Yaku Pérez: el indígena kichwa que casi es presidente de Ecuador

Yaku Pérez: El indígena kichwa que casi es presidente de Ecuador

Le pusieron un nombre colonizado, le cortaron el pelo al estilo colonizado y le enseñaron a hablar español en lugar de kichwa. Pero Yaku Pérez Guartambel se cambió el nombre y se hizo una carrera política. Recorrió las calles en bicicleta de bambú, promovió la entrega de canastas agroecológicas y sumó a su discurso la lucha feminista, las diversidades sexuales y los pueblos indígenas. Este defensor ambiental, que pide radicalmente un Ecuador libre de minería, podría seguir siendo un portavoz para los pueblos originarios de su país.

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Cuando esto comenzó, el hombre del micrófono le dio así la bienvenida: 

—Recibimos con un fuerte aplauso a nuestro gran líder: ¡que viva Yaku Pérez! 

El coliseo ya estaba repleto: banderas azules, pancartas con su nombre y las dos mil personas que, en el ardor de la mañana, habían hecho fila para entrar. Todos se fundieron en una sola bulla de gritos, aplausos y silbidos: 

—¡Que vivaaa! 

Yaku Pérez Guartambel, líder indígena, activista por el agua y contra la minería.

Yaku Pérez Guartambel, casi presidente de Ecuador.

Casi primer presidente indígena de Ecuador.

Ahora, de pie sobre el escenario, está a punto de terminar su discurso. Lleva una camisa blanca de mangas cortas, pantalón azul, sandalias de cuero negras, sin medias. Alrededor del cuello, ese pañuelo con los colores del arcoíris —símbolo del movimiento indígena— que casi nunca se quita. Por momentos es eufórico como fiera en plena cacería: grita, gesticula, mueve las manos; pero a veces es calmo como riachuelo. Entre el público, la mayoría son indígenas —con sus ponchos, sombreros y polleras—, pero también hay montuvios —campesinos llegados de la Costa—, negros con sus marimbas y tambores, y mestizos. Lo escuchan con atención. Él les habla de su nuevo movimiento que hoy, 14 de agosto de 2021, se presenta en el coliseo del Sindicato de Choferes de Cuenca, su ciudad natal, seis meses después de haber perdido las elecciones presidenciales el 7 de febrero. Les dice que será un movimiento ecologista y feminista. Entonces, de repente, se detiene y pide a todos que se levanten. Y todos se levantan.

—Ahora, démonos las manitos. Tenemos levantadas las manitos, sostenidas con fuerza. Quiero pedirles un compromiso de vida. Miremos un ratito a la Pachamamita; allá las estrellas —dice y señala con el índice hacia el cielo. 

La palabra kichwa Pachamama significa “Madre Tierra” o “universo”; Yaku siempre dice “Pachamamita”. Lo cierto es que todos en el coliseo obedecen y levantan la mirada como el que busca en el cielo a algún dios. Se hace el silencio. 

—Pidamos que la sabiduría de la Pachamamita nos guíe. Inspirados en la ternura de nuestros niños, en la rebeldía de los jóvenes, en la irreverencia de las mujeres, en la resistencia histórica de los pueblos, hagamos un compromiso. Si desean, cerremos los ojitos y abramos el corazón. 

Yaku pospone el momento del clímax. Muchos cierran los ojos frente a la vela encendida en el centro de la chacana, la cruz andina dibujada sobre el suelo con frutas y pétalos de flores, pendientes de conocer cuál será el compromiso que harán, qué les dirá ahora el hombre que tienen enfrente. Y Yaku, al fin, prosigue:

—Digamos ante la Pachamamita, ante los abuelitos y las abuelitas, ¿nos comprometemos a defender el agua?

—¡Sííí! —se escucha en un grito vigoroso que retumba en los graderíos.

Emocionado, Yaku vuelve a preguntar:

—¿Nos comprometemos a defender la vida?

—¡Sííí! —los gritos se tornan cada vez más fuertes.

—¿Nos comprometemos a dejar un mundo mejor para nuestros hijos?

—¡Sííí! —los asistentes comienzan a aplaudir.

