La verdad detrás de los premios Oscar - Gatopardo

La verdad detrás de los premios Oscar

En los últimos años, Hollywood ha utilizado el Oscar como algo más que un reconocimiento a lo mejor del séptimo arte.

Era 21 de marzo de 1999, la ceremonia 71 de los premios de la Academia. Harrison Ford subía al escenario para dar el último premio de la noche, el más codiciado de todos: el Oscar a Mejor Película. Las contendientes eran el drama monárquico Elizabeth; la italiana La vida es bella (La vita è bella); el filme bélico La delgada línea roja (The Thin Red Line); Shakespeare apasionado (Shakespeare in Love) y Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan), de Steven Spielberg.

La cinta de Spielberg partía como la gran favorita de la noche tras una temporada en la que también había recibido el Globo de Oro a Mejor Película Dramática, el premio del sindicato de productores (PGA), el premio del sindicato de directores (DGA) y una veintena de reconocimientos, incluyendo cinco premios Oscar esa misma noche: Mejor Director para Spielberg, Mejor Fotografía, Mejor Edición, Mejor Sonido y Mejor Edición de Sonido. Sin embargo, Saving Private Ryan no fue el nombre que Ford encontró al momento de abrir el sobre.

“And the Oscar goes to… Shakespeare in Love”, dijo en el escenario, desatando entre los asistentes gritos y aplausos de sorpresa. Entre las filas donde se encontraban sentados los productores de la recién convertida en ganadora del Oscar a Mejor Película la sorpresa era mayúscula. Mientras la cámara enfocaba a los ganadores, una hombre alto y gordo aparecía lentamente en la pantalla.

Ese hombre, uno de los productores más exitosos de la década de los noventa. había conseguido uno de sus más grandes anhelos: ganar el Oscar, aunque para lograrlo había tenido que embarcarse en la campaña publicitaria más agresiva y sucia que los Premios de la Academia hayan presenciado en sus 71 años de historia. Claro que para Harvey Weinstein eso de convertirse en sucio y agresivo no era precisamente un problema, o al menos no uno que afectara sus posibilidades de éxito; al contrario, ese era su modus operandi. Desde entonces, el camino de una película al Oscar no ha sido igual.

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El equipo de productores de Shakespeare in Love y la actriz Gwyneth Paltrow – Fotografía: AMPAS

En los últimos años, el manual de Weinstein —el Rey Midas de Hollywood que cayó en desgracia después de que se destaparon una veintena de acusaciones de abuso y acoso sexual en su contra— para ganar un Oscar no es visto como una anomalía, sino como una guía a seguir. Año con año, los estudios gastan una centena de millones de dólares en conjunto para presentar, exhibir y promover las películas que consideran capaces de entrar en la temporada de premios. Los métodos son varios, organizar eventos, presentar funciones a sindicatos y asociaciones de críticos con miembros del elenco o equipo de producción, pagar anuncios en las principales zonas de concurrencia de los votantes (Los Angeles y Nueva York), levantar historias que mantengan viva la conversación sobre cierta película o incluso, en el caso más extremo, consentir a los posibles votantes con regalos que al menos hagan que la candidata esté fresca en la memoria al momento de seleccionar las candidaturas. “Para su consideración”, dicen la mayoría de los obsequios que llegan a donde sea que haya un miembro de la Academia en activo.

Así es como llegamos al atípico caso de Roma, la estupenda película mexicana que ha logrado posicionarse como la favorita para alzarse con los premios a Mejor Película y Mejor Película Extranjera, algo que, de lograrse, nunca antes se había visto. Para posicionar la cinta, Netflix (la productora y distribuidora de la cinta de Alfonso Cuarón) ha hecho todo lo que una película candidateable al Oscar tiene que hacer: buscó estar presente en cualquiera de los festivales de otoño (Venecia, Telluride y Toronto conforman la selecta lista y Roma se exhibió en los tres); mantuvo una cercanía con las asociaciones de artistas y críticos poniendo a su talento a disposición de cualquier ceremonia posible; tapizó paradas de autobús, anuncios espectaculares, fachadas de edificios e incluso las portadas de Los Angeles Times y Variety (el medio especializado más importante del mundo del entretenimiento); envió presentes a personalidades clave, ya sea un libro de colección con fotografías de la película y un breve texto escrito por Valeria Luiselli o una versión en pasta dura del guion de la película en inglés y español; y organizó maniobras de promoción estratégicas que mantuvieron a la película viva desde su primera presentación, en septiembre de 2018, hasta esta semana. Un esfuerzo titánico y muchos millones invertidos alrededor de una película fantástica.

Sin embargo, aunque las estrategias necesitan ser las mismas que las motivadas por el Miramax de los hermanos Weinstein (en gran medida esa será siempre  la verdad detrás de los premios Oscar) , las formas de reconocimiento han cambiado, especialmente por dos componentes que la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood (AMPAS) y la propia industria necesitan destacar: el momento político y social que viven los Estados Unidos y los intereses que eso conlleva; y una exigencia por mantenerse a los ojos del mundo como una maquinaria capaz de producir dinero.

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Marina de Tavira, Alfonso Cuarón, Yalitza Aparicio y Nancy García en un evento promocional de Roma – Fotografía: Netflix

La Academia siempre se ha dejado llevar por ciertas corrientes a lo largo de su historia. En la década de los setenta se enfocaron en reconocer películas que tomaban el pulso de la América violenta, ya sea en el Estados Unidos de antaño, con El golpe (The Sting) y las primeras dos entregas de El Padrino (The Godfather) como máximas representantes, o con Contacto en Francia (The French Connection), una cinta que abordaba la irrupción de las drogas en el Nueva York de los setenta.

