Maleus Malleficarum
El libro de la Edad Media que justificó y reglamentó la cacería de brujas.
noviembre 22, 2019

El Malleus Maleficarum o el “Martillo para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza” es un libro de 1486 que contribuyó a inventar la brujería como herejía y justificar la violencia contra las mujeres. El libro fue escrito por dos monjes inquisidores dominicos, Heinrich Kramer de Alsacia y Jacob Sprenger de Basilea, ambos del Sacro Imperio Romano Germánico, hoy Suiza e intentaba explicar sin sustento verídico las causas de las desgracias que azotaban a la Edad Media.

“Las prácticas brujeriles con frecuencia no son más que la respuesta popular a lo ininteligible de la liturgia, incapaz de satisfacer las expectativas populares de trascendencia o defensa frente a las dificultades de la vida”, escribe Miguel Jiménez Monteserín, doctor en historia por la Universidad de Estrasburgo, y quien tradujo al español en el 2004 el Malleus Maleficarum.

La única razón por la que el libro se imprime en días modernos, explica Monteserín, es para dar cuenta de la persecución realizada contra las mujeres acusadas por brujería y los razonamientos que la justificaron. La caza se dio principalmente durante la baja Edad Media, una época infestada de males, epidemias, hambruna y tempestades. En esa época, la Iglesia Católica Romana, la máxima autoridad política y moral en la Europa del siglo XIV, encontró en la incertidumbre de estos tiempos una oportunidad para plantear su credo como única certeza y señalar a su contraparte, Satán, como el responsable de las tragedias que aquejaron a la sociedad.

“La comprobación de la penetración del diablo como agente del mal se encuentra al alcance de cualquiera que mire a su alrededor, pero el diablo, por ser espíritu necesita de instrumentos humanos que le secunden en su obra destructora del mundo material”, dice Miguel Jiménez Monteserín sobre la personificación del demonio en figuras humanas.

Con el Malleus Maleficarum es la primera vez en la historia que aparecen integrados en un mismo escrito el origen del mal, sus manifestaciones y la criminalística como método para descubrirlo en la práctica. En una época de incertidumbre y crisis institucional hablar sobre los agentes del demonio es hacer referencia a los actores que están desvirtuando a la sociedad, por lo tanto, a Satán también se le adjudican las contravenciones del “orden sexual tradicional”. “Como en tantas otras circunstancias de cambio social, la familia como elemento clave de la ordenación social está entrando en crisis y no cabe más que pensar que el diablo mismo es el responsable auxiliado por sus incondicionales”, escribe Monteserín.

Satán, entonces, es culpable de la pérdida de valores éticos y lo responsabilizan por la libertad sexual a la que cualquier individuo podría aspirar. “Quien pretende contribuir de este modo a la destrucción del género humano viciando el sucio origen que cualquier hombre arrastra. Que la relación sexual, de por sí reprobable, queda manchada”, explica Miguel Jiménez sobre los argumentos que se usaban durante el medievo.

Aquelarres y hogueras. En esta ilustración, procedente de un manuscrito suizo, se representa a la izquierda la celebración de un aquelarte, y a la derecha una quema de brujas en Baden.

La mujer hereje

Silvia Federici, en Caliban y la bruja (2004), explica cómo hubo un cambio de objetivo en la persecución herética y una focalización de sus prácticas inquisitivas en las mujeres. Después de la muerte de un tercio de la población europea entre 1347 y 1352 a causa de la peste negra, las prácticas reproductivas y los aspectos sexuales de los herejes adquirieron mayor importancia y fueron motivo de persecución. Anteriormente, durante la alta Edad Media, las mujeres controlaban su función reproductiva a través del aborto y el uso consistente de anticonceptivos. Estas prácticas, las cuales le permitían a la mujer tener relaciones sexuales sin quedar embarazadas, fueron consideradas por las autoridades eclesiásticas como prácticas heréticas: “pociones para la esterilidad” o “maleficia”.

Previo a la peste negra, al final de la Edad Media, estas prácticas no eran severamente castigadas. “Las cosas, no obstante, cambiaron drásticamente tan pronto como el control de las mujeres sobre la reproducción comenzó a ser percibido como una amenaza a la estabilidad económica y social”, señala Federici.

El Malleus Maleficarum, dividido en tres partes que abordan la brujería y el combate de ésta. En su primera parte el libro habla del tema desde la perspectiva de la Filosofía, la Teología y de la Sagrada Escritura. Sin embargo las fuentes que utiliza y los teólogos que cita datan de siglos antes de la creación del libro para justificar sus ideas. En su segunda parte incluye casos prácticos y supuestas experiencias de encuentros cercanos con brujas y presenta remedios para combatir los maleficios que “las mujeres malignas” hacen sobre los hombres, animales o cosechas. Y en su tercera parte el libro da instrucciones y métodos de interrogatorio para enjuiciar a las brujas. Entre los remedios que proponen para quienes teman de esta herejía está hacer demostraciones de devoción a la fe y peregrinar hacia los lugares considerados santos.