—¿Nos comprometemos a dejar mejores hijos para este mundo?

—¡Sííí! —ahora al bullicio lo acompañan tambores.

Yaku continúa a los gritos para hacerse escuchar:

Kuyayay mujeres, kuyayay jóvenes, kuyayay mayorcitos, kuyayay Ecuador. 

En kichwa, kuyayay significa “¡que viva!”. 

Cobijado por Pachakutik, el brazo político del movimiento indígena, Yaku Pérez Guartabel, abogado de 52 años, renunció a un cargo que le producía satisfacción, aunque apenas lo ejerció por un año y cuatro meses: el de prefecto de la provincia del Azuay, en el sur del país, a 470 kilómetros de Quito y muy cerca de la frontera con Perú. Lo hizo para presentarse como candidato en las elecciones presidenciales. Y sorprendió al quedar en tercer lugar, apenas a 34 000 votos de alcanzar la segunda vuelta; treinta y cuatro mil en un padrón de trece millones. Además, las encuestadoras decían que, si pasaba a la segunda vuelta, hubiese vencido cómodamente a cualquiera de los dos candidatos finalistas: Andrés Arauz, el rostro del correísmo para volver al poder, o Guillermo Lasso, el exbanquero identificado con la centroderecha, quien terminó por ganar las elecciones. Pero Yaku Pérez Guartambel no pasó a la segunda vuelta y es, desde entonces, el casi presidente de Ecuador.

En su libro La resistencia (2018) los capítulos llevan títulos como “Toda mina contamina”, “La minería, mal negocio para los pueblos”, “Agua en la minería”, “Minería y espejismo económico” o “La ilusión del empleo minero”. Amigos y adversarios lo reconocen como un luchador por el agua, pero también ha sido calificado de extremista por pedir radicalmente un Ecuador libre de minería, una industria que representa el 1.6% del PIB, bañada con la promesa de expandirse en los próximos años. Su defensa de la naturaleza lo llevó a decir, hace poco, que prefería que no pusieran radares para detectar las avionetas del narcotráfico en el cerro Montecristi —que está en una de las zonas más afectadas por la droga—, con tal de no dañarlo. Sin embargo, su imagen de hombre de bases, de alguien que surgió de la pobreza, ha provocado que gran parte de la izquierda ecuatoriana lo vea como una opción.

En mayo, tres meses después de esa primera vuelta, Yaku hizo una advertencia: si Pachakutik pactaba con el movimiento correísta —la Unión por la Esperanza que aglutinó a todos los seguidores del expresidente Rafael Correa— o con Lasso, él se iría. Con la nueva Asamblea fragmentada, sin una mayoría y con muchas minorías dispersas, Pachakutik se vio obligado a negociar con Lasso y obtuvo así la Presidencia de la Asamblea. Yaku, tras veinticinco años de militancia, cumplió su palabra y se fue del partido. Por eso, hoy presenta su nuevo movimiento ante estas dos mil personas, que antes de su discurso participaron de una ceremonia ancestral para agradecer al Taita Inti (el sol) y a la Pachamama; zapatearon y bailaron en círculos y, al terminar, hicieron fila para recibir su almuerzo: mote, arroz revuelto con verduras y algo de pollo, papas con salsa de maní, ensalada de lechuga y tomate, todo servido sobre una hoja de col, “para no usar platos de plástico, porque somos un movimiento ecologista”, me dijo una de las mujeres que servía la comida, aunque las cucharas y los vasos para la limonada y el jugo de tamarindo fueran de plástico.

—En el 2025 el pueblo llegará al poder —dice Yaku en el coliseo—. Este nuevo movimiento es inspirado en el agua; porque puede haber un cuarto lleno de oro, pero sin agua no vivimos. 

El nuevo movimiento político se llama Somos Agua. Su color es el azul y su logo es una gota de agua. Yaku, en kichwa, significa “agua”. 

Después, el hombre del micrófono le pone el final a todo con esta frase: 

—Así inicia el nuevo sueño: Yaku 2025.

Poco más tarde, el coliseo queda vacío. 

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