Una historia de violencia - Gatopardo

Una historia de violencia

Este texto sobre la creación de Sudán del Sur es parte de un volumen que
compila 15 años de experiencia periodística de Jon Lee Anderson en
África. El libro se llama La herencia colonial y otras maldiciones.

El 9 de julio de 2011, al dar la medianoche, el recién creado Estado de Sudán del Sur estalló en una celebración de júbilo. En Juba, la capital, hubo fuegos artificiales, redoblaron las campanas de las iglesias y los coches hacían sonar su claxon, mientras recorrían las calles abarrotadas de gente que gritaba y cantaba al son de los tambores.

En el cruce principal se alzaba la nueva torre del reloj en medio de una glorieta; en su pantalla digital parpadeaba en letras rojas: “Al fin, libres”.

La investidura del primer presidente, Salva Kiir, estaba fijada para la tarde del día siguiente y, en la cumbre de una colina, las máquinas excavadoras habían creado un amplio espacio cuadrado para acomodar a la muchedumbre. Un árbol solitario había sobrevivido a la embestida. Bajo los focos, los obreros montaban frenéticamente los graderíos y, en un mástil cercano, dos ingenieros chinos jugueteaban con controles remotos intentando asegurarse de que la bandera de Sudán pudiera ser arriada al mismo tiempo que se izaba la de Sudán del Sur.

Antes de la ceremonia, decenas de miles de personas se amontonaban en el lugar, contenidas por un cordón de soldados delante de las tribunas VIP. Las delegaciones extranjeras llegaban en vehículos todoterreno, comprados con gastos enormes que eran ya motivo de acusaciones de corrupción. Cuando los líderes se dirigían a sus asientos, eran anunciados por el maestro de ceremonias y aclamados por la multitud: Robert Mugabe, de Zimbabwe; Goodluck Jonathan, de Nigeria; Jacob Zuma, de Sudáfrica; junto a ellos, una treintena de líderes africanos. Llegó Ban Ki-moon, secretario general de las Naciones Unidas, así como Haakon Magnus, príncipe heredero de Noruega. China envió a su ministro de Vivienda y Desarrollo. Estados Unidos envió a Colin Powell; a la embajadora ante las Naciones Unidas, Susan Rice, y al general Carter Ham, jefe del Comando África del Pentágono.

La ceremonia se prolongó durante siete largas horas. El mástil funcionó impecablemente; los ingenieros habían hecho bien su trabajo. Pero los obreros no habían conseguido montar los toldos a tiempo sobre el graderío; sólo la sección presidencial estaba cubierta, y nadie había pensado en repartir agua. Bajo el abrasador sol ecuatorial, la gente empezaba a desfallecer. Algunos soldados, que estaban firmes, se desmayaban y tenían que ser retirados en camillas por sus compañeros.

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