El libro está plagado de un lenguaje de persecución a las mujeres, quienes son tildadas de inalcanzables, pero que al lograr entablar una relación con ellas, se vuelven seres maliciosos. Sus páginas se refieren a las mujeres como “el mal necesario, la pena ineludible, el peligro doméstico, el mal de la naturaleza pintado con buen color”. Y hacen mención de la “mujer excelente” o la buena mujer, la que es esposa y perdona las infidelidades de su esposo, y de la mala, carnal, quien no puede contener su deseo, y quien es más propicia de practicar la brujería debido a su incontrolable lujuria.

En el Malleus Maleficarum se señala que las brujas infectan de siete modos, según la libre interpretación de la Biblia: la primera forma es mediante el “arrastre” de los hombres a un amor descontrolado; la segunda es bloqueando su capacidad para embarazar mujeres; la tercera, desapareciendo el miembro viril a través de un sortilegio; la cuarta es que transforman a los hombres en bestias diversas; y la quinta, arruinan la fecundidad de las mujeres; sexta, provocan abortos y séptima, ofrecen a los niños al demonio.

En el libro se detalla exactamente cómo las brujas cometen sus maleficios. El “Capítulo VII” explica ampliamente “la costumbre” de suprimir los miembros viriles, no despojándolos realmente, sino desapareciéndolos con encantos. Al respecto, el libro instruye con ejemplos, como el de un joven de Ratisbona, Alemania, que cuando quiso dejar a una mujer después de tener relaciones, perdió su pene y en su lugar apareció una superficie plana o el del padre de un convento, y explica que la desaparición del miembro viril es un artificio mágico o una ilusión del diablo que buscar burlarse de su víctima.

Las brujas de Berwick. El rey Jacobo VI, preside un tribunal para examinar la culpabilidad o inocencia de las presuntas brujas de Berwick. Grabado de la obra Newes from Scotland. 1591.

La caza de brujas

Las víctimas de la caza de bruja eran en su mayoría mujeres campesinas en Europa. La práctica también fue llevada al “Nuevo Mundo” por los misioneros y conquistadores para controlar a las poblaciones locales por “adoración al demonio”. Sin embargo de acuerdo con Federici, la caza de brujas, popular entre 1580 y 1630, es un periodo que se minimizó en la historia. Una de las razones por las cuales la matanza de mujeres en la hoguera permaneció como un suceso menor, fue porque los estudiosos de este fenómeno eran casi exclusivamente hombres.

Entre los archivos, la narrativa sobre la caza de brujas era que las mujeres a las que perseguían eran “necias despreciables que padecían alucinaciones”, según documenta Caliban y la bruja. Entonces, se entiende que la quema de mujeres en la hoguera era una especie de “terapia social” y que quienes eran víctimas se podían adscribir a términos médicos aceptables como “pánico”, “locura” y “epidemia” que exculparon a los cazadores de brujas y “despolitizaron” esos crímenes, cometidos y aceptados en la mayoría de las veces por el Estado.

“Según la filósofa feminista Mary Daly, buena parte de la literatura sobre este tema ha sido escrita desde ‘un punto de vista favorable a la ejecución de las mujeres’. Porque desacredita a las víctimas de la persecución retratándolas como fracasos sociales (mujeres ‘deshonradas’ o frustradas en el amor) o incluso como pervertidas que disfrutaban burlándose de sus inquisidores masculinos con sus fantasías sexuales”, escribe Federici.

De acuerdo a Federici, la caza de brujas santificaba la supremacía masculina e inducía a los hombres a temer a las mujeres. En el siglo XIV, ninguna mujer escapaba a las sentencias del Malleus Maleficarum y potencialmente todas podían ser brujas. En el libro se sugería que había que sospechar especialmente de las “mujeres sabias”, parteras o aquellas que tuvieran conocimientos obstétricos, ya que podían ayudar a las mujeres a abortar, y se proponía que cambiaran su función a vigilantes de los procesos reproductivos de las mujeres, controlando que no ocultaran sus embarazos y que no parieran hijos fuera del matrimonio. Incluso, en países como Francia e Inglaterra no se les permitía a las mujeres practicar obstetricia a finales del siglo XVI, afirma Federici.

Quienes eran consideradas brujas eran juzgadas ante los Tribunales de la Inquisición. Si había sospechas, el brazo secular o quienes dictaban sentencias, decidían el destino de las acusadas. Las mujeres podían arrepentirse, pero había que probar con llanto y con seguimiento por más de un año que no habría “relapso” en la “perversión herética”. Algunas de las herejes terminaban en hogueras, quemadas vivas y otras cruelmente emparedadas, y cualquier mujer podía ser acusada porque no se sabía en qué herejía habría incurrido, porque todo jugaba.

“La caza de brujas fue, por lo tanto, una guerra contra las mujeres; fue un intento coordinado de degradarlas, demonizarlas y destruir su poder social”, concluye Federicci.

“El Aquelarre” de Goya. El diablo, bajo la forma de un macho cabrío, es adorado por un grupo de brujas que le ofrecen niños en sacrificio, alusión quizás a la práctica del aborto. Óleo de Francisco Goya. 1797-1798. Museo Lázaro Galdiano, Madrid.


 

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