Undocuqueers: salir de las sombras dos veces - Gatopardo

Undocuqueers: salir de las sombras dos veces

En medio de la resonancia que ha generado el movimiento de activistas Dreamers, los hijos de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos cuando eran niños, están aquellos que viven con un doble estigma: ser indocumentados y ser homosexuales. Éste es el adelanto del libro de Eileen Truax, “Dreamers, La lucha de una generación por su sueño americano”.

En medio de la penumbra, una luz ilumina un improvisado escenario, el área de un patio trasero que se encuentra junto a una terracita elevada sobre la cual juega a la música un DJ. Empieza a sonar una canción de Gloria Trevi, de esas que hablan de mujeres que se rebelan y se sienten bellas, y se descubren fuertes, y se comen al mundo. El murmullo de voces entrelazadas en charlas por aquí y por allá cesa por un momento y se convierte en un unánime grito jubiloso. La luz de una lamparita apunta hacia un vestido rojo que más bien es como una gran malla que deja entrever pedacitos de piel morena que se adivina sedosa, la ropa interior negra, un brassiere de copa pequeña y un boyshort que enfunda una cadera angosta y firme que sobresale por debajo del vestido. Lleva medias negras, zapatos altos cubiertos de diamantina y una melena oscura sintética acomodada hacia un lado. Ondulando la cadera en un esfuerzo por dominar los tacones pone una pierna al frente, luego la otra; gira la cabeza y una mirada sensual recorre a la audiencia. El grito jubiloso se vuelve a escuchar, y María sin Papeles se apodera del lugar.

Los ojos de María, chiquitos, rasgados, lanzan una mirada que, combinada con la sonrisa extraña, puede resultar cargada de ironía. Las cejas gruesas están arqueadas de más, colmadas de maquillaje al igual que los ojos coronados por largas pestañas postizas. Resulta una sorpresa ver el cambio de expresión, de personalidad, que María trae a la vida de Jorge. Porque cuando ella no está, cuando se quita el maquillaje, las pestañas, los tacones, el vestido, el sostén, las medias; cuando coloca la peluca en un cajón y en su lugar quedan el pelo corto casi a rape y el rostro con su aspecto natural, son los ojos cálidos y sinceros, es la actitud tranquila, mesurada, de Jorge la que lo domina todo.

Conocí a Jorge mientras realizaba la investigación para Dreamers, mi libro sobre jóvenes inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Estos chicos llegaron al país sin documentos, traídos por sus padres, a los dos, cuatro, cinco años de edad. Han vivido siempre en este país, se sienten estadounidenses, pero no cuentan con un papel que diga que lo son. Los dreamers reciben ese nombre debido a la ley conocida como DREAM Act, una iniciativa que busca regularizar su situación migratoria, con lo cual, entre otras cosas, podrían recibir apoyos del gobierno para ir a la universidad.

Como me ha ocurrido con cada dreamer que conozco, supe de Jorge por medio de un chico, del cual escuché por otro chico. Lo conocí en El Hormiguero, un espacio comunitario en el Valle de San Fernando, en el área norte de Los Ángeles, donde estudiantes, activistas y otros miembros de la comunidad suelen tener charlas, talleres y discusiones sobre varios temas. La reunión en la que lo conocí tenía un nombre tan sugerente, que habría sido absurdo no asistir: UndocuQueer Healing Oasis: oasis de curación undocuqueer. Un espacio en el que los dreamers homosexuales, bisexuales, travestis o transgénero comparten sus experiencias y hablan de lo que es vivir no con una, sino con dos identidades en conflicto con el establishment; de la manera en que buscan alternativas para avanzar aunque cueste más trabajo, y pues de que a veces uno se cansa.

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