababela, ha desprendido el solideo de la cabeza del pontífice apenas puso un pie fuera del Airbus 330-200 que lo trajo desde Italia. Es 5 de julio de 2015 y al presidente del Ecuador se le ha cumplido el milagro. Luego de casi un mes continuo de manifestaciones en su contra, las más prolongadas desde que asumió el poder en enero de 2007, la visita oficial del Papa ha amainado los exacerbados ánimos callejeros, extendidos a varias provincias del país.

—Santo Padre, en lo personal, jamás acabaré de darle gracias a Dios y a la vida por todos los privilegios que me ha dado. Entre ellos, poder conocerlo y recibirlo en mi patria —le dice Correa al Papa.

Un mes antes, en junio de 2015, el frío arreciaba en Quito. Era junio de un falso verano, a 2,500 metros sobre el nivel del mar. Una convocatoria, mayormente virtual, había hecho que una gran cantidad de gente se reuniera en la Tribuna de los Shyris, refugio del malestar ciudadano, sobre todo de la clase media quiteña. Policías con trajes especiales y escudos con leyendas como “Soy Policía y Hermano también”, formaban un muro de cuerpos para evitar los enfrentamientos entre las banderas verdes de los defensores de Correa y las banderas negras de sus opositores. Los de “luto”, como se les llama, protestaban en contra de las salvaguardias arancelarias para ciertas importaciones aprobadas en marzo de ese año; de los proyectos de ley que el gobierno central había enviado a la Asamblea Nacional para incrementar los impuestos a la herencia, a la plusvalía, y de un veto a la Ley Orgánica de Régimen Especial de la Provincia de Galápagos, que ajusta los salarios de ese territorio con base en el índice del precio al consumidor.

“Es una protesta de acomodados, de ‘pelucones’ (personas con mucho dinero), de gente sin conciencia de clase que se queja por medidas que no afectan derechos ni servicios básicos”, decían quienes ven a Correa como el hombre que, además de transformar la infraestructura vial, hospitalaria, educativa y productiva del país, les devolvió la dignidad. “No es sólo una protesta coyuntural, es el resultado del hartazgo, de la prepotencia, del irresponsable e innecesario gasto del gobierno”, decían quienes acusan a Correa de machista, autoritario, censor de la prensa, criminalizador de la lucha social y destructor de los pueblos y de la naturaleza.

El enfrentamiento entre ambos sectores se extendió más allá de junio. El 13 de agosto de 2015, el Frente Unitario de Trabajadores y la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador convocaron a un paro nacional para oponerse a las enmiendas constitucionales impulsadas por la Revolución ciudadana (como se autonombró el proyecto político de Rafael Correa) que implicaban cambios en la Carta Magna. Entre los puntos más controversiales de las enmiendas (15 en total y aprobadas por la mayoría de la Asamblea Nacional a finales de ese año) se definía a la comunicación como un “servicio público que se prestará a través de medios públicos, privados y comunitarios”, y se decía que “las autoridades de elección popular podrán postularse para reelegirse, entre ellos el presidente de la República”. En este último punto se incluyó una disposición transitoria que establecía que la reelección entraría en vigencia desde el 24 de mayo de 2017, bloqueando la posibilidad de que el actual mandatario pudiera postularse de nuevo.

Pero a Correa, vestido con un terno azul con su usual camisa otavaleña blanca bordada de detalles precolombinos, la tarde de julio en que recibe al Papa no se le agota el gozo. Ni el frío, ni el viento, ni el eco de las protestas del último mes le desinflan el pecho orgulloso. “Le agradezco, señor presidente, sus palabras. Le agradezco su consonancia con mi pensamiento, me ha citado demasiado. Gracias, a las que correspondo con mis mejores deseos para el ejercicio de su misión: que pueda lograr lo que quiere para el bien de su pueblo”, le responde el Papa.

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