Los poemas que Emily Dickinson le dedicó a una mujer

A Emily Dickinson le gustaban las mujeres

Nos han tratado de convencer de que la poeta pudo haber sido una mujer frustrada por un hombre casado, un ser asexual, una solterona o una virgen encerrada en la casa familiar… Pudo haber sido todo, menos lesbiana.

Tiempo de lectura: 8 minutos

Durante años he estado intentando 
no tanto imaginar a Emily Dickinson, 
sino más bien visitarla, entrar en sus pensamientos, 
a través de sus poemas y cartas, y a través 
de mis propias intuiciones sobre lo que pudo suponer 
vivir en Amherst (Massachusetts) 
siendo uno de los dos genios estadounidenses 
de mediados del siglo XIX y mujer.
Adrienne Rich

Tengo que esperar
algunos Días
antes de verte – 
Tú eres
demasiado trascendental.
Pero recuerda 
es idolatría,
no indiferencia.
Carta de Emily Dickinson
a Susan Huntington Gilbert

 

Amherst, Massachusetts. Principios de diciembre de 1852. Una jovencita de cabello ¿negro o pelirrojo? está sentada y escribe. La silla es incómoda, la mesa es pequeña y tiene un solo cajón. Frente a ella se encuentran el tintero, muchas flores secas, un papel periódico, la ventana. El paisaje también está a la altura de su mirada y observa cómo algunos copos de nieve se precipitan sobre el sendero que conduce a la casa vecina, “a un seto de distancia”, donde vive su cuñada, Susan Huntington Gilbert, con quien comparte un amor profundo. Moja la punta de la pluma y se vuelve a concentrar. “Tuya hasta la muerte” es el enunciado que coloca antes de firmar la carta con un seudónimo. El estilo singular, que se caracteriza por el uso de guiones, la métrica alterada y el énfasis en las mayúsculas, es reconocible de inmediato. Se trata de Emily Dickinson. Son sus manos y es su pluma.

Pasan los años y esta mujer ya ha publicado una decena de poemas. Algunos son de amor y están dirigidos a Susan. Los tuvo que masculinizar o, como ella le llamaba, “ponerles una barba”. La poeta solía cambiar el género de su voz lírica y, de vez en cuando, se refería a sí misma con sustantivos del sexo opuesto, como “príncipe” o “muchacho”. Este tipo de genio mutable es precisamente al que se refirió Virginia Woolf en su reflexión sobre la inteligencia andrógina en Una habitación propia, que “transmite  la  emoción  sin  obstáculos,  que  es creadora  por naturaleza, incandescente e indivisa”.

Es totalmente posible que el párrafo inicial (imaginado por mí) de este ensayo no esté lejos de la realidad histórica de la más grande poeta estadounidense. El ejercicio de imaginación parte de mi lectura de sus poemas,[1]  como “Noches salvajes” (269) [2]: “¡Si yo estuviera contigo / Las noches salvajes serían / Nuestro lujo! (…) Remando hacia el Edén / – ¡Ah – el Mar! / Si yo pudiera tan sólo amarrar – esta noche – En ti!”, y cartas. Hoy seguimos conociendo la obra inconmensurable de Emily Dickinson. Mientras tanto, nos han tratado de convencer de que la poeta pudo haber sido una mujer frustrada por un hombre casado, un ser asexual, una solterona o una virgen encerrada en la casa familiar… Pudo haber sido todo, menos lesbiana. Hasta hace algunas décadas, la narrativa oficial de Emily Dickinson, promovida ampliamente por la crítica y la academia, tuvo como punto de partida una biografía falseada, que ha tergiversado la naturaleza de su relación con Susan Huntington Gilbert. La imposición de una figura que encaja perfectamente en la matriz binaria ha significado también la heteropatriarcalización de la memoria de Emily Dickinson. [3]

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