Una revuelta en el Golfo: Fragmento del Premio Anagrama de Crónica 2019

Sánchez Mediavilla vivió dos años en Bahréin, una isla en el Golfo Pérsico que ocupa el puesto 167 (de 180 naciones) en la clasificación de libertad de prensa. Durante ese tiempo tomó muchísimas notas de lo que vivió en esos años, como los choques entre suníes y chiíes, que dieron lugar a Una dacha en el Golfo, Premio Anagrama de Crónica 2019.

Mi primera imagen de Bahréin fue una estatua gigante con forma de pulpo blanco.  Apareció en la pantalla de mi móvil el día que a Carla le ofrecieron irse a trabajar a un  país que yo no sabía situar en el mapa. Meses después de aquella llamada, le pregunté a  Carla, ya instalada en Bahréin, si había ido a ver la estatua. “No, porque no existe. La derribaron. Ni siquiera se puede acceder: la zona está rodeada por alambradas y policía”, me dijo por Skype.

Antes de 2011, la estatua de la Perla era simplemente una rotonda de cuatro carriles en mitad de un descampado atravesado por carreteras en todas direcciones, un importante pero anodino cruce de tráfico sin valor sentimental para los bahreinís. En el centro de la gran rotonda se alzaba la estatua blanca. Fue construida en 1982 para celebrar la tercera cumbre de la Coalición del Golfo. Cada pata del monumento simbolizaba uno de los países de esa alianza regional: Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, Bahréin, Omán y los Emiratos Árabes Unidos. La escultura, de casi cien metros de altura, estaba rematada por una colosal bola de cemento, la Perla, en recuerdo a la que durante siglos fue la mayor riqueza de Bahréin, antes de que, primero la competencia de las perlas japonesas y luego la destrucción de los depósitos de agua dulce, convirtieran el sector en una actividad marginal, sólo útil como atracción turística. A los gobernantes de los países del Golfo les encanta buscar símbolos nacionales en la siempre inofensiva y apolítica naturaleza: los oryx, los halcones, los caballos, las perlas, el mar. La naturaleza es apolítica; la historia reciente —la conquista de los Al Jalifa, el mantenimiento de un  régimen feudal, las revueltas, las represiones—, demasiado compleja. La sala más visitada del museo de historia de Bahréin es la maqueta de un barco con pescadores que bucean rodeados de tiburones. Un relato pintoresco, al margen de la narrativa gubernamental y del memorial de agravios de la oposición. Una nostalgia compartida. Una viñeta de Tintín.

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En la discriminación sectaria también hay clases. Un chií rico, si no se mete en política,  puede disfrutar de una vida cómoda y lujosa en Bahréin. Nabeel Rajab nació en una familia chií leal al gobierno, los Rajab, con múltiples y sólidas conexiones con la élite económica. Nabeel podría haberse limitado a vivir de las rentas de la empresa de  construcción que fundó en los noventa, se podría haber aprovechado de la legislación laboral que permite la explotación de trabajadores asiáticos, haber entrado en el juego de prebendas y corrupción al amparo del gobierno, y haber llegado a la vejez con la única duda de si era mejor invertir en el mercado inmobiliario de Londres o de Barcelona. Pero eligió el camino contrario y ahora está en la cárcel cumpliendo una condena de treinta  años. Cuando le visité en su casa acababa de salir de prisión y estaba convencido de que lo detendrían de nuevo, como así fue, pero no era algo a lo que pareciera darle mucha importancia. “El gobierno me chantajea para que no hable ni dé entrevistas; de lo contrario, resucitará los procesos judiciales pendientes”. Prefería preguntarme por la situación política en España y por amigos periodistas como Javier Espinosa: “Sufrimos mucho cuando le secuestraron en Siria”. Tenía un póster de Bob Marley y un dibujo del Che Guevara en su despacho, junto a la leyenda en inglés: “Todos nacemos libres”. En la mesa, una pantalla gigante de Mac con una alfombrilla de ratón del Bayern de Múnich, y en las estanterías, varias fotos, una caricatura suya y una escultura de la estatua de la Perla. Me pareció un hombre expansivo, generoso, convencido de su trabajo y de su misión, y con un insólito buen humor. Parecía un hombre feliz.

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