En los ochenta la tendencia estuvo marcada por los dramas familiares los que dominaron los Oscar: Kramer vs Kramer, Cuando los hermanos se encuentran (Rain Man), Gente común (Ordinary People) y La fuerza del cariño (Terms of Endearment). En los noventa la moda viró hacia el cine independiente, representado por El paciente inglés (The English Patient) y Belleza americana (American Beauty).

Sin embargo, en este siglo, el comportamiento de la Academia ha pasado de ser ecléctico —por solo mencionar que en estos últimos 19 años han ganado como Mejor Película, dos cintas de fantasía (El señor de los anillos: El retorno del rey y La forma del agua), un musical (Chicago) y una comedia (Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia)— a sumamente “conveniente”, por llamarlo de alguna manera.

En 2014, ante el latente incremento de denuncias y protestas contra el racismo en los Estados Unidos, la Academia volteó hacia un drama como 12 años esclavo (12 Years a Slave), una cinta que rescataba la historia de liberación de un esclavo afroamericano en el siglo XIX. En 2016, reconoció a En primera plana (Spotlight), una —buena— película que levantaba la voz ante la opacidad del Vaticano en casos de abuso sexual y en 2017, el primer año de Trump en la Casa Blanca, el Oscar hizo a un lado a películas completamente académicas, como el musical La La Land: Una historia de amor (La La Land) y el drama Manchester frente al mar (Manchester by the Sea), para reconocer a Luz de luna (Moonlight), un filme que retrataba la vida de un joven afroamericano homosexual en una zona latina. El Oscar se había vuelto un premio político.

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El crew de Moonlight al subir al escenario para recibir el Oscar a Mejor Película, que ya había sido anunciado para La La Land – Fotografía: AMPAS

Este año no es la excepción. Entre las ocho contendientes a Mejor Película en este año se pueden encontrar cuatro que obedecen al discurso político liberal de la Academia (por más conservador que pueda sonar esto) y una que responde a los intereses lucrativos de Hollywood.

El caso de El Vicepresidente: Más allá del poder (Vice), es un claro desmarcamiento de la narrativa republicana, hoy liderada por Trump, en el que juegan con la figura de un importante político y lo convierten en un simple ente maquiavélico sin consideraciones, mientras que en Green Book: Una amistad sin fronteras (Green Book), la Academia encuentra su máxima oportunidad para criticar el racismo en la nación americana (aunque en el caso de Blackkklansman, donde Spike Lee logra hacer un genuino retrato del racismo en los Estados Unidos de 1970 y 2018, la Academia seguramente decidirá no arriesgarse).

Un caso distinto es el de Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury (Bohemian Rhapsody), una película que recibió malas calificaciones por parte de los críticos en todo el mundo, pero que se convirtió en un éxito masivo en la taquilla global. Los más de 850 millones de dólares que ha recaudado este superficial acercamiento a la vida de Freddie Mercury, vocalista de la banda inglesa Queen, le han perdonado al filme muchas de las fallas que comúnmente bloquearían el camino a la estatuilla de cualquier otra cinta. Entre ellas hay notables inconsistencias en su historia y hasta recientes acusaciones contra su director Bryan Singer, de haber mantenido relaciones sexuales con menores de edad durante los noventa y principios de los años dos mil. Con la intención de atraer público, a su cada vez menos popular ceremonia televisada, la Academia aceptó a un filme que, en otro momento no hubiera podido competir por ningún premio a lo mejor del cine.

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Bohemian Rhapsody – Fotografía: 20th Century Fox

Y la síntesis de ambos casos es Pantera Negra (Black Panther), película de Disney que extrañamente contiende por el Oscar a Mejor Película, honor que ninguna otra producción basada en una historieta (incluyendo la aclamada The Dark Knight de Christopher Nolan) había logrado. La película no sólo fue un éxito en taquilla (700 millones de dólares en Estados Unidos y otros 646 millones en todo el mundo), también se convirtió en un estandarte de la comunidad afroamericana, que no suele verse representada en este tipo de cine. Todos estos argumentos, tanto económicos como políticos, jugaron a favor de Kevin Feige, cabeza de Marvel Entertainment, quien se propuso conseguir la nominación al Premio de la Academia a como diera lugar.

Feige, aprendiz de las técnicas de Weinstein y Bob Iger (antiguo líder de Disney), organizó una feroz campaña por mantener viva su película a lo largo del año. Hizo que se le considerada indispensable en la conversación sobre el entretenimiento, la representación en el mainstream e incluso la lucha contra la tiranía en el poder. A pesar de que la película no tiene los méritos propios para contender por el máximo premio de la industria hollywoodense, sí obtuvo el ruido suficiente para convencernos de ello.

Después llegaron las nominaciones. Black Panther figuraba entre los Globos de Oro, los Grammy, los BAFTA y los premios del sindicato de productores (PGA). La sorpresa final llegó la madrugada del 22 de enero; Marvel había hecho lo imposible. Black Panther competía en ocho categorías, incluyendo la principal. Una vez más, esa es la verdad detrás de los premios Oscar.

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Black Panther – Fotografía: Marvel Entertainment

Es difícil saber cómo se comportará el Oscar en los próximos años. No se sabe si volverá a sus viejas mañas de dejarse llevar por campañas agresivas o si se convertirá paulatinamente en un reconocimiento a lo más beneficioso para la industria del entretenimiento. Sin embargo, algo es seguro, hace mucho que la Academia dejó de preocuparse por reconocer a “lo mejor del séptimo arte”.

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