Un joven zeta mexicano - Gatopardo

Un joven zeta mexicano

Un adelanto del libro ‘La guerra de los zetas. Viaje por la frontera de la necropolítica’, editado por Grijalbo.

Tiempo de lectura: 20 minutos

El año que comencé a trabajar como reportero no hubo ningún colapso informático por el efecto 2000, pero nacieron los Zetas. En el noreste de México escuchabas comentarios acerca de la gente de la última letra sin prestar demasiada atención. La derrota del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el inicio de la supuesta transición eran los temas mejor valorados en las redacciones de los periódicos.

Como había furor democrático, me la pasé reporteando sobre las nuevas y viejas mafias de políticos que practicaban el robo sistemático del dinero público. Cada nota que redactaba sobre bonos millonarios cobrados en secreto por diputados o de contratos otorgados por presidentes municipales corruptos a sus socios o familiares me hacía sentir parte de algo vibrante como el Watergate. En el México norteño, durante los inicios del siglo XXI, antes de que los editores se resignaran a escribir sus titulares con un vocabulario medieval que incluía palabras como guerra, torturados, decapitación, fosas y masacre, las notas principales solían usar términos como Bonogate, Parquegate, Amigogate, Asesorgate y Gobernadorgate.

Parece que en el Distrito Federal hasta hubo un Toallagate.

Manadas de periodistas entreabríamos emocionados la caja de Pandora tras la caída del régimen priista y aparecían excreciones flamantes o acumuladas durante largo tiempo, que sacábamos y envolvíamos con términos ingleses, como papel de regalo, antes de ponerlas a la luz.

Escribí mi primera nota sobre los Zetas en abril de 2001, a los veinte años de edad. Trataba sobre un operativo que marcó un antes y un después en el mundo del narcotráfico de la Frontera Chica, como llamamos a la pequeña zona de Tamaulipas colindante con Texas. Soldados de fuerzas especiales descendieron de madrugada del cielo, en paracaídas camuflados, en Guardados de Abajo, ranchería de Ciudad Miguel Alemán donde operaba Gilberto García Mena, un traficante veterano no muy conocido, que hasta el día de su captura fue un regulador entre los intereses económicos de empresarios narcos del noreste y de los comerciantes sinaloenses pioneros que exportaban la mercancía requerida por consumidores estadounidenses.

Esa vez realicé mi primer enlace como corresponsal para un noticiero de la televisión de Monterrey desde una casa de dos pisos de apariencia normal por fuera, pero que por dentro tenía las habitaciones, el comedor, la cocina y los baños retacados de toneladas de mariguana envuelta en cajas de cartón plastificadas. El fotoperiodista Omar Hernández me acompañó en aquella misión. Diez años después encontró los negativos de aquel evento que era clave en la historia del narcotráfico mexicano, aunque entonces no lo supiéramos. Mirar sus fotografías a la distancia ilustra, pero desconcierta.

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