Ema, de Pablo Larraín, cuenta la historia de una pareja de coreógrafos que deciden devolver al hijo que adoptaron

Mariana di Girolamo y Gael García Bernal hablan de su trabajo en esta película, que filmaron escena a escena sin haber leído el guión y dejándose sorprender por el rumbo que tomaría la historia.

El chileno Pablo Larraín es un cineasta que a lo largo de su carrera ha abordado la faceta social de la era postdictatorial en su país con relativa sobriedad, sin exigirle demasiado al espectador. Eso cambia con Ema.

Este largometraje estelarizado por Mariana di Girolamo y Gael García Bernal, contado a través del reggaetón y la coreografía, entre luces de neón reflejadas en la sudorosa piel de los protagonistas y vistas espectaculares de Valparaíso, contrasta con todo lo anterior en su carrera. Ema es una película sensorial y estimulante apoyada en la brillante cinematografía de Sergio Armstrong —colaborador frecuente de Larraín—, en su contagioso soundtrack y en un portentoso estilo que dirige al espectador más hacia una experiencia, que a una historia coherente. Esta película es el experimento más formalmente audaz de Larraín, una película catártica y satisfactoria.

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Mariana di Giacomo, protagonsita de Ema.

Ema transmite una sensación de aleatoriedad, es una historia ingrávida, de pocas preocupaciones que salen a través de una expresión cruda, ya sea baile, música, sexo, llanto o placer. La película está construida alrededor de ejes variados y su trama, la historia de una pareja que tiene que “devolver” al hijo que adoptaron al no poder encargarse de él— en realidad no es del todo clara hasta mucho después de su inicio. Es leyendo entre los personajes y sus dinámicas que transpira el dolor de su pérdida y los intentos  inútiles de darle sentido a su decisión.

“Nosotros grabamos escenas sin saber nada. Nunca leímos un guión, no sabíamos de dónde venían o hacia dónde iban los personajes”, explica di Girolamo. En esta ocasión, Larraín optó por un método —al estilo de directores como Wong Kar Wai o Mike Leigh— en el que el guión fue retrabajado momentos antes de cada grabación, y se les fue entregando a los actores paulatinamente. “Fue un proceso completamente distinto. Para mí fue una sorpresa gigantesca cuando vi la película por primera vez. Creo que Pablo la podría haber construido de mil y un maneras”. 

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Mariana di Giacomo y Gael García Bernal en Ema de Pablo Larraín.

Gael García Bernal también se sintió atraído a este novedoso estilo de trabajo. “Antes se tomaba una foto y hasta después se podía ver qué tal quedaba. Eso pasa todavía en el cine, se filma para después ver qué onda. Nunca se sabe del todo, se va descubriendo y se van aportando elementos a lo largo de la filmación”. El trabajo de montaje en Ema es quizá, más que su fotografía o sus actuaciones, el elemento más notable. La película se interrumpe constantemente con escenas de baile que no necesariamente suman a la narrativa, sino a los rasgos identitarios de sus protagonistas, revelando de forma sutil sus comportamientos y sensaciones.

El trabajo de Pablo Larraín suele tocar temas políticos, y aunque en Ema esta visión no es tan explícita como en otros trabajos, el tema está presente. Especialmente en la desigual relación de los personajes principales. Entre Ema y Gastón —su esposo— hay 12 años de diferencia, y una perspectiva diferente sobre el arte, cómo disfrutarlo y la feminidad.

A través de su soundtrack, compuesto por Nicolas Jaar, se hace un énfasis en la juventud reggaetonera de la actualidad. En ese sentido, Ema es un retrato generacional entre diálogos y conflictos. “Mi participación en la película implicó entrar en una dinámica y cosmovisión poco a poco establecidas: mi visión paternalista de Mariana y las otras actrices bailando”, reflexiona Bernal. al respecto, para concluir así: “Es una visión un tanto de viejo. Es la primera vez que me siento sin herramientas o referencias culturales para interactuar con un tema generacional”.

Ema habla de una dolorosa pérdida y de la estela de dolor que deja en la dinámica de una ácida relación de pareja. Pero aún entre la culpa, el odio y el resentimiento, la película encuentra el modo de ser vivaz e hipnotizante. Cuenta su historia entre luces neón y pasos del reggeaton que las generaciones anteriores no entienden.  

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