Pablo Larraín, un cineasta entre dos mundos

Perfil de Pablo Larraín, un cineasta que no se pone límites y que hoy es uno de los directores latinoamericanos más prestigiados.

En manos de Pablo Larraín, los íconos se vuelven tangibles y los ídolos bajan de su pedestal para mezclarse con la gente común. En 2016, el cineasta chileno estrenó dos películas que triunfaron en festivales internacionales y que comparten una característica fundamental: revelan una faceta oculta de dos personajes legendarios de la historia reciente. Jackie y Neruda llegan a los cines mexicanos a inicios de 2017 con apenas un par de semanas de distancia entre ellas. Ambas películas abordan un momento clave en la vida de sus protagonistas homónimos y son una vitrina clara de los talentos cinematográficos de Pablo Larraín.

El cineasta y productor chileno se ha convertido en uno de los más célebres representantes del cine de su país. A sus 40 años de edad, ha dirigido seis largometrajes, una serie de televisión para HBO y sus películas han triunfado en festivales internacionales como Sundance, Berlín y Cannes. Larraín nació en la capital de Chile poco después del inicio de la dictadura de Augusto Pinochet, como el segundo de seis hijos de una familia de abogados involucrados de lleno en la política nacional. Su padre, Hernán Larraín, es presidente de la Unión Democrática Independiente, un partido de derecha, así como senador por la región del Maule, ubicada en el centro de Chile. Su madre, Magdalena Matte, fue ministra de Vivienda y Urbanismo durante el gobierno de Sebastián Piñera: el primer presidente de derecha en tomar el cargo desde 1990, año en que Augusto Pinochet dejó el poder tras el plebiscito que tuvo lugar dos años antes. A pesar de ello, Pablo Larraín hace cine que se desmarca de la herencia ideológica que define a su familia en las esferas locales, como demostró en No, película con la que atrajo atención internacional en 2012.

En 2008, durante la promoción de la cinta Tony Manero, señaló a la derecha y al gobierno de Pinochet como responsables directos de la eliminación de la cultura entre 1974 y 1990, así como de la persecución de artistas y creadores. De acuerdo con el director, los chilenos pasaron casi dos décadas sin poder expresarse por medio de las artes, ya que los gobiernos de derecha —no sólo el de Chile—, carecen de interés en la cultura, revelando una falta de conocimiento que les impide disfrutar cualquier producción cultural.

Su sólida postura política, combinada con su singular visión cinematográfica, se tradujo en una cinta que mostró al mundo entero el fin de aquella dictadura. No —protagonizada por el mexicano Gael García Bernal y el también chileno Alfredo Castro— expone la campaña publicitaria con la que la oposición chilena ganó un plebiscito que parecía perdido desde su concepción. Al mismo tiempo, la cinta acercó a la sociedad de su país a un capítulo importante y luminoso de su historia reciente. En 2013, No fue nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera.

Esa claridad para encontrar en el cine una vía para mostrarle a la audiencia otras caras de la historia reciente es vital para su producción cinematográfica. “Tengo una fascinación por el pasado y por los procesos históricos. Vivimos en un mundo muy explosivo y muy conectado, que está cambiando muy rápidamente. Estamos en circunstancias que nos cuesta pensar en qué estamos y de dónde venimos”, dice Larraín en entrevista para Gatopardo desde Los Ángeles. El cineasta chileno ha pasado los primeros días del 2017 promoviendo en Hollywood sus dos películas más recientes en esta temporada de premios a lo mejor de la industria del cine. El día que posó para la portada de Gatopardo, Larraín se encontraba en los estudios de la 20th Century Fox, grabando su comentario para el DVD de Jackie. En esta cinta, como en sus trabajos anteriores, el cineasta utiliza materiales de archivo que le sirven como apoyo al construir estas versiones ficticias de la realidad.

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