ADN: un retrato incompleto de la identidad – Gatopardo

ADN: un retrato incompleto

En el imaginario colectivo, el ADN parece tener un carácter inmutable. Pretendemos justificar muchos comportamientos o costumbres diciendo “es que está en mis genes”, como si la doble hélice fuera una sentencia dictada en el momento de nuestra concepción. Pero nuestro ADN cambia.

Tiempo de lectura: 5 minutos

Cuando nací, lo primero que hizo mi madre al recibirme en sus brazos, luego de asegurarse de que nadie estuviera viendo —era nuestro primer momento a solas—, fue contarme los dedos de las manos. Los contó dos veces y el resultado fue el mismo: cinco en cada mano. En el lado externo de su pulgar derecho, al final del metacarpo, ella tenía una cicatriz, la marca que dejó la remoción de un onceavo dedo. Aunque la polidactilia es poco heredable, 14% en promedio, mi madre estaba muy preocupada por esa parte de su genética. 

En mis genes está escrito que mi piel es de tez morena —pero nada dicen de mis tatuajes­—, que mi cabello es negro —aunque ya pinta varias canas—, que algunos edulcorantes me saben amargos por variaciones en la secuencia de los genes TAS2R9 y TAS2R31, que codifican receptores del sabor, y que mi grupo sanguíneo es A+, la A de parte de mi madre y lo positivo, de mi padre.

Como especialista en genómica sé que en estos datos hay también rangos de probabilidades, pues no todo código genético se escribe en piedra y el entorno también mete su cuchara. Por ejemplo, mi madre, con sus 1.54 metros, insistía en que yo no debía de hacer caso a su estatura y los 1.68 de mi padre para alcanzar, al menos, 1.80. Yo estoy bastante satisfecho con 1.76 y estoy convencido de que tanto mis genes como el ambiente —mi dieta y hacer ejercicio, por ejemplo— dieron todo lo que podían dar. Pero mi espíritu científico necesitaba mayor precisión, así que decidí hacerme una prueba de ancestría en el estudio Código 46.

Si me hubiera hecho este análisis más temprano en la vida, hubiera estado mucho más pendiente de sus pelos y señales, a la expectativa de lo que me depararía el futuro, pero a mis 36 años, el tiempo ya me había adelantado que no desarrollaría pelo en la espalda ni calvicie prematura —ni siquiera en la coronilla—, pero que sería uniceja. Gracias al análisis sé que tengo un poco más de un tercio de probabilidades de desarrollar diabetes y menos de un décimo de desarrollar cáncer de próstata —lo que me recuerda que le debo una llamada a mi médico de cabecera—. Estas probabilidades no me sorprenden: la historia familiar ya me lo tenía advertido. Otra parte del análisis me tranquiliza: “No se encontraron variantes genéticas que predispongan al cáncer de mama”. Algo que a mi madre también le preocupaba heredarme.

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